Por: Ivonne Acuña Murillo
La lucha por el poder en México y el mundo se desarrolla a diversos niveles, en la calle, en los medios, cara a cara, en las plazas públicas, haciendo acuerdos y alianzas con diversos grupos políticos, sociales, económicos, culturales, ocupando espacios, haciendo discursos, posicionando temas en la agenda pública, debatiendo con las y los adversarios, etcétera. En el marco de ese “etcétera” es posible incluir la lucha por los símbolos y sus significados. Es en este plano que tanto las candidatas a la presidencia de la República, Claudia Sheinbaum Pardo y Xóchitl Gálvez Ruiz, así como los grupos políticos que les apoyan se han movido en las últimas semanas.
Por “símbolo” se entiende aquí, de manera muy esquemática, a la representación gráfica, visual, mental de una idea, entidad, condición o conjunto de valores y al “significado” como lo que este representa.
Las intempestivas visitas de Xóchitl Gálvez y Claudia Sheinbaum, en ese orden, al Papa Francisco son una muestra de la batalla que en términos simbólicos están librando ambas políticas. El Papa, como máxima autoridad de la Iglesia católica, simboliza inequívocamente las creencias y valores de la todavía amplia comunidad católica mexicana a la cual Xóchitl intenta apelar con las imágenes en las que se la ve en compañía del Pontífice. Representa el Papa, así mismo, la religiosidad de un pueblo que ve en él la presencia de Dios en la tierra.
Desafortunadamente para Gálvez, en las fotografías y videos circulados por el equipo de la candidata de “Sigamos Haciendo Historia” es mayor la cercanía física del Papa con Sheinbaum, a quien recibió en su despacho privado e incluso tomó de las manos, ganando ella, de cierta manera, la primera batalla por las representaciones. De ahí, la rapidez y el encono con que en redes sociales se le llama “la judía”, para afirmar que a pesar de la visita ella no representa a la comunidad católica mexicana. Sin embargo, se puede diferir de esta postura toda vez que la política no apeló en la audiencia papal a su origen religioso sino al republicanismo que hace alusión a la tradición laica de la política mexicana y al pensamiento humanista del Santo Padre, a quien ha descrito como “uno de los líderes y pensadores globales más grandes de los últimos tiempos”.
Así Claudia, con seguridad, busca unir de manera simbólica el humanismo papal con el humanismo lopezobradorista de la Cuarta Transformación (4T), no en balde ella misma, en función de la reciente visita, dice citar con frecuencia una de las frases del Papa Francisco, a saber: “La única manera lícita de mirar de arriba abajo a alguna persona es cuando le das la mano para levantarse”. Si esta frase no puede ser unida a la gran promesa del actual presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, “por el bien de todos primero los pobres” no se ha entendido del todo la profunda visión religiosa, que no católica, con la que el primer mandatario concibe y ejerce el poder a partir de una idea central: “el amor al prójimo”.
A diferencia de Sheinbaum, Gálvez sí apeló a su catolicismo compartido con el Pontífice. Ella fue recibida en las oficinas del Pontífice en la Catedral de San Pedro no en su despacho privado y si hablamos de simbolismos, el lugar sí importa. No aguantó la candidata de “Fuerza y Corazón por México” la tentación de incluir en la visita, que calificó de espiritual, personal y no política, como si “lo político” no formara parte de su actuar como “política” prácticamente en campaña, y la foto con el Papa a toda su familia, esposo, hija e hijo.
Ciertamente, en este punto Xóchitl y su equipo se adelantaron a Claudia quien dio una pronta respuesta, viajando también, sabedora de la importancia que en términos simbólicos reviste ser recibida por el máximo jerarca de la Iglesia Católica y cuidando de no incluir a toda su familia en la visita y la foto, en una representación más de Estado que privada, se diría.
No podían ambas candidatas dejar ese vacío sin importar las múltiples interpretaciones que se puedan dar a esta visita, así como aquellos cuestionamientos dirigidos a descalificarlas poniendo en duda la necesidad de tal visita, cuando buena parte del electorado profesa la religión del Vaticano.
La visita de Xóchitl Gálvez a Estados Unidos y España también pasan por el tamiz de lo simbólico. En el primer país, no pasó desapercibida su actitud quejosa en contra del actual gobierno y su petición para que autoridades y grupos políticos de la potencia tomen cartas para intervenir en las próximas elecciones. En este punto, su diálogo con Luis Almagro, Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA), más propenso a defender los intereses imperialistas de Estados Unidos que a las democracias latinoamericanas y señalado por apoyar intentos golpistas en países como Bolivia, Nicaragua y Venezuela, tiene un fuerte carácter simbólico, por lo que representa pedir a un “golpista” que “observe” las elecciones presidenciales en puerta. Como de una “vende Patrias” fue interpretada por muchos este acercamiento.
Ese mismo carácter tuvo su visita a España en la que no fue recibida, como era su intención, por el presidente del Partido Popular (PP) y principal líder de la derecha española, Alberto Núñez Feijóo, quien solo le dio oportunidad de una breve llamada telefónica. No logró reunirse tampoco con el premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, conocido por sus posturas conservadoras, quien delegó en su hijo, Álvaro, el encuentro con ella pero, al final, ni él acudió a la reunión con la candidata panpriprerredista, sino que envió al subdirector de su fundación, Gerardo Bongiovanni, en su lugar. Por supuesto, estos desaires no pueden ser interpretados más que como el reconocimiento prematuro de que Sheinbaum va a convertirse en la próxima presidenta de México, por lo que no había necesidad de perder el tiempo con Xóchitl.
Pero no solo las visitas a Estados Unidos, la OEA, España o el Vaticano tienen un fuerte tono simbólico, la “Marcha por Nuestra Democracia”, que no fue marcha sino concentración, de este domingo también lo tiene. Sólo hace falta leer entre líneas para darse cuenta de los simbolismos que en ella aparecen representados.
En primer lugar, los colores blanco y rosa con los que este tipo de encuentros ciudadanos se ha identificado desde el principio, de ahí el nombre de “Marea Rosa”, y que luego fueron adoptados por la candidata de “Fuerza y Corazón por México”, en un intento por construir un nexo simbólico entre ella y la lucha civil por una democracia supuestamente en peligro.
El segundo símbolo es justamente “la democracia” que dicen defender y que fue definida como:
…no son solo elecciones libres, significa también que tengamos la posibilidad de acudir ante un juez cuando el gobierno nos persigue injustamente; o bien que un periodista pueda publicar una investigación sobre la corrupción; o que los ciudadanos podamos contar con información sobre cómo el gobierno gasta el dinero público, o cuáles son las decisiones que están detrás de una obra de infraestructura, o de la política de salud; y también que la Suprema Corte anule una ley que va en contra de la Constitución. Todo eso significa tener democracia.
por el único orador Lorenzo Córdova Vianello, exconsejero presidente del Instituto Nacional Electoral (INE), tercer símbolo que representa a la autoridad electoral, aquella que no se toca.
Es de resaltar su afirmación de que, desde el fin de la Revolución, México arrastra graves problemas que siguen pendientes de solución: la pobreza, la desigualdad, la corrupción, la impunidad, la violencia y la inseguridad y que a diferencia de estos en donde sí se ha avanzado es en materia de democracia. Democracia vista en términos abstractos, o en todo caso, a nivel procedimental pero disociada de aquellos problemas que el mismo orador acababa de enunciar.
Pero, lo más contradictorio de su discurso fue su afirmación:
Que quede claro: no estamos aquí reunidos, en ejercicio de nuestros derechos constitucionales, para apoyar o criticar a ninguna candidatura, a ninguna campaña, a ningún partido o coalición; es más, no estamos aquí para criticar a ningún gobierno en sí. Estamos aquí reunidos para defender a la democracia y para decirle NO a toda propuesta que busque desmantelar las conquistas que en ese sentido hemos alcanzado.
Curiosos dichos cuando toda su perorata estuvo destinada a rechazar las reformas constitucionales propuestas por el presidente de la República en días pasados, y cuando al cerrar sostuvo que: “Si los autoritarios no descansan, tampoco lo haremos quienes luchamos y defendemos la libertad, la igualdad, los derechos y la democracia. ¡Aquí estamos hoy y aquí estaremos todas las veces que sean necesarias!”. Más claro ni el agua. Simbólicamente el orador dijo que votarán por Xóchitl, la de rosa y blanco, quien justo representa exactamente lo contrario que el orador y la Marea Rosa rechazan.
Reforzando la idea puede decirse que en dicha concentración los símbolos saltaron a la vista: los colores rosa y blanco, que quieran o no se asocian ahora con Xóchitl Gálvez; el Zócalo mismo que por décadas ha sido relacionado con la izquierda política mexicana, en especial con López Obrador y su movimiento de resistencia, de ahí el tropiezo mental de Enrique Krauze quien comparó la concentración de la Marea Rosa con el Movimiento Estudiantil del ’68 y la toma del Zócalo por las y los estudiantes; la intención de “llenar” la Plaza de la Constitución para demostrar que sí López Obrador puede, ellos y ellas también para “mostrar músculo”, como se dice. Símbolos que representan a una oposición que, al parecer, al fin ha encontrado un discurso que le permite acercarse al imaginario colectivo de la clase media mexicana, al menos la que vive en la Ciudad de México y este no es un logro menor, ni un aspecto que deba ser subestimado por quienes pretenden continuar por largo tiempo ejerciendo el poder de la presidencia de la República en aras de un proyecto alternativo de Nación.
Mirada desencantada
Nunca avanzará lo suficiente este país si los partidos políticos convierten en funcionarios públicos y gobernantes a personajes inaceptables conocidos, o al menos sospechosos, por corrupción, enriquecimiento ilícito, abusos de poder, violencia contra la ciudadanía y demás linduras.
Ha trascendido la intención de Movimiento Ciudadano (MC) de convertir en senadora de la República a personajes indeseables de la política mexicana como la aún alcaldesa de Cuauhtémoc Sandra Cuevas Nieves, quien hace unas semanas ordenó a empleados de la alcaldía golpear a un ciudadano en plena vía pública, y que se ha hecho famosa por sus excesos, derroche de recursos públicos, decisiones arbitrarias y una serie de acciones que han puesto incluso en entredicho su salud mental (le recomiendo revisitar mi artículo ¿Quién puede frenar a Sandra Cuevas, alcaldesa de la Cuauhtémoc? en: https://julioastillero.com/mirada-desencantada-quien-puede-frenar-a-sandra-cuevas-alcaldesa-de-la-cuauhtemoc/). No sé usted, pero yo no le perdonaré a MC por obligarnos a presenciar los desvaríos, abusos y excesos de Sandra Cuevas, al menos, por seis años más.
En la misma línea va el Partido Acción Nacional (PAN) quien piensa postular a dos personajes con investigaciones abiertas por corrupción como Ricardo Anaya Cortés, expresidente del PAN, y Francisco García Cabeza de Vaca, exgobernador de Tamaulipas.
No se queda atrás el Partido Verde Ecologista de México (PVEM), aliado del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), que parece se ha propuesto también “rescatar” perseguidos políticos, como dicen ser los dos elegidos por el PAN, como el también exgobernador de Tamaulipas, Eugenio Hernández, quien estuvo preso por 7 años acusado de uso indebido de recursos públicos y quien, en spot filtrado del PVEM, se dice inocente y perseguido político por Francisco García Cabeza de Vaca. La situación es dramática, pero que divertido será ver a ambos exgobernadores, uno perseguido por el otro, según ellos, compartiendo el mismo espacio en la sede del Poder Legislativo.
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