Libertad de expresión y virtudes cínicas. Autora: Pilar Torres Anguiano

Imagen ilustrativa. Foto: Xinhua/Liu Jie.

La escuela cínica fue fundada por un discípulo de Sócrates, pero su máximo exponente es Diógenes de Sinope, quien decía que la sabiduría es templanza para los hombres, consuelo para los viejos, riqueza para los pobres, y ornato para los ricos. Pensaba que los dioses habían dado a los humanos una vida fácil, pero solitos nos encargábamos de complicárnosla. Del tal Diógenes, personificación de las virtudes del cinismo, se contaban muchas cosas:

–Que andaba descalzo, que se cubría únicamente con un manto y que vivía en un barril…

–Que un día lo encontraron masturbándose en la calle y cuando alguien le reclamó, Diógenes, siempre provocador e irreverente, respondió que ojalá también frotándose el estómago, se saciara el hambre de una manera tan fácil.

–Que caminaba a plena luz del día llevando una lámpara de aceite encendida, porque buscaba un hombre verdaderamente honrado, pero ni así podía encontrarlo.

–Que alguna vez escupió en la cara de un hombre adinerado, alegando que no había encontrado otro lugar más sucio dónde hacerlo y que no quería ensuciar la calle.

–Se dice que alguna vez fue capturado y vendido como esclavo. Cuando su vendedor le preguntó qué era lo que sabía hacer, respondió: “Ejercer la libertad. Pregunta en la plaza si alguien quiere comprar un amo”.

Con todo eso, dejaba bien claro que su desprecio por la sociedad y sus normas era profundo. Probablemente hoy se diría que representa el anti-stablishment. Afortunadamente, no era un racista, conspiranoico, presidente del país más rico del mundo, ni llamaba a la insurrección y la violencia.

La filosofía cínica ofrece una interpretación del pensamiento socrático, según el cual la felicidad corresponde a una vida simple y acorde con la naturaleza. Así, la persona con menos necesidades es al mismo tiempo la más libre y la más feliz. Los cínicos, como Diógenes, también eran conocidos por sus excentricidades, por su actitud desvergonzada y desapegada y por sus numerosas sátiras contra los distintos vicios de la sociedad. Y porque decían lo que se les daba la gana. Dicho en otros términos, practicaban las virtudes cínicas: anaideia, adiaforía y parresía.

Anaideia es desvergüenza y provocación. En mitología, se consideraba un daimon compañera de la vanidad y enemiga de la misericordia. Desde esta actitud, entre aires de superioridad, frescura y desinhibición, los cínicos enfocaban –enfocan– al mundo.

Por su parte, la adiaforía se refiere a una actitud de apatía o indiferencia ante las preocupaciones. Las cuestiones relacionadas con este rasgo del carácter resultarán odiosas e incomprensibles para algunos, pero para los cínicos el desapego era condición esencial para vivir bien. (Tal vez haya que considerar la posibilidad de que es mentira que a los cínicos no les importe nada y que tal vez los demás nos preocupamos en demasiadas cosas en las que se va nuestra energía vital).

Por último, está la parresía. Literalmente, significa decirlo todo, y se refiere a una manera de hablar con franqueza total.

Combinada con provocación y desapego (anaideia y adiaforía), la parresía involucra no solo a libertad de expresión como derecho, sino también a la obligación moral de hablar con la verdad para el bien común –pésele a quien le pese– aunque eso signifique ponerse en peligro a uno mismo.

En su sentido original, parresía es lo contrario a la persuasión. Consiste simplemente en decir las cosas como son, como se piensan y como se quieren decir. Eso es libertad de expresión y, así entendida, excluye a las medias verdades y a las falsedades para confundir o manipular a los demás.

Representa el deber de todo ciudadano de cuestionar su entorno en búsqueda de la justicia y la verdad. Como en el caso de Diógenes, ejercer este derecho y obligación contra los poderes establecidos, implica también irreverencia, subversión y un riesgo que vale la pena correr.

Para Michel Foucault, la parresía es el nexo entre la ética y la política y distingue dos sentidos:

–En el primero, decir todo lo que se tiene en mente, sin restricción, aunque la libertad absoluta haga que se pierda el sentido de la verdad y la mentira.

–En el segundo, y más profundo, la libertad de expresión no es sólo decirlo todo, sino decir lo que es verdadero porque se sabe que es verdadero y merece ser conocido.

Dicho en otros términos, para ejercer la parresía se requieren: cualidades intelectuales para conocer la verdad, habilidad para transmitirla y autocrítica para saber hasta dónde llegar.

Entre tanta corrección política mal entendida, me alegro que siga habiendo cínicos que ponen a prueba nuestra tolerancia y nos demuestran que, a veces, la desvergüenza y el desapego no necesariamente son defectos, sino otra forma más simple de ver el mundo; y que los Diógenes siguen siendo necesarios.

Pero no, Donald Trump no es un nuevo Diógenes ejerciendo su libertad de expresión, sino –en el mejor de los casos y haciéndole mucho favor– un necio que carece de las cualidades requeridas para practicarla.

Pilar Torres Anguiano
Pilar Torres Anguiano

Filósofa, profesora y ensayista.

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