Inicio Opinión La necro-política del aplauso oportunista. Autora: Emma Rubio

La necro-política del aplauso oportunista. Autora: Emma Rubio

El asesinato de Carlos Manzo en Uruapan—en plena celebración comunitaria—dejó expuesto, otra vez, el guion más mezquino de nuestra vida pública: convertir la tragedia en materia prima para el marketing político. El crimen es atroz y es un hecho: lo mataron en un acto abierto, en un estado donde la violencia contra autoridades locales es sostenida y creciente. Eso no admite relativismo moral ni “peros”.

Pero, como si el luto fuera una tarima, vimos el salto acrobático de quienes ayer ignoraban o minimizaban a Manzo y hoy lo exhiben como estandarte de pureza cívica. Ahora es un héroe y el único hombre que sí luchaba contra la violencia según Fox. De pronto apareció la épica de “nuestro alcalde valiente” en bocas que, horas antes, ni le dirigían el saludo. Arendt llamó a esto—en otra escena histórica—la banalidad del mal: no el monstruo excepcional, sino la maquinaria rutinaria que normaliza lo intolerable y lo vuelve trámite mediático. Cuando el dolor se vuelve utilería, la política deja de ser juicio y se convierte en automatismo: hablar “de” la víctima sin hablar “con” la comunidad ni “para” la justicia.

El remolino siguió su curso. La viuda de Manzo, Grecia Quiroz, fue propuesta para asumir la presidencia municipal y obtuvo respaldo institucional—un camino legal, legítimo y, sobre todo, una decisión de la comunidad que desea continuidad sin claudicar ante el miedo. Eso está en marcha y con aval legislativo.Pero Ciro Gómez Leyva que obviamente desconoce la formación profesional de Grecia, sale a decir como siempre, con toda su ignorancia que le parece que ahora es un riesgo ponerla a ella quién no tiene idea de política a diferencia de su esposo quien si se había preparado. Con un comentario tan misógino lo único que demuestra una vez más este opinador es que cada día es más mezquino.

¿Y la reacción pública? Una parte de la oposición se abalanzó a capitalizar el duelo, declarando “Estado fallido” y sirviendo frases de ocasión como si la indignación tuviera dueño. No es debate, es oportunismo: no proponen garantías ni protocolos para alcaldes en riesgo, sólo ruido. La hemerografía de estos días es elocuente.

Más abajo, en el sótano del circo, apareció el linchamiento verbal: desde sets que confunden rating con razón, algunos opinadores insinuaron culpas personales y repartieron señalamientos a la Presidencia y al ex Presidente como si la justicia fuera encuesta telefónica. No es análisis: es espectáculo. (Sí, hubo piezas y clips donde Carlos Alazraki acusó a Sheinbaum y a López Obrador del atentado. El show antes que la prueba. Y da hasta pena ajena escucharle porque hasta se le traba la palabra en la boca para andar echando su veneno que a leguas se ve que ya le está aniquilando las pocas neuronas que le quedan.

Ahí conviene recordar a Horkheimer: cuando la razón se instrumentaliza, todo se mide por su utilidad para el fin ya decidido—no por su verdad. En la industria político-mediática, el fin es golpear; la tragedia, entonces, sólo es combustible. El resultado es una necro-política: se habla de la muerte para administrar audiencias.

A la par, la misma maquinaria puso bajo la lupa el cuerpo y la biografía de las mujeres. Sobre Grecia Quiroz vimos ese encuadre paternalista—“¿dejarán pasar a Grecia?”—que finge celebrar mientras tutorea; y frente al acoso que sufrió la presidenta Claudia Sheinbaum en la vía pública—un delito que cualquier mujer reconoce al instante—no faltó quien lo leyera como “maniobra” o “cortina”. Ese es el punto en que la desvergüenza se vuelve misógina: negar la violencia porque no conviene al relato. Los hechos están documentados: el nombramiento que avanza, y la denuncia pública de la presidenta sobre el acoso, con su mensaje de fondo—si se lo hacen a la presidenta, ¿qué queda para las demás? mientras ciertos opinadores reducen todo a cálculo, que pena dan estos seres repugnantes que ayer por la tarde infestaron la red X con sus comentarios machistas, misóginos. Hombres y mujeres que no se cansan de hacer el ridículo jugando a los críticos.

Hannah Arendt insistía en que la política, cuando es digna de ese nombre, nace entre los cuerpos que se miran a la cara y se reconocen como iguales. Lo contrario—este circo del absurdo—es convertir a la ciudadanía en audiencia cautiva y a la víctima en trending topic. El “homenaje” post mortem que ignora la voluntad local, que ningunea la agencia de una mujer preparada para gobernar y que usa el luto para arrojar piedras, no es homenaje: es arribismo con corbata.

Mientras tanto, en el plano de lo real—ese que no cabe en un panel—se anunciaron medidas federales y un plan de intervención para Michoacán. Habrá que examinarlo con lupa y exigir resultados, claro; la justicia no se decreta, se construye con investigación seria y protección efectiva. Pero ese es el debate que vale: cómo garantizamos vida y gobernabilidad en territorios sitiados; cómo blindamos a alcaldes y equipos; cómo frenamos la captura criminal de municipios.

No confundamos: pedir rendición de cuentas es civilizado; bailar sobre el duelo para cobrar facturas, no. Si algo nos deja el asesinato de Carlos Manzo es la urgencia de destituir al cinismo como comentocracia de Estado. Honrarlo hoy significa tres cosas muy simples y muy difíciles: 1) que su familia y su comunidad decidan sin tutelas—incluida la continuidad de Grecia Quiroz—; 2) que el país acompañe ese proceso con protección real, no sólo tuits; 3) que la conversación pública regrese del espectáculo a la ética.

Lo demás es ruido. Y el ruido, ya lo sabemos, siempre le conviene a los mismos.

@Hadacosquillas

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