La guerra de AMLO. Autor: Jorge Torres

Foto: Gobierno de México.


Por: Jorge Torres

Los tiempos de la guerra política se adelantaron para el presidente, y parece estar listo para una cruenta contienda electoral. López Obrador sostiene ya un férreo combate por su permanencia en el poder. Las elecciones federales de 2021 representan un peligro real para su presidencia si su partido pierde el Congreso federal, pues lo debilitaría a tal grado que se vería comprometido severamente en la revocación de mandato programada para 2022.

Las elecciones del 6 de junio del año próximo renuevan la Cámara de Diputados, 30 congresos locales, cerca de 2 mil alcaldías y 15 gubernaturas, todo un record para una elección intermedia.

El presidente se juega literalmente su futuro el año que entra, y por eso ya prepara su war room electoral desde donde se erigirá como el general al mando. La circunstancia es inédita para él, acostumbrado a encabezar sobre el terreno a los ejércitos de su movimiento. Ahora, su investidura lo amarrará a las paredes de palacio. Desde ahí buscará a toda costa derrotar a sus adversarios y conjurar el riesgo de llegar al cuarto año de su gobierno con la derrota a cuestas y profundamente debilitado.

Las hostilidades políticas iniciaron con escaramuzas de la oposición que sólo revelaron el vacío político que representan. Torpes, desorganizados, sin sustancia, gobernadores y partidos de oposición quemaron naves antes de tiempo y adelantaron una guerra para la que no están preparados.

El grotesco espectáculo presidencial en donde se presentó a un supuesto grupo denominado Bloque Opositor Amplio (BOA), es la aparentemente ingenua respuesta del presidente a los intentos de oposición que han escenificado en los últimos meses gobernadores y líderes de partido, desde una absoluta falta de imaginación política.

La rebelión de los gobernadores de Coahuila, Nuevo León, Tamaulipas y Chihuahua, va más allá de la revisión del pacto fiscal, un reclamo al que se sumó el gobernador de Jalisco. Si bien es cierto que el debate por la aportación y distribución de los recursos federales es añejo, el fondo tiene otras implicaciones que han atizado un ambiente de rechazo a las políticas del presidente. Los reclamos de los mandatarios ya provocaron incluso reacciones separatistas que tuvieron un desahogo regionalista en las redes sociales bajo el hashtag #Nortexit.

A la rebelión norteña se sumó el gobernador de Jalisco, que representó el ejemplo más concreto de la torpeza opositora que enfrenta a López Obrador. Enrique Alfaro había logrado dimensionar su imagen al distanciarse de la política sanitaria del gobierno federal, pero lo traicionó su naturaleza política.

El gobernador había peleado por instrumentar estrategias menos reactivas ante la crisis por el coronavirus. Quería realizar pruebas de laboratorio y establecer cercos sanitarios para neutralizar la pandemia. La empatía que despertó en muchos trascendió el estado, pero en unos cuantos días su imagen se desmoronó estrepitosamente.

Carente de olfato y de reflejos políticos, Alfaro fue incapaz de desactivar una violenta manifestación social al calor de la indignación por el asesinato de Giovanni López, un joven detenido por policías municipales acusado de no usar cubrebocas. En el fragor de la embestida social, el gobernador perdió el temple y recurrió a una retórica anacrónica aludiendo “sótanos del poder” que desde el palacio nacional buscaban desestabilizarlo.

No pudo controlar a los manifestantes ni a sus propios policías, y la jornada se saldó con heridos, detenidos y jóvenes desaparecidos. Pero también con la convicción pública de que Enrique Alfaro es un político capaz de reprimir sin el menor recato.

La suerte del gobernador de Jalisco es el síntoma de lo que viene en los próximos meses rumbo a la elección de 2021. Una guerra frontal entre el presidente de la República y los gobernadores de oposición, quienes determinarán los términos de las alianzas para enfrentar al hombre de palacio. Las recientes declaraciones de López Obrador permiten establecer el campo de batalla en donde ya se está librando esa guerra.

“Que no estén pensando los gobernadores que no se va a meter el gobierno federal (en las elecciones), pero que ellos sí van a poder aplicar prácticas de compra de voto, de acarreo, de reparto de dádivas”. La guerra del presidente se libra en estos momentos en la mente de los gobernadores. Amaga, advierte, y blande las armas cargadas en la Secretaría de Hacienda y la Unidad de Inteligencia Financiera.

Habla de “dinero sucio” para “campañas negras” y de denuncias a las que está “obligado”. “La Presidencia de la República no va a permitir que el dinero del presupuesto federal se destine para favorecer a ningún partido, a ningún candidato, y también va a estar pendiente de que se garanticen elecciones limpias, libres”. Es decir, habrá fiscalización en tiempo real, rastreo de financiamiento ilícito, monitoreo para detectar delitos electorales y denuncias desde la presidencia.

“Nada de que la asociación civil empresarial va a estar entregando dinero para apoyar a candidatos porque me cae mal Andrés Manuel, me molesta, no quiero que gobierne un comunista; entonces, vamos a aportar dinero para comprar votos y espacios en radio, en televisión para hacer campañas negras, guerra sucia. Todo eso lo vamos a estar viendo y denunciando”. Las palabras del presidente son los primeros disparos desde su trinchera política. Los que calibran la distancia y miden las reacciones del adversario.

Esa es la primera fase de la guerra de López Obrador. Las siguientes podrían echar mano de expedientes fiscales, administrativos y penales, suministrados, quizá, con el rigor estratégico que ameritan los combates que vienen.

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@jorgetorresnews
Periodista, crítico y ensayista, autor de Nazar, la historia secreta y Cisen, auge y decadencia del espionaje mexicano, ambos de editorial Debate.

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