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La guerra como espectáculo. Autora: Emma Rubio

“No encontrar el camino de una ciudad no significa gran cosa. Pero perderse en una ciudad como se pierde uno en un bosque requiere toda una educación”. Esto lo escribió Walter Benjamin a propósito de Berlín antes de ser destruida. La educación de la que habla es en cierto modo sentimental o ahora diríamos que sería una educación emocional. Una educación propia de un transeúnte que se rehúsa a ser solo un pasajero. Es justo la educación que más nos demanda la realidad pues la guerra da origen a un éxodo, al peregrinaje de una derrota anunciada, el trayecto de una población amedrentada. Nos encontramos ante acontecimientos que nos sobrepasan; los acontecimientos pasan sobre los acontecimientos, “el hecho sobrevive siempre entero, sin discontinuidad, sin ruptura”, escribió Víctor Hugo en 1842 acerca del accidente que le costó la vida al duque Orleáns. Ahora más de cien años más tarde, nos encontramos en la era del conformismo mediático, la estandarización de la opinión está en la cima y la ejemplaridad sucede a la celebridad, al punto de que la expresión “crea el acontecimiento” ya no corresponde a la realidad, la realidad es falsificada por una multitud de soportes. Ser ejemplar es ahora crear sin creación como dice Paul Virilio: “Actualmente, cuando todos los ejemplos son seguidos en tiempo real por la hiperpotencia de los mass-media, el acontecimiento es únicamente la ruptura de continuidad, el accidente intempestivo que viene a romper la monotonía de una sociedad”.

Estamos ante la tragedia como espectáculo, lo cual nos ha llevado a la creación del accidente y no tanto del acontecimiento. El accidentes un atentado al pudor de la substancia, un descubrimiento de su desnudez, de la miseria de aquello que está delante de lo que acontece. ¿Qué nos queda? ¿Ver a la tragedia humana como la mayor obra de arte jamás realizada? Si después de Auschwitz y de Hiroshima, del nacimiento de la filo-locura y de esa estética de la desaparición que ha marcado el conjunto del siglo pasado nos queda el poco pudor de atender a las palabras nuevamente de Víctor Hugo: “La broma que surge de un crimen es más horrorosa que él. Nada es más abominable que el crimen que no conserva su seriedad”. Ojo con estas palabras en esta cultura del meme donde nuestro tan valioso sentido del humor hace que no dimensionemos lo serio de los crímenes que se están dando a la realidad misma. Hemos matado a la realidad como señaló en su momento Baudrillard, habitamos en el mero simulacro, sin embargo, cada vez nos estamos diluyendo entre las entrañas de la existencia misma, nos estamos aniquilando a nosotros mismos paradójicamente tratando de ser los artífices de la vida, nos estamos perdiendo de ella misma.

Tenemos que tener mucho cuidado, estamos creando el acontecimiento y eso es relanzar un pensamiento refractario a la ciber-mentalidad de un reflejo condicionado a esa sincronización de las emociones de esta era de la desinformación, la cual viene a terminar con la estandarización de los comportamientos de la era industrial. Lo que estuvo en juego en la guerra del Golfo y que fue la primera guerra transmitida por los medios en tiempo real, fue precisamente la imagen de los bombardeos, mientras morían seres humanos la televisión transformaba esto en un gran espectáculo. Hoy no sólo son los medios sino todo aquel que posee un dispositivo y va jugando al reportero en la zona de guerra y vemos claramente cómo los medios se han servido de todo esto para la manipulación y hoy ante las pantallas no tenemos un acontecimiento como tal sino un terrible drama pasional entre dos naciones convirtiéndolo en un tópico de análisis para todo el mundo en el que todos tienen algo importante que decir. Los medios se han convertido en las armas de comunicación masiva destinadas a golpear los espíritus tomando en cuenta el impacto audiovisual en tiempo real que se impone ampliamente, por su velocidad de propagación a escala mundial sobre el impacto material que es justamente blanco de los proyectiles explosivos.

Tal como sucede con la materia, la guerra posee tres dimensiones: la masa, la energía y la información. Cada época ha privilegiado una de esas dimensiones. Primero fue la masa, la de las murallas y armaduras, la de las legiones y divisiones de ejércitos en campaña. Luego fue la energía, esa neurobalística de las catapultas, de los arcos y máquinas lanzadoras a la espera de la pólvora y de la artillería o incluso de los motores de unidades blindadas, de los aviones y finalmente, de las bombas y misiles intercontinentales, vectores de entrega del arma atómica. Hoy vemos la información y su velocidad de comunicación instantánea. De allí este cambio repentino en el que la INFOWAR aparece no sólo como una guerra de los materiales sino sobre todo como una guerra contra lo real; una desrealización por doquier en la que el arma de comunicación masiva es estratégicamente superior al arma de destrucción.

Así luego, las astucias de guerra, los camuflajes y otras tretas susceptibles de engañar al adversario, repentinamente se produce la aceleración de la realidad, el movimiento de pánico que destruye nuestro sentido de orientación, dicho de otro modo, nuestra visión del mundo. Y es así donde instalan en nuestro inconsciente la idea de que hay una sola amenaza cuando la real amenaza es nuestra propia debilidad mental.

Emma Laura Rubio Ballesteros
Emma Laura Rubio Ballesteros

Licenciada en filosofía, maestra en educación y especialista en Teoría Crítica y hermenéutica, certificada en educación socioemocional. Autora de diversos artículos en revistas académicas

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