Autor: José Reyes Doria | @jo_redo
La política no para por el Mundial. Las amenazas de Trump tampoco. Pero el nacionalismo del pueblo mexicano anidado en la Selección Mexicana (o como le decíamos antes, el Tri), sí pone a la grilla y las amenazas imperialistas en pausa futbolera. El Tri ha obtenido dos triunfos y ya aseguró el primer lugar de su grupo, lo cual garantiza que los 16avos de final y, si pasa, los 8avos, los juegue en el Estadio Azteca.
Es verdad que el funcionamiento del Tri ha sido más mediocre que brillante, más conservador que ofensivo, pero se han cosechado dos victorias y eso ha desatado un furor nacionalista que, hoy por hoy, no puede generar ningún otro factor, ninguno. Se trata de un nacionalismo auténtico, porque aflora de forma espontánea e incondicional, y moviliza al pueblo en torno a lo básico: la patria, la bandera, el ser mexicano y el simbolismo que condensa esos elementos; y ya. Un nacionalismo que no se complica con matices políticos, ideológicos, culturales o económicos.
El nacionalismo mundialista (excelso oxímoron) tiene su propia genealogía histórica. No surge con la Independencia de 1810, mucho menos se remonta a la matriz prehispánica. Surge con el primer Mundial en 1930 celebrado en Uruguay. No deja de ser altamente significativo que el primer partido del primer Mundial haya sido un Francia-México. Nos tocó inaugurar el universo mundialista, y nuestro nacionalismo futbolero nació con dolor y con ánimo de reivindicación, porque Francia nos goleó 4-1.
Nuestra soberanía mundialista fue mancillada con derrotas y goleadas, hasta el Mundial de Chile de 1962, cuando obtuvimos la primera victoria, 3-1 sobre la entonces poderosas Checoslovaquia. Podría decirse que obtuvimos la Independencia futbolera en nuestro primer Mundial en casa en 1970, cuando por primera vez pasamos de la fase de grupos. Tuvimos dolorosas recaídas en los Mundiales de Alemania 74 por no calificar, Argentina 78 por recaer en las derrotas humillantes, y España 82 también por no calificar.
Nuestro nacionalismo verdadero tuvo una gran reivindicación en nuestro segundo Mundial en casa en 1986, cuando llegamos hasta cuartos de final y estuvimos súper cerca de vengarnos de Alemania y pasar a semifinales. Para el Mundial Italia 90 recibimos una puñalada de la FIFA con un castigo desmedido: nos marginó por el escándalo de los cachirules.
Pero nuestra República Mundialista fue restaurada en el Mundial Estados Unidos 1994, pues desde entonces clasificamos a la segunda ronda en Francia 98, Corea-Japón 2002, Alemania 2006, Sudáfrica 2010, Brasil 2014 y Rusia 2018. En todas esas guerras (el Mundial es la continuación de la guerra por otros medios) quedamos eliminados en octavos de final, pero nuestra soberanía y orgullo quedaron intactos. El Mundial Qatar 2022 fue un accidente (espero), quedamos eliminados en fase de grupos.
Así se ha forjado el más auténtico nacionalismo mexicano de la época contemporánea. Un siglo de historia de sufrimiento y humillaciones, primero, y después, desde 1994, una historia de defensa heroica de nuestra soberanía en las canchas mundialistas. Un nacionalismo que moviliza las emociones, las pasiones, el orgullo, la pertenencia festiva y la disposición ancestral de los mexicanos a la fiesta y la comunión explosiva.
Y en efecto, el Mundial es el crisol que genera la verdadera Unidad Nacional en México. En el frente de guerra (los estadios), en las movilizaciones nacionalistas (las calles), en los diversos puntos de observación de las gestas futboleras, comulgan los distintos Méxicos. El fifí, el indígena, el rico, el licenciado, el estudiante, el niño, el norteño, el capitalino, el izquierdista, el empresario, el conservador, el pobre, el liberal, el virtuoso, el campesino, el vicioso, y todos los tipos sociales convergen en la Unidad Nacional en torno a la suerte de la Selección Mexicana.
Sin condiciones, sin exclusiones, sin discriminaciones, sin intereses perversos. La Unidad Nacional de la dimensión mundialista no la rompe nada. Estos días hemos visto cómo fracasan estrepitosamente los innobles intentos de manipulación y politización del nacionalismo futbolero. Una gran cantidad de propagandistas y seguidores del régimen de la 4T, desde los más abyectos hasta los más elegantes, intentan una y otra vez utilizar los temas mundialistas para satanizar a la oposición, o para alabar al régimen, o hasta para defender a personajes conspicuos acusados de vínculos criminales. Sus intentonas son despreciadas por el pueblo futbolero.
Los opositores y odiadores del régimen no se quedan atrás. Tratan de manipular los tópicos mundialistas para descalificar al régimen de la 4T, pero también fracasan de la forma más ridícula. Porque la Unidad Nacional mundialista tiene en su seno a toda la diversidad política, ideológica y social del pueblo. Los que buscan aprovechar este encanto, se topan con la pared y reciben el peor de los castigos: la indiferencia de la Nación del Tri.
El gobierno federal también ha intentado capitalizar el nacionalismo mundialista, igual que los gobiernos locales, pero pronto se han dado cuenta que nada pueden antes esa potencia inasible por simbólica y profunda. Incluso sectores sociales como la CNTE, los productores agrícolas, los ambientalistas, y en especial las Madres Buscadoras con toda le legitimidad y el dolor a cuestas, no lograron penetrar la fortaleza de la Unidad Nacional del Tri.
Los gobernantes no han dudado en dirigir inmensos recursos y estrategias para adueñarse del Mundial. Calzadas flotantes, ajolotes, pintura morada o desfiles (Clara Brugada); construcción de miles de canchas de fútbol, cenas con la FIFA en el Castillo de Chapultepec, decretos de descansos laborales, escolares o home office (Claudia Sheinbaum); obras anodinas y exhibicionismos grotescos (Samuel García en Nuevo León; Pablo Lemus en Jalisco). No tuvieron éxito.
Sabedora de eso, la Presidenta no asistió a la inauguración del Mundial, pues está claro que jamás un gobernante podrá encarnar o apropiarse de la potencia trascendente de la Selección Mexicana en un Mundial. No hizo acto de presencia ni en el Fanfest del Zócalo, su plaza más fuerte, porque cuando el pueblo se une en su diversidad en torno al Tri es incontrolable y suele rechazar con furia a quienes detentan el poder. Los gobernantes decepcionan, roban y manipulan con graves daños a la Nación y a las personas.
El Tri solo rompe el hechizo al ser eliminado, pero no genera ánimo vengativo porque nunca promete el cielo (como los políticos). El Tri proporciona esperanza y territorio emocional donde caben todos, por eso cada cuatro años los mexicanos mundialeros van gustosos a la guerra mundialista, donde, ahí sí, el Cielo un soldado en cada hijo le dio.
Ya quisiera Sheinbaum, y antes AMLO, Peña Nieto, Calderón, Fox, Zedillo, Salinas, De la Madrid y anexas, que sus llamados a la unidad nacional en torno a sus proyectos tuvieran la misma fuerza que la Unidad Nacional que concita el Tri; que sus convocatorias a defender la soberanía (aunque esa defensa incluya proteger políticos indefendibles acusados de lo peor) tuvieran la potencia del Nacionalismo verdadero de la Selección.
La amenaza asfixiante de intervención imperial de Trump, como hemos visto, no ha provocado la unidad nacional que se requiere para afrontar una eventual intervención en territorio nacional; porque la sociedad mexicana está profundamente dividida, hay posturas que parecen irreconciliables y, además, el injerencismo gringo utiliza perversamente motivos sensibles como la acusación de narcopolítica contra altos jerarcas del régimen de la 4T que son indefendibles.
Pero Trump tampoco logrará mellar el Nacionalismo mundialista de los mexicanos, no podrá desviarlo del rito supremo que concentra toda su energía y su atención en la gesta del Mundial. Esta auténtica Unidad Nacional ha puesto pausa a los factores externos de división. Después del Mundial veremos. A al menos, después de que el Tri sea eliminado.





