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Símbolos patrios: la bandera con el escudo al revés.

Izan la bandera al revés en ceremonia encabezada por Peña Nieto

En la ceremonia por el Día de la Bandera en el Campo Militar Marte, encabezada por el presidente Enrique Peña Nieto, elementos del Ejército izaron la bandera con el escudo de cabeza.

Una vez que los mandos militares se percataron del equívoco, ordenaron retirar el lábaro monumental, solicitando la anuencia al presidente de la República.

El lábaro patrio fue retirado sin que se interrumpiera la conmemoración.

“Fue izada al revés, no importa si está al revés o al derecho, hacia atrás o hacia adelante. Nuestra bandera nos da identidad. Y aquí hay muchas banderas izadas que es nuestro orgullo nacional”, dijo Peña Nieto luego del abanderamiento de regimientos del Ejército desplegados en la plancha de Campo Marte.

El árbol de moras

Gonzalo N. Santos
Gonzalo N. Santos

Pilar Torres Anguiano

La morera, o morus, es un tipo de árbol caducifolio que se da en regiones cálidas y templadas. Se dice que de sus frutos procede el nombre que se le da al color morado.

Píramo y Tisbe eran dos jóvenes enamorados. Dice la leyenda que un pequeño árbol de moras blancas, ubicado junto a una fuente, fue el lugar en el que ambos acordaron reunirse aquella noche, en la que huirían porque los padres de ambos les prohibieron estar juntos. Tisbe fue la primera en llegar a la cita. Pero en la fuente había una leona bebiendo agua y la joven corrió a ocultarse detrás de una roca, para no ser atacada. Al correr, dejó caer su velo y la leona jugó con él, manchándolo de sangre. Al llegar, Píramo encontró el velo ensangrentado y creyó que su amada había sido devorada. En ese instante, se enterró un puñal en el pecho. Cuando Tisbe salió de su escondite y vio el cuerpo ensangrentado de Píramo, se suicidó de la misma forma. La sangre de ambos alimentó la tierra y pintó los frutos del árbol. Esa es la razón por la cual las moras tienen ese color.

“La moral es un árbol que da moras” es una frase célebre de Gonzalo N. Santos, un maquiavélico personaje, considerado ícono de la corrupción en la política mexicana. Dicho sea de paso, también fue uno de los primeros militantes del Partido Nacional Revolucionario. Encierro, destierro y entierro eran los tres ‘ierros’ que aplicaba contra sus adversarios. En 1929, el año del fraude electoral contra José Vasconcelos, Santos ordenó abrir fuego contra los manifestantes que protestaban por el fraude, causando numerosos muertos y heridos. Así como la sangre de Píramo y Tisbe, bien podría haber otra leyenda que dijera que el legado de Gonzalo N. Santos tiñó los principios morales de los políticos subsecuentes.

A grandes rasgos, entendemos a la moral como un conjunto de creencias, costumbres, valores de una persona, que constituyen un criterio y guía para actuar. La biblia –y con ella, toda la tradición occidental– señala que todos los hombres tienen escrita en sus corazones una ley natural dada por Dios. En ese sentido, para la mayoría de los creyentes, hay una moralidad innata que constituye la raíz de la conciencia humana. La frase del árbol que da moras, pone el dedo en la llaga porque, sin proponérselo, expone el problema de fondo. ¿Existe o no una ley moral aplicable a todos? ¿La ética es universalmente válida? Es común encontrar posturas que enfrentan como excluyentes la universalidad de la norma de conducta con la relatividad de la moral y la búsqueda de objetividad en la ética.

Para Tomás de Aquino, punto central de la filosofía cristiana, la ley moral es una regla y medida de nuestros actos, según la cual uno es inducido a obrar o dejar de obrar. De hecho, no es otra cosa que la participación de la ley eterna en los hombres. Todo forma parte de la naturaleza, que tiene una finalidad. Aquí, esa moral se muestra más como algo intrínseco a la persona que como algo externo que se le impone. Esto significa que, en este esquema, la moral es la ordenación de los actos libres hacia un fin, que es la consecución del bien. En este sentido, el primer principio de la razón práctica, y el primer precepto de la ley natural, se funda sobre la noción de bien, que es aquello que todos buscan. El mal, en cambio, es ausencia del bien. En cuanto a la universalidad de la ley, en este esquema se podría inferir que es la misma para todos en la medida en que todos gozamos de una misma naturaleza: la de ser libre.

Entonces, las personas tenemos la facultad de elegir libremente entre el bien y el mal. Pero esto no resuelve el problema, ni siquiera para los creyentes. Hay algo que complica las cosas: todos buscamos el bien, pero el mal es únicamente “ausencia de ese bien”. Entonces, nadie elige el mal por sí mismo, sino en cuanto que es un bien aparente. El que roba no se ve a sí mismo como un ladrón, sino como alguien que está buscando algo que estima como bueno; de manera tal que siempre justificamos nuestros actos. Tal vez por eso tanta gente actúa como si en verdad la moral fuera solo un árbol que da moras.

La reflexión ética y moral expone siempre la vulnerabilidad de la condición humana. No olvidemos que los principios universales no implican solo conceptos abstractos, sino que se traducen en decisiones concretas, situadas espaciotemporalmente y sobre todo, ejecutadas por una persona que es libre, cambiante y compleja. Si la moral es la puesta en práctica de los principios suscritos por esa persona –y en ese sentido regula su comportamiento– el tal Gonzalo N. Santos al menos tiene razón en algo: la moral es un problema.

No solo a los políticos parece estorbarles, también a los científicos, a los banqueros, empresarios y abogados, a los curas, a los políticos. A todo el mundo. Y sí. La moral estorba, confunde, limita… sobre todo si pretende retrasarnos en nuestra carrera para ser felices, exitosos y cumplir nuestros sueños “cueste lo que cueste”. La moral nos sacude, pero en algún momento dejamos de escucharla. Al ser algo personal, estrictamente no le compete al ámbito público. Se basa en los valores que dicta la conciencia, que a su vez, está basada en costumbres aprendidas. Todo ello no significa que no haya principios universalmente válidos; es aquí donde la ética tiene su razón de ser. La ética es una reflexión filosófica sobre los diferentes esquemas morales, con el objetivo de encontrar principios racionales, universales e independientes de la moral de cada cultura; de lo público y lo privado.

La distinción entre lo público y lo privado es parte de las herencias del liberalismo y produce a su vez una división adicional entre los valores públicos y las virtudes privadas. Los valores son una construcción social histórica. Son siempre una referencia y se concretan a través de reglas y de conductas puntuales. Por lo tanto, son generales. Las virtudes en cambio son individuales. Pero la ética, al versar sobre el comportamiento humano en su totalidad es a la vez colectiva e individual. Por lo mismo, no todo puede ser resuelto con reglas, códigos y estatutos, porque detrás de los actos humanos hay principios morales, decisiones individuales y valores comunes de referencia. Es una reflexión permanente.

Ante la necesidad de una fundamentación de la moral, tal vez no debe darse por supuesto que la moral sea algo indiscutible. En realidad debe ser considerado como un problema y una crisis, dice Nietzsche. La moral, para él, no puede estar basada en leyes eternas y etéreas, porque tiene su origen en la vida misma, que es cambiante. Para valorarla debemos ir al fondo de su origen, y no conformarnos con un sistema de principios dados. A esto le llama genealogía de la moral. Así, lo que toda persona debería hacer, cuando su conciencia le dicta que algo es bueno, es no admitirlo ciegamente, sino hacer un juicio sobre el juicio de la propia conciencia. Exigirle a la conciencia que nos responda por qué considera algo como bueno y luego cuestionarle a la voluntad por qué desear ese algo. Por ejemplo, me pregunto qué habría pasado si la esposa del ex gobernador de Veracruz se hubiese preguntado: ¿realmente “sí merezco la abundancia” o no soy más que una vil ratera solapando la inmoralidad del criminal que es mi marido?

@vasconceliana

Rosario Robles y las estafas: otro botón de muestra.

La incertidumbre del votante

Muchos votarán por inercia

Renata Terrazas*

La incertidumbre del votante es una realidad que nos plantea un escenario triste y disfuncional. No podemos defender esas teorías que atiborran a las personas de la carga de la racionalidad para decidir su voto, sin embargo, mal haríamos en defender una decisión basada en impresiones o ideas difusas.

Al darle una revisada a las precampañas –que de pre tuvieron nada– podemos identificar que entre canciones pegadoras, bailes de aspirantes en mercados, alusiones a alguien sin nombre y un spot donde, ahora sí, prometen informar sobre el destino de recursos magros destinados a la reconstrucción, las propuestas brillaron por su ausencia.

Si bien los mensajes transmitidos en medios de comunicación masiva que estaban dirigidos a ese diminuto grupo de militantes de partidos resonaron por lo largo y ancho del país, saturando la radio, redes sociales y, supongo, la televisión abierta, la gente no quedó más, ni mejor informada.

El 1 de julio votará un potencial universo de más de 80 millones de mexicanas y mexicanos. De éstos, algunos lo harán por vez primera mientras que unos pocos, ya veteranos, lo llevan haciendo por más de medio siglo.

En el acto de votar, como en muy pocas cosas en la vida, el hacerlo por varias veces representa poca o nula ventaja. Una no se hace más sabia al votar más veces, ni generas experiencia sobre tu elección de representantes o gobernantes. Lo único que pasa es que quizá nos volvemos más cínicos y pensamos que nuestras acciones tienen poco peso, ya sea por un sistema corrupto o porque un solo voto pesa poco.

Voté por primera vez en el año 2000, entonces pensaba que hacía historia al formar parte de las elecciones que podrían significar un cambio entre la clase gobernante de mi país. La ilusión era genuina y ese día significó una fiesta democrática entre los míos.

Recuerdo que tenía muy poca idea del programa de los candidatos, de sus trayectorias o sus compromisos de campaña. Aquello que guiaba mi voto era algo simple y que en ese momento consideraba era el mejor argumento posible para ir a votar y hacerlo por alguien determinado.

Desde entonces nuestro país ha sufrido varios cambios, en ocasiones menos de los deseados. Yo, en cambio, sufrí varios cambios; el principal, haber estudiado ciencias políticas en la UNAM y continuar mi vida laboral en una organización de la sociedad civil dedicada a la transformación del espacio público y hacia la construcción de una democracia más sólida.

Este camino recorrido me ha llevado a raspar en los anales de la vida política de este país para hacerme una idea más precisa de las posiciones de los diferentes partidos políticos y sus candidatos, de allegarme de la información necesaria para juzgar sus acciones y determinar quiénes son los mejores candidatos para mi sistema de valores democráticos.

Pero nada de esta información ha venido, jamás, de las campañas políticas. Los spots de radio y televisión están dedicados a saturarnos de mensajes simplones desde los cuales no podemos entender las prioridades de los candidatos. Los mensajes de tuiter están dedicados más al ataque y desprestigio de otro candidato o de algún medio criticón que a mostrar las plataformas de cada aspirante a presidente, gobernador o representante legislativo.

La incertidumbre del votante viene de una política que prefiere a ciudadanos desinformados que desconozcan la vida política, de campañas que ridiculizan al otro o sólo buscan dejarte un mensaje pegajoso o de discursos de candidatos que dicen verdades a medias, modifican datos, dan noticias falsas y siembran dudas.

A menos de cinco meses de las elecciones les puedo asegurar que de ese universo potencial de votantes de más de 80 millones, acaso un uno por ciento buscará enterarse de las propuestas y trayectoria de quienes aspiran al poder. Muchos votarán por inercia, otros por instrucción de algún líder, unos más a cambio de una insulsa prebenda; y muchos ni siquiera votarán.

Las elecciones no son toda la vida democrática de un país, pero sí son su piedra angular; son el reflejo, mas no la causa, de una vida política sana donde se debaten y discuten las propuestas y las ideas que tenemos sobre país. Son la base donde se asienta la legitimidad de un gobernante que deberá mantenerla con una buena gestión.

Hoy nos encontramos en la encrucijada de falta de legitimidad y debilidad institucional. Una forma de renovarla es garantizando la legalidad y legitimidad de las elecciones este 1 de julio. Y todo comienza con un debate abierto y franco entre candidatos y ciudadanos.

* Investigadora de Fundar, Centro de Análisis e Investigación