Más filosofía y menos educación. Autora: Emma Rubio

La educación lleva bastante tiempo siendo vejada de todo el proceso evolutivo de la humanidad. En concreto, el sistema educativo sigue siendo la réplica del modelo que se gestó en el siglo XIX, seguimos siendo los “ilustrados” pero de ahí no hemos pasado ya.

Las personas se escandalizan cuando ven acontecimientos de maltrato a los infantes como la nota que vi de un par de seres humanos trasmitiendo por Facebook live el abuso sexual a su hija menor de edad. Recuerdo al gran Adorno, ese gran filósofo de la escuela de Frankfurt, cuando se cuestiona ¿cómo educar después de Auschwitz? Adorno dejó muy claro cuál sería de ahí en adelante el objetivo definido de la educación: Auschwitz no puede repetirse.

Lo acontecido nos debe confrontar no sólo a los que estamos dentro de las aulas, sino a todos aquellos que tienen la labor de formar seres, como los padres, tutores y profesores. No podemos silenciar, admitir, justificar todo aquello que incuba la sociedad y que tan sólo se encamina hacia la barbarie. No podemos seguir fomentando la negación del ser humano y por ende la falta de conciencia ética. Las instituciones educativas han dejado de ser esos nichos en los que se fomentaba el pensamiento, esos aparatos ideológicos en los que se creaban y recreaban las formas de conciencia que mantenían el control social; ciertamente, fomentan un tipo de ideología pero más encaminada a la reproductibilidad y pragmatismo éste, al servicio de un sistema económico.

Hemos sido testigos de una tragedia, pero la tragedia comenzó desde el momento en el que la institución educativa se convirtió en empresa y comenzó a dar prioridad al número de matrícula por sobre la calidad educativa. Generando de este modo una realidad laboral para los profesores de incertidumbre, cargados de trabajo administrativo, el cual sólo les permite camuflar su mediocridad y por ende, ya no le queda tiempo para darse cuenta de aquel a quien tiene frente suyo. Fomentamos el crecimiento de un sistema que lejos, muy lejos se encuentra de una verdadera formación del ser. Y aún así, nos cuestionamos ¿qué es lo que pasa? Este hecho nos demanda una reflexión acerca de lo que estamos haciendo como humanidad. Tal parece que la historia no la hemos asumido como propia y tan sólo la conocemos desde la periferia como espectadores de los acontecimientos pero no como quienes hacen la historia. Nosotros somos la historia y si eso no lo tenemos claro entonces no debe de extrañarnos que la realidad nos rebase y que las nuevas generaciones se encuentren sin sentido alguno.

Me viene en mente Claude Lanzmann y su trabajo Shoa, pueshabría que proponerlo como un monumento del siglo pasado que marcó la ética de la humanidad. Habría que abrazar la realidad política y social de hoy y de mañana iluminada por este tipo de lecciones. Lamentablemente, el mundo, la sociedad en específico, se sigue autoengañando. El ser humano en la actualidad consume, eso hace, y por tanto, consume hasta las “críticas y propuestas de y en la sociedad”, basta con preguntar a cualquiera que se encuentre “manifestándose en contra de algo” y por lo general pocos son los que conocen en verdad la causa. Se ha gestado un interesante fenómeno de salvar culpas a través de un activismo simulado, pero lo peor no es la simulación en sí sino la falta de conciencia ante ello. La simulación permea a la humanidad hasta la entraña, así vemos la ficción de las jerarquías y las fantoches desigualdades, no existen ni superhombres ni subhombres, no hay razas inferiores ni los ungidos por los dioses, ni los paridos por hadas; de nada sirve tal artificio cuando la esencia lo dice todo y expresa la verdad absoluta de la especie.

Albert Antelme escribió sobre uno de la SS: “Puede matar a un hombre, pero no puede convertirlo en otra cosa”, esta fue sin duda la primera verdad que se descubrió en un campo de concentración, una verdad de naturaleza ontológica: la existencia de una sola y única especie y la naturaleza esencial de lo humano, enclavado en su cuerpo, visceralmente asociado a la carne, al esqueleto, a lo que queda de un ser siempre y cuando aún lo anime un aliento por muy débil que éste sea. La verdad de un ser, es su propio cuerpo. Esto es algo que se debe enseñar desde casa, en las aulas y por donde quiera que se diga que se forma a un ser humano. Más filosofía y menos educación, eso es lo que propongo pues desde que la institución educativa decidió que la filosofía no es necesaria para la formación del ser humano; la misma humanidad firmó su sentencia de declive existencial. No podemos prescindir del pensamiento de la humanidad para seguir paradójicamente, pensándonos pensantes. La ciencia, la tecnología y demás áreas del conocimiento no son nada sin el pensamiento y el pensamiento es habilidad de todos. ¿Por qué hoy día un niño es capaz de matar a otros y cometer suicidio? No porque no se le revise la mochila, no porque juega muchos videojuegos en los que matar es un acto heroico, no porque tenga malos padres. Si hoy somos testigos de acontecimientos de esa índole es porque los padres no tienen conciencia de lo que es formar a un ser humano, es porque en la escuela no hay conciencia de cada ser que es parte de su matrícula, y la conciencia es algo que da la filosofía. Para la filosofía no hay distinción, no hay más que la proclamación de la justicia, la búsqueda del bien común,  la valoración de la dignidad humana. Un ser humano que sabe de filosofía, se sabe a sí mismo y se hace consciente del entorno en el que habita. La filosofía no es para doctos, ni para aquellos que gusten de leer, hay diversos modos para acceder a la filosofía y desde cualquier edad, no es cosa de gente adulta ni de jóvenes idealistas, es cosa de todos, de todo aquel que se interese realmente por la humanidad. Menos educación y más filosofía es justo lo que se requiere si se pretende conformar una mejor sociedad, de lo contrario, no nos queda mas que andar por la misma línea y seguir tumbando todos los preceptos que tan sólo generan miopía existencial.

@Hadacosquillas

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