Ni tan ciudadanos, ni tan demócratas. Autora: Renata Terrazas

0
498

Tenía varios meses sin escribir aquí. Las falacias en las discusiones, la falta de profesionalismo de actores públicos, las filias y fobias tan a flor de piel… Sentía que estaba en la peor versión de alguna película de los hermanos Marx. Sentí que tenía poco sentido escribir algo, pero hoy finalmente me decidí a regresar y a tratar de contribuir a una reflexión más allá de los blancos y negros tan propios de los cuentos de hadas.

…..

La política es el arte de negociar. Por buena que pudiera ser una acción, por más que beneficie a la mayoría de la población, para que ésta sea exitosa, debe explicarse, convencer a las personas, generar aceptación. Quien desdeñe esto no quiere ser político o no sabe.

Los estados modernos y sus democracias se sostienen en endebles estructuras y en supuestos que no siempre coinciden con la realidad. En el caso mexicano, dos supuestos son: la existencia de una ciudadanía madura y la de instituciones democráticas. Ambas son verdades a medias.

Si bien no somos ciudadanos maduros, tampoco somos menores que requieran del cuidado de un pater familias que tome decisiones por nosotros. Para crecer necesitamos ejercer nuestro criterio, expresarnos y ejercer nuestros derechos. Y eso atraviesa, necesariamente, por conocer las razones detrás de las decisiones, por escuchar las justificaciones de las acciones y las omisiones de nuestros gobernantes. Un ciudadano maduro no emite juicios sobre la ropa de un funcionario, sino sobre las razones detrás de una acción, su planeación, puesta en marcha y resultados.

Desconfiar de nuestros gobernantes debe ser la lección más importante que hemos aprendido. Desconfiar, aunque hayamos votado por ellos; desconfiar aún cuando creamos que estén del lado correcto de la historia. Desconfiar para exigir. Porque ninguna persona, por voluntad solamente, puede cambiar un sistema político tan podrido y corrupto como el nuestro.

Nuestras instituciones no son democráticas. Carecemos de mecanismos reales de participación ciudadana. Las leyes no se suelen implementar, reina la impunidad y la corrupción. En este sistema hemos vivido por varios años, sólo que, como ciudadanos inmaduros, no lográbamos ver más allá del precio del petróleo. No vimos la mayoría de los problemas, y ahora pensamos que no existieron nunca, que es un pasado mejor.

Hoy nos encontramos en un lugar complicado, queremos transformar este país con instituciones que no dan para mucho. Pero, al fin y al cabo, considero que es mejor tenerlas. Y mejor sería, fortalecerlas. Aunque eso jamás sucederá cuando nuestras luchas y amores políticos giren siempre en torno a una u otra persona. Parece que cuesta creerlo, pero las personas mueren y se desvanecen. Las instituciones perduran y marcan el rumbo de un país. Somos lo que nuestras instituciones son.

Si hablamos de transformación, la que sea, debemos pasar por considerar qué instituciones estamos creando y destruyendo. Si la participación ciudadana, la rendición de cuentas y el ejercicio de derechos básicos como la salud y la seguridad, continúan bajo acecho, no habrá transformación que alcance para cambiar la situación de las y los mexicanos.

Combatir la pobreza y disminuir la desigualdad deben ser los objetivos de cualquier jefe de Estado. La ruta para lograrlo debe hacerse fortaleciendo el poder del pueblo y no hablando por él. Por años llevamos escuchando a diversos políticos diciéndonos qué es mejor para nosotros; nos han embarrado en una guerra mal planeada, nos han robado, nos han mentido. No esperemos a alguien que vele por nosotros, sino que nos dé a todos las herramientas para construirnos un mejor país.

@Renaterra_zas

Deja un comentario