“Morena, el partido ineficiente”. Autora: Ivonne Acuña Murillo

FOTO:PEDRO ANZA /CUARTOSCURO.COM

Desde el primer sexenio (1934-1940), el del General Lázaro Cárdenas del Río, la presidencia de la República y el entonces Partido de la Revolución Mexicana (PRM), hoy Partido Revolucionario Institucional (PRI), hasta el año 2000 operaron como las dos partes principales del Sistema Político Mexicano. Con la alternancia y la llegada del PAN a Los Pinos, en el 2000, el ensamble presidencia-partido dejó de funcionar para tener un retorno fugaz en el sexenio de Enrique Peña Nieto (2012-2018). El triunfo del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) no ha cuajado en una nueva etapa que permita hablar de la reconfiguración eficiente de dicha relación.

Después del PRI, ni Morena ni el PAN han podido transcender su función electoral como institutos políticos que llevaron o acompañaron a sus candidatos, Vicente Fox Quesada, Felipe de Jesús Calderón Hinojosa y Andrés Manuel López Obrador, a la silla presidencial.

Ninguno de los dos partidos de la alternancia ha podido actualizar la diada presidencia-partido de manera eficiente, para apoyar la labor de sus presidentes al frente de la Administración Pública Federal.

Entendiendo a la eficiencia, del latín efficientia, no en términos económicos buscando un uso óptimo de recursos para alcanzar un objetivo dado relacionado con la producción, sino en el sentido más amplio reconocido por el Diccionario de la Real Academia Española como “la capacidad de disponer de alguien o de algo para conseguir un efecto o propósito determinado”.

Visto así, durante el periodo que podría reconocerse como el de “los años dorados del PRI”, el llamado partido hegemónico fue utilizado por la presidencia como un instrumento que permitió la comunicación del presidente con el pueblo; la distribución de todo tipo de recursos entre los diversos sectores de la sociedad (obrero, campesino, popular) contenidos al interior del partido; el control de la población alcanzando un grado aceptable de gobernabilidad (con un reconocido e innegable costo social); la inclusión, a través de un solo instituto político, de las demandas características del amplio espectro ideológico-político nacional; además de servir de medio para la obtención de triunfos electorales.

Este acoplamiento institucional, entre la presidencia y el partido, es uno de los importantes factores que permiten explicar, en términos teórico-prácticos, la estabilidad del Sistema Político Posrevolucionario por más de 70 años.

Para lograrlo se requirió de un proceso de institucionalización creciente, pasando del gobierno personalista de los presidentes Benito Juárez y Porfirio Díaz a la conformación de una presidencia cuyas reglas, normas, rituales y características fueran independientes del mandatario en turno, aunque este tuviera la posibilidad de ejercer un “estilo personal de gobernar”.

Asimismo, fue posible posponer o aminorar la disputa entre dos posturas ideológicas y programáticas reconocibles y encontradas, la liberal y la conservadora, a raíz del triunfo de una de las dos.

La institucionalización supone el consenso en torno a las normas y reglas que deberían operar al interior de todo aparato partidista, así como el acuerdo para su observación y ejecución, y el respeto a los resultados de los procesos relacionados con eventos como la renovación periódica de su dirigencia, la elección de candidatos y candidatas en épocas electorales, etc.; la firma y reconocimiento de acuerdos para la repartición de espacios, derechos, obligaciones y recursos para funcionar dentro y fuera del partido, para resolver los conflictos internos en el marco de congresos, reuniones periódicas y comisiones. A esto, habría que agregar la preparación de cuadros para ocupar puestos de gobierno y de elección popular, a partir de instancias de formación política.

Pero, la institucionalización de un partido político no se detiene en sus procesos internos, tiene que ver además con la consolidación de una oferta programática que responda a las necesidades y demandas de una parte importante de la sociedad, así como a la fijación de una postura ideológica concreta que permita identificarle y diferenciarle de otros institutos políticos.

Esto, en lo que corresponde al partido en sí, sin embargo, es ineludible identificar las funciones de un partido en el poder, como es el caso de Morena. Más allá de la forma en la que el PRI sirvió de instrumento al presidente en turno cabe decir que, en las democracias actuales, el partido del gobernante debe realizar diversas funciones, entre ellas: aclarar y sostener la postura ideológico-programática del gobernante emanado de sus filas; servir de medio de comunicación entre el primer mandatario y las personas a quienes gobierna; hacer frente a los ataques dirigidos a quien encabeza los esfuerzos por realizar el proyecto abanderado por el partido, especialmente cuando se pretende un cambio de régimen; proporcionar cuadros, gente preparada para ocupar puestos públicos y de representación, al gobierno en funciones; y, por supuesto, ganar elecciones para dotar a quien gobierna no sólo de legitimidad sino de las mayorías necesarias para avanzar cambios legislativos necesarios para la transformación que se propone.

Realpolitik se diría, pues no se trata aquí del papel ideal que Morena debería desempeñar, sino de lo que hoy se requiere para poder reconocerle como un partido eficiente. Sin embargo, haciendo pasar al partido por el tamiz de lo expuesto, es posible afirmar que se encuentra muy lejos de tal definición.

En medio del enfrentamiento creciente de la disputa por el poder, una forma de gobierno y un proyecto de país, entre las corrientes que podríamos asimilar a aquellas características del siglo XIX, liberales y conservadores, para identificarlas con aquellas propias del siglo XXI, progresistas de izquierda y las diversas corrientes de derecha, respectivamente, Morena no sólo no cumple con sus funciones sino que por añadidura se está convirtiendo en un lastre y una preocupación extra para el presidente López Obrador.

La razón: el enfrentamiento entre grupos y liderazgos reconocidos que buscan, por todos los medios, quedarse con la presidencia y secretaría general del partido en momentos cruciales previos a la mayor elección intermedia conocida, en la que se elegirá a 500 diputados federales de la LXV legislatura, 15 gobernaturas, 1.063 diputados de 30 congresos locales y 1.926 ayuntamientos en 30 estados, en total 21 mil 368 cargos de elección popular, y en la que se intentará movilizar a 95 millones de votantes, 5 millones más que en 2018.

Posterior a esta elección, los comicios presidenciales son otro preciado objetivo de quienes pretenden ocupar la dirigencia de Morena, asumiendo que el grupo que quede al frente del partido estará en mejor posición para proponer al candidato presidencial de 2024.

Desde noviembre de 2019, cuatro grupos al interior de Morena demostraron su incapacidad para ponerse de acuerdo y renovar su dirigencia. El grupo de Yeidckol Polevnsky (presidenta interina de Morena del 12 de diciembre de 2017-26 de enero de 2020), el de Bertha Luján (presidenta del Consejo Nacional del partido del 20 de noviembre de 2015 al 18 de octubre de 2019); el de Marcelo Ebrard, representado por Mario Delgado; y el de Ricardo Monreal, con Alejandro Rojas como candidato. Dichos grupos se reconfiguraron reduciéndose a tres, a saber:

El bloque de Bertha Lujan-Alfonso Ramírez Cuéllar (quien sustituyó a Polevnsky en la dirigencia interina), que postulan a Porfirio Muñoz Ledo y a Citlalli Hernández. Los cercanos a este bloque, conocido como el de “Los Puros” son: Martí Batres, César Yáñez (ex vocero de AMLO).

El bloque Mario Delgado-Ricardo Monreal, basado en una estructura electoral creada, en diciembre de 2019, por Delgado, la Asociación Nacional de Legisladores por la Cuarta Transformación, A.C. Al parecer, el exsubsecretario de Gobernación Ricardo Peralta es el operador político estatal de Delgado y Donají Alba Arroyo, secretaria de organización en la CDMX, es la operadora de Monreal, líder de la bancada morenista en el Senado. Gracias a este último, Delgado cuenta con el apoyado del “Grupo Chiapas”, conformado por el gobernador Rutilio Escandón; Eduardo Ramírez Aguilar, presidente del Senado, y el exmandatario Manuel Velasco.

Destaca el hecho de que Marcelo Ebrard también apoya la candidatura de Delgado, aunque no queda claro si forma parte o no del grupo encabezado por Monreal, al ser ambos destacados presidenciables para 2024 y la renuncia a dirigir Morena por parte de Alejandro Rojas.

El bloque Polevnsky, respaldado por los senadores morenistas Armando Guadiana, de Coahuila; Antares Vázquez, de Guanajuato; Américo Villarreal, de Tamaulipas; José Narro, de Zacatecas, y José Luis Pech, de Quintana Roo. Cuenta también con el apoyo de los gobernadores Miguel Barbosa, de Puebla, y Jaime Bonilla, de Baja California. Se le asume cercana al segundo hijo del presidente, Andrés López Beltrán, con quien consolidó el partido en la Ciudad de México. Iría en fórmula no oficial, como Muñoz Ledo y Citlalli Hernández, con Polevnsky y Carol Arriaga, exsecretaria de Mujeres del CEN.

Cabe comentar que Polevnsky tiene abierta una investigación en la Fiscalía General de la República por haber usado dinero de su partido, 395 millones de pesos, en obras que no fueron ejecutadas y que laestructura de poder que construyó en Morena, a partir de nombramientos en los Comités directivos de las entidades federativas, ha sido poco a poco desmantelada por el actual presidente interino de Morena Ramírez Cuéllar, elegido el 26 de enero de 2020, en el VI Congreso Nacional Extraordinario de Morena convocado, sin la anuencia de Yiedckol Polevnsky, ni más ni menos que por Bertha Luján.

La agudización de los conflictos internos, previo a la división en tres bloques, se dio por el enfrentamiento entre Polevnsky y Luján, con los intentos fallidos de Delgado y Rojas por poner de acuerdo a ambas dirigentes y acordar el método y la fecha para renovar la dirigencia. La demostrada incapacidad para lograr consensos llevó al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) a ordenarle al Instituto Nacional Electoral (INE) su intervención y la realización de una encuesta nacional abierta entre militantes y simpatizantes de Morena, misma que se encuentra en curso, del 2 al 8 de octubre, y que es realizada por  
Covarrubias y Asociados, S. C., Parametría, S. A. de C.V. y BGC, Ulises Beltrán y Asociados, S. C., y cuyos resultados se darán a conocer el 10 del mismo mes.

Antes de la encuesta abierta, tres casas encuestadoras validadas por el INE: Mendoza Blanco y Asociados, S. C., Demotecnia 2.0., S. C. y Parametría, S. A. de C.V., informaron, como resultado de la encuesta de reconocimiento realizada del 22 al 28 de septiembre, que de las 51 personas registradas para la presidencia del partido sólo Mario Delgado, Porfirio Muñoz Ledo, Hilda Díaz, Adriana Menéndez y Yeidckol Polevnsky y de las 54 para la secretaría general, un grupo de nueve mujeres, entre ellas Citlalli Hernández, Karla Díaz, Silvia García y cuatro hombres: Francisco Aurioles, Carlos Montes de Oca, Óscar Manuel Montes de Oca y Emilio Ulloa, podrían participar en la encuesta abierta. Quedaron fuera: Gibrán Ramírez por la presidencia y Antonio Attolini por la secretaría general.

Una vez comenzada la contienda encabezada por el INE, las acusaciones y, en momentos, el lodo lanzado entre aspirantes: de Muñoz Ledo a Mario Delgado, Marcelo Ebrard y Gibrán Ramírez quien acusa un proceso viciado e ilegítimo en la elección de la dirigencia, por poner un ejemplo, da muestra de que los conflictos internos continúan y que los grupos al interior del partido no escatiman esfuerzos para destrozarse poniendo en riesgo la viabilidad del propio partido.

Los conflictos internos del joven, muy joven nuevo partido, ha llevado a esperar que el presidente diera un manotazo sobre la mesa para meter al orden, de una vez por todas, a los personajes y grupos enfrentados.

Sin embargo, el primer mandatario, al menos hasta donde es posible observar, ha asumido una postura de sana distancia y se ha negado a intervenir en el partido que fundó, con el que ganó la elección presidencial y el cual debería servirle de instrumento para defender su postura ideológico-programática, de medio de comunicación con la población, para  hacer frente a los ataques dirigidos contra su proyecto de Nación y proporcionarle cuadros preparados para sacar adelante, con éxito, el proyecto ofrecido y, por supuesto, para ganar las elecciones intermedias y la presidencia en  2024.

Pero, en contrasentido, Morena no cumple adecuadamente con sus funciones de partido gobernante, aunque debido a la debilidad de la oposición y gracias a que el presidente de la República, su principal activo, arrastra votos pueda ganar los comicios que se avecinan, se ha convertido en pesada carga al punto que el presidente López Obrador amenazó, el 29 de agosto de 2019, con renunciar a su militancia y pedir al ineficiente partido cambiar su nombre y afirmar, en la Conferencia de Prensa del 2 de agosto de 2020, respecto de su intención de voto, que “es mucho pueblo para tan pocos dirigentes”.

Ivonne Acuña Murillo
Ivonne Acuña Murillo

Socióloga feminista, académica de la Universidad Iberoamericana. Analista política experta en sistema político mexicano y género. Autora de más de 250 artículos periodísticos y 25 académicos publicados en periódicos y revistas de circulación nacional. Ha contribuido al análisis del presente y el futuro de un país que se desgarra en múltiples medios escritos, radiofónicos y televisivos, tanto nacionales como internacionales.

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