02 de julio de 2026.- Es cierto, es solo fútbol, no deben sobredimensionarse los logros o fracasos de la selección de nuestro país. Es cierto también, el patrioterismo que se aferra al fútbol tiene un lado peligroso y funesto, especialmente en un país tan futbolero. Y es evidente, pero no sobra decirlo, las cosas que de verdad importan siguen como antes de la justa mundialista: los corruptos celebraron el gol de Julián frente a una televisión de 100 pulgadas (incluso algunos en el estadio), los desaparecidos no vieron el gol de Raúl, y muchos otros no vieron la atajada de Tala porque había que chambear para llevar pan a la casa, o porque este año tampoco hubo lana para la televisión. Y sin embargo, es innegable, México, el Pueblo, está de fiesta.
De fútbol no busco decir mucho: Excelente partido, el equipo genera gran ilusión y ahora vamos por Inglaterra (sí, soy de esos que utilizan el plural). Pero lo que más me interesa es el México histérico, el hambre de fiesta, de logros, de encuentro. La fiesta mexicana no solamente nos es llamativa a los mexicanos. Gracias a las redes sociales, el aura de nuestra fiesta galopa más allá de las fronteras, contagia, atrae, vende. Y nosotros sacamos el pecho: porque nos enorgullece que se voltee a ver a nuestro país, porque qué chingones somos, porque nos encanta sentirnos diferentes y que nos comparen con los gringos, y que nos crean mejores que ellos, aunque sea en una cosa. Algunos analistas sugieren sacarle raja a este momento mexicano. A la Mexicomanía. Porque hoy, lo mexicano es cool. Y de nuevo sacamos el pecho, y lagrimean los ojos.
“Nuestra pobreza puede medirse por el número y la suntuosidad de las fiestas populares. Los países ricos tienen pocas: no hay tiempo, ni humor. Y no son necesarias; las gentes tienen otras cosas que hacer y cuando se divierten lo hacen en grupos pequeños. Las masas modernas son aglomeraciones de solitarios […] Pero un pobre mexicano, ¿cómo podría vivir sin esas dos o tres fiestas anuales que lo compensan de su estrechez y de su miseria? Las fiestas son nuestro único lujo; ellas sustituyen, acaso con ventaja, al teatro y a las vacaciones, al “week end” y al “cocktail party” de los sajones, a las recepciones de la burguesía y al café de los mediterráneos” (Paz 1959, p.43).
Pero, como en todo lo histérico, afloran emociones de todo tipo. Porque el histérico celebra por cualquier cosa, pero también sufre y estalla. Porque el histérico es eso: es emoción ingobernable. Y viene la gente de las partes más altas de la ciudad, en donde todas las casas son blancas, a pedirle al Pueblo histérico que si por favor no le bajan a su histeria. No a toda. Porque la histeria de celebración es llamativa, porque qué bonito es ser mexicano, porque la gente nos ve y nos quiere y nos aplaude. Porque todos podemos sacarle raja a esa histeria. Pero, por favor, que le bajen a la histeria negativa, a la que tira basura y rompe. A la que lastima y hace cosas irracionales, a la que daña la propiedad privada, a la que hasta mata. Pero esas solicitudes, justificadas, no entienden a lo histérico. No entienden que lo que solicitan es como pedir descontrol controlado. O barullo silencioso. Cómo celebrar el gol del gane a un lado de un bebé que duerme. Antinatura.
“En ocasiones, es cierto, la alegría acaba mal: hay riñas, injurias, balazos, cuchilladas. También eso forma parte de la fiesta. Porque el mexicano no se divierte: quiere sobrepasarse, saltar el muro de soledad que el resto del año incomunica. Todos están poseídos por la violencia y el frenesí. Las almas estallan como los colores, las voces, los sentimientos. ¿Se olvidan de sí mismos, muestran su verdadero rostro? Nadie lo sabe. Lo importante es salir, abrirse paso, embriagarse de ruido, de gente y de color.
México está de fiesta. Y esa Fiesta, cruzada por relámpagos y delirios, es como el revés brillante de nuestro silencio y apatía, de nuestra reserva y hosquedad” (Ibid., p.44).
Están bien los llamados a la moderación, a la racionalidad. Me uno. No está mal querer que las cosas tomen otro curso. Lo único que sugiero es que busquemos entender por qué las cosas pasan como pasan. Y para ello hay que tener una mirada histórica cuando se analizan momentos como el que vive el país en esta fiesta nacional. Las redes sociales, las nuevas formas en que nos comunicamos, nos engañan para que pensemos elmomento actual como excepcional, porque somos individuos, todos diferentes, en un tiempo que nunca se había vivido. Pero el problema es que, además de eso, somos un colectivo con su propia psicología, identidad e historia compartida. No se trata de negar que existen cosas nuevas: el momento de la economía mundial, la 4T, la inteligencia artificial, las redes sociales, la primera victoria de la selección en fase de eliminación en más de 40 años, por nombrar algunas. Pero lo que intento remarcar es que, dentro de la diferencia, hay continuidad.
“En esas ceremonias – nacionales, locales, gremiales o familiares – el mexicano se abre al exterior. Todas ellas le dan ocasión de revelarse y dialogar con la divinidad, la patria, los amigos o los parientes. Durante esos días el silencioso mexicano silba, grita, canta, arroja petardos, descarga su pistola en el aire. Descarga su alma. Y su grito, como los cohetes que tanto nos gustan, sube hasta el cielo, estalla en una explosión verde, roja, azul y blanca y cae vertiginoso dejando una cauda de chispas doradas” (Ibid., pp.43-44)
“Pero a diferencia de lo que ocurre en otras sociedades la Fiesta mexicana no es nada más un regreso a un estado original de indiferenciación y libertad; el mexicano no intenta regresar, sino salir de sí mismo, sobrepasarse. Entre nosotros la Fiesta es una explosión, un estallido. Muerte y vida, júbilo y lamento, canto y aullido se alían en nuestros festejos, no para recrearse o reconocerse, sino para entredevorarse. No hay nada más alegre que una fiesta mexicana, pero también no hay nada más triste. La noche de fiesta es también noche de duelo” (Ibid., p.47).
Lo que se ve en las calles, lo deseable y lo no tanto, son dos partes de una moneda. Del México histérico, ingobernable. Lo que expongo no es un análisis normativo, sobre lo que debe o no debe ser, es un análisis descriptivo, de lo que es. La fiesta mexicana tiene esas características, y es parte de ser mexicano. Por lo menos, así lo pensaba Octavio Paz. Pero eso no significa que debamos hacer las paces con lo que somos; siempre es deseable aspirar a ser mejores. No hay problema con eso. Pero lo principal que se necesita para aspirar es entender desde dónde se parte. Que sirvan estas reflexiones para revisitar o descubrir por primera vez El laberinto de la soledad para el análisis de la reacción del Pueblo cuando nuestro pase a cuartos de final se concrete. ¿Y si sí?
Paz, Octavio (1959) El laberinto de la soledad. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica

Ricardo Bravo
Internacionalista por el Colegio de San Luis, maestro en filosofía política por la Univeridad Pompeu Fabra en Barcelona. Candidato a doctor en teoría política por la Universidad Centroeuropea en Viena. Instagram y Threads: Parteaguas.mex




