Daniela se tragó la paroxetina y esperó que ahora sí tuviera efecto su fórmula. Los últimos días la ansiedad le había hecho insoportable la clase y su alumnado; la había alejado de su ya muy menguada vida social; la tenía tirada en cama y a menudo apenas con un bocadillo en el estómago. Vio la promoción en internet y supuso que era necesario el escape. Hotel a la orilla de la playa, habitación de lujo, todo incluido. Era octubre y la temporada baja promesa de una tranquilidad que seguramente ayudaría. Por su cabeza no pasó siquiera el compromiso con el colegio, se dejó obcecar por el entusiasmo del viaje y por un instante su mente se libró del hastío terco.
La recibió Puerto Vallarta con una llovizna tímida al salir del aeropuerto, ya en el taxi supo que el huracán Aby amenazaba con golpear de frente a la rivera. Mejor así, menos gente, más tranquilidad, pensó.
Lo primero que hizo fue recorrer la orilla de la playa, desde donde otros inquilinos, en trajes de baño secos, observaban con tristeza la altura anormal a la que se erguían las olas. El ambiente para los turistas era más bien fúnebre, pero ella encontró un poco de paz en aquel horizonte gris bravo. El reencuentro con el mar fue menos dramático de lo que hubiera esperado, aunque apenas y veía el panorama desde la lejanía, esa deriva a la que Juan la arrastró con su ausencia hacía más de 4 años. Desde entonces, sintió que entre ella y la realidad se había extendido un inmenso túnel; tenía la sensación de que debía gritar para hacerse escuchar y le cansaba enfocar las imágenes. Los doctores concluyeron que estaba somatizando, según todas las pruebas fisiológicas gozaba de una excelente salud. Vino luego su desequilibrio y la prescripción de los inhibidores.
En cada muro el hotel se disculpaba por las inconveniencias a que los sometía la amenaza del huracán. El bar y el restaurant de la playa estaban cerrados, sólo estarían habilitados los respectivos de la torre 3. Los pocos inquilinos concentrados en un solo edificio le daban a la noche una sensación veraniega y de temporada alta. Ahí volcaban el entusiasmo vacacional que Aby les había arrebatado afuera. La música en vivo los tenía bailando y en el bar el cantinero hacía malabares para abastecer la sed festiva.
Daniela se sentó junto a la barra. Al otro extremo un gringo le guiñó el ojo. Ella le correspondió con una sonrisa displicente. La música se detuvo y los encargados del hotel hicieron un llamado a los huéspedes que habían arribado en coche para que lo retiraran del estacionamiento, recomendaciones de seguridad exigidas por protección civil. Reanudó el bullicio la música, pero sobre todo las carcajadas de un hombre fornido que bailaba con dos chicas. Daniela decidió alejarse de ahí, bebida en mano, rumbo al pasillo decorado de un enorme mural marino. Una pareja sentada en una banca comentaba la obra. Daniela los saludó y se sentó más adelante en una sala obscura, apenas iluminada por una lámpara.
No que Juan hubiera sido un gran hombre. Rechoncho de complexión, para nada divertido, no muy listo, difícilmente lo tomaban en cuenta en su trabajo, siempre pasaba desapercibido, a veces incluso ella no se daba cuenta de tenerlo a un lado. Jamás lo esperó hacedor de algo grande. Más bien su virtud era una pasividad reposada que le transmitía: a su lado, estaba tranquila.
El viento arreció, el repiqueteo de la lluvia en las ventanas se intensificó, desde el pasillo le llegaba el rumor del bar, la lejanía se intensificó y Daniela se rindió ante la amenaza de una ansiedad sin precedentes. La cama la recibió sin devolverle el descanso, se le fue la madrugada en la frontera del sueño y la vigilia.
La tarde siguiente una calma gris y húmeda permitió que los intrépidos nadaran por a la orilla de la playa. El naranja de los hombres de protección civil brillaba a lo lejos, en el brazo extendido de un rompeolas. A lo largo de la zona hotelera los huéspedes alzaban sus celulares para registrar el oleaje emisario de Aby. Daniela avanzó, despojándose de su ropa a cada paso que hundía en la arena, se quería hacer creer que atrás ya no había nada. Sintió el agua tibia en los pies y luego en todo el cuerpo. Muchos celulares captaron a Daniela internándose peligrosamente en la mar embravecida. El túnel cedió, la lejanía la arrojó de nuevo a un contacto directo con la realidad y antes de perder de vista la bahía, todos sus sentidos registraron la hermosura de unos edificios altos abrazados por una bruma de llovizna y nube; un montón de gente que se congregaba para verla perderse en la marea; el graznar indiferente de un montón de aves que no sabía si la veían a ella; el olor de océano que la sobrecogió por una profunda noción de inmensidad. Cuando sus pies sintieron el vacío el pánico la traicionó. Quería regresar a tierra, quería regresar a casa. Para entonces ya todo lo que veía eran crestas espumosas que subían y bajaban. Cuando la fuerza le faltó también perdió la conciencia, entre tragos de agua salada y ese otro mundo sordo marino.
Es una tarde de verano despejada. Cielo azul sin nubes. La playa está llena de gente. En un camastro, a su lado, Juan mira hacia el horizonte. Ella da un trago a su sol caribeño, el alcohol la tiene un poco adormecida. Se siente plena y feliz recostada bajo la frescura de aquella palapa. Juan se levanta y le da un beso, la invita al mar. Ella le dice que lo alcanza luego. Su gordo se quita la playera y camina sin complejos, levantando un poco el short que deja ver la raya formada por unas nalgas flácidas. Daniela no lo pierde entre el gentío, parece un niño feliz recostado panza al sol en la orilla del mar. Ella dormita. Ahora ve a Juan dejándose mecer por las olas. Seguramente está meando la cerveza que se bebió. Vuelve a dormitar. Una hurraca la distrae, está parada en la mesa donde tiene su bebida y unos nachos que Juan apenas y tocó. No tiene ganas de espantarla, finalmente se queda dormida. La despierta un empleado del hotel que está levantando los camastros y las sillas. El sol acaba de ocultarse tras el horizonte. En la playa solo hay una mujer con su niño, un par de siluetas recortadas contra el crepúsculo anaranjado. Las cosas de Juan están como las dejó: su celular, su playera, sus chanclas, su toalla, su cerveza. Daniela mira a todas partes, espera verlo acercarse de la dirección de los baños, el primer lugar en el que busca. Recorre las instalaciones del hotel, su habitación, la calle, pero no lo encuentra. El único rastro de él son las huellas que se pierden en la playa. Nadie lo ha visto, nadie reconoce la descripción que ella les da, los empleados del hotel le dicen que no es la primera vez que esa playa se traga a alguien pero que están obligados a no hablar de ello. No lo percibe aún, pero a sus sentidos ya los vela la opacidad, parada frente a la playa no sabe qué hacer, su gordo simplemente desapareció.
El grito entrecortado por la tos se prolongó varios segundos. Pataleó y manoteó el agua que ya no era agua sino aire. Un grupo de curiosos la veía tendida en la arena y no faltó quien grabara la escena. El salvavidas le pidió calma y le recomendó no volver al mar, un milagro la había devuelto a la playa. Inclinada junto a ella una señora batallaba para cubrirle la desnudez con una toalla y la abrazaba para tratar de tranquilizarla. Poco a poco Daniela se rehízo, luego el llanto, el desahogo. Aquello no ofrecía más, los mirones se dispersaron, entre los gritos de advertencia de los elementos de seguridad y el rugido del mar comentaban si la pobre chica se había tratado de matar o se había expuesto sin querer.
Aby había pasado de 4 a categoría 3. En las últimas horas se había desviado, su embate lo recibirían las costas del norte de Nayarit y el sur de Sinaloa. La ducha en la tina de agua la había reanimado. Bajó al bar con la mente despejada, la lucidez había quedado de su encuentro con la mar crespa.
El gringo de la víspera platicaba animadamente con una mujer en la barra. La Kumbala que sonaba parecía una versión banda en la voz aguardentosa y chillante del hombre del karaoke. Vio de nuevo al fornido con las dos chicas corear con pasión beoda la melodía. El cantinero le extendió una cerveza y le dio la buena nueva, mañana saldría el sol y se reanudarían las actividades programadas. Salud. A la quinta cerveza brindó por la tumba vacía de Juan, declarado ahogado, llorado solo por ella y un par de familiares lejanos. Amado esposo que continuó a nado. El fornido se acercó a la barra y pidió tres wiskis, Daniela lo vio sin interés, pero un estímulo que le vino de lo más profundo fulminó al cabo su apacibilidad: esa nariz redonda que terminaba en el ceño partido, las cejas gruesas, la quijada inferior salida. Incluso el ademán del hombre para agradecer al cantinero con una sonrisa forzada era calco de otro que conocía muy bien. Se movió a la mesa que tenía un lugar justo atrás de él, sorprendida de lo que un impulso autómata la movía a hacer, de esa atracción a la que no podía oponer resistencia. Las dos chicas que acompañaban al fornido se levantaron, era su turno para cantar en el karaoke. Daniela aprovechó esa oportunidad, sin tratar de disimular se sentó al lado de él; respiró hondo, reunió fuerzas y lo miró. El hombre primero le devolvió una expresión de extrañeza. La mirada entre ambos duró unos segundos, en los que ella creyó reconocer la gama almendra de sus pupilas. El fornido se incorporó un poco, ahora la miraba con atención.
-Yo te conozco, casi te traga el mar hace rato.
La voz terminó por confirmarla.
– ¿Estás bien?
Hecha un montón de estertores, abanicándose con las manos, reunió el ánimo necesario para contestar.
-Te me figuraste a alguien.
El hombre la vio levantarse y alejarse con calma en el pasillo del gran mural. No podía evitar el temblor en su mandíbula y en uno de sus párpados. Regresó la vista al Karaoke, una de sus acompañantes le cantaba con dramatismo: “cuanto te quiero, cuanto te odio, cuanto te llevo en mis sentidos” Los tics desaparecieron.
Daniela se perdió tras las puertas del ascensor. Decidió salir de ahí aquella misma noche, con enormes ganas de volver a casa y recomenzar. Sentía que el duelo finalmente le daba tregua. En todo caso a Juan se lo había tragado el mar hacía 4 años.
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