Por: Alejandro Marengo Pérez Duarte
¿Cuál es la propuesta para que millones de personas hundidas en la pobreza en el tercer mundo consigan recibir un ingreso suficiente para vivir sin morirse de hambre y avanzar en temas de desigualdad y educación, y como resultado de esto, obtener la seguridad colectiva y el tan apoteósico progreso? No la conozco, o peor aún, no existe.
Crear un Estado ultra poderoso que imponga el orden y represente a los trabajadores, campesinos, comerciantes informales, mendigos, a los ninguneados que cada día vamos en constante aumento y obligue a los adinerados a repartir sus ganancias es una fantasía arquetípica de la ideología de izquierda. Crear un supuesto Estado impoluto que resuelva el incremento de la población mundial, la desigualdad económica concentrada en pocos sujetos que guardan sus ganancias en Suiza o en donde nadie toque su fortuna con impuestos, crear un Estado como alternativa para solucionar la desigualdad y la explotación, el sueño de cualquier izquierdista medianamente serio, que sabe no tiene otra posible respuesta al problema. La respuesta es soñar al Estado justo, colectivista e ideal.
La solución utópica y final para los que suponen el Estado resolverá los asuntos pendientes del comercio, el trabajo, la explotación ha tenido un problema histórico durante el siglo XX. Soñar e idealizar que el poder absoluto no va a corromper a un partido elegido que dice representar a los desprotegido y profesa tener supuestos ideales bien intencionados para retomar el bien común; al ideal de un Estado para los numerosos lo secuestró un grupo de políticos populares al que aún les resulta rentable afirmar que son y representan el bien.
Estos partidos que juran representar al pueblo oprimido, pero no tienen la menor idea de cómo dejar de ahuyentar el dinero de los millonarios pretendiendo cobrar más impuestos, pero atrayendo menos inversión, pregonando su resentimiento de clase que es tan virulento y su mejor arma, la más popular: odiar por consigna a los oligarcas, olvidando que el mundo es una oligarquía de unos contados millonario. Ningún partido de izquierda que represente un Estado totalitario ha conseguido “vencer al mercado y abatir la pobreza”, transformar al mundo de capitalista a socialista, cambiar el supuesto capitalismo voraz por el colectivismo consciente e inocente para su dogma.
La transición a la igualdad nunca se ha conseguido haciendo una revolución destructiva, la guerra, sino produciendo más y industrializándose; desde luego es más fácil para muchos la guerra que el trabajo. La transformación hacia una sociedad próspera en términos económicos se da con seguridad, ganancias, salarios justos, prestaciones, posibilidades de ganar un poco más de dinero per cápita, aunque sea gradualmente, otorgando el descanso tan anhelado para el que todos los días del año trabaja, etcétera. Después de una Revolución violenta lo que queda, según mis lecturas, son ruinas, hambre, años perdidos para recuperar lo que se destruyó, las cosechas muertas, los inmuebles destrozados y, lo más lamentable, queda la violencia que solo genera más violencia y nos convierte en el peor de los animales, el más resentido y depredador.
La oligarquía del mercado depende de la sociedad en la que existe porque solo es inspirada por las ganancias y el interés. Suponer la avaricia es algo que pueda extirparse de la conciencia de los oligarcas es como suponer que un dictador va a dejar el poder vitalicio porque se aburrió del poder. La seguridad requiere de paz social, de economías sin depresión, de países que necesitan restablecer sus economías para dejar de ser fuente de emigrantes ilegales que tanto molestan a los países supuestamente humanistas y desarrollados.
Los militares, la ausencia de justicia y falta de respeto a las leyes, la imposibilidad de dividir el poder, la centralización del poder en un solo hombre supuestamente incorruptible, todo lo anterior no ha resuelto que los pobres dejemos de ser pobres y recibamos más dólares al día.
Tampoco va a resolver este problema de desigualdad mundial y violencia desmedida, suponer que los recursos naturales son infinitos y todos los pobres podremos tener también un auto y vivir una vida de derroche y consumo, como muchos millonarios y oligarcas lo hacen y como millones de pobres fantasean vivir su vida. Todo en este mundo tiene un límite y el hecho de que la humanidad sea desigual es maravilloso para los que se consideran diferentes a los demás humanos, especiales, exitosos, ultra productivos. La ideología de sentirse realizado por consumir y estar cómodo en medio de un planeta con sociedades al borde de la ruina y la violencia tampoco es algo prudente. Ningún millonario va a seguir disfrutando su buena vida si sale a la calle y existe una revuelta violenta que ponga en peligro lo más sagrado para él: sus activos, sus propiedades, sus preciados objetos materiales.
La paz, la mediación, los acuerdos, las formas para convivir las necesita todo aquel que, aunque jure no le importe nadie más que si mismo, se da cuenta que su seguridad egoísta depende de los otros. ¿Cómo imaginar tranquilidad en México si después de abrir un negocio te asaltan? Aunque solo veas por ti necesitas de tranquilidad social y económica para prosperar civilizadamente, para no caer en la violencia barbárica del sálvese quien puede y todos contra todos.
Las revoluciones no producen crecimiento económico, producen destrucción y enajenación de bienes, repartos agrarios injustos y arbitrarios como en México, y millones de pobres extras. La URRS estuvo completamente devastada hasta ganar la segunda guerra mundial recibiendo el apoyo económico de sus entonces aliados capitalistas contra el fascismo. Lenin electrificó a Rusia, pero le quitó su producción a los campesinos para dársela al ejército rojo, al gran Estado protector. Producías para perder la ganancia de tu trabajo en un Estado totalitario, tiempo después Stalin mató de hambre a los ucranianos, después la gran guerra mundial y la completa industrialización de Rusia.
Las revoluciones supuestamente heredan cambios sociales ante una realidad ideológica, opresiva y asfixiante que la clase económicamente dominante creó; heredaron resentimientos que aún siguen sin ninguna solución después de tantas guerras a causa de tantas ideologías y doctrinas. Habría que entender la diferencia entre qué es completamente justo, plantear jornadas de ocho horas de trabajo y abolir la esclavitud infantil, pero fue totalmente atroz que un gobierno con militares obligara a trabajar en donde dijeran por un salario impuesto, y con la amenaza de irse preso en el momento que se mencione la palabra libertad para vivir la propia vida. El comunismo género prohibiciones y dogmas que ni el mismo Marx imaginó lo que los estados totalitarios harían en nombre de su teoría.
Los resentimientos sin resolver y la ideología condujo a las revoluciones a un pantano. Si revolucionar es transformar, el único caso de aparente “éxito” sería el chino, tomando en cuenta las cifras de muertos durante la dictadura de Mao fueron altísimas y que su gobierno actual no es precisamente un paraíso de libertades para cualquiera. La libertad pareciera definirse como el sometimiento al dogma ideológico preferido y al poder estatal más fuerte.
Y tristemente nadie puede tener una solución para la desigualdad, la falta de educación, la inseguridad. Ni privatizando, ni colectivizando a las sociedades se ha conseguido un progreso sin barbarie, la hipocresía de las “naciones más libres y prósperas” es que rara vez hablan de las atrocidades que cometieron sus imperios, como cuando los ingleses comerciaban humanos en Jamaica.
Es tiempo de soluciones y propuestas más que de bandos, insultos e ideología. No se puede pensar crecer infinitamente en términos económicos con recursos naturales limitados, el paradigma si es que la humanidad no se va a hundir de nuevo en la guerra y la barbarie, debe cambiar urgentemente. La falta de propuestas pragmáticas tiene al mundo en un pantano ideológico. Ojalá la salida no sea lo de siempre: destruir todo.
@ampd31
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