Por: Ivonne Acuña Murillo
Nada de nuevo tiene el hecho de que un presidente de la República en México, por poderoso que sea, se encuentra imposibilitado para controlar todo, absolutamente todo lo que pasa en su gobierno y bajo la administración de aquellas personas en quienes ha decidido depositar su confianza y Andrés Manuel López Obrador (AMLO) no es la excepción. Su probada honestidad (a menos que por fin se demuestre lo contrario), vida austera, compromiso con sus gobernados y promesa de no mentir, robar o traicionar al pueblo no han sido ni serán suficientes para, por decreto, acabar con la enorme corrupción que atraviesa al país de lado a lado y de arriba a abajo. Por esta razón, resulta una verdad de Perogrullo decir que “ha sido engañado o al menos mal informado”. Aquí se pregunta, más bien, ¿si es López Obrador el que ha engañado?, ¿si López Obrador ha sido engañado o sufre ceguera selectiva? y ¿ante cuántas cosas deberá cerrar los ojos un presidente para poner atención solo en aquello que quiere lograr?
¡Vaya una novedad! Un primer mandatario mexicano engañado por sus subordinados quienes le hacen inaugurar carreteras que no llegan a ningún lado; obras que ya fueron estrenadas también por alguno de sus antecesores; hospitales que se llenan con equipo y pacientes de otros hospitales para luego regresarlos dejando las nuevas instalaciones como un cascarón vacío; programas sociales cuyos recursos son desviados a cuentas personales; políticas públicas que no funcionan debido a la ineficiencia o inexperiencia de la persona asignada para operarlas; y, un sinfín de etcéteras. ¡Vaya una novedad!
No se puede negar que el presidente de la República ha buscado mecanismos, como la supervisión de obras cada fin de semana así como su acercamiento a las y los beneficiarios, en algunos casos personalmente y en otros vía funcionarios de su gobierno o integrantes de la estructura paralela conocida como “los servidores de la Nación”, para evitar en lo posible semejantes engaños, pero habrá que sincerarse y reconocer que observarlo todo es imposible y que AMLO ha debido concentrarse en aquello que ha convertido en la razón de su presidencia.
Si, por definición, un sexenio dura solo seis años, ¿cuánto de ese tiempo debería ocupar AMLO para atender todo aquello que desde diferentes frentes se le reclama? Ante las exigencias múltiples y como buen pragmático, el presidente de la República decidió, aún antes de tomar posesión, aquellos temas a los que dedicaría todo su cuidado, esfuerzo y tiempo, los demás, son “eso”, “los demás”, a los que poca o nula atención ha prestado o prestará.
Él sabe que el tiempo es corto, que seis años no son una vida, que apenas alcanzan para marcar la línea a seguir en lo que a su proyecto de transformación respecta y para realizar algunas grandes obras que no permitirán que su nombre caiga en el olvido: la pensión a personas adultas mayores, las becas a jóvenes, el Tren Maya, el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA), la Refinería de Dos Bocas, la autosuficiencia energética y alimentaria, entre otros grandes proyectos cuyos efectos se sentirán cuando se haya retirado de la vida pública.
Empeñado en que un sexenio equivalga a dos dedica 16 horas al día, toda la semana y aún los sábados y los domingos, como él mismo ha señalado en diversas conferencias de prensa, un ejemplo la “Mañanera” del 12 de agosto de 2022. No hay lugar para distracciones, por lo que la ceguera selectiva debe aplicarse, no solo para no perder tiempo, sino para lograr la tranquilidad que supone el deber cumplido, consigo mismo y con quienes se prometió una ruta distinta.
Pero, por supuesto, para la mayoría de quienes se dedican al análisis de los hechos de este gobierno el auto compromiso de no distraerse de lo que se considera esencial no opera, por lo que de continuo aparecen artículos en los que se hace énfasis en que el presidente ha sido engañado, que no se le proporciona información fidedigna o que, simplemente, es él quien engaña al pueblo. Basten algunos ejemplos.
El 7 de agosto de 2019, apareció el artículo “¡Engañan al presidente; las pruebas!” (La Silla Rota), firmado por Ricardo Alemán, asiduo crítico del presidente y quien sugirió “matar a AMLO” (“Ricardo Alemán pide a los seguidores de AMLO que lo maten como un fan mató a John Lennon”, Libertad bajo palabra, 6 de mayo de 2018). En el texto, Alemán sostiene que “existen pruebas claras de que alguno o algunos de ‘los hombres del presidente’ lo engañan”, pues en la “Mañanera” del 18 de julio del mismo año, López Obrador afirmó que se desconocía donde habían quedado los millones de dólares confiscados por el gobierno de Felipe de Jesús Calderón Hinojosa al ciudadano chino-mexicano Zhenli Ye Gon, conocido por la frase “coopelas o cuello”. En respuesta, el articulista afirmó, basado a su vez en lo sostenido por Calderón y el periodista Fred Álvarez, que ese dinero se había hecho llegar a la Secretaría de Salud (SSA), el Poder Judicial y la Procuraduría General de la República (PGR) por partes iguales: 68 millones de dólares a cada institución. Si la duda se aplica a AMLO, habría que preguntarse también por las pruebas que permiten sostener la distribución y el uso de ese dinero más allá de los dichos del mismo expresidente y el periodista citados por Alemán.
Más recientemente, el 5 de junio de 2020, otro articulista, en esta ocasión, Raymundo Riva Palacio, en su columna Estrictamente Personal, publicó “El engaño a López Obrador” (El Financiero), se pregunta: ¿Por qué nadie cuida al Presidente? ¿Por qué dejan que salga a la arena pública a repetir las mentiras que le dicen en su equipo? ¿Quiénes le calientan la cabeza y lo lleva (sic) a confrontaciones que lo exhiben?, en relación con una afirmación contundente: los “datos que le proporcionan (su equipo) no resisten el más mínimo análisis”. No se sostiene, afirma Riva Palacio, lo dicho por AMLO en torno a que “nunca se había atacado tanto a un gobierno como ahora en los periódicos, en la radio, en la televisión, (antes) todo era aplaudir y callar, quemarle incienso al presidente, lo cual ahora es un timbre de orgullo, porque hay libertades y la prensa no está subordinada, sometida al poder como antes”.
Ciertamente, se podrá decir que Peña fue un presidente muy criticado porque no había manera de defenderlo, pero no porque se hiciera un verdadero ejercicio de crítica al poder, pues muchas de las personas que lo cuestionaron fueron quienes le ayudaron a crear una imagen positiva que le permitió ocupar la silla presidencial. Y continúa el articulista: “La prensa sometida al poder, como plantea (López Obrador), es una mentira”, incluso se atreve a sostener que “Ni siquiera en la parte dura del autoritarismo mexicano en los 60 y 70, dejó de haber prensa crítica, que era reprimida” como si con esta afirmación conjurara la existencia de una prensa comprada afín al poder.
Una afirmación más extrema fue la hecha por la estridente senadora Lilly Téllez para quien “En el poder, el viraje de la 4T se ha dado porque grupos de izquierda radical han empezado a dominar la agenda. Estos grupos de izquierda radical han engañado y envenenado al presidente. Están empezando a imponer una agenda de izquierda radical muy peligrosa para México. Son personas hipócritas los grupos de izquierda que aconsejan al presidente por ambición, por conveniencia”. (Redacción, “Grupos de izquierda radicales han engañado y envenenado al presidente: Lilly Téllez”, 24 Horas, 4 de junio 2020).
Pero, no es la senadora Téllez la única con una postura extrema, lo es también Plácido Garza, para quien “AMLO es el presidente más engañado de México”. Garza escribe que cuenta con un equipo de Big Data, experto en cruzar, refinar y corroborar información con cierta facilidad lo que es falso y que ha comprobado que a pesar de que AMLO presume que se entera de todo, “resulta que comprobamos que al señor le informan mal, con alevosía, ventaja y repetición” (“Irreverente. El presidente más engañado en la historia de México”, sdpnoticias.com, 19 de agosto de 2020).
Más recientemente, a través del caso que ha dado en llamarse “Guacamaya links” se pretende buscar información que revele datos que permitan afirmar que el presidente ha sido engañado por gente de su equipo o que él mismo ha engañado al pueblo. Guacamaya es un ciber grupo clandestino que ha robado secretos gubernamentales en varios de países de América Latina. En el caso de México, tuvo acceso a cientos de documentos reservados de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), acción que fue hecha pública por Latinus, la primera plataforma binacional 100% digital, diseñada para generar noticias, enfatizando el estado de salud del presidente López Obrador. Sabido es que las estrellas de esta plataforma, Carlos Loret de Mola y el payaso Brozo le han declarado la guerra a AMLO, por lo que llama a suspicacia que fuera precisamente esta agencia la que primero diera a conocer la filtración citada.
Destaca, en este caso, el supuesto espionaje en contra de periodistas y luchadores de derechos humanos realizado por la Sedena, por cuenta propia o por orden del primer mandatario, haciendo referencia a las dos posibilidades: un presidente engañado o un presidente que engaña al no cumplir sus promesas como aquella de que durante su administración no habría espionaje a opositores.
No puede quedar fuera de este texto el libro de muy reciente publicación, El rey del cash. El saqueo oculto del presidente y su equipo cercano, escrito por Elena Chávez, en la que la autora, anterior pareja sentimental de César Yáñez Centeno Cabrera -subsecretario de Desarrollo Democrático, Participación Social y Asuntos Religiosos, de la Secretaría de Gobernación, en este gobierno, y quien ha ocupado diversos puestos al lado de AMLO-, afirma haber sido testiga del uso indebido de fondos públicos, por parte de Marcelo Ebrard Casaubón y Mario Delgado Carrillo, en beneficio del hoy primer mandatario y sus campañas presidenciales. En entrevista con Carmen Aristegui, del 10 de octubre de 2022, la autora no ofreció pruebas fehacientes de tal delito sino su testimonio y el de otros. Una lectura atenta permitirá salir de dudas.
Como sea, existe en México un grupo, bastante compacto, de gente empeñada en minar la base de flotación de López Obrador, para impedir la continuidad del proyecto denominado por él mismo la Cuarta Transformación (4T).
Con este objetivo, se combinan las acusaciones fluctuando entre la versión que sostiene que es AMLO un dictador de izquierda radical con aquella según la cual está siendo engañado con información manipulada, sesgada, incompleta y malintencionada, dejando en evidencia que tirar hacia la visión de un presidente que ha engañado al pueblo con promesas falsas o hacia un mandatario engañado, manipulado y burlado por sus allegados depende de la conveniencia política del momento y que en ambos casos el fin último es deslegitimar al político más popular, querido y aprobado de los últimos tiempos.
Pocos apuestan a un análisis serio y profundo de un político de larga trayectoria cuyas decisiones responden no solo a un proyecto largamente acariciado, sino al contexto en que este debe ser puesto en práctica, más aún, en que algunas son una respuesta reactiva a la manera en que ha sido atacado tratando de evitar que un plan en favor de los grupos menos favorecidos tenga lugar. En este sentido, puede preguntarse si la salida lopezobradorista de llamar “politiquería” a las denuncias, algunas dignas de la atención presidencial, en contra de personas integrantes de su gobierno no son una respuesta lógica ante los intentos por boicotear un proyecto lejano a las élites políticas y económicas mexicanas, o, una estrategia pragmática para resistir a los embates de sus malquerientes.
Para evitar ser engañado, el presidente tendría que dedicarse, obsesivamente, a ratificar la información que con seguridad le llega de todas partes, de las y los funcionarios de su administración, de la población, de la oposición política, de los medios de comunicación, de los grupos de poder económico y político extraños a su gobierno, para poder discernir si lo que recibe es verdadero o no; si lleva una intencionalidad política para hacerlo dudar de sus allegados y que no pueda confiar en nadie. Ante tal amenaza, el presidente ha optado por la, tal vez sana y pragmática estrategia de desechar aquella información que pondría en jaque a una parte de su gabinete y que cuestionaría sus planes y proyectos de gobierno. Pragmático hasta el fin, López Obrador ha decidido prestar “oídos sordos” al ruido, o cerrar los ojos, ceguera selectiva, ante lo que él denomina “politiquería”, en torno a las denuncias que buscan hacerle ver a la población que el presidente miente o ha sido engañado y sembrar en él esa certeza suponiendo que en realidad no sepa, totalmente, lo que pasa en las filas de su administración.
Mirada desencantada
El terror y la infamia continúan. Asesinan a balazos, en la autopista México-Puebla, cerca del fraccionamiento del Infonavit Villa Frontera, a otra madre buscadora, a Esmeralda Gallardo, madre de Betzabé Alvarado Gallardo de 22 años, quien desapareció junto con otra joven de nombre Fabiola el 13 de enero de 2021, exactamente en el mismo lugar en el que Esmeralda fuera cobardemente ultimada.
Se presume que los autores de este feminicidio estarían relacionados con una banda de narcomenudistas acusada por la Unión Popular de Vendedores y Ambulantes “28 de octubre” de haberse apoderado de una sección del tianguis “La Cuchilla”, contando con protección policial. Sin embargo, para no variar, se busca inculpar del crimen a Jesús Guillermo, amigo de la madre buscadora.
Poco importan los datos, los indicios, las acusaciones, la impunidad campea y la respuesta gubernamental a la desaparición de jóvenes mujeres y al asesinato de sus madres brilla por su ausencia.
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