Autor: Felipe León López
Francamente, cuesta no detenerse un momento y preguntarse qué estamos atestiguando. La geopolítica energética se recompone frente a nosotros con una desfachatez que sería admirable si no fuera tan grave por lo que implica y por las consecuencias que puede traer en el futuro inmediato, sobre todo si somos capaces de mirarnos en nuestro propio espejo. Solemos imaginar que las guerras por los recursos ocurren lejos, en algún punto remoto del Medio Oriente. Pero la realidad, siempre poco considerada, nos recuerda que el tablero también está aquí: cerca, abajo, arriba y, por si faltara algo, dentro de nuestro propio país.
Por eso resulta tan duro —y tan cargado de impotencia— para quienes durante años hemos denunciado los abusos del imperialismo estadounidense contemplar ahora el anunciado acuerdo petrolero entre la gobernante venezolana Delcy Rodríguez y el mandatario estadounidense Donald Trump: nada menos que 65 mil millones de barriles en 25 años, con una cuarta parte de la producción petrolera venezolana comprometida y, con ella, un pueblo atado durante un cuarto de siglo.
A dos meses de su referéndum electoral, Trump parece haber encontrado una ventana de oportunidad para ofrecer a sus ciudadanos una sorpresa monumental. La maniobra incluso ha encendido las alertas entre los demócratas, quienes ya desconfiaban de la promesa MAGA y de su peculiar concepto de la grandeza estadounidense.
La escena, dicho con calma, roza lo teatral. O lo grotesco, si queremos ahorrarnos cortesías. No hace mucho, la propia Delcy Rodríguez recitaba y gritaba, con impecable solemnidad, el repertorio completo del nacionalismo y del socialismo del siglo XXI antiimperialista: arengas contra la amenaza yanqui, advertencias sobre la intromisión extranjera y defensas encendidas de la riqueza petrolera venezolana. Todo muy digno. Todo muy épico. Y, por lo visto, todo muy negociable a la hora de la verdad.
Así, con un acuerdo tan anunciado como incómodo, uno termina pensando que ni siquiera María Corina Machado habría llegado tan lejos. Desde Washington se fue cocinando el escenario perfecto para que los propios chavistas mantuvieran tranquilo al país y, al mismo tiempo, avalaran la entrega del petróleo venezolano con semejante eficacia, docilidad y sentido práctico. Está claro que Trump y los sectores más duros de la derecha republicana no eligieron a su activo más evidente ni al rostro opositor más exportable para “restaurar la democracia”. Eligieron, en cambio, a quien realmente podía consumar la entrega más codiciada por Estados Unidos: no la de hombres y mujeres liberales y democráticos, sino la del recurso más venerado, disputado y bendecido durante décadas. Ese petróleo indispensable para apuntalar, aunque sea por un tiempo más, el futuro inmediato de una potencia con persistentes nostalgias neocoloniales.
En Venezuela, como bien sabe la vox populi latinoamericana, entrega quien controla el territorio: el ejército; quien domina los medios; quienes llevan la voz cantante en la narrativa y en la maquinaria política. Lo demás son discursos, banderas y escenografía patriótica. Una utilería solemne que, sin base social ni voluntad de resistencia, termina reducida a humo, desencanto e inacción. Porque, si de algo pecó Nicolás Maduro, fue precisamente de marginar —hasta el grado de la represión— a las organizaciones populares que constituían la fuerza del movimiento. La declaratoria de impulsar el “Poder popular” como cuarto poder quedó reducida a un decreto que nunca se cumplió, y las consecuencias están a la vista: la inmovilización.
La fórmula parece sencilla, aunque encierra complejidades que obligan a preguntarnos si México, guardadas las proporciones, podría estar transitando por una ruta similar. Nuestra nueva élite del poder ha devuelto a los militares un papel central en la vida política; éstos mantienen un creciente control territorial y se han convertido en un grupo hegemónico transexenal, difícil de desplazar incluso mediante las elecciones, pese al desempeño de gobiernos ampliamente cuestionados.
Para la Dra. Marycela Córdova Solis, “obviamente Donald Trump no iba por ‘restaurar la democracia’ ni un cambio de régimen sino por el petróleo y por todos los recursos que puedan existir; de ahí que haya negociado y sostenido al grupo político en el poder desde Hugo Chávez, ahora encabezado por Delcy Rodríguez. Y esto si bien es una advertencia para México, no podría ser igual, a pesar de que pesan calificativos de ser un ‘narco gobierno’, puesto que el hecho de compartir una frontera tan grande y la compenetración social entre los dos países, por lo que una intervención podría desestabilizar al país y esto no les conviene para nada a los Estados Unidos.”
Nos miramos entonces en el espejo de nuestra propia realidad y la imagen no favorece a nadie. En Venezuela, los patrioteros más “radicales” y los “socialistas” más inflamados terminaron siendo, a la hora de la verdad, los colaboracionistas más obedientes, movidos por el temor a la cárcel, a la confrontación bélica y a una inevitable guerra civil. Porque enfrentar al imperio, al invasor, al saqueador y al gran manipulador de narrativas exige algo más que consignas solemnes, épica de micrófono y poses de buen Nerón.
Tan tersa resultó la operación que los jefes de las brigadas populares en defensa de la soberanía parecieron irse de vacaciones apenas se supo que Nicolás Maduro estaba en Estados Unidos rindiendo cuentas por señalamientos de facilitar el tráfico de drogas, sostener complicidades con el régimen cubano y tender puentes con los adversarios del proyecto MAGA de Trump: Rusia, China y el mundo árabe antiestadounidense. Una agenda internacional, como se ve, bastante discreta para quien decía custodiar la pureza de la revolución.
El Imperio entendió el tablero. Primero agitó la arena contra los narcoestados, sin dejar de tener listo el gatillo por si hacía falta. Después llegaron las certificaciones de “buen comportamiento” y las condicionantes arancelarias para quienes aspiraran a ser socios y súbditos. No hubo tanques en las calles ni marines desembarcando al amanecer. Nada de eso. Un sábado, en cadena nacional, Delcy informó sobre contratos a 25 años, entre silencios convenientes de las élites y discursos heroicos cuidadosamente archivados para vender una derrota como si fuera la gran victoria del chavismo. Porque, a veces, la ocupación no necesita botas: le basta una firma, una alfombra roja y una patria dispuesta a declamar mientras entrega las llaves.
Después vino la desmovilización social, acompañada de advertencias de deportación inmediata a familias asentadas en Estados Unidos. En ese contexto, la unidad, la exigencia de respeto e incluso la doble nacionalidad para obtener una visa adquieren un sentido ferozmente práctico. Con Delcy al frente se evitó una guerra civil y, al mismo tiempo, se avanzó hacia la entrega del petróleo mediante un acuerdo tan inaudito como inadmisible y opaco.
Ante todo, las preguntas no son menores: ¿dónde quedaron las brigadas revolucionarias que juraban defender la patria a capa, espada y vida? ¿Dónde está la solidaridad progresista y de izquierda de los gobiernos de América Latina? Y, sobre todo, ¿dónde quedó la dignidad latinoamericana para impedir que otro país sea tomado como fue tomada Venezuela?
Contacto: feleon_2000@yahoo.com
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