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ANGÉLICA RIVERA,
SERPIENTE ENVENENADA
Nombre: Angélica Rivera Hurtado
Nacimiento: 2 de agosto de 1969, Ciudad de México
Esposo: Enrique Peña Nieto (1966)
Periodo como primera dama: 2012-2018
Angélica Rivera, la Gaviota, tenía una vida de película o telenovela rosa. A los ojos de México, un país que pasa horas pegado a las pantallas del televisor, encarnaba todas las virtudes posibles. Angélica, decían, era perfecta: inquebrantable, distinguida, tierna, de buenos modales, compasiva, bonita, abnegada, elegante e imponente en sus vestidos de gala y podía conducirse con propiedad fuera de México o recibir a visitantes distinguidos.
Parecía moldeada para el papel de primera dama. Sin embargo, ningún papel protagónico en ninguna telenovela la prepararía para el nivel de exposición política que la aguardaba al llegar a la residencia presidencial.
Con sus matices propios, Angélica era también una iluminada, como Marta María Sahagún de Fox, María Esther Zuno Arce de Echeverría o Carmen Romano Nolk de López Portillo. El 25 de abril de 2018 Vera Bercovitz lo contó en una amplia crónica para la revista Vanity Fair, bajo el título «Los sorprendentes claroscuros de Angélica Rivera»: «Un día en el set de maquillaje, la maquilladora, que también era vidente, le leyó las cartas a Angélica Rivera […] Le auguró que se casaría con un hombre muy poderoso por el que dejaría la actuación […] Angélica se rio, no se creyó nada y se levantó despreocupada para rodar la siguiente escena».
Qué ilusiones despertaba entre sus seguidores imaginar a Angélica ante reinas y dignatarios del mundo. Nada que ver con Margarita Zavala y sus anchas espaldas ni con la voz chillona de Marta Sahagún, hundidas en el fango de las ambiciones.
Originaria de la colonia Lindavista, en la Ciudad de México, e hija de Manuel Rivera Ruiz, propietario hasta su muerte de una clínica oftalmológica, y de María Eugenia Hurtado Escalante, Angélica era una mujer de orígenes humildes, aparecía en el horizonte limpia de los males que corroían la política militante de aquellas dos primeras damas. Cualquier halago era poco para los admiradores de esta actriz que emergía de la colonia Lindavista y, de manera natural, se movía en el escenario o desenvolvía frente a las cámaras de la televisión. El país se la merecía, al menos de eso estaba convencida su legión de admiradores.
Ella actuó en numerosas telenovelas a partir de 1989 y su presencia cotidiana en programas de chismes, portadas y páginas de revistas especializadas en comidillas, entretenimiento y la farándula, le habían creado un halo glamoroso en una sociedad agraviada por luchas sordas y abusos de poder y otros actos vergonzantes, que en la penumbra se tejían desde la residencia presidencial y formaban madejas de corrupción que involucraban a las primeras damas y a familiares de estas.
Angélica Rivera Hurtado, la Gaviota, como la llamaban desde 2007 a partir del éxito de la telenovela Destilando amor —adaptación del melodrama colombiano Café con aroma de mujer de 1994—, que protagonizó en horario estelar, brillaba en una estrella luminosa y se preparaba en 2012 para dar su mayor resplandor a ese cargo fantasmal con implicaciones misteriosas y alcances poco predecibles, resultado de hacer de la primera dama la mujer más poderosa de México, cuya influencia solía ser superior al de cualquier secretario de Estado.
Con tez clara, ojos grandes, mimada por televidentes y periodistas de la farándula, la Gaviota cautivó a todos desde los escenarios de Televisa. Rodeada de lujos y cosas espléndidas, parecía ser dueña de una sofisticada sencillez, combinada en la pantalla con sutileza y una sonrisa eterna a flor de piel. Destilando amor la convirtió en una celebrity sin interés por la política. La interpretación la hacía feliz y le permitía sostener a sus tres hijas, sus hermanas y su madre.
Capaz de hacerse pasar por una más entre la llamada alta sociedad, la historia de la Gaviota y sus papeles estelares en las telenovelas Mariana de la noche, Sin pecado concebido y La dueña, la convirtieron en un personaje cotidiano y verosímil, joven carismática, honesta y justa, distinguida y trabajadora; los telespectadores se identificaban con ella. Había una especie de complicidad con el pueblo. Más de 20 millones de personas la habían seguido día a día en Destilando amor.
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Las últimas seis antecesoras de la Gaviota habían terminado convertidas en una mascarada, sumidas en el anonimato, en el des- crédito o en una tragedia sexenal, perpetuando pasajes oscuros encadenados a la opulencia, al abuso de poder, a la impunidad, al despilfarro, al enriquecimiento personal, a la corrupción o sirviendo como dama de compañía, pegada a su marido: un florero presidencial. Pero ninguna de ellas debía ser ignorada porque, de una u otra forma, el presidente en turno la incorporaba a ciertas tareas de gobierno, que, aunque protocolarias, representaban un potencial. Como se explica en el prólogo, un as bajo la manga, una carta que, bien jugada, representaba un capital político significativo a través de la familia. Y, como se verá más adelante, este último papel representaría la Gaviota, escrito como guion de una mala telenovela, desde algún escritorio de ejecutivos de Televisa y el equipo de estrategia político-electoral de Enrique Peña Nieto.
Nuestro país televidente se negaba a ver que la historia rosa de Televisa estaba llena de intereses inconfesables, manipulación y componendas, y que desde la época de Emilio Azcárraga Milmo esa empresa estaba convertida en uno de los brazos operativos del PRI, para transformarse con el hijo de este, Emilio Azcárraga Jean, en una televisión mercenaria que seguiría históricamente haciendo una programación para jodidos porque México «es un país de jodidos y eso nunca cambiará», según palabras que le atribuyen a Azcárraga Milmo, conocido más por su sobrenombre del Tigre Azcárraga.
Príncipes herederos del sistema priista los dos, el acercamiento Azcárraga Jean-Peña había empezado en forma natural, tan pronto este último asumió la gubernatura del Estado de México en septiembre de 2005. Y surgieron evidencias de que colapsaría violentamente, desde los mismos escenarios de Televisa, la pre-candidatura presidencial de Arturo Montiel Rojas, quien había heredado aquella valiosa y crucial gubernatura a su sobrino Enrique.
El misil con tintes vulgares que dinamitó a Montiel se disparó el lunes 10 de octubre de 2005, a las siete de la mañana, desde uno de los espacios de noticias de Televisa: se informó que la Procuraduría General de la República (PGR) investigaba depósitos irregulares por más de 35 millones de pesos en efectivo a cuentas bancarias de Juan Pablo Montiel Yáñez, hijo menor del precandidato presidencial Arturo Montiel Rojas.
Esos millones eran apenas la punta de la madeja: también se investigaban cuentas y propiedades del hijo mayor, Arturo Montiel Yáñez, por uso indebido de atribuciones y facultades, operaciones con recursos de procedencia ilícita; inadvertidos para las autoridades estatales. Eran delitos del orden federal, ya que se trataba de operaciones de compraventa y depósitos bancarios hechos por Arturo y Juan Pablo.
Del mismo Arturo, el padre, se habían documentado propiedades en los estados de Guerrero y Jalisco, además de las del Estado de México, en Francia y en España. Y había sospechas de que pistoleros al servicio de Montiel Rojas, cuando todavía era gobernador, habían ejecutado en Toluca al joven deportista argentino Mario Palacios Montarcé, maestro de tenis de mesa de la francesa Maude Versini Lancry, entonces esposa de Arturo. Montiel y su sobrino Enrique Peña Nieto nunca se interesaron en investigar el asesinato con visos de ejecución después de una ola de rumores, trama de mentiras o especulaciones dañinas con tintes políticos de una relación amorosa entre Maude y su maestro deportista. El expediente terminaría empolvado en los archivos de la Procuraduría General de Justicia del Estado de México y relegado al olvido.
Montiel se murió políticamente la mañana del 10 de octubre de 2005. Se le condenaría a operar en la sombra del sobrino Peña y ceder a este su amplio proyecto propagandístico comprometido con Televisa. Y este aprovecharía todos los contactos para acercarse a la aristocracia de aquella empresa.
El periodista mexiquense Elpidio Hernández, originario de Lerma, en el valle de Toluca, aclararía el nivel de relación: Peña encontró en Azcárraga y la empresa de este a un aliado para concretar un nuevo proyecto político presidencial. La relación entre el magnate y el mandatario se pudo comprobar cuando viajaron juntos a Cartagena de Indias, Colombia, para participar en el Foro Económico Mundial para Latinoamérica. También se dejó sentir cada año porque Azcárraga Jean asistió como invitado regular a cualquier cantidad de eventos y certámenes en tierras del Estado de México.
Empleados de Televisa, técnicos, productores, extras, apuntadores, responsables de vestuario, maquillistas, directores y ejecutivos se veían por todas partes: la Catedral de Toluca, construida por Arturo Vélez Martínez, el Obispo del Diablo —llamado así por su tendencia a robar, como se detalló en capítulos anteriores, y uno de los ejes del Grupo Atlacomulco—, la cárcel estatal de Almoloyita, ubicada como el penal de máxima seguridad en el municipio de Almoloya de Juárez, una de las locaciones de la telenovela Juro que te amo, o las plazas de los Mártires y González Arratia, corazón de la capital mexiquense.
«La sólida amistad forjada al amparo del dinero le permitió al Tigrito Azcárraga convertir al estado [a partir de 2006] en un escenario de lujo para su empresa. En la entidad se graban spots, melodramas, programas especiales e incluso actores de Televisa como Jaime Camil [Alexis Ayala, José Elías Moreno] y Angélica Rivera Hurtado y la cantante Lucero Hogaza León [cuyos seguidores se debatían entre el Lucerito y Lucero] serían utilizados para promover» al gobierno de Peña, mientras altos ejecutivos de la empresa —Alejandro Quintero Íñiguez (el mercadólogo político de la empresa), Bernardo Gómez Martínez, Alfonso de Angoitia Noriega y José Antonio Bastón Patiño— concretaban millonarios negocios en territorio mexiquense.
Azcárraga Jean no se quedaba atrás: dueño al fin, consolidó Televisa Toluca, dedicada a generar noticias locales a través de espa- cios informativos y programas de revista; y el suegro de este —escribió Elpidio—, Marcos Fastlicht Sackler, incursionó «en sociedad de negocios con Marcos Salame, Simón Galante y Marco Antonio Slim Domit, hijo del magnate Carlos Slim Helú». A finales de 2009, esa sociedad se hizo del exclusivo desarrollo inmobiliario Bosque Real en Huixquilucan, considerado el más lujoso de América Latina.
También lo habían acercado a Ana María Olabuenaga, un genio de la publicidad, elegida mejor directora creativa de México por El Ojo de Iberoamérica, quien convertiría a Peña en un producto telegénico y seductor, carismático, un producto de la mercadotecnia, que se sumaría a los más de 20 millones de televidentes que habían seguido día a día el destino de la Gaviota en Destilando amor. Ella lo había hecho también un rockstar en el proceso electoral de 2005, cuando llegó a la gubernatura en la campaña más sucia y vulgar que haya vivido el Estado de México. La llamaron «la publicista de Peña Nieto».
Justo entonces apareció, por primera vez, el nombre de la Gaviota. El sueño de Angélica Rivera Hurtado, según ella misma lo contó en varias ocasiones a sus confidentes y amistades íntimas, era vivir feliz, como en los cuentos de hadas. Y ese sueño iniciaría a pesar de los cuestionamientos y evidencias de fraude en los comicios de 2012, con su esposo Enrique Peña Nieto «ganada» la presidencia del país. No importó que se hubiera recurrido al viejo arsenal de trampas, mañas y compra masiva de votos —lo que podría llamarse «el manual priista del fraude electoral»—, ni al apoyo de un grupo de empresarios extremistas, ni a las artimañas del IFE para frenar por segunda ocasión la llegada al poder de Andrés Manuel López Obrador; el sueño comenzó para ella.
Como buena leonina, la Gaviota evidenciaba, en un país de ciegos o televidentes, comportamientos egocentristas, delirios de grandeza, necesidad de sentirse admirada y arrogancia. Y por eso, tal vez, tampoco le importaban los fundados señalamientos de que Enrique —con quien se había casado por la Iglesia en la Catedral de Toluca, el 27 de noviembre de 2010, cuando cumplía él cinco años y dos meses como gobernador del Estado de México— era un político intelectual e ideológicamente limitado, pero que llegaría a la presidencia a saquear las arcas nacionales, como se documentó y publicó en Negocios de familia, biografía no autorizada de Enrique Peña Nieto y el Grupo Atlacomulco (2009), Tierra narca (2010) y en AMLO, mitos, mentiras y secretos (2012).1
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La boda del 27 de noviembre de 2010 haría de la Gaviota primera dama de una entidad de 15 millones de habitantes, la más poblada del país y cuyo gobierno ejercía cada año un presupuesto cercano a 200 000 millones de pesos (hoy supera 300 000 millones), el asentamiento de dos de las tres zonas industriales más importantes de la nación y, para ese momento, había pocas dudas de que Enrique sería candidato presidencial del PRI en 2012.
El enlace religioso ocurrió en la Catedral de Toluca, la ceremonia la ofició el excelentísimo arzobispo Constancio Miranda Weckman. La misa estuvo plagada de anomalías eclesiales, rayando en la corrupción, y mordían como serpiente envenenada porque se operaban malignamente desde el púlpito de la Arquidiócesis Primada de México, a cargo del cardenal Norberto Rivera Carrera.
No fue casualidad que, entre numerosas y controvertidas versiones, el cardenal Rivera se hiciera cargo del turbio y simulado proceso de anulación de la primera boda religiosa de la Gaviota con José Alberto Castro, productor de melodramas y programas de variedades en Televisa, para que ella pudiera vivir su propio cuento de hadas, toda de blanco, el color de la pureza, más allá de los demonios inquietantes de la corrupción que unía a la Iglesia católica con el poder político del Estado de México.
No hacía falta una lente de aumento para desmenuzar la trama que monseñor Rivera montó en un simulacro de justicia divina para anular e invalidar el matrimonio y que la Gaviota, al margen de las tres hijas producto de su primer matrimonio por la Iglesia —Sofía (1996), Fernanda (1999) y Regina (2005)— y la corrupción del lenguaje divino, pudiera cumplir el sueño de su vida: contraer nupcias por segunda ocasión vestida de un blanco impresionante con Enrique, el político más codiciadobde México, príncipe heredero del PRI y del Grupo Atlacomulco, una de las cofradías mafiosas de mayor raigambre en la política mexicana.
La maquinación turbia del cardenal, de la que tuvieron conocimiento autoridades del Vaticano y Enrique Peña Nieto, como documentó en su momento Aristegui Noticias y se reprodujo en portales y plataformas digitales de noticias, se puso en marcha con un irregular proceso para disciplinar y silenciar a través de «diversas penas [castigos] canónicas», firmados por el vicario judicial Alberto Pacheco Escobedo, al presbítero José Luis Salinas Aranda, el cura de las estrellas. Este último desempeñaba actividades pastorales en Televisa, y atestiguó la primera ceremonia eclesial de la Gaviota con José Alberto Castro Alva, en la Ciudad de México, y ofició días después, en una playa de Acapulco, una misa de acción de gracias por el enlace Angélica-José Alberto.
Protector de las élites de poder y con los trámites de la disolución del primer matrimonio de Angélica Rivera Hurtado, el cardenal y arzobispo primado de México arrastraba una historia sombría y turbia: del encubrimiento público y evidente a una red de curas pederastas hasta escandalosas y vulgares ambiciones mundanas de poder, acumulación de fortuna y el rompimiento de lealtades o traición para desplazar a prelados que le estorbaban en su camino a la cima de la Iglesia católica.
Mientras Angélica se proponía conquistar a los mexicanos desde la residencia presidencial, al menos desde su boda con Enrique, la historia personal del cardenal lo exhibía como parte de una alianza maligna con el controvertido nuncio apostólico Girolamo (Jerónimo) Prigione para perseguir, hostigar y aniquilar a la Teología de la Liberación, la llamada Iglesia católica subversiva, así como dinamitar y desmantelar el trabajo pastoral que acercara a los feligreses a la participación política y a la organización social.
En sus caminos torcidos, monseñor Rivera encubrió públicamente y protegió al sacerdote michoacano Marcial Maciel Degollado, un depredador sexual, fundador de la peligrosa secta los Legionarios de Cristo o la Legión de Cristo, acusado de pederastia y otros abusos sexuales, y hubo sospechas de malversación de fondos, menciones en esquemas para el blanqueo de capitales—a propósito del encargo de Rivera en el Consejo de Economía del Vaticano—, y de hacer negocios secretos u ocultos con los derechos de la Virgen de Guadalupe y de Juan Diego.
A monseñor le gustaba el dinero a montones. «Es un cardenal de prohibiciones […] un pastor de élites», señalaría el escritor y articulista Bernardo Barranco, coordinador del libro Norberto Rivera, el pastor del poder (2017). Autoritario y manipulador, Rivera pertenecía a esa Iglesia empoderada y principesca, como la calificó el papa Francisco, que servía a los grupos privilegiados ultraconservadores y a los poderosos políticos del PRI y del PAN y operaba como una mafia política eclesial, que también amasaba fortuna a través de las donaciones y los favores políticos. Entre tantos «atributos» como sospechas de corrupción cardenalicia, se encomendaba la Gaviota, pero los ojos del país estaban en la maravillosa mujer de las pantallas de televisión. Finalmente, con la mano turbia y el alma pecadora de Rivera metida en el proceso, el Vaticano sirvió de comparsa de Angélica para declarar inexistente su matrimonio religioso con el productor José Alberto Castro, mejor conocido como el Güero Castro, con quien había procreado a sus tres hijas.
Con un porvenir brillante, que aparecía en el horizonte, y tan contradictoriamente deslucido por el sinuoso camino que siguió Rivera Carrera para invalidar el matrimonio, y a pesar de serias dudas sobre la muerte de Mónica Pretelini Sáenz, primera esposa de Enrique, que sugerían un homicidio en la casa de gobierno del Estado de México, finalmente se dio la nulidad y se arregló el segundo matrimonio.
Glamorosa, nuevamente vestida de blanco, la Gaviota estelarizó su nuevo y quizá más importante papel protagónico que la pondría en los ojos de todo el país. Parecía una princesa que emergía radiante de un escenario de los estudios de Televisa, diseñada a la medida, para un príncipe de sangre azul, en un frac color gris, que resultaría un falso Prometeo, vecino de Atlacomulco: Peña, un personaje también de telenovela, político casanova y mediocre, de mano dura, educado en las viejas tradiciones que imponía la corrupción política mexicana desde la cúpula del PRI.
Custodiada y vigilada, la Catedral de Toluca, y acordonada la zona en varias cuadras a la redonda, terminada la ceremonia, Angélica Rivera Hurtado de Peña hizo el único intento que haría por ganarse al Estado de México: lanzó el ramo a unos cuantos mexiquenses, bien vigilados, que se reunían a las afueras de la iglesia para intentar conocer a la esposa de su gobernador, a la estrella inalcanzable que admiraban en las pantallas del televisor.
Sería todo. En la casa de gobierno, la misma en la que había muerto [o la habían asesinado] Mónica Pretelini Sáenz de Peña, se instaló un inhibidor de señales telefónicas que impidió a los 230 invitados al enlace religioso y al civil, que oficializó José Luis García, juez número uno, comunicarse con el exterior.
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La primera semana de junio de 2012, un reportaje del rotativo inglés The Guardian había lanzado una bomba que pegó en los cimientos de la carrera política de Peña, aunque no citaba fuentes. Palabras más, líneas menos, advirtió que entre 2005 y 2006 el gobierno del Estado de México había pagado a Televisa—que se apresuró a negar los hechos— 346 326 750 pesos para posicionar la imagen política del gobernador Peña, a través de reportajes, entrevistas y comentarios positivos.
El encabezado del rotativo inglés fue muy directo e hizo mucho daño porque, de inmediato, minó la credibilidad del joven gobernador viudo: «Escándalo en los medios de comunicación mexicanos: una unidad secreta de Televisa promocionó al candidato del PRI». El encabezado se hizo más duro en el cuerpo del reportaje:
Según documentos vistos por The Guardian y gente familiarizada con el operativo, una unidad secreta de la cadena de televisión dominante en México, estableció y financió una campaña para que el candidato favorito, Enrique Peña Nieto, ganase las elecciones presidenciales. […] encargó videos promocionales sobre el candidato y su partido, el PRI, que a la vez desacreditaban a los rivales del partido en 2009. Los documentos sugieren que el equipo [Handcock] distribuyó los videos a miles de direcciones de correos electrónicos y también a los promocionales de Facebook y YouTube donde algunos de ellos todavía pueden ser vistos.
Después se sabría que la información había salido de un cable confidencial filtrado por WikiLeaks, en el que el gobierno de Estados Unidos mostraba su consternación por la relación tan cercana entre Enrique Peña Nieto y Televisa. Por ejemplo, un documento de 2009, firmado por funcionarios de Estados Unidos, señalaba que es ampliamente aceptado que el monopolio televisivo apoyara al gobernador Peña Nieto y le diera un extraordinario tiempo al aire y otro tipo de coberturas. Con la vista gorda del IFE, Peña y su equipo habían encontrado la forma de romper las reglas electorales.
Como cada esposa de cada candidato antes que ella, la Gaviota guardó un silencio ominoso y criminal, porque el escándalo había llegado casi a cada rincón del país. Era imposible que una mujer con las relaciones que tenía con altos ejecutivos de Televisa, la llamada aristocracia, no se hubiera enterado de nada, a menos que caminara en la campaña con oídos sordos.
Sin mirar hacia atrás, ni a los lados, ni a la historia, sin mirar nada, como una copia al carbón de todas sus antecesoras que caminaron sobre fantasmas de muertos y corrupción, pero con el porvenir brillante de frente, Angélica, la Gaviota, necesariamente debió conocer que llegó a la vida de Enrique cuando grupos empresariales extremistas, sectas poderosas de la Iglesia católica, el expresidente Vicente Fox Quesada y luego el presidente Felipe Calderón Hinojosa —quienes en su momento traicionaron al PAN— y la mano perversa de Televisa, impulsaban abiertamente, desde 2007, la candidatura presidencial de aquel siniestro joven político priista, sospechoso de la muerte de su primera esposa Mónica Pretelini Sáenz, de lo que había detalladas descripciones, filtradas desde la casa de gobierno en avenida Paseo Colón en Toluca, e involucrado en el narcotráfico y saqueo al tesoro del Estado de México. De esto último daban cuenta investigaciones de la PGR.
¿Había caído Angélica rendida a los encantos de Peña? ¿Era ciego su amor? ¿Era la relación entre el político y la actriz parte de un reality show, de esos de los que se habían llenado las empresas de televisión mexicana a partir de 2002? ¿Era un matrimonio arreglado o por conveniencia como el de María de los Dolores Izaguirre Castañares con Adolfo Ruiz Cortines? ¿Guardarían Angélica y Enrique la formas como lo hicieron Adolfo López Ma- teos y Eva Sámano Bishop o Carmen Romano Nolk con José López Portillo y Pacheco? ¿Sería un matrimonio duradero como el de Marta Sahagún con Vicente Fox?
Angélica y Enrique ocupaban espacios en los medios tradicionales, los del corazón, y chismes de la farándula. Bajo el título «Angélica Rivera, de la escena televisiva al terreno político», el 3 de julio de 2012 Ana Felker escribió en la revista Expansión: «La llamada prensa del corazón habla de un amor digno de suspiros […] la “calidad moral” de la actriz, el carisma del político. Para otro sector de la prensa […] esta relación es un reality show fraguado previamente o parte de un plan de marketing para construir la victoria del candidato [presidencial] del PRI».
Y puede que haya sido amor, pero un amor que antes del matrimonio le había dejado carretadas de dinero a ella y a Televisa. Quizá por eso, como pasó con todas sus antecesoras, la Gaviota se hizo sorda ciega y muda a todos los cuestionamientos que pesaban sobre la moral de Enrique Peña Nieto y el historial sobre el gusto de este por el dinero fácil, traducido como el saqueo a las arcas del Estado.
Puede ser que el amor haya sido eso, amor, pero con dinero por delante. En 2014, mucho antes de que se tomara la decisión de la boda, un reportaje de la revista digital Nuestro Tiempo Toluca, que cubría las actividades de la gubernatura con un esquema noticioso fuera de lo ordinario de la prensa oficial de la capital del Estado de México, desnudó la personalidad de la Gaviota y el negocio que representaba el gobierno de Peña:
Los cobros de Angélica con el gobierno estatal para esa campaña, Logros [difusión de la obra del gobernador Peña], del año 2009, son claros. Televisa y TV Azteca cobraron 28 260 895 pesos con 60 centavos, pero Angélica Rivera cobró, aparte, 10 millones de pesos. La actriz-cantante Lucero, Televisa y TV Azteca cobraron 68 021 752 pesos con 78 centavos por Logros, que comenzó de manera oficial el 16 de febrero del 2009 y que terminaría el 30 de abril de ese mismo año.
Nadie lo decía, pero el joven viudo, convertido en un tenaz casanova y un mujeriego rompecorazones, claro, con el dinero del gobierno del Estado de México, se debatía entre conquistar a Lucero, su predilecta, Galilea Montijo, que no convencía a ejecutivos de Televisa, y la Gaviota. La primera tenía dos problemas: su relación con el cantante Mijares era sólida y era casi imposible anular ese matrimonio por la Iglesia. El rompimiento y divorcio de esta pareja se haría público hasta 2011, cuando la Gaviota y Enrique estaban por caminar al altar. Quizá ni el cardenal Norberto Rivera Carrera habría logrado la anulación.
Por razones desconocidas o compromisos anteriores, nunca hubo una razón formal ni oficial, Lucerito se retiró de aquella campaña pronto, «pero no tanto como para no cobrar un contrato firmado y debidamente pagado con el gobierno del Estado de México», de acuerdo con la revista digital toluqueña, que cerraría para dar vida a Viceversa Noticias.
Los montos pagados para Logros los entregó el propio gobierno mexiquense mediante una solicitud de información de la revista a través de la oficina local de Transparencia. Esa solicitud, con el folio No.00014/CGCS/IP/A/2009, fue firmada por el funcionario Marco Antonio Garza Mejía, quien en 2009 era responsable de la Unidad de Información estatal.
La Gaviota nunca diría nada. Parecía una mujer discreta y reservada con paso firme a la residencia presidencial. Nada importaba. Así había pasado con todas. Parecía cortada a imagen y semejanza de todas sus antecesoras.
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Hijo del ingeniero Gilberto Enrique Peña del Mazo y de María del Perpetuo Socorro Nieto Sánchez, Enrique Peña Nieto nació el 20 de julio de 1966, en Atlacomulco, municipio del norte mexiquense. El árbol genealógico familiar establece que su padre fue familiar cercano de los exgobernadores Alfredo del Mazo Vélez y Alfredo del Mazo González, padre e hijo respectiva- mente, ambos, a su vez, familiares del extinto revolucionario y diplomático carrancista Isidro Fabela Alfaro, y de su excelencia Arturo Vélez Martínez, primer obispo de la Diócesis de Toluca.
Por el lado materno, Socorrito o Soco —como se conoce en Atlacomulco a la madre de Enrique— es, como dicen los médicos, consanguínea del exgobernador Salvador Sánchez Colín. Y aunque perdió el apellido por venir este de la familia materna, es descendiente directa de Constantino Enrique Nieto Montiel. En resumen, es parte de la numerosa parentela del exgobernador y fallido candidato presidencial Arturo Montiel Rojas, quien sería cobijo y guía de Peña Nieto, su gurú político, hasta que el 16 de septiembre de 2005 lo impuso como su sucesor en la gubernatura del Estado de México.
El andar político de Peña se fue entreverando con la parte más privada de su vida, y cuando se sabía sucesor de Montiel en la gubernatura, emergió el verdadero Peña: un político irascible y duro, violento, que estallaba con poco. Le dio por tener una imagen moderna, cuidada en extremo, atento a las últimas tendencias de la moda, todo un metrosexual, claro, con ayuda de ejecutivos hacedores de imagen de Televisa.
En aquellas hábiles manos, el rostro de Peña se hizo habitual y familiar en las revistas del corazón, la televisión, el mundo de la farándula, desplazando el factor político como eje central. El gran mérito de Enrique fue adaptarse a su nuevo papel de «bene- volente» con una red amplia de cómplices, amigos y protegidos.
Para quedar bien con él, desde que llegó a la gubernatura, todo mundo borró de su memoria los sobrenombres de este político: el Charal y el Patotas, apodos con los que lo hacían llorar sus primos Arturo y Juan Pablo Montiel Yáñez. Peña, sin embargo, se haría habitual en el sentido del humor de los mexicanos. Sería todo él material permanente para el chacoteo y, gracias al avance de la tecnología, para la publicación diaria de memes, una respuesta popular surgida del peculiar sarcasmo mexicano.
En dos sexenios, gobernador (2005-2011) y presidente (2012- 2018), Peña pareció empeñado en mostrar y exhibir al México surrealista, pero de grandes humoristas que debían estar atentos para aprovechar la situación porque nunca se sabía en qué momento metería la pata, como coloquialmente dicen en el pueblo. Aunque también serían 12 años sumidos en la corrupción salvaje, despropósitos y exceso. Peña, ciertamente, era un político incapaz y ladrón, pero, incubado en la corrupción histórica del PRI, que lo legitimaba.
Con una agenda cuidadosa para aprovechar los adelantos tecnológicos, a través de millonarios presupuestos destinados a los medios, en particular Televisa y las revistas del corazón, Arturo Montiel Rojas heredó a su sobrino un imperio originalmente construido para su candidatura presidencial.
Televisa tomó el proyecto en sus manos y se dedicó con ahínco a deconstruir —aunque por dentro siguiera siendo él mismo, con toda la carga execrable del priismo—, y reconstruir por fuera al joven príncipe. Fue un coctel explosivo y ominoso: la mano negra de creadores de imagen, especialistas en marketing, maquillistas, camarógrafos y conductores de la televisora lo hicieron un showman y una celebridad.
Y todo marchó como las manecillas del reloj, incluidos los amoríos clandestinos de Peña, que se ocultaban con generosas sumas de dinero a los grandes medios de la Ciudad de México, que, sin conocerlo, le dispensaban el trato de estadista. Todo era perfecto. Era. Hasta que dejó de serlo el 11 de enero de 2007, cuando corrieron rumores insistentes de todos los calibres sobre la muerte de Mónica Pretelini Sáenz después de una violen- ta pelea conyugal con Enrique en uno de los amplios salones de la casa de gobierno.
Nada logró opacar los sucesos de aquel día que trastorna-ron la vida de Enrique. Aquella noche el conductor del noticiario estelar de Televisa daba a conocer una versión edulcorada y suave, con lujo de detalles, como si él, Joaquín López-Dóriga, hubiera estado presente en el dormitorio de la esposa del gobernador mexiquense. Con el énfasis característico de vocero de los poderes fácticos, informó:
Un poco después de la medianoche, a las 00:50 ya del jueves, En- rique Peña le llamó por teléfono [a Mónica] para decirle que ya iba de regreso. Estaba por Santa Fe, volaría en helicóptero y en 25 minutos estaría con ella en casa. Así fue. Llegó, entró a su cuarto sin encender la luz, le susurró al oído que le hiciera un lugar en la cama y no le respondió. Le insistió y nada. Alarmado, encendió la luz y la vio muerta. Intentó respiración artificial al tiempo que pedían las urgencias médicas.
Aunque hay datos en voluminosos expedientes de investigaciones que encabezaban fiscales federales de la PGR, también en la bruma quedarán las consecuencias que ese fallecimiento esparció hasta el puerto de Veracruz, donde meses después los escoltas de la familia Peña Pretelini fueron ejecutados por supuestos narcotraficantes, quienes equivocaron el blanco e hicieron fuego contra ellos.
Con una sensación de sentimientos encontrados, los rumo-res fueron incontrolables por la falta de información y porque médicos indiscretos hicieron comentarios sobre un traslado de Mónica, durante las primeras horas de la madrugada, a la Cruz Roja, cuyas instalaciones se encuentran a tres cuadras de la casa de gobierno y donde no la recibieron porque ya iba muerta. Pero en esa institución nadie conocía el nombre de la rechazada. Luego, fue llevada al Centro Médico de Toluca, que en realidad está en Metepec, a donde había llegado muerta, y enseguida a un hospital del issemym.
Después, en un estado de confusión lleno de rumores, se fue supuestamente develando el misterio que empeoró el desbarajuste. Se supo, a través de portavoces, que la presidenta del DIF estatal y primera dama mexiquense estaba grave, internada en el hospital ABC de Santa Fe, en la Ciudad de México, por complicaciones de una crisis epiléptica. Allí mismo, había sido trasladada a terapia intensiva. Luego se informó que, atendida por un grupo de médicos, encabezados por el neurólogo Paul Shkurovich Bialik, Mónica presentaba muerte cerebral. Al filo de las tres y media de la tarde se rompió el silencio para oficializar el fallecimiento.
La causa fue atribuida al brote de la epilepsia tónica generalizada que le ocasionó un derrame cerebral, paro respiratorio y más tarde la muerte cerebral; la noticia cimbró a la clase política estatal. La ola expansiva le dio otros contornos a la tragedia porque a través de esta defunción, con tintes de un negado suicidio, el electorado de todo el país se condolió de la figura frágil del joven y apesadumbrado político viudo con sus tres hijos ahora huérfanos. Habían estado juntos casi 14 años.
La desventura sedujo a un país lleno de esperanzas y necesitado de personajes. Aun a riesgo de parecer prosaicas, en el mismo dolor brotaron sospechas y dudas por lo inusual e infrecuente de la muerte atribuida a ese padecimiento. Eso dio lugar a una ola de otros rumores que desvanecieron la imagen de una pareja perfecta y feliz. Apenas empezaba la historia sobre el desenlace de las honras fúnebres en un mausoleo familiar de Toluca o Atlacomulco, y se deslizó en una desacostumbrada ceremonia de cremación esperando los restos de Mónica. También desconocidos eran, para el público en general y mexiquenses en particular, los orígenes de la excepcional enfermedad, el llamado gran mal, del que nunca nadie habló y la aquejaba desde 2005.
Proliferaron asombradas versiones sobre el estado físico y emocional de Mónica. Hubo quienes advirtieron sobre una vida normal, inexistencia de signos de la enfermedad mortal e incluso se destacó que nunca nadie se enteró de la presencia de medicamentos ni de tratamientos especializados. También se filtró información de que entre Mónica y Enrique había conflictos conyugales que se complicaron al consolidarse las relaciones de Peña con estrellas de Televisa.
La sorpresiva muerte de Mónica dejó turbadores boquetes informativos. Y estos dieron paso a las últimas horas de la noche del miércoles 10 de enero, las últimas de Mónica, a la versión de una crisis depresiva y sobredosis de barbitúricos, lo que obligó a Peña a dar una entrevista publicada el 21 de diciembre donde confirmó versiones surgidas la mañana de aquel jueves en Toluca: su esposa murió la noche del mismo miércoles o durante las primeras horas de la madrugada del jueves, en la capital del estado, y no al mediodía del jueves en la Ciudad de México. Palabras más, palabras menos, le dijo al reportero Alberto Tavira Álvarez que en el Centro Médico de Metepec intentaron reanimarla y le reactivaron sus signos vitales, aunque ya iba con muerte cerebral. Después de la apresurada cremación, Peña nunca pudo deshacerse de los fantasmas de homicidio involuntario.
Si debía o no ventilarse en público el tema del deceso de su esposa, él mismo se encargó de llevarlo a la prensa. Aprovechó las páginas de la revista Quién para hablar de una conspiración de aquellos periodistas que plantearon interrogantes en la extraña muerte de su esposa: «Cuando estás en la política, cualquier tema que pueda ser aprovechado por tus adversarios para golpearte, lastimarte o desgastarte se va a utilizar. Lamentablemente esas son las reglas de la política».
El jueves 19 de diciembre de 2008, de la nada y a través de la Coordinación General de Comunicación Social, se emitió una aclaración oficial para desmentir que el gobernador Peña hubiera pensado contraer matrimonio con la actriz Angélica Rivera Hurtado, aunque la Gaviota empezó a aparecer con frecuencia en el Estado de México y, en su número del 3 de octubre de aquel año, la revista Quien en su nota principal confirmó el vínculo sentimental de «cuatro meses» de Enrique con su nueva «dueña», la actriz Angélica Rivera.
El hombre que da la última palabra en territorio mexiquense palomeó el nombre y a principios de abril de 2008, Angélica estaba llegando a la Oficina de Representación que tiene el gobierno del Estado de México en la calle Explanada, en Lomas de Chapultepec […] El gobernador, entonces de 41 años, y La Gaviota, de 37, nunca se habían visto personalmente. La cita era, en primer lugar, para conocerse y, en segundo, para que él explicara a la que fuera el Rostro de El Heraldo en 1987, la campaña de publicidad que ella iba a realizar, con el objetivo de que entendiera y se comprometiera de lleno con el proyecto del verdadero góber precioso.
∗
¿Qué pasó aquella noche? Eso solo lo sabe Enrique Peña. ¿Por qué la cremación? También él tiene la respuesta. Pasadas las horas y los años, la historia de la muerte es potente en la vida real, tiene papel de protagonista sombrío y, por extraño contrasentido, todos los factores rodeando esa imagen la convirtieron en un tópico de interés general.
Aunque la televisión hizo una cobertura discreta de las exequias de Mónica, los centenares de esquelas publicadas en los diarios durante los tres días posteriores reflejaron el impacto por el duelo. Hubo quienes consideraron que muchas se insertaron para hacerse presentes, con fines políticos, ante los ojos del gobernador, pero otras tantas apelaron a la pena real.
Se hicieron familiares las imágenes de Paulina, Alejandro y Nicole, los tres hijos de la pareja, entonces de 12, 10 y seis años de edad, respectivamente. La popularidad del gobernador se afianzó en su figura doliente. La desventura sedujo a un país urgido de esperanzas y de héroes. En medio de la corrupción, las matanzas del narcotráfico, los secuestros, los asaltos y la pobreza, la muerte de aquella mujer, al margen de las extrañas circunstancias, levantó una ola de solidaridad generalizada. Como una caja de resonancia, las noticias sobre la decisión familiar de respetar la voluntad de Mónica y donar sus órganos para salvar o mejorar la calidad de vida de personas en lista de espera fueron un bálsamo para los atribulados mexicanos.
Las ondas dolientes se expandieron a cada territorio del país. El infortunio íntimo y personal de Peña hizo eco en todo el territorio mexicano, pero el luto no duró mucho: Mónica Pretelini quedó perpetuada apenas en el nombre de un hospital y Televisa, como se escribió en párrafos anteriores, acercó todavía más al Estado de México a su cuerpo de estrellas. Y apareció una larga lista de estrellas a sucederla. Se llenó la agenda de Enrique, quien empezó a ser conocido también como el viudo de oro.
Los recuerdos sobre la vida de Mónica, sus últimos meses tortuosos al lado de Enrique Peña Nieto —por las constantes infidelidades de este, que dieron como fruto dos hijos fuera del matrimonio: uno con Maritza Díaz Hernández (Diego Alejandro Peña Díaz, ahora de 19 años), en su momento, empleada del gobierno estatal, y uno más con Yessica de Lamadrid Téllez, quien trabajó en la campaña de Peña para gobernador del Estado de México en 2005 (Luis Enrique Peña de Lamadrid, murió en 2007, a los dos años de edad, derivado de complicaciones de hidrocefalia o cáncer)— se diluyeron en la corta memoria de los mexicanos para dar paso a la euforia, porque nada había adelante que ensombreciera la búsqueda de la candidatura presidencial y, luego, la llegada a Los Pinos. Y en ese camino aparecería, a su lado, la Gaviota. Y esta, a su vez, devolvió claridad a la vida del viudo desconsolado. La frescura de la actriz le devolvió la vida y la sonrisa.
En su papel de diva, la Gaviota se hizo construir una casa blanca de 86 millones de pesos, unos siete millones de dólares, a través de una subsidiaria del Grupo Higa, de Juan Armando Hinojosa Cantú, contratista consentido de Peña. El operativo para levantar aquella mansión en la Ciudad de México se había puesto en marcha 17 días después del enlace religioso, el del cuento de hadas, el de la Gaviota con Enrique.
El escándalo estalló el 9 de noviembre de 2014 en la página digital y espacios noticiosos de Aristegui Noticias y dio origen a una denuncia pública y frontal en el libro La casa blanca de Peña Nieto (2015) con las firmas de Daniel Lizárraga, Rafael Cabrera, Irving Huerta y Sebastián Barragán, prologado por Carmen Aristegui.
Los fantasmas de la corrupción superaban con mucho los amores clandestinos de Enrique, por cuyas historias desfilaron Maritza Díaz Hernández, el primer capricho de Peña, y quien le dio un hijo al que mantuvieron oculto y en secreto, como lo contó Sanjuana Martínez en Las amantes del poder (2014). Luego, con Yéssica de Lamadrid Téllez, un amor furtivo en campaña y madre de un segundo hijo de Peña, pero muerto prematuramente; trabajaba en Radar, empresa vinculada a Grupo TV Promo, especializado en marketing, que tenía entre sus socios a Alejandro Quintero Íñiguez, vicepresidente de comercialización de Televisa, y donde, en 2005, se creó la campaña de Peña por la gubernatura. También apareció el nombre de la regiomontana Rebecca Solano de Hoyos, productora y conductora del programa de televisión TransformaT. Hasta que en 2007 apareció en su camino Angélica Rivera.
En 2016, Sanjuana Martínez puso un nuevo clavo en la cruz de la Gaviota; en su libro Soy la dueña, una historia de poder y avaricia documentó que Angélica Rivera fue seleccionada para Enrique Peña Nieto desde un catálogo de Televisa.
Apenas llegó a la residencia presidencial, desapareció el brillo humano de los ojos de la Gaviota y, sin atisbos de misericordia, renunció a la presidencia del DIF. Parte del presupuesto de este organismo se destinó para celebraciones de xv años, funciones de circo, torneos de boliche, una fiesta mexicana y representaciones de diferentes artistas. Sin palabras para la familia mexicana, esa mujer admirada se había dignado a aparecer en el DIF hasta después de tres meses de la toma de posesión. Se apareció, escribió la periodista Linaloe R. Flores en la revista digital Vice, con un vestido color púrpura y un maquillaje pálido, para sellar una serie de compromisos con sus pares estatales, como si hubiera sido un fantasma, una concesión graciosa. Y eso sería lo último.
Nada les cumpliría. Nilda Patricia Velasco Núñez de Zedillo dejó moribundo al DIF, pero al menos ella no había prometido nada, ni se había comprometido en nada con las primeras damas de los estados. Angélica se había comprometido a recorrer el país. Solo fue eso, una promesa. Con Angélica, escribió Linaloe, se rompería el vínculo tradicional entre la llamada primera dama y el DIF. «No completó ni cien apariciones públicas como presidenta honoraria del dif y jamás presentó el plan de trabajo que le interesaba desarrollar. Mientras, el dif operó y gastó por su cuenta millones de pesos, los desastres naturales azotaban y sacudían al país».
Sus días en Los Pinos transcurrieron entre la indolencia y el derroche de glamur. Se lucía viajando y gastando con sus hijas como si hubiera sido una duquesa en un país de pobres. Poder político no tenía, como fueron los casos de Margarita Zavala y Marta Sahagún, pero con el poder económico, se comportaba como la dueña de México. No tenía influencia política, pero decía sin empacho que era muy amada por Peña Nieto, dando a entender que nadie podía hacerla a un lado.
Abrió la puerta de su casa, advierte Sanjuana:
A la prensa rosa y su vida personal al espectro mediático de los espectáculos. La farándula en la política, el reality show de la familia presidencial, un vodevil cuya esencia se centra en la frivolidad y el lujo. Sin pudor […] se ha cubierto de riquezas, ha exhibido sus propiedades y el súbito incremento de su patrimonio […] la consorte perfecta, la mujer que acompaña a su esposo en sus viajes oficiales por el mundo, viajes que aprovecha para lucir su guardarropa, joyas, bolsos, zapatos y su millonario gusto por la alta costura […] La sospecha de la corrupción la persigue a dondequiera que va. La sombra de la duda sobre sus riquezas ha provocado un rechazo de ciudadanos hartos de una clase política señalada por el saqueo y el robo del erario.
Angélica vivió su cuento de hadas o, literalmente, de telenovela. Su nombre y sobrenombre representaban, por sí solos, una narrativa amplia, descriptiva y constante llena de misterios, pero nadie imaginó que pasaría de largo señalamientos insistentes de que Enrique había asesinado a su primera esposa, aunque, y sobre todo, también había guardado silencio cuando desparecieron en Iguala, Guerrero, 43 estudiantes de la Escuela Normal rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa y asesinaron a tres de los compañeros de estos, uno desollado en vida, el 26 de septiembre de 2014.
Desde los silencios de la Gaviota, una mujer «perfecta», de mundo y sofisticada, amiga y protegida de la aristocracia de Televisa, emergían, sin misterio, palabras clave y vergonzantes sobre la voracidad, soberbia, derroches, uso y abuso del poder presidencial. Fue la última de las primeras damas, y una de las más oscuras, en habitar el conjunto de Los Pinos, la residencia presidencial hasta el 30 de noviembre de 2018.
Para muchos, Destilando amor fue la mejor telenovela jamás escrita para la televisión mexicana, hasta que apareció el cuento de hadas que vivieron Angélica Rivero Hurtado y Enrique Peña Nieto, que terminó abruptamente cuando el 8 de febrero de 2019, dos meses después de abandonar la residencia oficial de Los Pinos, se hizo público el rompimiento de la pareja y los planes de divorcio.
Se habían unido únicamente por interés electoral. La disolución del primer matrimonio de la Gaviota, a través de la mafia de la Iglesia católica, formaba parte de la trama del cuento para aprovecharse del tesoro nacional. A los 17 años, como describían las crónicas de las revistas de chismes del corazón, Angélica seguramente ni se imaginaba que algún día sería primera dama de México. Una primera dama efímera, de cuento de terror. Solo un año después de acabado el sexenio del último caudillo priista, en 2019, legalmente disolvieron también su matrimonio.
En mayo, el expresidente escribió en una red social: «Quiero agradecer a Angélica por haber sido mi compañera, esposa y amiga a lo largo de más de diez años y por haber entregado su amor, tiempo y dedicación a nuestra familia. Hoy ha concluido legalmente nuestro matrimonio, deseo que le vaya bien siempre y que tenga éxito en todo lo que emprenda. Angélica, muchas gracias por todo». Y fue todo. El sueño terminó. Angélica prefirió tomar un perfil bajo, y lo sigue haciendo hasta ahora.
Antes de que ella se diera cuenta, antes de romper, Enrique había vuelto a las andadas, ya lo esperaba su nueva novia, la modelo Tania Ruiz Eichelmann. Cegada por el odio y los celos, decían, Angélica amenazaba con develar en un libro los escándalos en Los Pinos, la residencia presidencial. Lejos, muy atrás quedaron los días aquellos cuando la Gaviota era ovacionada en todo el país.
En el anecdotario o el cesto de la basura, cayeron las crónicas de aquella mujer elegante que sería capaz de tratar con reyes y reinas, y que durante la toma de posesión el 1.º de diciembre de 2012 lucía perfecta. Para los actos oficiales de ese día eligió un vestido gris plata, en encaje, manga larga y a la rodilla, de la firma Dolce & Gabbana. Zapatos cerrados, color nude. Angélica deslumbró al llegar a Palacio Nacional. Se veía espectacular en aquellos zapatos de tacón mediano, sobrios, pero ad hoc para la ocasión. Llegó con un maquillaje que parecía aplicado con aerógrafo.
Ahí estaba la mujer que dejó de lado su carrera de actriz de telenovelas para casarse en noviembre de 2010 con el hombre que ese día, 1.º de diciembre, se disponía a tomar posesión.
Pero habría que cerrar esta historia rosa con uno de los momentos más célebres y con más rating, el emitido el 16 de diciembre del 2009. En aquel episodio, Enrique y Angélica estaban de viaje por el Vaticano. Pidieron una audiencia privada con el papa Benedicto XVI, a quien llevaban como regalo un árbol navideño y un nacimiento hecho por artesanos del Estado de México. Él se acercó primero a su santidad, se inclinó, le besó la mano y muy solemne le dijo:
—Ella es Angélica, con quien pronto habré de casarme.
El papa sonrió y bendijo la unión.
Para ese momento ya había sido anulado el contrato matrimonial de ella con el Güero Castro. Todo el camino está por andar. La residencia presidencial espera.
Ese mismo día, por la noche, Enrique y la Gaviota visitaron solos la Basílica de San Pedro. Admiraron la arquitectura, los cuadros, las pinturas, el sagrado misterio del espacio.
Él encontró un silencio y el lugar ideal. Se vuelve a inclinar como horas antes, pero esta vez para ofrecerle el anillo de compromiso a la actriz.
El tiempo se detiene.
Ella se ruboriza —tal como lo dicta el libreto—, tal vez cae alguna lágrima. Se sonroja. Y acepta. El tiempo reanuda su marcha. Enrique se levanta y se funden en un beso. Comienza una música alegre, esperanzadora. La toma se aleja, dejando a la pareja enmarcada por el bellísimo fondo italiano con las obras de los grandes maestros renacentistas. Luego la cámara se inclina un poco hacia arriba, para enfocar la bóveda de la basílica, ahora solo se ven los ángeles, algunos querubines, el cielo. La imagen se funde a negro.
La historia de las primeras damas en México ha sido esto: una puesta en escena, una pantalla de distracción, una complicidad que perdura a pesar de la incredulidad del pueblo, tras saber que al lado del presidente se conjura otro poder, el de ellas, quienes sin puesto oficial actúan sin consecuencias, quienes disponen verdaderamente de las redes que se tienden desde la silla presidencial. Un terrible y oscuro espectáculo.
1 El primero, coautoría de Francisco Cruz con Jorge Toribio Cruz Montiel; los dos restantes de Francisco Cruz, todos bajo el sello Temas de hoy.
Fragmento del libro Las damas del poder (Planeta), © 2023, Francisco Cruz. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.
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