Felipe León López
Vaya dilema en que nos colocó Donald Trump, entre la moralidad de combatir el crimen y el nacionalismo de defender la soberanía mexicana. Si bien hay quienes envueltos en la bandera nacional rechazan cualquier intromisión en nuestros infiernos, porque los capos del narcotráfico son nuestros y nosotros debemos combatirlos, hay quienes creen que lo mejor sería ceder la intervención militar, en aras de una seguridad prometida por fuerzas armadas estadounidenses.
La tentación de aceptar ayuda militar puede parecer sensata ante la amenaza del narcotráfico, pero abre la puerta a una intromisión profunda, que va más allá de un operativo puntual; es un juego de poder donde la línea entre colaboración y sometimiento se vuelve difusa.
Así, la discusión se traslada del terreno de la estrategia militar al de la identidad misma: ¿podemos preservar nuestra autonomía mientras permitimos que otro país decida cómo se libra la lucha en nuestro suelo?
La historia nos advierte que, cuando se acepta la entrada de soldados ajenos, es difícil establecer el límite de su permanencia y de su influencia. Y en ese vaivén, la frontera entre protegerse y perderse se vuelve más fina de lo que parece.
Por lo pronto, en las sobremesas patrioteras hay un fantasma que aparece cada tanto: la amenaza de que Estados Unidos, algún día, “nos invada”. Basta con que un político gringo, de preferencia naranja y gritón, mencione a México para que se activen el nacionalismo de WhatsApp y las arengas de café. La última vez, Donald Trump deslizó la idea, y el eco fue inmediato: ¿podría pasar? ¿nuestras gloriosas fuerzas armadas están listas? ¿Cuántos de los masiosares que hoy se envuelven en la bandera mexicana estarían dispuestos a tomar posición bélica frente a un eventual escenario intervencionista?
Por supuesto que no. Y no porque les falte valor a los verdaderos nacionalistas, sino porque Estados Unidos es una de las potencias militares más fuertes del mundo que nos pasaría por encima en un parpadeo. Tan sólo en 2024, el gasto militar estadounidense fue de 997 mil millones de dólares, mientras que el de México apenas llegó a 16.7 mil millones de dólares, y eso que se incrementó un 39 por ciento en relación con el año anterior debido al fortalecimiento que se le dio a la Guardia Nacional y a la Armada de México. Por más militaristas que estemos ahora, muy complicado se ve un escenario de confrontación armada.
Peor aún, el chovinismo de algunos sólo es pasajero, porque, con excepción de los años de la pandemia de la COVID-19, la tendencia de los mexicanos a mirar con interés una vida en Estados Unidos se mantiene constante, sin importar su condición socioeconómica. De acuerdo con el Pew Hispanic Center Institute, cada año suman entre los 150 y los 170 mil mexicanos que ingresan a los Estados Unidos, de los cuales 20 por ciento son jóvenes. Más aún, en estudios recientes se re que 35 por ciento de los egresados universitarios mexicanos están dispuestos a emigrar hacia allá si tuvieran los medios; de éstos ,14 por ciento están pensando hacerlo con o sin papeles, y poco más del 50 por ciento estarían dispuestos a trabajar en ese país.
Pero la pregunta real es otra: ¿de qué tipo de “invasión” estaba hablando Trump? Porque si fuera militar, sería breve y costosa; si fuera política, cultural y económica… bueno, esa lleva décadas en marcha.
Claro está, no es esa la batalla que hoy se libra. Lo que Trump sugirió —y lo que algunos medios exageraron— tiene más que ver con presionar, condicionar y moldear el rumbo del país en su política de seguridad y combate los traficantes de fentanilo que con enviar marines a Chapultepec.
Trump juega al vaquero global. Se vende como pacificador a garrotazos, capaz de “arreglar” Medio Oriente o Ucrania a su estilo, y aun así nadie descarta que le sea entregado el premio Nobel de la Paz. En México, no faltarían “vendepatrias” que aplaudirían su mano dura con tal de que les deje una foto para Instagram.
Pero sus amenazas son más de consumo electoral que de estrategia real. La retórica anti-México, primero, le da votos y rating; segundo, sus amenazas arancelarias son cada vez más distractores ante los problemas internos que sortea y, tercero, la eventual invasión, en cambio, le daría problemas, costos y un pantano político imposible de limpiar.
Por ello, ante este panorama complicado, sería bueno tomara en cuenta tres únicas ideas del “Manual para invadir México sin perderse en el intento”:
1. Operar con los gringuitos nacidos en México. Carlos Monsiváis lo resumió sin anestesia: mexicanos formados en el American Way of Life, que se emocionan con el 4 de julio, pero bostezan el 16 de septiembre. La colonización cultural ha sido paciente y eficaz: series, música, modas, consumo. Las élites más “nacionalistas” son las mismas que presumen que sus hijos estudian en Texas o Nueva York. No hace falta invadir si ya sueñan en inglés y hasta esperan ser colonos de un país confederado de los Estados Unidos.
2. Aprovechar que son menos los “Mas si osare” y más los masiosares. Los masiosares, esos que se envuelven en la bandera para las fotos de redes, pero defienden la soberanía nacional desde una mesa en Starbucks. Son los patriotas de fin de semana: mucho grito, poco acto. A la hora de las decisiones, cambian de bando más rápido que el dólar sube. ¿Podríamos contar con ellos? No, no son confiables.
3. Controlar a un solo mexicano o mexicana. Robert Lansing, exsecretario de Estado de EE.UU., lo dijo en una carta a William Randolph Hearst: “México es un país extraordinariamente fácil de dominar porque basta con controlar a un solo hombre: el presidente”. La historia lo respalda: tratados, pactos, concesiones… todo decidido en oficinas, no en trincheras. La invasión más efectiva es una llamada telefónica al poder. Y no precisamente se trata de mandatarios que hayan sido agentes dobles de la CIA, pues todos han ido cumpliendo a cabalidad con el guion de intereses de los Estados Unidos.
La ironía actual es que, para cuando alguien detecte la invasión, ésta ya no se verá como una ocupación, sino como un estilo de vida. ¿O estamos equivocados?
Aunque estos puntos podrían indicar que la tienen fácil, no es así. A diferencia de otros gobiernos, la legitimidad democrática del régimen actual —la autodenominada Cuarta Transformación— es un escudo más fuerte que cualquier muro. Invadir un país con respaldo popular es más complicado que imponerle aranceles o estrangularlo mediáticamente. Y en ese tenor, habrá de pensar en el cierre de filas.
Además, en el siglo XXI la mayoría las “invasiones civilizadas” se ejecutan sin tanques: se firman como tratados comerciales, se disfrazan de acuerdos de cooperación, se cuelan en apps, plataformas y cadenas de suministro. El territorio ya no se conquista; se compra, se arrienda o se endeuda.
Contacto: feleon_2000@yahoo.com
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