Hay escenas que, por sí solas, explican un país: una senadora mexicana cruzando el umbral de Fox News —la catedral del espectáculo político conservador en EU— para afirmar que “es absolutamente bienvenida la ayuda de Estados Unidos para combatir a los cárteles en México”, y luego negar que eso sea pedir intervención. Es el viejo truco del eufemismo: bautizar “intervención” como “ayuda” y esperar que el diccionario se sonroje.
No se trata de puntitos de rating. La entrevista ocurre en un clima donde Washington ya convirtió su discurso antidrogas en narrativa de guerra: designación de cárteles como organizaciones terroristas, facultades para usar fuerza militar y un ecosistema mediático que vende “operaciones precisas” como si la historia latinoamericana no existiera. En estos días, Fox ha celebrado esos pasos con entusiasmo militante, y diversos análisis en EU advierten que una incursión en México sería ilegal o contraproducente, con alto riesgo de represalias y muertos civiles. Si a eso le sumamos la tentación electoral de “mano dura” allende el Río Bravo, el guion se vuelve predecible: balas primero, cooperación después (si queda).
Lo que dicha senadora no ha comprendido es que la soberanía no es un capricho: es un cinturón de seguridad, nuestra Constitución no deja margen a la confusión: la política exterior debe sujetarse a los principios de autodeterminación de los pueblos y no intervención, entre otros. No es retórica patriótica; es ingeniería institucional para que ninguna coyuntura convierta al país en teatro de operaciones ajenas. Llamar “ayuda” a lo que, en los hechos, abre la puerta a injerencias armadas viola esa arquitectura y nos sienta en la silla equivocada de la historia.
Cada vez que Estados Unidos “ayudó” con tropas en nuestro territorio, la factura llegó con intereses compuestos: ocupación de Veracruz en 1914; expedición punitiva de Pershing en 1916; y, sí, la invasión de 1846–48 que amputó la mitad del territorio. La palabra que se repite en los archivos no es “ayuda”, es ocupación. ¿De verdad queremos reestrenar ese libreto en 2025 con drones y “daños colaterales” en alta definición?
Hay una trampa semántica de la “cooperación”.Existe cooperación legítima y acotada: intercambio de inteligencia, capacitación técnica, protocolos conjuntos a solicitud y bajo mando mexicano. De hecho, el Senado aprobó el ingreso de un pequeño contingente estadunidense para adiestramiento, precisamente en ese marco. Eso no es carta blanca para operaciones unilaterales ni “cacerías” transfronterizas. Confundirlo es —siendo amables— ignorancia; siendo precisos, es abrir la puerta para que otros definan por nosotros qué es “orden” y a qué costo humano.
Esta narrativa nos vuelve más frágiles ¿por qué?
- Militariza el problema y civiliza las víctimas. Las guerras contra entes difusos se alargan, desplazan comunidades y multiplican agravios. Expertos estadunidenses advierten que ataques en México provocarían represalias y sabotearían la cooperación necesaria para cualquier estrategia seria.
- Nos vuelve peones de política interna ajena. El “éxito” se mide en titulares, no en paz duradera; el calendario electoral dicta la cadencia de los operativos.
- Erosiona el Estado de derecho mexicano. Si la seguridad se terceriza, se legitima la idea de que México es ingobernable sin tutores. Eso alimenta a los cárteles (que viven del vacío estatal) y a los halcones del norte (que viven del vacío de matices).
La promesa de “salvación” externa es la vieja teología política en su versión cable: un Mesías armado que desciende, purga el mal y nos regala orden. Esa fábula tiene dos finales posibles: o te invade el salvador, o te abandona a mitad de la limpieza. En ambos casos, quedas con menos soberanía y más violencia. Por eso, pedir esa “salvación” desde un set extranjero, además de torpe, es peligroso: construye la coartada perfecta para que otros definan tu destino. Y a eso, en cualquier libro decente de civismo, se le llama entreguismo.
No confundamos micrófono con megáfono: Pedir (o aplaudir) que un gobierno extranjero “venga a poner orden” no es valentía, es flojera intelectual con efectos geopolíticos. La soberanía no es orgullo hueco; es el dispositivo que nos permite corregir nuestros propios errores sin que nos “corrijan” a punta de misiles. Quien no entiende eso no solo exhibe ignorancia: habilita la peor tentación del vecino. Y ese, México lo sabe bien, es un demonio que nunca llega solo.
@Hadacosquillas
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