Autor: Felipe León López
En México, la clase política parece inmortal; nunca envejece. Los partidos, en vez de pasar a mejor vida después de una elección monumental, prefieren relanzarse, renovarse y hasta refundarse, claro, siempre y cuando no mueran en el intento. Pero para muchos institutos-negocio que ya están en el panteón político, la verdadera tumba fue la salida del presupuesto público. Así, los partidos en nuestro país tienen más vidas que un gato y menos dignidad que un billete de 20 pesos en el antro.
¿No me creen? Échenle un vistazo alrededor: el PAN ahora renovado y ultraderechizado bajo la batuta de Jorge Romero Herrera, prometiendo “Patria, Familia y Libertad” y haciendo de tapete para el empresario televisivo que intenta imitar la peor versión de Fox News. El Nuevo PRI, por su lado, prepara la limpia de más de 600 mil militantes incumplidos y recluta a Rosario Robles, que ahora busca revivir la nostalgia de las Brigadas del Sol. Para cerrar el círculo, está el PRD Chuchista, convertido en Somos México bajo el mando de Guadalupe Acosta Naranjo, que ni es centro, ni izquierda, ni derecha… ni siquiera es un partido consolidado, pero ahí están, luchando por el registro y la oportunidad de figurar en el siguiente episodio político nacional.
Y así, le toca el turno a Morena: el Movimiento de Regeneración Nacional que gobierna, pero que, desde la salida de Martí Batres como su primer presidente formal, no ha podido ni siquiera encontrar su brújula ideológica y, por el contrario, se haya cada vez más extraviado. Eso sí, ha conseguido volverse una marca político-electoral tan exitosa que cada elección es el rival a vencer, aunque la ideología se le escape como agua entre los dedos o viáticos en centro turístico. Ganar es una cosa, convencer es otra y transformar para bien de todos, es mucho más diferente y transformar desde la visión de la izquierda otra cosa también distinta.
Más allá del mérito de unir movimientos y expresiones de la izquierda, lo que pesa más en los militantes de Morena es el sentimiento antiPRI y antiPAN, mucho más que un análisis profundo de qué significa ser de izquierda en México (y en el mundo, si nos vamos lejos), porque casualmente, esa izquierda electoral que ganó espacios en Morena es la que lucha contra las viejas prácticas que muchas veces se repiten en la actualidad. Porque, curiosamente, mientras más crecen los cuadros de la élite reciclados del PRI y PAN, las opiniones de izquierda sólo sirven para dividir “diferenciarse” de los otros, y para ver el mapa nacional en blanco y negro: contigo o contra mí, “derechas” versus “izquierdas”. Y a la hora de la verdad, esas corrientes de opinión que se llaman “de izquierda” no pesan, no deciden y solo sirven para armar pleitos de sobremesa, pues las candidaturas de peso y los puestos de dirección han sido para las élites recicladas del viejo priismo e incluso del panismo.
Morena puede presumir, como lo han repetido todos sus presidentes, ser una marca exitosa, pero como el PAN en su “docena trágica” (2000-2012), de partido de moda pasó a aceptar cualquier cascajo hasta que quedó irreconocible y no ha logrado depurarse, sanarse y recuperarse. Así que, en esta tragicomedia nacional, todos los partidos terminan pareciéndose, renovándose y refundándose; pero al final, solo el presupuesto decide quién sigue de pie y quién se va de parranda eterna.
En estas condiciones es que llega un cuadro de Morena a la presidencia partidista, cuyo perfil dista mucho de lo que han sido Luisa María Alcalde, Mario Delgado y Yeidcol Polevnsvky, y nos referimos a Ariadna Montiel Reyes, quien viene de la izquierda universitaria, siendo dirigente destacada del Consejo General de Huelga que paralizara la UNAM a principios de siglo y de la Izquierda Democrática Nacional, al lado de la dupla René Bejarano-Dolores Padierna en el otrora PRD.
Llega Ariadna y tiene que enfrentar una gran batalla, pero no externa, no contra el PRI y PAN, cuyo peso político está desdibujado. La batalla es interna, y nos referimos a los errores heredados y acumulados desde su fundación, los cuales, en su momento, el líder moral y fundador Andrés Manuel López Obrador repudió al grado de que casi casi también presentaba su renuncia. Algunos de estos:
a) Pragmatismo, el ganar por ganar así tener que pactar y claudicar a los principios;
b) Desideologización, porque no es ideología sólo ser antiPRI y antiPAN, sino tener conciencia y principios claros y definidos del tipo de sociedad a la que quieren aspirar, pues aunque tienen un instituto de formación política pocos saben cuántos cuadros han formado y cuántos de éstos actualmente tienen cargo de elección;
c) Comunicación reactiva, no proactiva, porque las oposiciones ni los medios adversos no deberían marcar la agenda de sus dirigentes, sino estar un paso delante de todos ellos;
d) Estridencia en lugar de debates de altura, valiéndose de las mismas y desgastadas estrategias digitales que sirvieron en su momento, pero ahora sólo son para destilar odio y no tejido social;
e) Aplanadora en lugar de convencimiento racional como debiera ser “el respeto al mandato popular”;
f) Franquiciatarios en estados, municipios y diputaciones locales, donde se reparten candidaturas bajo la sospecha de haberse rentado el logo partidista;
g) La perredización de sus bases y la priistización de sus élites. Así, sin más comentarios.
Resulta de interés que, como la presidenta Sheinbaum, Ariadna Montiel tenga mismo pasado. Ambas, en distintos momentos, en el activismo estudiantil de la UNAM, luego en el lopezobradorismo con la bandera transformadora del país. Quizá ello sea el motivo de su arribo a controlar los destinos del partido en una coyuntura complicada, crítica y que no han encontrado la fórmula para revertirlo porque no hay análisis introspectivo para saber.
¿Podrá sacudirse por fin esos malestares heredados y recuperar el espíritu que llevo a Morena e enarbolar la regeneración moral de la nación?
Por lo pronto, tiene demostrar temple y firmeza ante el ramillete de gobernantes y aspirantes a cargos de elección popular que tienen mucha cola que les pisen y que su llamado de “tolerancia cero a los corruptos”, regreso a las bases, respeto al mandato popular y la defensa ante las ofensivas externas, no es discurso vacío y sin impacto y sí de alguien que trae la espada desenvainada para sacar la pus y la venía máxima para cerrarle el paso a los ratones que se lamen los bigotes por cargos de elección o puestos en la administración pública.
Contacto: feleon_2000@yahoo.com
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