Las tres miradas del Che. Autor: Iván Uranga

“¿Por qué será que el Che tiene esta peligrosa costumbre de seguir naciendo?
Cuanto más lo manipulan, lo traicionan, más nace.
Él es el más nacedor de todos.”
Eduardo Galeano

La fotografía de Alberto Korda del Che “El Guerrillero Heroico”

Todas las generaciones vivas en el mundo han visto esa mirada. Alta, al infinito, cargada de una intensidad única. Debe ser la mirada más famosa de nuestra época y una de las imágenes más reproducidas. Es la fotografía tomada a Ernesto Guevara a los 31 años de edad, por Alberto Korda, el 5 de marzo de 1960, a la que llamó “El Guerrillero Heroico”. Ahí se puede apreciar al Che, con su boina y su melena, como un resumen gráfico del joven revolucionario que ya era leyenda. Pero, ¿qué miraba el Che Guevara en el momento justo de esa fotografía?

Un día antes, pasado el mediodía, se escuchó una explosión en el puerto de La Habana. El carguero francés La Coubre, acababa de atracar con armamento y por causas extrañas había explotado dejando heridos y muertos por todos lados. Muchos voluntarios asistiendo a las víctimas. Cuando de pronto se produce una segunda explosión, que deja cerca de un centenar de muertos y cuatrocientos heridos. El sabotaje del abastecimiento militar de Cuba era un objetivo estratégico del gobierno de Estados Unidos, que tenía en mente la invasión de la isla, que terminaría fracasando un año después, en Bahía de Cochinos.

Cuando se produjo la primera explosión en el La Coubre, el Che se encontraba en una reunión en la Reforma Agraria con Fidel, todos salieron hacia el punto de la explosión. Y justo al llegar al puerto se produjo la segunda. Raúl Castro ordenó la inmediata evacuación de Fidel, que se resistió entre empujones. Otros trataron de poner a salvo al Che, que iba por delante de ellos. El historiador y periodista Jon Lee Anderson, en su biografía del Che, extraordinariamente ilustrada como novela gráfica por José Hernández (@monerohernandez) recoge el recuerdo de Jorge Enrique Mendoza miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba al intentar poner a salvo al Che: «Me acerqué rápidamente hacia él. Alguien, no recuerdo quién, trataba de impedirle abordar el buque, y le oí decir: “¡No jodan conmigo, carajo! Ya hubo dos explosiones; todo lo que iba a explotar ya explotó. ¡Déjenme subir al barco!” Y ahí fue». El Che pasaría las siguientes horas, prestando atención médica a los heridos.

Al día siguiente del atentado tuvo lugar un multitudinario funeral por las víctimas. Una enorme manifestación en la que Fidel le habló al pueblo, acompañado en el escenario por la plana mayor de la Revolución y por Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. A poca distancia del púlpito de intervenciones se encontraba un joven fotógrafo cubano, de solo 32 años, de nombre Alberto Díaz Gutiérrez, que firmaba sus fotografías como Korda.

Eran las once y veinte de aquella triste mañana de marzo en La Habana cuando el Che apareció fugazmente por detrás del escenario. Korda se encontraba a unos ocho metros de él. Le vio asomarse y echar una mirada a la multitud, infinita y doliente. Y vio esa mirada. Armó rápido su cámara Leica de 35mm y apretó el botón de obturación, primero con un encuadre horizontal, luego una vez más en vertical. Después el Che desapareció. Pero allí lo tenía, para siempre. Aún no sabía que aquella imagen que había inmortalizado se convertiría en el mayor icono del siglo XX.

La mirada del Che era hacia los trabajadores de un pueblo que era el suyo, aunque no hubiera nacido allí. Una mirada hacia el ayer, literalmente, hacia los muertos y los heridos del atentado terrorista. Una mirada de rabia y de conjura contra esa rabia. Una mirada que expresaba el dolor de un pueblo, pero también la determinación de luchar por su libertad costase lo que costase. El Che había subido al escenario aquel 5 de marzo de 1960 apenas unos segundos, furtivamente, a comprobar que no estaba solo. Una vista imposible de olvidar, de las que se quedan grabadas en la retina, en la conciencia. ¿Qué estaría pensando en ese preciso momento? Es imposible saberlo. Pero puede intuirse que el sentimiento fue de determinación furibunda, de llevar la lucha emprendida hasta la victoria.

La fotografía de René Burri del Che “Un tigre revolucionario”

Tuve la oportunidad de conversar con René Burri durante su visita a la Ciudad de México, a mediados de septiembre de 2007, cuando vino a presentar su exposición fotográfica “Un Mundo”, en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, el fotógrafo suizo a su 72 años era totalmente elocuente y había captado con su cámara Leica, la historia del Siglo XX en el mundo. Como corresponsal de la Agencia Magnum realizó constantes viajes a Egipto, Medio Oriente, Europa, Japón, China, América Latina y Estados Unidos. Burri había captado multiplicidad de temas, lugares, guerras y acontecimientos, así como retratos de Picasso, Le Corbusier, Ingrid Bergman, Maria Callas, Giacometti, Nasser, Nixon, Eisenhower y tomó la famosa fotografía del Che Guevara en donde se le puede ver altivo fumando un puro.

René nos cuenta que esa cara de soberbia del Che es en realidad de enojo. “Yo estaba en su oficina en Cuba, enviado por ‘Magnum’ y él se estaba peleando con una periodista norteamericana que había viajado conmigo. ¡Parecía un tigre enjaulado y ni se fijaba en mí, por lo que pude hacerle todas las fotos que quise!”

Y me contó algo que de verdad me sorprendió por la poca trascendencia que le damos a los hechos cotidianos cuando le pregunté qué sentía haber estado al lado de una figura revolucionaria universal, a lo que me contestó: “Realmente nunca tuve la impresión de estar ante alguien que se iba a convertir en una leyenda, y tampoco tenía la menor idea de lo significativa que esa imagen se iba volver para mí”.

La fotografía de Héctor García Cobo del Che “Con el poder a cuestas”

A los 79 años de edad, el gobierno de México reconoció el legado de Héctor García y le fue otorgado el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el año 2002. A días de recibido el premio, el pueblo de Juchitán Oaxaca en el Istmo, le organizó un homenaje al maestro.

Héctor García fue llamado por Carlos Monsiváis, “El Fotógrafo de la Ciudad de México” porque además de increíbles fotografías como “El niño en el vientre de concreto” le tomó extraordinarias fotografías a María Félix, Pedro Infante, Dolores del Río, Cantinflas, Tin Tan, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Frida Khalo, Dr. Atl y el Che Guevara, entre otros.

Coincidimos en la casa de los Marcial Cerqueda en Juchitán para acompañarlo entre vivas, música y cohetes por todo el pueblo en su camino a la Casa de Cultura de Juchitán en donde sería el homenaje formal. Al poco tiempo de iniciar el homenaje, se me acercó el maestro Delfino Marcial Cerqueda y me pidió que tuviera lista mi camioneta en la entrada de la Casa de la Cultura para recibir al maestro García Cobo que ya no aguantaba tanta formalidad y quería escapar de aquel evento, con el pretexto de su avanzada edad se disculpó, y él y Delfino (extraordinario artista plástico) se subieron a mi camioneta y huimos con rumbo al mar, ante la mirada juiciosa de Yolanda, responsable del evento.

En el camino nos alcanzó en su bicicleta el maestro de la plástica Soid Pastrana que quería lo incluyéramos en nuestra aventura, sólo necesitaba dejar la bicicleta y pasar por un “pendiente”. Lo acompañamos, dejó la bicicleta y salió acompañado de una hermosa mujer joven, que dijo se incluiría en nuestro viaje. Sin preguntar, partimos con rumbo a Playa Vicente en donde conseguimos una lancha y provisiones (básicamente cerveza) y nos dirigimos a una isla, famosa por ser el lugar en donde el Rey Cocijoeza tuvo un reducto infranqueable, que lo hizo invencible ante los mexicas. Ahí pude escuchar de voz de Héctor, que el Che estaba apesadumbrado el día que le tomó su famosa fotografía con su cámara Leica, porque minutos antes se negó a interceder para evitar la ejecución de un enemigo de la revolución, a pesar de las súplicas de su esposa. Tal vez por eso en esa fotografía, su mirada se pierde en la profundidad de los cimientos de una revolución, que significaría el mayor acto de resistencia de un pueblo, al sistema responsable de que nuestra especie esté al borde de la extinción.

Sólo por cerrar la mención de esta muy larga anécdota, que terminó dos días después y que pronto publicaré completa junto a otras cien. A la mañana siguiente regresamos a Juchitán y ya nos esperaban en la casa de la muchacha con rifles, “para tronar los cohetes o morir” porque a decir de los padres nos habíamos robado a la joven mujer, por lo que el maestro Soid Pastrana se tuvo que casar y Héctor, Delfino y un servidor fuimos los padrinos.

Las historias sobre las fotografías del Che me dejan pensando, ¿Qué relación extraña tenían las cámaras alemanas Leica con las miradas del Che?

La vida es una construcción consciente.

Iván Uranga
Iván Uranga

Especialista en Ciencias Sociales, promotor de comunidades autónomas autogestivas, investigador social, docente de Permacultura, escritor de
ensayos, novelas, cuentos, teatro y poesía.

Deja un comentario