Inicio Opinión Lex Ashton y el espejo roto de la casa: educación, abandono y...

Lex Ashton y el espejo roto de la casa: educación, abandono y la furia que aprendimos a no mirar. Autora: Emma Rubio

Video capta momento exacto del ataque con arma blanca a alumno de CCH Sur Créditos: Captura de pantalla

Lo ocurrido en el CCH Sur no es un rayo en cielo sereno: es un espejo que nos devuelve, sin filtros, el rostro de una época que desatiende a sus hijos y terceriza su formación emocional en plataformas que lucran con la rabia. Los hechos son duros y precisos: un joven encapuchado —identificado como Lex Ashton, 19 años— entró con un arma blanca al plantel; asesinó a Jesús Israel, estudiante de 16 años, e hirió a un trabajador que intentó detenerlo. Luego intentó huir lanzándose desde un edificio y quedó hospitalizado bajo custodia. Antes del ataque, había publicado contenido violento y misógino vinculado a foros “incel”. Todo esto no lo inventa el rumor: lo confirman reportes periodísticos y comunicados oficiales en los días posteriores.

¿Por qué alguien tan joven pisa ese umbral? No hay una única causa —eso sería una coartada—, pero sí hay contextos que predisponen. La violencia se aprende, se ensaya y se ensambla con tres tornillos flojos: la indiferencia, la desatención y la impunidad emocional. En casa, la ausencia no siempre es abandono físico: a veces es la presencia muda de adultos exhaustos, hiperconectados y emocionalmente analfabetos. En la escuela, la formación técnica compite con la urgencia de aprender a nombrar el miedo, la humillación, la frustración. En línea, algoritmos que optimizan “enganche” empujan hacia cámaras de eco donde la pertenencia se compra con odio compartido; la comunidad se vuelve secta, y la identidad, una prótesis de resentimiento.

Byung-Chul Han lo ha descrito con puntería: vivimos en un régimen de rendimiento y saturación que convierte la agresión en síntoma de cansancio social, una violencia fría que no necesita ideología para explotar. Zygmunt Bauman habló de la “liquidez” de los vínculos: cuando todo es desechable, también lo es el otro. Y Franco “Bifo” Berardi diagnostica una anestesia afectiva: cuerpos juntos, almas en buffering. No son frases elegantes para una tesis; son nombres para un desgarro cotidiano: el adolescente que no encuentra mirada en casa, no encuentra contención en la escuela y sí encuentra —rápido y gratis— una hermandad de odio en un foro donde la masculinidad se prueba con amenazas. Los reportes sobre las publicaciones previas de Ashton encajan trágicamente en ese guion: miseria afectiva transformada en pertenencia violenta.

Pero hoy quiero ir al nudo incómodo: la educación no es un software que se instala a los seis años y se actualiza en la adolescencia. Es una trama de presencias. Un padre o una madre que pregunta sin interrogatorio; un adulto que aprende a escuchar antes de corregir; una escuela que enseña a ponerle palabras al torbellino; un sistema que entiende la salud mental como infraestructura, no como lujo. Lo contrario —la desatención— no es neutral: es caldo de cultivo. Ante el vacío, internet adopta. Y la adopción digital no viene con afecto; viene con consigna.

Aquí aparece otra responsabilidad, menos cómoda: la de las plataformas y nuestra complicidad de usuarios. Mark Coeckelbergh advierte que la tecnología moldea moralidades: si el “descubrir más” nos lleva a túneles de misoginia y supremacismo, no es un accidente; es diseño. Y el diseño, como la educación, es una decisión política. O regulamos el clima afectivo de nuestros entornos digitales —curaduría, contra-narrativas, alfabetización mediática, intervención temprana— o seguiremos llorando muertos mientras repetimos que “nadie lo vio venir”.

¿Dónde cabe la esperanza sin caer en la ingenuidad? En el retorno a lo básico, con rigor contemporáneo:

Familias presentes: no perfectas, presentes. La pregunta diaria, la rutina de la conversación, el acuerdo claro sobre límites y el derecho del adolescente a estar triste sin ser ridiculizado.
Escuelas que alfabetizan emociones: no talleres cosméticos, sino un currículum transversal que entrene nombre, regulación, empatía y reparación del daño. La filosofía no como decoración, sino como práctica de examen de vida.
Comunidades que intervienen: protocolos vivos, no PDFs olvidados; señales de alarma que todos sepan leer; redes de derivación a tiempo.
Plataformas y Estado con dientes: moderación real, trazabilidad de redes de odio, sanciones efectivas y, a la vez, espacios para la reintegración.

No escribo esto para tranquilizar conciencias, sino para incomodarlas con sentido. Porque —aunque nos duela admitirlo— un asesinato así no es “un monstruo suelto”: es el producto oscuro de nuestras negligencias colectivas. Y, sin embargo, también es el punto en el que todavía podemos elegir lo contrario.

Me pongo a imaginar qué hubiera pasado si la madre de este joven hubiese sido una madre que decide dejar el celular boca abajo y pregunta “¿cómo te fue de verdad?”, un maestro que se toma cinco minutos para enseñar a respirar antes de un examen, un amigo que detecta la señal y acompaña a pedir ayuda, una rectora que no solo “revisa protocolos”, sino que los sostiene con presupuestos y equipos estables. Cada pequeño giro es poco para las portadas, pero enorme para desactivar la próxima tragedia.

A Jesús Israel ya no podemos devolverle la vida. Lo que sí podemos devolver —si nos comprometemos— es el suelo bajo los pies de los que siguen creciendo hoy, en estos tiempos violentos. Ojalá tengamos el coraje de hacerlo: que la educación vuelva a ser una casa con gente adentro; que la familia sea conversación y cobijo; que la escuela aprenda a cuidar; que las redes, por fin, dejen de pagar dividendos con nuestra ira. Ese sería el único homenaje decente: que el próximo chico, al borde del abismo, encuentre una mano —no un foro— que le diga: “Aquí estás, y aquí importas”.

@Hadacosquillas

4 COMENTARIOS

  1. Es evidente que la autora al ser mujer se queda corta en su análisis, es comprensible pues no experimenta el mundo desde la perspectiva de ser hombre y lo frustrante que esto puede llegar a ser para un gran sector de la población masculina.

  2. Buenas noches. Tengo dos apuntes:

    1) No entendí a qué te refieres con el concepto de “impunidad emocional”.

    2) Si bien, estoy de acuerdo con el desglose y la propuesta del texto, me surge una duda más, que trataré de contextualizar un poco:

    En el Centro Histórico de Cuernavaca circula una mujer conocida por todo mundo, a quien le asienta la paráfrasis de Byung-Chul Han mencionada en el texto (“vivimos en un régimen de rendimiento y saturación que convierte la agresión en síntoma de cansancio social, una violencia fría que no necesita ideología para explotar”). Una chica de unos treinta y tantos años, adicta, que ejerce la prostitución, abusada desde el seno familiar hasta las instituciones municipales con todo el catálogo de posibilidades, y que busca entre las calles vincularse afectivamente con el barrio desde sus limitadas capacidades. Y un día cualquiera explota de pronto a la menor provocación con auténtica furia e ira de intensidades dantescas, resultando imposible contenerla desde cualquier estrategia.

    Mi interrogante es, entonces: ¿es factible aplicar las sugerencias expuestas para estos ejemplos callejeros y urbanos? Sin duda, se ha dicho hasta convertirlo en lugar común, la educación evitaría la aparición de estos casos (el del CCH Sur, el del centro de Cuernavaca y otros), pero aún en sociedades altamente educadas, surgen inevitablemente entre las calles de las ciudades estos habitantes que nos subrayan los fracasos de los sistemas sociales. Y quizá sí sea la solución, y hay que intentarlo. Pero ¿cómo subsanas esas heridas tan profundas en estos personajes urbanos que llevan toda su existencia sometidos al desprecio, la vejación y el abuso social y en un entorno que los tolera, los sobrelleva y al alcanzar su punto crítico, se le repite la receta?

    Gracias por leer hasta este punto. Saludos.

Deja un comentario

Discover more from Julio Astillero

Subscribe now to keep reading and get access to the full archive.

Continue reading