

Una película (o mejor dicho un ensayo cinematográfico) que desde un punto de vista complejo y sin caer en lugares comunes, aborda el tema de los miles de desaparecidos en México, de las familias que los buscan y de la necesidad de recomponer el tejido social desgastado a partir de la crisis de seguridad que trajo consigo “la guerra contra el narco”.
Dalia D. Lara1
“En 2011, 12 cadáveres de mujeres y 23 de hombres fueron hallados en Boca del Río”, así es como comienza lo que considero el epílogo de Tótem, el primer largometraje firmado por la Unidad de Montaje Dialéctico (UMD), recién presentado a finales del 2022. El anonimato de la dirección salta a la vista desde el primer acercamiento a la ficha técnica, más que tratarse de una casualidad, esta ausencia manifiesta los principios básicos del autonombrado “colectivo artístico sin rostro” quienes en su sitio web aclaran que “su negativa a dar la cara y a utilizar nombres propios parte de una defensa de la clandestinidad y la colectividad para enfrentarse a la lógica del espectáculo y al complejo industrial-celebridad”.
A lo largo de 65 minutos, haciendo uso de los recursos propios del documental y coqueteando con lo experimental, este colectivo nos presenta lo que han bautizado como uno de sus “ensayos cinematográficos”, en el que se aborda el tema de la desaparición como una ventana en la cual palpita la posibilidad de reflexionar profundamente sobre la crisis de violencia generalizada que ha atravesado México durante las últimas décadas y las consecuencias identitarias que ha traído consigo el resquebrajamiento social resultante de este fenómeno. La desaparición forzada se propone entonces como síntesis del complejo conjunto de procesos que nos han dirigido a la espiral de violencia en que se encuentra envuelto nuestro país, una espiral que se ha convertido en una especie de Laberinto de Creta en el que no se vislumbra la salida.
La estructura general del documental está planteada como lo que aparentemente son dos narrativas inconexas. Mediante la voz de dos narradoras se guía al espectador por recorridos que trazan dos historias que podemos imaginar como un par de líneas paralelas asintóticas, pero que conforme avanzan los minutos dialogan y construyen una relación dialéctica que termina por sintetizarse en una nueva tesis.
En la primera escena, que comienza con el trágico hallazgo, la violencia en México se muestra como un mecanismo que, como el mitológico Minotauro griego, se alimenta de carne humana, haciéndose más y más poderoso a medida que el paisaje se tiñe de sangre. Señalando la espectacularidad tan característica de la narcoviolencia, se pregunta sobre el mecanismo contrario a la exhibición de la materialidad humana lacerada, ¿qué podría ser lo contrario a la exposición? ¿Qué es lo opuesto al hallazgo de un cuerpo? Es aquí en donde la desaparición se introduce como respuesta y a la vez como problema.
¿Que implica desaparecer a una persona? ¿Qué significa la no-presencia, la ausencia de la materialidad corpórea de un ser humano? Con estas preguntas sobre la mesa, se nos presenta en pantalla el título Tótem, una palabra que sin lugar a dudas nos remite al campo de la antropología, que ha propuesto este término para referirse a un objeto al que se le atribuyen una serie de significados culturales en los que la colectividad condensa sus valores y presupuestos esenciales y que comúnmente cumple una doble función como símbolo identitario fundacional a la vez que protector.
No obstante, hasta este momento, el concepto de tótem se anota como sugerencia, como indicio para el espectador, una clave de lectura sobre cómo mirar la secuencia. Dejando pendiente el desarrollo del concepto, escuchamos una voz de mujer cuya narrativa, aparentemente dislocada de las imágenes que apreciamos en pantalla, ahonda sobre el recorrido de la desaparición como concepto y como ejecución de lo que Foucault llamó poder disciplinario.
En lo que podríamos entender como las premisas conceptuales del ensayo apunta coordenadas para complejizar el significado de ser un/a desaparecido/a, propone el concepto de liminalidad, para referirse a la ambigüedad infame entre la condición de vivo o muerto, identificando la incertidumbre como una violencia específica, intencional, excesiva, que aspira a ser permanente. La desaparición como método para la elongación del dolor, el tiempo detenido para quienes esperan la aparición de su ser querido, y en última instancia la negación de algo tan fundamentalmente civilizatorio como lo que podríamos llamar “el derecho al duelo”, son algunas de las ideas planteadas a manera exploratoria en esta primera parte.
En cuanto al recorrido histórico de la desaparición como práctica sistemática, se conduce al espectador por un derrotero que enlista regímenes como el franquismo, el nacionalsocialismo y las dictaduras latinoamericanas. Recordándonos en este punto que la categoría de desaparecido no sólo es descriptiva sino que entraña un sentido profundamente político, se nos advierte así que nombrar a los desaparecidos, nombrar la ausencia exige intrínsecamente las tres máximas de los movimientos de derechos humanos de la historia contemporánea; memoria, verdad y justicia. Dicho de otro modo, nombrar a los desaparecidos implica la exigencia de hacerlos presentes.
Es en ese instante cuando, desde mi punto de vista, hace todo el sentido mirar mientras tanto las imágenes del incendio de la Cámara de Diputados. El Congreso de la Unión ardiendo en llamas forma parte del lenguaje auditivo y en conjunto nos anuncia el desgarramiento del Estado, y más aún, la reducción a cenizas de los presupuestos bajo los cuales se cimentó el Estado moderno; libertad, igualdad y fraternidad, la triada democrática engullida por el voraz Leviatán.
En esto, es pertinente notar que los gobiernos dictatoriales en América Latina son mencionados como el ejemplo más cercano al contexto mexicano del uso de la desaparición como método de represión de la disidencia política. Sin embargo, brilla aquí la ausencia de esta práctica en los antecedentes de nuestra propia historia. A ese respecto, considero que no se puede omitir que la desaparición forzada en México fue una práctica que por lo demás tuvo sus momentos particularmente álgidos, como sucedió durante la década de los 70 y hasta los años 80. Si bien, no experimentamos la barbaridad de la dictadura, es de reconocer que el Estado mexicano desplegó una despiadada política autoritaria de persecución política.
Esto último no lo señalo como una exquisitez nimia sino que, considero que es importante tenerla presente para evitar vacíos explicativos o interpretaciones erradas. Tomar en cuenta este periodo de nuestra historia nos invita a comprender que la desaparición forzada en México no tuvo su germen en el contexto de “la guerra contra las drogas”, como parecería sugerir la narrativa del largometraje, sino que más bien la desaparición es un mecanismo de antaño que se ha modificado y adaptado contextualmente.
Después encontramos un gran acierto en la secuencia al identificar que la actual epidemia de desaparecidos/as en México tiene sus particularidades y pone de manifiesto la necesidad de comprenderlas, dicho de otro modo, se pregunta por lo que los historiadores llamaríamos “la especificidad histórica”. ¿Qué caracteriza a la crisis de desaparición que vivimos en México? Para responder a esta pregunta, la autora se interesa por los sujetos concretos, es claro que las filiaciones políticas ya no son la motivación principal de la desaparición forzada en nuestro contexto, pero entonces ¿Quiénes son desaparecidos? y ¿quiénes los desaparecen?
Es ahí donde la desaparición forzada adquiere toda su potencia explicativa, como la punta del iceberg, como el vértice en el que se intersectan las condiciones que nos han arrojado al presente de las fosas clandestinas, de los desplazamientos forzados, de las imágenes dantescas en primera plana, de las luchas por la plaza, el presente nuestro de los feminicidios sistémicos, de las personas que le lloran a sus muertos, de muertos a los que se les ha negado hasta el entierro.
¿Cómo llamar a lo que vivimos en México? Como bien dice nuestra narradora “no es una guerra propiamente dicha”, sin embargo, nadie puede negar que los militares se encuentran ocupando las calles. ¿De qué se trata? ¿es una guerra civil, una guerra de guerrillas, terrorismo, una guerra fractal? ¿Cómo nombrar nuestro presente? ¿Es válido hablar de Narco-Estado? Estas son algunas de las interrogantes que encontramos en voz de la primera narradora, dejo al lector la posibilidad de ver el documental y reflexionar sobre las respuestas que ofrece. Mientras tanto, lo que sí adelanto es que encontrará un esfuerzo que se compromete con una demanda social sedienta de complejidad.
Por lo anterior, podemos sugerir que la narrativa construida en Totem parte de un conocimiento profundo sobre el tema, lo cual se agradece como espectador. Incluso me recordó una serie de autores especializados, que si bien identifican la “guerra contra el narco” declarada por Calderón como un punto de inflexión que detonó la violencia, no se han conformado con aquella explicación que ahora nos resulta insuficiente, por el contrario, exploran las condiciones del mercado de las drogas, la relación entre Estado, narco y capitalismo, así como el horizonte cultural y las desigualdades estructurales en México como explicaciones plausibles que posibilitaron y posibilitan la reproducción de la violencia.
La escena de los cuervos sobrevolando desordenadamente con el cielo despejado de fondo, mientras se explica el proceso de atomización de las organizaciones criminales detonado por la concepción del narco como el enemigo público por definición, es un ejemplo de ello y desde mi interpretación, una clara referencia a la llamada “Estrategia Kingpin”.
En un segundo momento, las imágenes citadinas ardiendo en llamas son sustituidas por tomas en el borde de un cuerpo de agua, tomas en planos medios y generales de un bote en decadencia son acompañadas por la voz de una segunda narradora, su voz tiene un acento particular, propio de las personas para las que el español fue una lengua adoptada a conciencia, lo cual facilita diferenciarla de la primera historia.
La autora comienza por contarnos una antigua leyenda sobre la pérdida de una colosal cabeza olmeca que en los años 50 se intentó transportar de Tabasco a la capital por el río Grijalva, hundiéndose en el camino. Este cambio abrupto de narrativa resulta de principio desconcertante, pero insinúa desde el primer momento el impulso humano de recuperar lo perdido, naturalmente seguimos a la que ahora sabemos es una especialista en el pasado olmeca y nos hace parte de su expedición.
Después de otro cambio a la primera narradora que continúa desdoblando el fenómeno de la desaparición forzada mientras vemos imágenes de vestigios arqueológicos desgastados y, al igual que el barco, decadentes, volvemos con la segunda voz quien se sumerge -y a nosotros con ella- en el concepto de Tótem y nos explica cómo a partir de la segunda década del s. XX, “la muerte juguetona” fue construida como el tótem mexicano, el objeto simbólico que condensaba el espíritu de nuestro pueblo, si es que tal cosa existe.
¿Cuál es la esencia de lo mexicano? La pregunta nos recuerda los controversiales trabajos de Samuel Ramos y Octavio Paz, parece rondar entre lo filosófico, aproximándose al psicoanálisis y casi se entremezcla con lo místico. La obsesión por los orígenes resurge como un reflejo instintivo frente a la desorientación identitaria presente, una crisis que se insiste fue provocada por la violencia. La búsqueda por la colosal cabeza adquiere entonces un tinte desesperado, un anhelo restitutivo.
Pero Tótem, no es un documental sobre una expedición arqueológica, sino un ensayo cinematográfico a través del cual la crueldad de la desaparición como mecanismo y el señalamiento de orfandad simbólica se van construyendo como dos realidades que se espejean. Un fenómeno explica y reproduce al otro y quizá, es en esta relación simbiótica y no sumergidas bajo aguas turbulentas que se encuentre la solución, la síntesis de la contradicción, al menos eso es lo que nos plantea la última secuencia.
Hallamos por fin una respuesta; las premisas, el problema y el desarrollo de la argumentación desvela un nuevo tótem, curiosamente la propuesta es a simple vista contradictoria, “el nuevo tótem mexicano -nos advierten- tiene características inherentemente antitotémicas”, pero más que ser un problema quizá podríamos preguntarnos si en el horizonte del s. XXI -caracterizado por la aceleración, la desacralización y el movimiento- no resulta más bien esperable que el tótem del presente posea características dinámicas, que contrario a la tendencia de petrificación, sea objeto sensible a una constante resignificación.
En términos generales Tótem puede resultar demasiado abstracto, quizá incluso distante para un público no especializado, sin embargo, considero que es de los pocos trabajos que ha apostado por la complejidad y logra subsanar la densidad analítica con un guión que hilvana la exégesis con delicadeza y logra una cadencia inteligible, involucrando al espectador en su propuesta. Asimismo, no vemos en ningún momento a sujetos de carne y hueso llorando por los ausentes, ni tampoco escenas de violencia desbordada que han sido la constante en los trabajos que abordan este tipo de temas, lo cual, en mi opinión, denota una postura ética desde una perspectiva original.
Por otra parte, si bien podemos reconocer que no es particularmente propositivo desde un punto de vista visual, sin duda es notorio el esfuerzo por plantear metáforas discursivas, que integran plásticamente narrativa e imagen, utilizando imágenes fijas y tomas de archivo que son un ejemplo de las múltiples posibilidades de producir trabajos valiosos con limitados recursos. Además, el hecho de que sea planteado como un ensayo cinematográfico insta al receptor a reflexionar, coincidir y discrepar sobre nuestra realidad presente. Tótem se pronuncia entonces como un recordatorio de que no todo está dicho, si realmente queremos vencer al Minotauro la comprensión sobre el narcotráfico y nuestro convulso presente sigue siendo un compromiso ineludible.
Año: 2022. Duración: 65 min. País: México. Dirección: Unidad de Montaje Dialéctico. Guión: Unidad de Montaje Dialéctico. Música: Sinewavelover. Reparto: Documental. Compañías: Unidad de Montaje Dialéctico. Género: Documental / Experimental
1 Dalia D. Lara @DaliaLaraa_ es una historiadora de la UNAM, especialista en género y violencias. Integrante del curso Narcotráfico y Crimen Organizado de la UNAM @Narco_Historia
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