“Gloria a Dios en las alturas. Recogieron las basuras de mi calle, ayer a oscuras y hoy sembrada de bombillas”.
Pareciera que al recorrer las calles de Neza sonara en mi mente ese frenético inicio de la estupenda canción de Serrat. La fiesta, como lo dijo Gadamer, es la suspensión total de la cotidianidad; es, como dijo Nietzsche, dejar salir al Dionisio que llevamos dentro. Resulta irónico que filósofos de una sociedad tan disciplinada como la alemana hayan teorizado acerca de la fiesta cuando ese asunto nos compete totalmente a los mexicanos.
Y es que no se observa otra cosa más que fiesta en las calles de Neza, que, con las debidas precauciones, recorro curioso y ávido de presenciar todas las escenas que en días como estos se suscitan en nuestra variopinta ciudad.
Fuimos instruidos, tal vez de manera no muy clara, para quedarnos en casa. Sin embargo, pudiera ser que, por la tibieza de esa instrucción, por la inherente tendencia del nezense a la desobediencia civil, o bien, por bulos que algunos ociosos esparcen en las redes sociales; gran parte de la población ignoró desde un principio las indicaciones de distanciamiento social y resguardo en casa.
El tianguis
El día comienza cuando me decido a ir al tianguis que recorre las calles Cama de Piedra y Escondida desde la avenida Vicente Villada a la Carmelo Pérez. La famosa ropa de “la paca” hace las delicias de muchas mujeres que van acompañadas de sus hijos pequeños, mientras someten a escrutinio visual las blusas y otras prendas que sostienen en alto deseando que no tengan imperfección alguna, pues han de pasar a formar parte de sus mejores galas y por ningún motivo se debe notar su procedencia. Vendedores de esos puestos, transformados en hombres rudos de mediana a baja estatura (lo difícil no es vender de la paca, sino cargar la paca), reaccionan a chiflidos cuando una conocida estilista transexual ingresa a sus dominios. Una estampa pintoresca para iniciar el día con el mejor de los ánimos.
Adentrándome más en el tianguis, algunos pocos precavidos usan cubrebocas, junto a otros tantos que simplemente están en un sábado cualquiera en que recorren el mercado callejero en busca de algún santo grial de barrio, es decir: un par de tenis Nike, una carcasa para el celular, una sudadera de moda o simplemente un hato de películas piratas con las cuales pasar el rato.
El olor de las carnitas, la birria y las mojarras con camarones, rodea a cada uno de esos respectivos puestos, que se encuentran abarrotados. Asimismo, la experiencia es una montaña rusa para el oído, pues no solo se escuchan los clásicos pregones de los vendedores, sino también la interacción de los paseantes entre sí: “llévale esa tanga a la china, mijo”, “apúrate, hija, no te atrases, que te van a robar”, “al chile me gustaron esos tenis, güey, pero sí ando bien torcido”. Aparte del eterno graznar del aviario humano, también el tianguis nos recuerda que vivimos en la época de las bocinas bluetooth, por lo que, a lo largo de la misma calle, llegué a escuchar la siguiente lista, tan ecléctica como la misma Neza:
| Canción | Autor |
| 20 wild horses | Status Quo |
| Ghostbusters | Ray Parker Jr. |
| I feel fine | The Beatles |
| You may be right | Billy Joel |
| No pude enamorarme más | Los Tigres del Norte |
| No soy una señora | María José |
| Con olor a yerba | Emmanuel |
| El paciente | Alfredo Olivas |
| Mundo cruel | Joe Arroyo |
La música es gran protagonista en los tianguis. Cuando en un puesto de discos suenan pedazos de las canciones a manera de muestra en el infaltable intro mix, éste termina con la sentencia: “somos los más chingones en piratería”. Carezco de elementos para refutarlo.
Las canciones de banda a volumen muy estridente refuerzan la sensación de mareo que ya de por sí experimentan los parroquianos de aquellos puestos de micheladas que recientemente se han vuelto tan socorridos, pues algunos incluso llegan a tener su propio DJ con consola de mezclas y todo.
El tianguis queda atrás. La insolación me orilla a pecar: una coca de 300ml no ha de llevarme al infierno de la diabetes, pienso yo.
El fútbol
Más tarde, cuando el sol empieza a decaer, inicia mi recorrido en el que documentaré la prevalencia de los partidos de fútbol informales (mejor conocidos como “cáscaras”), que son los que quedan en pie después de que las ligas sí acataran la instrucción de parar. Justo saliendo de mi puerta, me encuentro con los vecinos de mediana edad, cercana a la mía, que ya están inmersos en una cáscara que, bajo otras circunstancias, sería para mí un compromiso ineludible, pero esta vez mi cubrebocas y mi amable declinación me marginan de aquella hecatombe pambolera, cuyos ecos resuenan mientras me voy alejando: “¡órale, pinches panzones!”, “¡no mames, negro, nomás parado, cabrón, que no te baileeeee!” (la iteración de la e se hace con el fin de enfatizar el tono “cantado” del particular acento nezense).
De haber sido otras las circunstancias, me habría erigido en su flagelo, como en el sábado de gloria del año pasado, en que se integraron cuatro retas de cuatro jugadores. La mía jugó en total 10 partidos a dos goles, de los cuales perdimos dos y ganamos ocho, con una racha sobre la recta final de hasta seis juegos ganados consecutivamente. Es aquí cuando realmente me siento tentado por mi espíritu dionisiaco, pero lucho por mantener el talante despreocupado y espero que el burdo pretexto de que mi esposa me mandó a la Bodega Aurrerá sea suficiente para que este gesto no me margine de futuras justas callejeras.
Continúo mi recorrido y me dirijo al desolado paraje conocido como “el 14”, que no es otra cosa sino una avenida muy ancha con un camellón igual de espacioso, que no ha estado libre de ser invadido por paracaidistas, pero que también tiene a lo largo de sí unas ocho canchas de fútbol y básquetbol. A lo largo de toda esa avenida, por debajo de su camellón, corren líneas de gas natural, mientras que, al elevar la vista, se ven los gruesos cables de alta tensión, sostenidos por imponentes torres de hierro, las cuales, mi ocio me permitió descubrir en Google Earth que se encuentran dispuestas a cada 200 metros.
Sin embargo, pese a la soledad y los peligros que implica jugar ahí, el 14 es un escenario de batallas épicas, más ahora que el Parque del Pueblo se encuentra cerrado. Las canchas de tierra que están a la altura de la avenida Chimalhuacán, así como la de pavimento situada entre Cama de Piedra y Glorieta de Colón, están rebosantes de apasionados jugadores amateur de diversas edades, no solo disputando el balón dentro de la cancha, sino también apostados en sus márgenes a la espera de turno. Para tomar parte en esas celebraciones, hay que conocer la pregunta ritual: “Chist, hey, portero. ¿Hay reta?”
En los alrededores de las canchas, algunos niños y niñas más pequeños recorren en bicicleta el resto del agreste camellón, ante la mirada vigilante de sus padres, que caminan a paso lento o descansan en alguna banca, todos con desenfadado atuendo primaveral.
La noche
Llega la noche, dominio de otro tipo de criaturas, o bien, de las mismas que pueblan el día, pero que muestran otra faz al amparo de la oscuridad. En algunas avenidas están reunidos los clubes de vochos clásicos, los de autos con motores modificados, mientras que, en otras, los de motociclistas o bikers.
En el resto de las calles hay reuniones, evidentemente improvisadas, afuera de varias casas, donde veinte, treinta y cuarenta-añeros departen con sendas latas de cerveza en la mano, o bien un vaso de cuba preparada con alguna bebida espirituosa, generalmente al ritmo de una música de banda cuya enorme variedad y novedad hace que el conocimiento acerca de ella se me escape; aunque no faltan quienes, entrados en mayor edad, copas o dolor de amores (porque la vida es un incesante penar) acuden, ya sea al rock clásico en inglés, al anodino “rock en tu idioma” o a la infalible quinta de Ramón Ayala que integran también los Cadetes de Linares, los Invasores de Nuevo León y los Barón de Apodaca. “¡Quisiera que me hicieras mucha falta y gritarte que regreses, pero aquí no hay novedad!”, berrea un coro mixto de al menos ocho gargantas afectadas por el alcohol, pero también por la desolación y la nunca cauterizada herida del amor perdido, o al menos a eso me suena.
En otro momento, cuando las reuniones y fiestas eran concertadas, llegué a pensar que formalmente se impulsaría una recolección de firmas para cambiar el nombre de nuestro municipio a Carpalandia, pero hoy las calles lucen libres de carpas, aunque rebosantes de gente contagiada con la euforia de un carnaval improvisado y masivo, al menos que a la fecha sepamos. No bastó con “quédate en casa”, pues, al parecer, el hecho de que muchos asalariados tuviéramos la nunca antes soñada posibilidad de no acudir a trabajar y aun así percibir sueldo por un período prolongado y atípico en cuanto a época del año, no se tomó realmente como la solemne y amigable invitación a la cuarentena que las autoridades buenamente prodigaron.
La Máscara de la Muerte Roja
Uno de mis cuentos favoritos del gran Edgar Allan Poe es La máscara de la muerte roja. Dicha historia, tan atemporal que resulta inquietantemente actual, relata cómo un arrogante príncipe se atrinchera rodeado de placeres y gratas compañías para burlar a una epidemia, la cual, se personifica en una horrenda figura de rostro cadavérico y envuelta en un sayal ensangrentado, y se cuela en medio de la celebración para hacer caer a todos aquellos que se la tomaron a broma. “Y la tiniebla, la corrupción y la muerte roja gobernaron por encima de todo”, escribe el genio de Baltimore al final del tremendo relato.
Puede hasta resultar de mal gusto traer a colación tal referencia en tono agorero, pero la realidad es que Neza fue aún más audaz, aún más arrogante que el príncipe Próspero, o bien, simplemente imprudente. Prefirió creer que la epidemia podía existir, pero que era impensable que llegara a Neza, y se entregó al hedonismo sin restricciones.
La declaratoria de semáforo rojo, junto con medidas un poco más duras como la ley seca, el cierre de negocios y la disolución de aglomeraciones callejeras, incluyendo las cáscaras; ha constituido el golpe de realidad, cuya resaca nos deja 154 defunciones dentro del municipio y un número creciente de contagios. Por las calles, la gente comenta entre sí que el Coronavirus no existe y pretende seguir con sus actividades con toda normalidad. Esto se debe en gran parte a que mucha de la población es neófita en el uso de la tecnología y la ha incorporado en sus vidas siguiendo la misma pauta que con la televisión y la radio en otros tiempos, es decir; si una información proviene de un aparato electrónico conectado con el resto del mundo, es real porque sí y ya. Y los ociosos creadores de contenido viral encuentran, sobre todo en población adulta con bajos niveles de instrucción, carne fresca para sus travesuras, que en principio parecen inocentes, pero que muchas veces terminan teniendo consecuencias nefastas que ni ellos mismos vislumbran.
El tiempo dirá si lo que ahora parece negligencia en masa pueda terminar en un golpe de suerte y la fiesta siga, pero ahora con motivo de haber “vencido a la pandemia”. De otra forma, no habrá más remedio que terminar la historia parafraseando a Poe: “Y la cerveza, la ignorancia y el Coronavirus gobernaron por encima de todo”. Aquí en nuestras calles se habrá acabado la fiesta.
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