Las Huastecas y las Chiapas. Autor: Federico Anaya-Gallardo

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Mujeres huastecas
Mujeres huastecas en traje tradicional. CNDI.

Hay varias entidades de la federación mexicana que nacieron plurales. Las Tamaulipas y las Chiapas perdieron el plural (en su denominación, no en su realidad) casi tan pronto como alcanzaron el estatus de Estado Libre y Soberano. Otras entidades que eran plurales, como el “Estado de Sonora y Sinaloa” evolucionaron primero a “Estado de Occidente” para terminar separadas. La pluralidad tiende a multiplicar las entidades: Nayarit era el cantón (distrito, departamento) de Tepic en Jalisco y Aguascalientes parte de Zacatecas. Ya casi nadie recuerda que el viejo “reino” (luego Estado) de México era bañado al Noreste por las aguas del “Seno Mexicano” y en el otro extremo por las del “Mar del Sud”. Desde la era de las intendencias (1770’s) Veracruz quitó a México su costa en el Golfo y en 1824 el constituyente federalista decidió, literalmente, “decapitar” (separar la cabeza del cuerpo) al poderosísimo Estado decretando la creación de un distrito federal con la que era su capital, la Ciudad de México. A raíz de esto, los mexiquenses anduvieron un par de décadas a la búsqueda de una nueva capital, pasando por Tlalpan y Texcoco para terminar en Toluca. En el camino se encontraron plurales: a mediados del siglo XIX sus liberales radicales erigieron el “Sud y Rumbo de Acapulco” como Estado de Guerrero, agregándole porciones de Michoacán, Puebla y Oaxaca. Con otras regiones del viejo Estado de México se erigieron Morelos en 1862 e Hidalgo en 1869. Hoy sabemos que no es lo mismo Texcoco que Toluca y en el área de Naucalpan no saben cuál debiese ser su cabecera, México o Toluca. Otras regiones han tenido menos suerte. Qué es primero en Coatzacoalcos y Salina Cruz (y entrambas poblaciones), ¿ser puerto o istmo, oaxaqueños o veracruzanos, tehuanos o juchitecos o coatzacoalqueños? En cambio, en Torreón, San Pedro, Gómez, Lerdo, Tlahualilo y San Juan todos son Laguneros, pero siguen divididos entre Coahuila y Durango pese a que propios y extraños llaman a su región “La Comarca”. Como en el Istmo y La Laguna, el sueño de un Estado de las Huastecas sigue siendo eso, una utopía. El caso huasteco la condena al limbo de las ensoñaciones está incluso decretada, y en plural, en un corrido de Pepe Guízar: “como Hidalgo y Veracruz, San Luis tiene sus Huastecas” (en plural, para mejor rimar).

Ahora bien, el Estado de Las Chiapas era llamado así porque en su territorio había dos ciudades importantes, la Chiapa de los Indios (hoy Chiapa de Corzo, cerca de Tuxtla Gutiérrez) y la Chiapa de los Españoles, también llamada Ciudad Real y luego San Cristóbal o Ciudad Las Casas. Es notable, en este sentido, que el plural haya estado anclado en un quiebre étnico y cultural.

Aparte del plural en su nombre original, las Chiapas y las Huastecas comparten otras dos características relacionadas con este quiebre. Una, ser asiento de pueblos originarios mayenses. De hecho, “huasteco” es el nombre que el castellano tomó de los nahuas para “teenek”, que es el nombre del pueblo mayense, y que está relacionado con “iinik”, hombre y que puede traducirse como humano de aquí, quien vive en el campo, quien estaba aquí desde el principio). Otra, que es la que me interesa destacar hoy, ser un área de intercambio permanente e injusto entre la población caucásica (española, criolla o mestiza) y los originarios.

Zapatistas de Los Altos.
Zapatistas de Los Altos.

Cosa interesante, los mayas chiapanecos llaman al español o blanco “kaxlán” que significa “gallina” –lo que puede hacer referencia tanto a la palidez de su piel como a su comportamiento errático. En el Chiapas posterior a la rebelión neozapatista de 1994, “kaxlán” suele ser usado de manera denigratoria en boca de una persona originaria. Por su parte, los teenek del área de Tantoyuca en Veracruz llaman a los mestizos “ejek” y dicen de ellos que “tienen la sangre más fría que la de los teenek porque beben leche y comen carne”. Esta caracterización nos habla del quiebre social entre opresores (bien alimentados) y oprimidos (mal alimentados). Sigo en esto el reporte de Anath Ariel de Vidas en “Los Teenek (México), ante la presencia del otro” publicado en la revista Les Cahiers Amérique Latine, Histoire & Mémoire, número 4 de 2002: https://journals.openedition.org/alhim/493#bodyftn1.

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La semana pasada escribí acerca de uno de los más antiguos municipios mayas de Chiapas, el tzeltal Oxchuc. Como parte del desarrollo de la consciencia indígena de Oxchuc mencioné la experiencia histórica de la Rebelión de 1712 en las Montañas Zendales (tzeltales). Sin embargo, muy correctamente, la Dra. Araceli Burguete me recordó que esa experiencia fue asumida más bien con miedo y aceptación de la represión sufrida a manos de los kaxlanes. No como un ejemplo de liberación. De hecho, aparte de la remembranza mitificada de “Juan Sol” o “Juan Chenek” como un jovencito con poderes mágicos que derrota a los españoles cachando las balas en su sombrero y disparándoselas de regreso, la memoria de ese levantamiento se borró del imaginario colectivo indígena. En 2012, en el aniversario 300, hubo solamente una tímida conmemoración. En este sentido, la leyenda de Juan Sol es una fantasía y las fantasías atan e inhiben la organización popular. Burguete me señala que no queda memoria de contra quien se peleaba en 1712 y, por lo mismo, no hay manera de apreciar el alcance histórico del acontecimiento y de usarlo como ejemplo en las luchas contemporáneas.

Zapatistas de Las Cañadas.
Zapatistas de Las Cañadas.

Ariel de Vidas señala, para los teenek de Tantoyuca, que estos se ubican bajo los mestizos. Esta expresión tiene dos explicaciones. Una es “más bien análoga a una antigua capa geológica dispuesta bajo otras; o a una posición en una progresión aritmética donde cada término se deduce del que lo precede. Los teenek dicen de los ejek que están ubicados más arriba que ellos porque son más modernos, mientras que ellos mismos se encuentran más abajo porque consideran a su mundo más «viejo» ya que precedió al «nuevo»: «Si bien se dice que los españoles vinieron del Viejo Mundo, para nosotros ellos vienen del mundo nuevo, moderno, y nosotros estamos abajo porque estamos más cerca de los Baatsik’, nos comunicamos más con ellos». Por lo tanto, la posición de los teenek precede cronológicamente a la de los mestizos y está mucho más cerca de la de sus antepasados prehumanos quienes… estaban allí “mucho antes de la llegada de la luz”. Sin embargo, también hay una explicación que minusvalora al pueblo originario: «Los ancianos nos dijeron que antes los teenek vivían en una cueva, en el cerro, en el monte. No sabían lo que era una casa, no conocían la lumbre. Vivían como armadillos; comían raíces de árboles, frutas, todo crudo. Cuando llegaron los conquistadores y los hallaron, los teenek empezaron a conocer la luz, la ropa. Antes, eran monos, no tenían casas… Después, los conquistadores los encontraron, les dieron enseñanza, vestidos, les iba mejor. Cuando llegó Cristóbal Colón, no había luz, había teenek pero no conocían la luz, ni el fuego. El sol no siempre había existido, sólo había agua y la comida se comía cruda. Los monos hablan teenek.»

En este punto, importa señalar la que considero la diferencia más grande entre las Chiapas y las Huastecas. En el estado chiapaneco, los kaxlanes se concentraron en una ciudad que funcionaba como “centro rector” y mantuvieron a los indígenas separados de la población caucásica en municipalidades periféricas que funcionaban como “zonas de refugio” (Gonzalo Aguirre Beltrán, Regiones de Refugio, INI, 1967). El control étnico y de clase se ejercía a través de funcionarios blancos enviados desde Ciudad Real/San Cristóbal Las Casas para controlar los ayuntamientos tzotziles, tzeltales y choles (en el caso de los tojolabales, se les acasilló en haciendas controladas estrictamente por la población blanca). Había una distancia material entre la “urbe” kaxlana y los “pueblos” indios. Precisamente por esto el “escape” a los bosques húmedos era un problema: más allá de una pequeña presencia en las cabeceras municipales, los kaxlanes controlaban muy poco a la población originaria. Esta separación se hizo más dura después de la Revolución Mexicana. Primero, en los años 1930’s y 1940’s el indigenismo cardenista entregó las administraciones municipales a secretarios indígenas. (Sobre esto, véase Jan Rus, “La Comunidad Revolucionaria Institucional: la subversión del gobierno indígena en los Altos de Chiapas 1936-1968”, Ciesas, 1995.) Luego, en los años 1970’s y 1980’s se formó una red bien organizada y jerarquizada de maestros indígenas bilingües que se aseguraron el control político de sus cabeceras. (Luz Olivia Pineda, Caciques Culturales (El Caso de los Maestros Bilingües de Chiapas, Costa-Amic, 1993.) En este último periodo, en prácticamente todos los municipios de Los Altos de Chiapas la población kaxlana fue expulsada. El siglo XX mexicano no sólo mantuvo la separación o quiebre étnico de etapas previas, sino que la intensificó.

En contraste, en las Huastecas la población de origen europeo y los pueblos originarios ocuparon los mismos espacios, tanto urbanos como rurales. Ciertamente, allá por 1825, en el debate acerca de cuál población debía ser el centro rector regional de la Huasteca Potosina la gente “de razón” (es decir, blanca) de la pequeña Ciudad de Valles alegaba que su rival, la Ciudad de Tancanhuitz podía tener más población, pero la mayor parte de ellos eran indígenas –lo que “evidentemente” les inhabilitaba para regir aquella región del Estado potosino. Con todo, en las Huastecas nunca hubo un quiebre étnico/territorial equivalente al que existió entre San Cristóbal y su periferia indígena. Valles tenía sus barrios indígenas y Tancanhuitz su élite blanca. Más importante aún: contrario al modelo chiapaneco, había en las Huastecas una población blanca rural que ocupaba también las áreas rurales, a través de un sistema de copropiedad llamado condueñazgo. Entre estos blancos rurales se forjó una identidad “huasteca” que nada tiene que ver con los teenek.

Claudio Lomnitz, en su libro Las Salidas del Laberinto (Joaquín Mortiz, 1995), analiza la “cultura huasteca” de esa población blanca. Un paradigmático ejemplar de ese huasteco blanco es Gonzalo N. Santos. En la primera parte de sus memorias (Una vida azarosa, novelesca y tormentosa, Grijalbo, 1984) el Alazán Tostado se había preocupado de aclarar su genealogía europea y el heroísmo de sus ancestros como conquistadores de las Huastecas y las Tamaulipas en el siglo XVIII. También nos explicó su relación con “sus indios”. Lomnitz nos dice que la cultura de los huastecos blancos tiene la función de intermediario cultural: (1) entre la población india y la población blanca dentro de la región y (2) entre la población india y las formaciones estatales potosina y mexicana. Recordemos que los criollos son siempre minoritarios en sus regiones. Por lo mismo, para tener éxito en su papel de intermediarios, han de ser violentos. Por eso el General Santos se la pasaba alardeando de su “salvajismo”. En la Huasteca, esto último significa violencia real, efectiva –con la que se controla a la población originaria. En las lejanas capitales de los “curros” potosinos y de los “licenciados” chilangos, esa violencia es generalmente simbólica (aunque un asesinato de vez en cuando ayuda a reafirmar la fama del huasteco). Este estereotipo quedó fijado hacia 1948 en películas como Los Tres Huastecos de Ismael Rodríguez. En este filme, Pedro Infante interpreta a tres hermanos triates, Juan de Dios (cura), Víctor (militar) y Lorenzo (ranchero-bandolero). Los dos primeros representan la posibilidad “civilizatoria”, urbanizadora, capaz de adecentar al bruto rural que es Lorenzo. Los tres son mediadores entre la ruralidad y lo urbano. Los tres son criollos. En esta película no hay teeneks.

Al hablar de las Chiapas post-zapatistas de nuestros días, dije que el símbolo favorito del EZLN es el miliciano indígena envuelto en un chuj (jorongo, poncho) de lana tradicional de Los Altos y no el insurgente con moderna camisola café de Las Cañadas. En esta comparación con las Huastecas, lo relevante es que en ambas posibilidades la imagen-símbolo retratan a un indígena como vencedor. En contraste, las imágenes usuales de “lo teenek” son las elegantes mujeres con elaborados tocados y llamativos queshquémel bordados.

¡Atención! Recordemos que México es una sociedad perversamente machista. Los varones armados vencen tanto en las Chiapas como en las Huastecas. Pero en estas últimas, esos varones siguen siendo criollos. Me parece que este es un asunto en que valdría la pena seguir reflexionando con más orden y mejor sistema.

Pedro Infante.
Pedro Infante como el huasteco “salvaje”, 1948.
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