Ni frente al hambre, ni ante el obús: San Felipe de Jesús, una olvidada higuera. Autor: Óscar G. Chávez

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La santidad después de la muerte, como corolario de una vida de probidad, fue –y sigue siendo– la mayor aspiración de todo cristiano. No sólo implica alcanzar el más alto reconocimiento que otorga la Iglesia católica a cualquier ser humano, sino también trascender en vida y alma frente a los vivos, al ser un ejemplo a seguir y un intercesor ante Dios.

Merecer la dulía (veneración debida a los ángeles y a los santos), sin embargo, no era cosa fácil; entraban en juego una serie de factores (religiosos y políticos) a considerar por la Iglesia católica y su Congregatio pro Sacri Ritibus et Caeremoniis (Sagrada Congregación de Ritos y Ceremonias, que desde 1969 fue denominada Congregación para las Causas de los Santos) cuyos procesos en ocasiones alcanzaban cientos de años.

Llegar a los altares no era cosa fácil; el camino a la santidad estaba lleno de accidentes y vericuetos. Algunos que recorrieron este sendero tardaron más de 400 años, desde el momento que fueron declarados siervos de Dios, hasta que alcanzaron los altares.

La Nueva España, católica y apostólica, legítima heredera de la Vieja España, fue casi desde sus orígenes un semillero de virtuosos personajes (hombres y mujeres) que con sus pensamientos y actos, se esmeraban en alcanzar la gracia divina.

Así, cuando los misioneros y evangelizadores de los primeros años de la colonia, fueron quedando atrás, surgieron en la fría soledad de los claustros conventuales, místicos, penitentes, santones, posesos y videntes, que en acelerados pasos buscaban el encuentro con Cristo. Si bien, muchos de ellos alcanzaron la fama en vida, y murieron en aroma de santidad, ninguno alcanzó tal gracia.

El más claro ejemplo lo encontramos en Sebastián de Aparicio, religioso franciscano vecino de la Puebla de los Ángeles, fallecido en 1600, con proceso iniciado en 1768, al que se le confiere la dignidad de beato en 1789, y su proceso continúa en cauce. Está también el caso de Catarina de San Juan, la llamada China Poblana, fallecida en supuesto olor de santidad, y cuya ejemplar vida no alcanza a merecer la atención de una causa.  

La higuera

Caso excepcional en la Nueva España, fue el del criollo Felipe de las Casas, nacido –según la mayoría de sus biógrafos– en 1572, en la Muy Noble e Imperial Ciudad de México, quien 30 años después de morir abrazado a las palmas del martirio en el lejano oriente, fue beatificado y proclamado patrono de su ciudad natal. Poco más de dos siglos después sería canonizado, convirtiéndose en el primer santo mexicano.

De su vida poco es lo que se sabe y mucho lo que se ignora; sin embargo, como poco resulta nada, y todo se convierte en poco, sus biógrafos se esmeraron en reconstruirla a partir de algo de inspiración divina y mucho de desbordada imaginación. Existen, sin embargo, una serie de datos en firme, que nos permiten ubicarlo como el mayor de nueve o diez hermanos, habidos en el matrimonio de Alonso Casas y Antonia Martínez.

Es ella quien en su testamento señala: Item: declaro que fui casada y velada, según el orden de la Santa Madre Iglesia, con el dicho Alonso de las Casas, y durante nuestro matrimonio, hubimos y procreamos por nuestros legítimos hijos, de legítimo matrimonio, primeramente al gloriosísimo santo mártir San [sic] Felipe de Jesús y de las casas, mártir del Japón. (Agradezco los esfuerzos de Consuelo L. Roa para localizar el documento.)

De la certeza de su nacimiento en la Ciudad de México, sin embargo, no existe constancia alguna; no ha sido localizada partida bautismal que lo refrende; no obstante, pude localizar las partidas correspondientes a siete de sus hermanos, nacidos entre 1576 y 1596. En una de ellas, la de Catalina, bautizada en la parroquia del Sagrario, el 29 de diciembre de 1586, alguna mano virtuosa años después –en cuidada grafía del XVIII– tuvo el cuidado de anotar: hermana de San Felipe de Jesús.

De Alonso Casas, su padre, como no sea su paso por Chilapa, de donde fue corregidor, nada más se sabe. De ahí que, aunque nada se puede afirmar, hay quienes supusieron a Felipe, nativo de ese punto. Para abundar en su vida, remito al texto de Bertha Hernández: “Historias de identidad nacional y el 5 de febrero” (http://www.cronica.com.mx/notas/2017/1007359.html).

Dado que la reconstrucción de su vida se logró gracias a la imaginación, sus biógrafos le otorgan una breve estancia en el convento de Santa Bárbara, en Puebla; luego lo suponen aprendiz de platero en algún punto de la geografía novohispana, tras lo cual –dado que nada tenían que invertir sino la creatividad– lo dedicaron al comercio “en gran escala”, motivo por el cual se trasladó a Manila –capital de las islas Felipinas–, donde luego de una breve etapa de licenciosidad –como debe ser en cualquier santo de respeto–, ingresó al convento franciscano de Santa María de los Ángeles, donde pronunció votos el 20 de mayo de 1591.

Cinco años más tarde, al embarcarse junto con un grupo de franciscanos rumbo a la Nueva España, el mal tiempo y varios desastrosos incidentes, hicieron encallar al navío San Felipe, en el que se trasladaban, en el puerto de Tosa, provincia de Urando, en el reino de Japón. Vendría luego el martirio, sobre el que mucho se ha escrito.   

Es a partir de la muerte, ocurrida el 5 de febrero de 1597, cuando comienza a construirse, la vida y la leyenda del santo. Tuvo, como señala Javier Cercas en El monarca de las sombras: “la muerte perfecta, la muerte de un joven noble y puro que, como Aquiles en la Ilíada, demuestra su nobleza y su pureza jugándose la vida a todo o nada mientras lucha en primera línea por valores que lo superan o que cree que lo superan y cae en combate y abandona el mundo de los vivos en la plenitud de su belleza y su vigor y escapa a la usura del tiempo y no conoce la decrepitud que malogra a los hombres; este joven eminente, que renuncia por un ideal a los valores mundanos y a la propia vida, constituye el dechado heroico de los griegos y alcanza el apogeo de su ética y la única forma posible de inmortalidad […], que consiste en vivir para siempre en la memoria precaria y volátil de los hombres, como le ocurre a Aquiles. Para los griegos antiguos, kalos thanatos era la muerte perfecta que culmina una vida perfecta.”   

Los brotes

Luego de la muerte y del abandono de sus cuerpos sobre las cruces del martirio, se dice que tras ser recuperados los restos, por los frailes agustinos Mateo de Mendoza, y Diego de Guevara, fueron llevados a buen resguardo al convento agustino de Manila. Según la tradición, algunas de sus reliquias fueron enviadas a México.

El 3 de julio de 1627 la Sagrada Congregación de Ritos y Ceremonias dio acuse al rescripto pontificio en el que se le informaba que cuando Su Santidad lo creyese oportuno, podía procederse a la solemne beatificación de los mártires, inscribiendo sus nombres en el catálogo de los Bienaventurados. Luego, el 14 de septiembre de 1627, el papa Urbano VIII mediante el Breve, Salvatoris et Domini Nostri, declara a Felipe y a sus compañeros beatos, estableciendo su festividad el 5 de febrero. Dos años después, es declarado patrono de la Nueva España y de la Muy Noble e Imperial Ciudad de México. Su fiesta, durante el virreinato, y tras la consumación de la independencia, fue celebrada con solemnidad y gozo, siendo llevada al nivel de fiesta nacional.

Fue durante el largo pontificado de Pío IX, 235 años después, cuando se determinó que Felipe de Jesús y sus compañeros mártires serían en lo sucesivo honrados, venerados y glorificados como Santos.

De la celebración, ocurrida en el Vaticano el 8 de junio de 1862 –fiesta de Pentecostés–algún cronista señaló: Describir la pompa augusta de esa magna festividad sería una tarea tan difícil como prolija. Baste decir que ni el Santo Concilio de Trento tan célebre en la historia de los siglos modernos, fue tan majestuoso y concurrido. Más de trescientos Cardenales, Patriarcas, Arzobispos y Obispos de todas las naciones que habitan bajo el sol, asistidos de un crecidísimo número de presbíteros del clero secular y regular, cumplieron el sagrado deber de responder al llamamiento del Venerable Sucesor de San Pedro; y presididos por él, asistieron a los consistorios y a las funciones preliminares del grande acto.

[…] Llegado el memorable día […] y reunida esta augusta asamblea en el suntuoso templo de San Pedro, engalanado con magnificencia admirable e iluminado con tal profusión que ardieron once mil y cien cirios, el Santo Padre, después de invocar los auxilios divinos, […] proclamó la santificación del Beato mexicano y de sus demás gloriosos compañeros […] México estuvo representado dignamente. Asistieron y contribuyeron a la gloria inmortal del hijo de la patria los Ilmos. Sres. D. Pelagio Antonio de Labastida, Obispo de Puebla; D. Clemente de Jesús Munguía, Obispo de Michoacán; D. Pedro Espinosa, Obispo de Guadalajara; D. José María Cobarrubias, Obispo de Oajaca; D. Francisco de Paula Verea, Obispo de Monterrey y D. Pedro Barajas, Obispo de San Luis Potosí. […] Varias honorables familias mexicanas asistieron también a este admirable triunfo de la religión, y en el momento sublime en que el Pontífice Romano declaraba la Santidad del Protomártir mexicano, sin poder olvidar los crueles dolores de la patria, del fondo del corazón les salió este grito patriótico: ¡Glorioso Mártir ruega por tu México!    

Es pertinente recordar que en ese año, México se encontraba ocupado por el ejército francés, y varios de los obispos se encontraban en el destierro, luego de la promulgación de las leyes de Reforma, con las que muchos de los monumentales conventos fueron mutilados o derrumbados a totalidad, entre ellos el convento grande de San Francisco, la joya de la corona entre los conjuntos religiosos. 

Tras la consolidación de la República y la muerte de Juárez, llegó el jacobino liberalismo lerdista, y a éste siguió la férrea dictadura porfiriana que si algo buscó, fue matizar las tirantes relaciones entre el Estado y la Iglesia, estableciendo un modus vivendi de conveniencia, en el que la rúbrica fue discreta: tolerancia y mutuo entendimiento de conveniencia.

Dentro de este panorama ocurrió un acto encaminado a perpetuar la memoria del santo mexicano y mediante el desagravio, resarcir las afrentas de la Reforma: la construcción de un templo bajo su advocación, en los terrenos del antiguo convento grande de San Francisco, sobre la calle de Plateros.

El Templo Expiatorio Eucarístico Nacional de San Felipe de Jesús, obra del arquitecto Emilio Dondé, fue dedicado el 5 de febrero de 1897 por el arzobispo de México, Próspero María Alarcón y Sánchez de la Barquera; el sermón fue predicado por el obispo de San Luis Potosí, Ignacio Montes de Oca y Obregón.

Dentro de este templo, la capilla dedicada a la Inmaculada Concepción, fue decorada gracias a los donativos de aristocráticas familias que, a semejanza de los patronazgos novohispanos, costearon las obras. A modo de rúbrica, y buscando perpetuar su piadosa prosapia, retrataron a sus hijos infantes, quedando registrado para la posteridad, el mecenazgo de las familias Pimentel–Fagoaga y Martínez Campos, Suniaga y Escandón, Pliego y Villalba, Escandón y Landa, Riba y de Landa, Madrid y Salcedo, Icaza y López Negrete, Escandón-Arrangoiz y Escandón, Cobián y Fernández del Valle, y Cervantes y Sánz.

Todas, vinculadas lo mismo con la añeja nobleza novohispana (condados de Santiago Calimaya, Heras Soto, marquesados de Salinas, Santa Fe Guardiola, Salvatierra, Apartado, o Guadalupe Gallardo), que con encumbrados empresarios del porfiriato cuyos capitales descansaban en haciendas, ferrocarriles, y política. Todas, beneficiadas en algún momento, por el estado liberal, con la adquisición de bienes vinculados al clero.

Nada impidió, sin embargo, que el aniversario de la Constitución de 1917, sumada a la de 1857, lograra desaparecer las celebraciones de la festividad del santo.   

Los higos de la tradición, del desagravio y del olvido

Todos sabemos, pues la leyenda se ha contado hasta el cansancio de las generaciones, que al momento de la muerte de Felipe, floreció en su casa una higuera muerta por años; planta y fruto que fueron la rúbrica divina del milagro.

El progreso mal entendido al trazarse la calle de Pino Suarez, echó por tierra la casa, nada quedó de ella, como no fueran unos esquejes de la higuera que Manuel Ramos (el fotógrafo de los misterios guadalupanos, como que fotografió el ayate sin el cristal protector; de la entraña de la cristiada, que lo mismo registró el atentado dinamitero que el corazón del mártir León Toral; el del alma de la ciudad de México, de la que bien supo plasmar sus oficios, fiestas, azoteas y vecindades), rescató y llevó a su casa, allá por el rumbo de Tacuba. Otros, nos dice Bertha Hernández en su referido artículo, dieron vida a una que se conserva con los jesuitas de la colonia Roma, y otra en el atrio de Mixcoac. Todas olvidadas.

Felipe de Jesús, en la vida eterna que otorga la santidad, no es ya un ejemplo de vida, ni un elemento forjador de identidad, como se pretendió con su beatificación. Su canonización, queda claro, obedeció a la necesidad de manifestar –al menos en lo espiritual– la superioridad de la Santa Sede frente al gobierno juarista; fedatarios y transmisores del hecho, fueron los obispos desterrados. 

Nadie se encomienda ya a él, ni ante el hambre ni frente al obús (ni en la necesidad, ni en el peligro, reinterpretando la lópezvelardiana composición), nuevos y decadentes cultos, cada vez con mayor auge, han reemplazado a este tan secular; casi tan viejo como el nacional culto guadalupano.  

Su historia, su festividad, y sus patronazgos, son algunas de las muchas higueras desdeñadas; no por las Constituciones, sino por el descuido; no por la secularización del panteón cívico, sino por la endeble fortaleza del culto. Fue por el contrario un santo sin identidad y de ahí que, en vicioso círculo, hubiera sido condenado al olvido: no fue mexicano por ser novohispano, no fue español por ser criollo, no fue criollo por ser mexicano.

Santiago de los Caballeros de Guatemala,
en la festividad de la Candelaria de 2020

@anticuaeguiara


Lecturas recomendadas:

Giuseppe Boero, Los doscientos cinco mártires de Japón. Relación de la gloriosa muerte de los mártires beatificados por el Sumo Pontífice Pío IX, México, Imprenta de J. M. Lara, 1869.

David A. Brading, Espiritualidad barroca, política eclesiástica y renovación filosófica. Juan Benito Díaz de Gamarra (1745-1783), México, CEH-Condumex, 1993.

Descripción de la fiesta celebrada en Roma con motivo de la canonización de S. Felipe de Jesús y demás mártires de Japón, San Luis Potosí, Tipografía de Dávalos, 1862.

Clara García Ayluardo, y Manuel Ramos Medina, coords., Manifestaciones religiosas en el mundo colonial americano, México, INAH-Condumex-UIA, 1997.

Alfonso Martínez Rosales, “Japón y México en un sermón”, en Estudios de Asia y África, vol. 31-2, may-ago 1996, México, Colmex, pp. 427-472.  

Ignacio Montes de Oca y Obregón, Panegírico de San Felipe de Jesús, predicado el 5 de febrero de 1897 en la inauguración del Templo que al Protomártir Mexicano consagra su ciudad natal en el tercer aniversario secular de su martirio, México, Imprenta de Ignacio Escalante, 1897.

Pablo Antonio del Niño Jesús, Apéndice a la historia de los 205 mártires del Japón, o sea un breve compendio de la historia particular de los tres mexicanos, San Felipe de Jesús, y los beatos Bartolomé Laurel y Bartolomé Gutiérrez, y los demás santos bienaventurados que vivieron en México, México, Imprenta de J. M Lara, 1869.

Manuel Ramos Medina, coord., Camino a la santidad, siglos XVI-XX, México, CEH-Condumex, 2003.

Salvador de Pinal-Icaza Enríquez, “Arte, religión y genealogía en la capilla de la Inmaculada del templo expiatorio nacional de San Felipe de Jesús”, en Memorias de la Academia Mexicana de Genealogía y Heráldica, tomo XVII, jun 2005, México, AMGH, 2005, pp. 175-178.

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