Por: Ivonne Acuña Murillo
De histórica debe calificarse la elección del 2 de junio. Primero, por la cantidad de personas que desde muy temprano se dieron cita en las casillas electorales, poco más del 60%, aunque en lugares como la Ciudad de México (CDMX) y ciertas zonas del Estado de México se anticipa una participación cercana al 70%. Segundo, porque la ciudadanía en México decidió votar a su primera mujer presidenta, pues como indican los resultados preliminares, Claudia Sheinbaum Pardo, candidata de la coalición “Sigamos Haciendo Historia”, ha sido elegida para ocupar la silla presidencial durante el periodo 2024-2030. Tercero, porque una vez más la experiencia y profesionalismo del Instituto Nacional Electoral (INE), los 49 mil, 748 supervisores y capacitadores y los poco más de 12 millones, 819 mil ciudadanos y ciudadanas que operaron como funcionarios de casilla, hicieron posible que se llevara a buen término la elección más grande de la historia política de México, a saber: 20 mil, 708 cargos de elección popular, incluyendo la presidencia de la República, Cámara de Diputados y Cámara de Senadores, ocho gubernaturas (Chiapas, Guanajuato, Jalisco, Morelos, Puebla, Tabasco, Veracruz y Yucatán) y la jefatura de la CDMX a los que se sumaron 1,098 cargos para legisladores locales, 1,802 presidentes municipales, 14,764 regidurías, 1,975 sindicaturas y 431 cargos auxiliares. Cuarto, una fiesta cívica en que la ciudadanía mexicana demostró, una vez más, su capacidad para dirimir sus diferencias de manera pacífica y ordenada, informando de la persistencia del apoyo a la democracia como forma de gobierno.
Esto permite afirmar que, en buena medida, es la voluntad ciudadana la que mantiene a flote el funcionamiento de un sistema electoral aceitado con su participación. En este punto, destacaría la confianza depositada en la autoridad electoral, misma que llevó a millones de ciudadanas y ciudadanos a ejercer su derecho a votar.
Lo anterior también permite sostener que puede matizarse la idea de una sociedad polarizada cuando de manera contundente esta se inclinó por apoyar la continuidad del actual proyecto de gobierno.
De acuerdo con el Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP), al cierre de las 10:50 del 3 de junio y con el 82.2230% de las actas computadas (140,312 de 170,648), lo que se traduce en 50 millones, 204 mil, 012 votos computados, Claudia Sheinbaum gana con el 58.9077% de los votos; mientras que Xóchitl Gálvez Ruiz se queda con el 28.0923% y Jorge Álvarez con el 10.5174%.
Pero la coalición formada por el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), el Partido del Trabajo (PT) y el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) no solo continúan en la presidencia de la República, sino que salen vencedores en 5 de 8 estados: Chiapas, Morelos, Puebla, Tabasco y Veracruz, a los que se suman la CDMX y muy probablemente el estado de Yucatán, para hacer un total de 7 entidades de las 9 en disputa. Mientras que el Partido Acción Nacional (PAN) conserva Guanajuato y Movimiento Ciudadano (MC) Jalisco.
Por si no bastara, avanza el llamado “Plan C”, pues Morena y sus aliados logran la mayoría calificada, tanto en Cámara de Diputados como de Senadores, lo cual permitirá al presidente saliente hacer las grades reformas constitucionales que no pasaron hacia el final de la legislatura pasada y que suponen cambios al INE, al Poder Judicial, a los órganos autónomos, entre otros, librando a la próxima presidenta del país de la presión política que tales cambios conllevarán y allanando el camino para que pueda continuar con el proyecto de la Cuarta Transformación (4T), que algunos comienzan a posicionar como la Quinta Transformación (5T), posiblemente pensando en lo que supone que por primera vez en 200 años una mujer ocupe la silla presidencial.
No se puede dejar de anotar que el triunfo de la coalición “Sigamos Haciendo Historia” supone un decidido reconocimiento a lo hecho por el actual presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, y su gestión en favor de las grandes mayorías, pero también un voto de confianza a quien será la próxima presidenta de la Nación, quien llega al cargo con la enorme legitimidad que le otorgan más del 58% de los votos, hasta el momento del conteo, 29 millones, 574 mil, 038 personas decidieron votar por una mujer con vocación de izquierda; esto es, preocupada por el bienestar de las grandes mayorías, como ella misma reiteró la noche del 2 de junio: “por el bien de todos primero los pobres”, máxima del humanismo mexicano lopezobradorista, sin dejar de comprometerse por quienes votaron por ella y por quienes no.
Interesantes datos que, de acuerdo con las tendencias marcadas por el PREP, Sheinbaum llega con casi el 60% de los votos, en tanto, en 2018, AMLO llegó con el 53.19%, lo que se tradujo en 30 millones 113 mil, 483 votos. Triunfo inobjetable, pero, sobre todo, éxito de la ciudadanía que por segunda ocasión hace valer su voluntad y decide, claramente más allá de las estructuras partidistas, por quién ha de gobernarla y con qué proyecto de país. Esto es, el 2 de junio la ciudadanía decidió, sin lugar a dudas, el rumbo del país poniendo en manos de la coalición encabezada por Morena la consolidación de la 4T y el inicio de una nueva etapa, en la que será una mujer la que comande y afiance lo iniciado por el presidente saliente en ruta a la 5T, mejor identificada como “el tiempo de las mujeres”.
Lo anterior, supone un mandato claro y contundente que derrota a las narrativas que intentaban colocar en la mente de la ciudadanía la idea de una elección de Estado o la posibilidad de anular la elección o parte de esta.
Ciertamente, se está ante el inicio de algo nuevo, se diría que continúa el camino hacia lo inédito, iniciado por el aun primer mandatario, y que por lo mismo supone enormes retos. Primero, para la próxima presidenta quien deberá luchar contra las tendencias de dentro y fuera de la coalición, quien deberá buscar acuerdos con las élites políticas, cada vez más debilitadas, pero reuntes a apoyar a los gobiernos de izquierda, y con las élites económicas atrincheradas en sus fortalezas, pero más dispuestas que los políticos a negociar. Tendrá asimismo, que sostener el tono conciliador y corrido hacia el centro con el que aceptó su triunfo electoral para limar, en lo posible, las asperezas causadas por la polarización que ha caracterizado a las élites políticas y económicas desde 2006. Igualmente, está casi obligada a gobernar mejor que cualquiera de los hombres que le anteceden, incluido a su mentor López Obrador, pues al ser la primera mujer presidenta sus acciones, palabras, intenciones, arrebatos serán vistos con lupa buscando errores y debilidades para afirmar que las mujeres no son aptas para gobernar. Estos y muchos más serán los retos que deberá afrontar.
Segundo, para superarlos deberá contar con el apoyo decidido de Morena y sus partidos aliados. El primero, tiene por supuesto también un reto mayor, consolidarse como una institución política capaz de resistir las presiones de fuera, pero sobre todo de dentro fortaleciendo su vida institucional y siguiendo la ruta marcada y que en el proceso interno para la elección de su candidata mostró signos de formalización.
Más allá de Sheinbaum y Morena, el país requiere la reconformación de la oposición política, de manera que quienes hoy la componen cedan el paso a políticos y políticas realmente comprometidas con el país y su población, más que con los grupos que hasta hace poco se sintieron dueños de México, con liderazgos sólidos que ofrezcan a sus bases proyectos viables de país y de gobierno, capaces de cuestionar con argumentos y datos a las administraciones de izquierda, pero, sobre todo, que sean capaces de reconocer los aciertos de estos y negociar en beneficio del pueblo, de aquel que se alejaron al punto de no reconocerlo.
Queda decir, como parte de un profundo y largo análisis, que el triunfo de Sheinbaum, Morena y sus aliados políticos llevará a la continuidad de un proyecto largamente anhelado y al inicio de una nueva ruta en la misma dirección.
Mirada desencantada
Como en todo proceso electoral no podían faltar algunos elementos negativos que, de cualquier manera, no alcanzaron para empañar la fiesta cívica que se vivió el domingo 2 de junio. Entre ellos, el hecho de que la gran mayoría de candidatos y candidatas a los puestos de mayor responsabilidad se declaran ganadores antes que la autoridad electoral informara de las tendencias arrojadas por los datos oficiales.
Destaca también el hecho de que Xóchitl Gálvez Ruiz y Jorge Álvarez Máynez se tardaran en reconocer el triunfo de Claudia Sheinbaum a pesar de la enorme diferencia con la que ganó. Esto lleva a comparar con la actitud democrática de José Antonio Mead Kuribreña que, apenas pasados unos minutos de las ocho de la noche, reconoció que las tendencias favorecían a Andrés Manuel López Obrador. Seguido de él, Ricardo Anaya Cortés, un poco presionado por la pronta salida de Mead, hizo lo propio. Para las 8:30 de la noche del 1 de julio de 2018 no había duda de que AMLO había ganado.
Esto lleva a pensar en los cuestionamientos hechos por la oposición en torno a considerarse garantes de la democracia, esa que se sostiene por un voto de diferencia, y que al momento de reconocer sus propias derrotas no parece tal.
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