La palabra Antonieta*. Autora: Pilar Torres Anguiano

De todo aquel torbellino dos conciencias guardo.
la de haber amado mortalmente hasta traspasar mi propia pasión.
La de haberme unificado con el destino de mi raza y mi cultura.
Antonieta R.M. Diario de Burdeos.

En su búsqueda de la palabra precisa para atrapar la verdad de las cosas, algunas veces la vida toma prestados términos de la literatura y la mitología. Así, hay personas narcisistas, maquiavélicas, sádicas o masoquistas, en referencia a Narciso, Maquiavelo, Sade o Masoch, respectivamente. A esas palabras las llamamos epónimos, y en nuestra habla, abundan ejemplos. Uno de los más célebres es el de Cayo Mecenas, noble romano, consejero y amigo del emperador César Augusto.

Mecenas fue un importante impulsor de las artes, protector de jóvenes talentos de la poesía y amigo de destacados autores como Virgilio y Horacio. Su nombre es epónimo de aquel que fomenta y patrocina las actividades artísticas.

Sabemos que, de acuerdo con un ideal romántico, se concibe al artista como un espíritu libre, creador sin fines de lucro. Sin embargo, no debe olvidarse que, en buena medida, gracias al soporte económico, hoy la humanidad puede gozar de la existencia y conservación de grandes obras. El mecenazgo, quizás tan antiguo como el arte mismo, posibilita que el artista siga creando y, en ese sentido propicia el arte. Así, Miguel Ángel contaba con los Medici, Sor Juana con la Condesa de Paredes; y los años veinte mexicanos tuvieron a Antonieta Rivas Mercado.

Escritora, activista, feminista, actriz experimental, bailarina, empresaria y promotora artística. Nació con el siglo XX, originaria de la Colonia Guerrero en la Ciudad de México; y es la causa eficiente de varios acontecimientos artísticos.

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Fue mecenas de artistas de distintas áreas: Andrés Henestrosa, Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, Gilberto Owen, Gorostiza, María Teresa, Roberto Montenegro, Julio Castellanos, Lupe Medina de Ortega, Clementina Otero, Carlos Luquín, Julio Jiménez Rueda, Manuel Rodríguez Lozano.

Fundó el teatro Ulises, piedra angular en la historia del teatro experimental en México, dirigido por Xavier Villaurrutia y Salvador Novo. Entre sus miembros se encontraban Gilberto Owen, Julio Jiménez Rueda, Roberto Montenegro, Manuel Rodríguez Lozano, Julio Castellanos, Isabela Corona, Clementina Otero…

Formó un patronato para crear la Orquesta Sinfónica Mexicana, cuyo director fue Carlos Chávez y los patrocinadores: Hortensia Calles de Torre Blanca, Luis Montes de Oca, José Manuel Puig Casauranc, Emilio Portes Gil, Alfonso Pruneda, Moisés Sáenz, Genaro Estrada y distintos embajadores extranjeros en México.

Formó parte esencial de la campaña presidencial de Vasconcelos, con la convicción de que ese era el mejor proyecto para México. En sus crónicas describe mejor que nadie esa odisea, esos sueños, esos planes. De esa relación apasionada, tormentosa e idealizada se ha especulado demasiado.

En sus Memorias, publicadas por el Fondo de Cultura Económica, Jaime Torres Bodet escribe que José Vasconcelos “habrá de quedar en la memoria de las futuras generaciones, como el más atrevido y contradictorio, el más impulsivo y más fulgurante, el menos lógico y más genial. Injusto por impaciente, rebelde por inconformidad y dogmático por angustia, la tormenta fue su ámbito inevitable. Se creyó Ulises, descubridor de islas inmateriales y especialista en periplos mágicos. Pero nunca se hizo atar al mástil de su navío para escuchar, sin riesgo, el canto de las sirenas. Las más impetuosas horas de su existencia y las mejores páginas de sus libros fueron aquellas, precisamente, en las que el canto de las sirenas le enseñó a preferir el naufragio a la abdicación”.

Para formarnos una idea lo más aproximada a la realidad, lo mejor es recurrir al “Diario” y las Cartas de Antonieta; y al “Proconsulado” de Vasconcelos. En esas páginas nos encontraremos con dos amantes de gran temperamento, con muchas características en común, que se hacen compañía mutuamente en momentos cruciales de sus vidas, y también se usan mutuamente. Sería injusto afirmar que uno fue víctima del otro.

Las cartas y el Diario de Burdeos arrojan algunas luces sobre la situación por la que atravesaba. La desgastante lucha por la custodia de su hijo, enterarse del suicidio de Remedios, su prima favorita, el fracaso de la campaña presidencial de Vasconcelos, y el de la relación entre ambos, fueron factores determinantes. En 1929, Antonieta decidió abandonar México para no volver. Decepcionada y triste, escribe desde Nueva York a Manuel Rodríguez Lozano, su amor platónico, y le menciona títulos de novelas que desgraciadamente para nosotros, nunca llegó a concluir: “La que no quiso ser”, “El círculo” y “La piel del oso”…

El 11 de febrero de 1931, Antonieta entró en la catedral de Notre Dame de París. Ya sabemos qué ocurrió ahí.  Se sentó justo enfrente del altar mayor y terminó con su vida utilizando una pistola que era propiedad de José Vasconcelos. Pero antes lo había anticipado de esta manera en sus escritos: “Terminaré mirando a Jesús; frente a su imagen, crucificado… Me sentaré para tener la fuerza para disparar” … y en una nota dirigida al cónsul Arturo Pani para comunicar su decisión de “desligarse de una envoltura moral que ya no encierra un alma, al tiempo que le encomienda que su hijo vuelva con su familia”.

Así lo hizo. Según la autopsia, la bala destrozó su corazón, que como sabemos, ya estaba destrozado hacía tiempo. Vasconcelos, junto con el cónsul de México en París, acudió a reconocer el cuerpo. La enterraron en una tumba provisional en el cementerio de Thiais.

Tiempo después, sus restos terminaron en la fosa común, pero aún podemos disfrutar de las orquestas, las obras de teatro, y las obras literarias que nacieron gracias a ella; y apoyar a los artistas jóvenes, como ella lo hizo. Ojalá pudieran recuperarse sus restos, pero, sobre todo, continuar su legado. Que haya más antonietazgos.

Tan agradable es que el nombre de Mecenas evoque a una acción importante y noble, como insultante es que se refieran a Antonieta como “la hija de… amante de… que se suicidó en…”.  Es una lástima que la miopía intelectual salpicada de misoginia les impida ver a una mujer inteligente, sensible, generosa, interesante, hermosa.

Si se pudiera formar un epónimo con la palabra Antonieta, seguramente designaría a la combinación de generosidad, sensibilidad e inteligencia. La gran Antonieta Rivas Mercado murió hace 90 años, pero lo importante es su vida.

Para consultar: Antonieta Rivas Mercado. Diario de Burdeos, edición crítica. Universidad Autónoma del Estado de México – Siglo XXI Editores. México 2014.


*Agradezco las fotos que me facilitó Óscar G. Chávez

Pilar Torres Anguiano
Pilar Torres Anguiano

Filósofa, profesora y ensayista.

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