Los príncipes también se vuelven sapos. Autora: Pilar Torres

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Daniel Ortega.
Daniel Ortega.

Guillermo Tell tu hijo creció.
Quiere tirar la flecha.
Le toca a él probar su valor
usando tu ballesta
.
Carlos Varela

Las fábulas son relatos literarios cortos, que en ocasiones están escritos en verso y que terminan con una moraleja. Así dice, si uno lo googlea. Félix María Samaniego es uno de los fabulistas más importantes. En uno de sus relatos narra la historia del pueblo de las Ranas, el cual suplicó al dios Júpiter que les enviara un rey, para guiarlos. El dios les envió un rey de palo, que terminó siendo despreciado por el pueblo. Cuando vuelven a pedirle otro rey a Júpiter, éste se irrita y les envía una culebra que muerde, traga y castiga. El pueblo vuelve a suplicar, pero esta vez el dios les dice que “así castiga a aquél que no examina si su solicitud será su ruina”.

La fábula me recuerda a aquellas discusiones sobre los malos gobiernos y la culpa de los votantes. Frecuentemente caemos en el reduccionismo de decir que cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Aunque “de tripas para afuera”, esa consigna parezca verdad. Por más que se tenga algo de razón, lanzar en voz alta ese “se los dije”, como Júpiter a las ranas, tal vez sea un pequeño consuelo para el hígado –no lo niego– pero esa supuesta satisfacción no dura mucho y, además, es falaz. Acabo de discutir con una amiga por ese tema (la necia era yo).

En el mundo real –el que no es una fábula– a veces el príncipe se vuelve sapo y, el héroe, tirano. El término ‘tirano’ proviene del griego y significa soberano o señor. Resulta interesante señalar que, en principio, su connotación no era del todo negativa, porque algunos tiranos eran queridos por sus ciudadanos, aunque nunca estuvieron exentos de críticas. Uno de los primeros gobernantes designados con ese término fue el Rey Giges, de la ciudad de Lidia, célebre por el mito del anillo que lo hacía invisible y le ayudó a llegar al poder, según nos relata Platón. Con el tiempo, la acepción se transformó para designar al déspota que comete actos de violencia e injusticia contra su pueblo.

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Como los Ortega en Nicaragua, la historia nos muestra varios ejemplos de caudillos que, al perder el rumbo, se convierten en el dictador que no conoce más ley que sus deseos, sin importar lo sandinista y libertario que haya sido en el pasado. Lo peor es cometer sus crímenes en nombre de una revolución que ya no existe; o peor, que nunca existió.

En una parte de su novela Los de abajo, Mariano Azuela nos muestra a un campesino que llega corriendo a avisarle a otro que ha estallado la revolución. El otro campesino se encontraba trabajando la tierra. Detiene momentáneamente su labor, se quita el sombrero, se rasca la cabeza y dice: “¿Pos qué no dicen que ya la hicimos?”

La Revolución se convierte en algo etéreo, y luego hasta la escriben con mayúscula en los libros de texto. En una abstracción que hace referencia a algo mítico, intangible y sagrado. Hay caudillos que, una vez en el poder, se diluyen en él. Crean diversas formas de enraizarse: no sueltan la retórica nacionalista, el discurso romántico del destino, de la raza, de la lucha, de la guerrilla o de lo que sea.

A propósito, algunos dicen que Ojalá, la canción más célebre de Silvio Rodríguez, no solo es un tema de amor, sino un texto que admite también una lectura política, cuyas metáforas bien pueden aplicarse contra Pinochet, Somoza y otros. Desde luego, hoy pueden aplicarse a Daniel Ortega. Tal vez es estirar demasiado la letra. Francamente no lo sé, pero una canción tan bella da para eso y más.

Lo cierto es que todo tirano, en su megalomanía y narcisismo, se comporta como si la lluvia fuera milagro que baja por su cuerpo, como si la tierra le besara los pasos; lo terrible es cuando eso los lleva a destruir su propia lucha. En Nicaragua, Daniel Ortega pretende eternizarse en el poder, y seguir mentando la consigna de que el imperialismo quiere acabar con la patria, mientras él mismo asesina a su pueblo. Ortega es la paradoja personificada: se convirtió en Somoza. No necesitaba hacerlo. Ya tenía su lugar en la historia.

@vasconceliana

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