José Reyes Doria | @jos_redo
La Mañanera es, entre otras cosas, un mecanismo de posicionamiento político del régimen de la 4T, que utiliza las herramientas de la propia comunicación política, la difusión de información gubernamental, el debate y la confrontación ideológica; y es vehículo para eficientar la conducción política del país, sobre todo en lo relativo a la clase política morenista.
La disputa ríspida con los medios tradicionales y las redes sociales es inevitable, puesto que las comparecencias mañaneras de la presidenta Claudia Sheinbaum (como antes AMLO), buscan posicionar la agenda política y mediática que interesa al régimen, controlar la narrativa. Dado que existe una gran diversidad de opiniones y enfoques sobre lo que hace o deja de hacer el gobierno, el choque con medios, periodistas y redes sociales críticos ocurre prácticamente todos los días en la Mañanera, de forma especial cuando existen temas candentes en la agenda pública.
En el caso de la propuesta de Lineamientos para defender los derechos de las audiencias, el debate sustancial se ha centrado en la cuestión de que el gobierno pueda, o no, dictaminar si la información que emiten la radio y la TV es falsa o verdadera, si está contextualizada o manipulada. Los Lineamientos plantean una ruta de denuncias de las audiencias que puede derivar en una sanción al concesionario si no las atiende. Ese castigo puede llegar a ser una multa por el 1% de sus ingresos, y esa posibilidad, opinan diversos observadores, podría condicionar la política informativa de los medios hasta llegar a la autocensura.
No hay ningún problema con los demás aspectos de la defensa de los derechos de las audiencias, es decir, el derecho a recibir contenidos incluyentes para personas con discapacidad, a que no haya exceso de anuncios comerciales, a que se distinga la información de la publicidad o la propaganda, a que la programación no incluya mensajes racistas, misóginos, discriminatorios, antimexicanos, etcétera. Ahí no está el debate, en eso estamos de acuerdo todos, o casi.
Una cuestión central, es por qué la Presidenta se enfrasca en esa batalla por tratar de sancionar a los medios electrónicos por no cambiar o modificar un contenido noticioso que un denunciante y el defensor consideren falso o descontextualizado y que la Comisión Reguladora de Telecomunicaciones (CRT) avale ese dictamen condenatorio.
Los opositores a esta política, incluyendo a los concesionarios, indican que, al depender totalmente del gobierno, la CRT será imparcial y siempre impondrá las resoluciones que le dicten desde Palacio Nacional. No sabemos si así sería, pero el escepticismo es por demás entendible y fundado.
Se entiende que el gobierno de Sheinbaum, como antes el de AMLO, y de hecho todos los anteriores, reaccionen con gran inconformidad cuando algunos medios, periodistas o comentócratas lo critican severamente, de forma sistemática y hostil; máxime cuando difunden información u opiniones francamente falsas o burdamente inexactas. Ese enojo es mayor cuando se trata de temas altamente sensibles para el gobierno.
Con todo y eso, era previsible el desgaste de la imagen de la Presidenta por esta batalla, que se percibe como una política contra los medios críticos. Porque, de forma lógica, los afectados serían los medios críticos, pues los medios afines difícilmente incurrirán en faltas a los Lineamientos, pues sus contenidos noticiosos incluyen muy pocos cuestionamientos al régimen.
En Palacio Nacional saben que poner en marcha estos Lineamientos recrudecería los cuestionamientos y el rechazo dentro y fuera del país, por esa razón solo se dieron a conocer y se someterán a una consulta.
Seguramente, se dará marcha atrás a los aspectos polémicos. Porque en Palacio saben también que ningún gobierno anterior ha llegado a ese punto de promulgar una norma destinada a controlar, así sea vía la defensa de las audiencias, los contenidos de los medios.
Históricamente, en México y el mundo, los gobiernos intentan permanentemente controlar o condicionar a los medios, pero muy rara vez incurren en la línea de expedir una normatividad puntual, pues ello trae consigo un desgaste importante de la imagen del gobernante y el gobierno que lo pone en marcha. El poder político busca controlar a los medios por la vía de la política, no por la vía normativa.
Podemos decir que la confrontación constante con medios y opositores suele llevar a escaladas, ocasionales pero apasionadas, donde la Presidenta puede incurrir en posturas no pensadas. Como ocurrió estos días, en que, al calor de esta discusión, la Presidenta señaló que a TvAzteca, al Universal y al Reforma no les paga por publicidad gubernamental como al resto de medios tradicionales, electrónicos o impresos.
Repito, se entiende que el gobierno no pague publicidad a estos medios que suelen ser críticos acérrimos, pero el hecho que los exprese de viva voz la Presidenta puede interpretarse como la aceptación de que castiga a los medios que no elogian su gestión. De hecho, los malquerientes del régimen la compararon con José López Portillo, quien acuño la máxima de “no pago para que me peguen”, refiriéndose a la publicidad gubernamental asignada a medios hostiles, en aquellos tiempos los críticos eran Proceso y Excélsior.
Otro incidente ocurrido en la Mañanera en el contexto de esta confrontación, es el relativo al tema de la utilización de la fractura hidráulica o fracking para extraer gas natural. La Presidenta señaló en campaña electoral que su gobierno no recurriría al fracking, sin embargo, ahora, después de que una comisión de especialistas dictaminó que es viable y que no genera daños ambientales, dijo que podría utilizarse esa técnica de extracción de gas. Hasta ahí no tendría nada de particular el asunto, sería anecdótico que en campaña la Presidenta haya afirmado una cosa u otra, pues las cosas y las circunstancias cambian.
Pero a una pregunta en la Mañanera, en la que le recordaron que en campaña dijo que uno habría fracking, Claudia Sheinbaum afirmó que nunca había prometido tal cosa en su campaña electoral. Las reacciones hostiles contra la Presidenta en redes y medios no se hicieron esperar. Sacaron los videos de campaña donde, en efecto, la Presidenta afirma que no habría fracking, endilgándole todo tipo de adjetivos hostiles.
Desde luego, los malquerientes más recalcitrantes asociaron la negación de Sheinbaum respecto a su campaña y el fracking con el tema de los Lineamientos de las audiencias, afirmando que en la Mañanera sí se puede mentir y nadie tiene capacidad de castigarla, no existen instancias garantes de que en las mañaneras no se difundan mentiras.
Es el cuento de nunca acabar. Seguramente la Presidenta considera que no mintió en campaña, y siempre hay forma en que los matices hagan concordar los hechos y los dichos. Pero, como dicen opinólogos afines y opositores al régimen, tal vez lo más adecuado es dejar que sean las audiencias, la gente, quienes decidan si creen o no creen en lo que se les informa, si confían o no confían en los contenidos que se les ofrecen, y que, en aras de la máxima libertad, en su caso expresen su desconfianza y sanción cambiándole de canal, dejando de sintonizar los medios que les parezcan malos.
¿Habrá llegado el momento de poner punto final a las Mañaneras en su versión actual? Hacerlas más espaciadas, una o dos veces a la semana; que sean más breves; menos contenciosas con los críticos y los medios; que la Presidenta solo las encabece uno o dos días a la semana. No desaparecerlas de forma abrupta. Para que la Presidenta no se exponga tanto a las variables incontrolables de las mañaneras apasionadas y enconadas. Difícil hacerlo en vísperas de elecciones, pero habría que considerarlo.





