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La adrenalina del martillo: sudor, billetes y obsesión en la subasta del Indep (por Rafael Ramírez en OEM-Informex)

En las subastas, la adrenalina a veces cuesta más que el valor real de los vehículos / Foto: Ivonne Rodríguez / El Sol de México

Hombres del campo, revendedores y empresarios se enfrentan a punta de billetes por camionetas, lotes exóticos y chatarra de lujo en la subasta a martillo del Instituto Para Devolverle al Pueblo lo Robado

Rafael Ramírez | OEM-Informex

El olor a café y nervios húmedos roza el ambiente desde la entrada del Salón Francés de Ambrosía, allá en Periférico Sur. Afuera, los autos de lujo se mezclan con camionetas pickup empolvadas, como si la ciudad hubiera decidido reunir mundos distintos —el empresarial, el del campo, el del negocio gris— bajo un mismo techo: la Subasta Presencial a Martillo del Insituto Para Devolverle al Pueblo lo Robado (Indep).

Adentro, dominan los hombres. Sombreros norteños, gorras de béisbol y de camuflaje, botas desgastadas, relojes discretamente caros. Solo un puñado de mujeres se abre paso entre las filas de sillas y paletas verdes, amarillas y rojas numeradas. Las miradas están fijas en el martillero. Aquí, nadie respira de más sin calcular cuánto cuesta. Inicia la puja.

A paso lento, ligero de equipaje y con la piel curtida por la vida en el campo, aparece Wenceslao Avilés, 73 años, llegado desde Tulancingo, Hidalgo. Trae una mochila negra de tirantes a cuestas, botas tejanas de piel exótica y una ilusión que le salta del pecho.

“Me palpita el corazón, siento adrenalina, como andar a caballo… como cuando era chamaco y me subía a una motocicleta”, confiesa, paleta roja en mano, tras perder la batalla por una camioneta. Sonríe resignado. “Es como ver a una chamaca… ¿a usted no le emocionan estas cosas?”. Aquí la emoción cuesta billetes.

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Estas son las botas de Wenceslao con las que esperaba al filo de la butaca / Ivonne Rodríguez / El Sol de México

Los lotes exóticos y el fetiche por la rareza

Los asistentes con experiencia explican divertidos que lo más interesante es ver joyas o artículos decomisados al crimen organizado en la subasta, pero de eso no hubo nada este jueves. Aunque desfilan objetos que parecen sacados de bodegas secretas:

• 252 drones: precio de salida, 30 mil pesos; venta final, 75 mil.

• Rollos de alambre: 56 mil 400… vendidos en 130 mil.

• Set de uñas (sí, dos toneladas de uñas): 47 mil 700… rematado en 160 mil.

• 291 kilos de bocinas, 240 mil.

• 365 kilos de relojes, 86 mil 400 pesos… desierto.

• Botellas de vidrio vacías en 128 mil 500… nadie quiso cargar con su absurdo.

Las joyas del día ruedan en llantas: camionetas blindadas, pickups desgastadas, vehículos que cambian de dueño al ritmo frenético de las paletas levantados.

Una Nissan Navarra 2020 arranca en 209 mil 500 pesos y termina en 370 mil.

Pero la estrella enloquece al salón: una Ford F-250 modelo 2023, salida en 393 mil 200 pesos… vendida en un millón 180 mil pesos. El eco del martillo suena como un disparo.

Entre el mar de botas y chamarras de piel, surge Fátima López, zacatecana, joven, seria, enfocada. Vino a hacer negocio con autos. Perdió su ansiada F-250, pero ganó aprendizaje.

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La mayoría de quienes asistieron a la subasta fueron hombres / Foto: Ivonne Rodríguez / El Sol de México

“Soy primeriza… solo había estado en subastas en línea. Aquí juegan con mucha estrategia”, admite, casi ruborizada.

Se vuelve vicioso. Puedes hacer muy buen negocio. Supe de la subasta por Tik Tok y sí lo recomiendoFátima López

Aunque se fue con las manos vacías, aprendió que la ambición puede costar más que el vehículo y hay que ser cauto.

Los textileros del millón

En medio del salón, empresarios de origen judío compran lotes de tela como si tejieran destinos: mil 694 rollos suben de 878 mil pesos hasta cerrar en un millón 330 mil. Cada puja suena como tijera cortando ansiedad.

Junto al pasillo, Reinaldo Domínguez presume su botín: una 4×4 doble cabina 2013. “Es cuestión de billetes”, advierte.

“Ofreces otros cinco mil, otros 10 mil… hasta que dices ya no puedo. A veces no vale la pena, ves cuando son puros fierros”.

Lo más loco que ha visto: una avioneta Beechcraft C-90 vendida el día anterior en cinco millones de pesos. “Eso ya no es para uno”.

Cuando el martillo manda callar

La verdadera alma del lugar se mueve de lado a lado con un chaleco verde, silbidos y palmadas. Se llama Jorge Gómez Leiva, y su oficio tiene nombre: Ringman.

Su trabajo: detectar miradas, cejas, dedos nerviosos, pequeños gestos que significan dinero y animarlos a ofrecer más. “Hay que mantener esto al 100%”, dice, empapado en energía.

“Nueve años aquí… me dijeron que nada más había que divertirse. Y mira, seguimos”Jorge Gómez Leiva

Su sonrisa aviva llamas internas. Su silbido abre carteras.

Al final, la directora del Indep, Mónica Fernández Balboa, sonríe. Dice que superaron el monto de salida, que todo está “claro y transparente”.

Recuerda al reportero de El Sol de México que lo recaudado irá a causas sociales, fondos de bienestar, programas públicos. Y que cada modalidad —en línea, a sobres cerrados, martillo— tiene su público, su fauna, su fiebre.

La fiebre del remate

Entre risas, decepciones y paletas rojas sudadas, cae la tarde. La adrenalina se diluye como azúcar en café.

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Los compradores descafeínados al filo del cierre de la subasta / Ivonne Rodríguez / El Sol de México

Hay quienes se van con camioneta nueva, aunque en realidad “es de medio cachete”. Hay quienes vuelven con manos vacías y una historia para presumir.

Pero todos salen iguales: con el corazón latiendo como si hubieran apostado su alma en una pelea de gallos.

En México, la subasta es ritual. Es negocio, vicio, suerte, ego… y hambre. Y mientras el martillo siga sonando, siempre habrá alguien dispuesto a levantar la mano. Aunque le cueste más de lo que vale.

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