José Reyes Doria | @jos_redo
Los consultorios del Doctor Simi lucen desbordados de un tiempo a esta parte. Igual los de las Farmacias del Ahorro, los dispensarios de barrio y de las iglesias. De forma más notoria desde la pandemia, la gente del pueblo satura más y más los servicios médicos que puede pagar. Lo mismo pasa con la gente de las clases medias: han incrementado sus gastos en servicios de salud privados. Las personas que tienen acceso a los servicios públicos de salud, al IMSS, al ISSSTE, a los Institutos de Salud locales, a los Hospitales Públicos, no están necesariamente en mejor situación, pues deben enfrentarse al desabasto de medicamentos, la escasez de médicos y especialistas, la penosa condición de las instalaciones que incrementan los riesgos de perder la vida.
Esta situación obedece, en gran medida, a la pésima gestión de los servicios públicos de salud del gobierno de López Obrador. El intento de transformación, sin proyecto, sin planeación, sin una hoja de ruta racional. Por razones más político-ideológicas que técnicas, borraron de un plumazo el Seguro Popular, con la intención de sustituirlo por el INSABI. El fracaso se olfateaba desde el momento en que no se implementó un período de transición prudente para proteger a los usuarios, para garantizar que, ante un eventual problema, tuvieron acceso a los servicios de salud; y desde el momento en que pusieron como cabeza de este proyecto a un antropólogo de profesión, con cero experiencias en el sector salud, cuya virtud más visible era ser tabasqueño.
En el caso del INSABI, la frialdad de los números es brutal. En 2019 el Seguro Popular atendía a 32 millones personas que no tenían seguridad social. Con todas sus fallas y corrupciones, el Seguro Popular era una opción real de atención médica para millones de personas. El INSABI nunca funcionó, y olímpicamente se extinguió en 2022. En estos días, el CONEVAL dio a conocer que entre 2018 y 2022, el número de personas sin acceso a servicios de salud aumentó en 31 millones. La claridad de este hecho es inapelable: el afán transformador dejó a 32 millones de personas sin servicios de salud; y lejos de haber algún tipo de consecuencia o sanción, el director del extinto INSABI fue ascendido a Subsecretario de Estado, en la propia Secretaría de Salud.
El desabasto de medicamentos redondea el panorama preocupante de los servicios de salud en México. En cierto modo, la situación también obedece a la actitud de querer transformar todo con base en impulsos y corazonadas. Raquel Buenrostro le vendió a AMLO la idea de perfeccionar las compras consolidadas de medicamentes de todo el sector, con la promesa de que así se acabaría la corrupción y se ahorrarían recursos multimillonarios. La idea era excelente, pero en la operación se olvidaron de establecer mecanismos para proteger a los derechohabientes ante un eventual desabasto derivado de la resistencia de los poderosos proveedores. Se fueron con todo contra los laboratorios e intermediarios abusivos, pero no tenían en reserva a otros proveedores o pedidos de medicamentos para enfrentar una contraofensiva.
El resultado es lamentable: desabasto crónico, finalmente le están comprando caro a algunos proveedores satanizados. Hasta el papelazo de invitar a la ONU a ayudar en la compra de medicamentos. Raquel Buenrostro fue ascendida a Secretaria de Estado, mientras, informa el INEGI, el gasto en atención médica y medicinas del pueblo, de los de abajo, con dinero salido de sus precarios bolsillos, se incrementó en 60%, y es tres veces más grande que lo que gasta el pueblo de Dinamarca por el mismo concepto.
Todo lo anterior, esbozado a groso modo, viene a cuento por el tema de la popularidad del presidente López Obrador y la forma en que le ha sido útil para capotear las tremendas fallas en su política de salud. Es evidente que AMLO goza de una popularidad del 60-65%, lo cual significa que tiene el respaldo de dos de cada tres mexicanos. No es una popularidad impresionante, pues los Presidentes anteriores, a excepción de Enrique Peña Nieto, tenían niveles similares o incluso más grandes. Lo peculiar del caso AMLO, es que el respaldo popular es incondicional. Las mismas encuestas que registran su popularidad, muestran que la gente que lo apoya reconoce y acepta que ha dado malos resultados en áreas sensibles de su gestión, como en salud, seguridad, educación, combate a la corrupción; de hecho, lo reprueban en estos rubros.
Pero lo apoyan absolutamente, y el dato más importante de ese respaldo es que, también de forma incondicional, se traduce en votos consistentes por Morena, el partido del Presidente. Así, el partido oficial ha ganado casi todas las gubernaturas en juego, y goza de una intención de voto de al menos el 50% para las elecciones presidenciales del 2024. Las razones de esta popularidad de AMLO radican, en buena medida, en su política social de apoyo a las familias y personas más desfavorecidas, de impulso al salario mínimo, entre otros factores; pero también se debe, quizá en mayor medida, al discurso poderoso del Presidente que repite incansablemente todas las mañanas desde Palacio Nacional.
De forma sistemática, AMLO predica todos los días que él y su partido y su gobierno son los buenos, los honestos, los amadores del pueblo. Mientras que la oposición, los periodistas críticos, las feministas, estudiantes, madres buscadoras, padres de niños con cáncer, entre otros, son los malos absolutos, la encarnación de las peores intenciones, los que solo quieren volver al poder para robar y pisotear al pueblo. Este discurso tan básico le ha dado resultado a AMLO. La expresión más reduccionista, casi rayando en la caricatura de esta estrategia de comunicación política, es cuando ante un hecho contundente, material, documentado, López Obrador afirma: “no es cierto, es falso porque lo dicen los conservadores, los enemigos del pueblo”. Como dijimos, dos de cada tres mexicanos le creen todo.
Le creen todo a AMLO, sí, pero cabe preguntarse si le seguirán creyendo todo en el clima exacerbado de una campaña presidencial. Será interesante observar si en el tema de la salud, su discurso seguirá siendo invencible para maquillar la realidad antes descrita. El derecho a la salud es fundamental, afecta lo más sensible de las personas y las familias. Hoy que, para las familias que tienen seguridad social, son más agudas las carencias de medicamentos, de médicos, de especialistas, de clínicas bien equipadas y en buen estado. Hoy, que, existen 30 millones de personas que no tienen acceso a servicios públicos de salud debido al fracaso del INSABI, y que gran parte de los apoyos sociales que reciben del gobierno de AMLO tienen que gastarlos en consultorios privados.
En estas circunstancias, ¿la gente seguirá creyendo en la palabra de AMLO que reitera una y otra vez que dejará un sistema de salud como el de Dinamarca? Porque el Presidente lo dice constantemente, no sabemos si lo dice por convicción, o si es una provocación o una especie de sarcasmo, pero afirma una y otra vez que tendremos un sistema de salud como el de Dinamarca. Confía en que su pueblo le creerá todo el tiempo, que no se cuestionará cómo lo logrará si ya solo le queda un año de gobierno.
El más reciente mensaje de AMLO es realmente excéntrico: dice que en diciembre estará lista una farmacia gigante, con todas las medicinas del mundo. La Farmaciota estará ubicada en la Ciudad de México, y será la gran solución al desabasto de medicamentos. Insisto, ya no se sabe si entender esto como una parábola, como una metáfora, o como una fina elaboración irónica de un proyecto inacabado. Porque la idea navega en las aguas del realismo mágico: el gran Gabriel García Márquez habría retomado, con sumo entusiasmo, esa política de salud en su obra maestra “El otoño del Patriarca”.
Muchos especialistas y conocedores dicen que la Farmaciota es inviable desde todos los puntos de vista. No hace falta ser docto para intuir que por ahí no transita la solución al desabasto de medicinas y en general a los problemas del sistema de salud. A diferencia de otras narrativas audaces de AMLO, ésta golpea un área sensible de la gente, como es la salud, el dolor de la enfermedad y la falta de recursos para aliviarla. ¿La gente se la pasará y refrendará su respaldo en las urnas en 2024? Veremos.
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