Extraño nuevo mundo. Autor: Federico Anaya Gallardo

Elaboración propia a partir de mapamundi público en www.

Hoy, la República Imperial sigue allí. Los latinoamericanos no debemos hacernos ilusiones. EUA puede bloquear Cuba y Venezuela, aunque en ninguno de estos países ha logrado el cambio de régimen que anhela. Extrañamente, también fue incapaz de detener el proyecto chino de un nuevo canal interoceánico de Nicaragua –aunque este colapsó por su propia cuenta. El golpe de Estado de 2019 en Bolivia falló y los resabios neoliberales del pinochetismo en Chile se están derrumbando –aún en medio del desastre de la pandemia Covid-19. La regresión conservadora en Argentina falló y la izquierda regresó por sus fueros mediante las urnas. La regresión ecuatoriana tropieza a cada paso que da. La regla general es que los pueblos se movilizan y aprenden. Paradoja: desde el centro de su imperio, los estadunidenses suelen decir que para los problemas de la democracia, más democracia. Tienen razón. El MAS boliviano demostró que su fortaleza no es Evo, sino los votos constantes, sonantes y bien defendidos de millones de mujeres y hombres de a pie. La lección democrático-popular ha sido bien aprendida y en ella reside la fortaleza de los proyectos soberanistas del Bravo a la Patagonia.

Tan clara es la lección democrática y popular, que aún en la más vieja república de estas Hespérides demostró su valor: desde los llamados de Bernie Sanders al inicio de la campaña presidencial, desde las movilizaciones de Black Lives Matter (BLM) y desde el abajo de miles de grassroots en EUA se logró derrotar al dictador wannabe –pese a que este creyó que podría tomar por asalto el Capitolio. Pudimos haber invocado a Cicerón: Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?! (¡¿Hasta cuándo Catilina, abusarás de nuestra paciencia?!) No lo hicimos porque conocemos nuestra Historia y sabemos que Cicerón era un conservador anti-popular (aunque contra los irresponsables llevase razón). Nuestro hemisferio es más democrático hoy que hace un año. ¿Qué hacer con estas victorias?

Por otra parte, en los otros dos tercios del globo, está China, el antiquísimo país del centro [中国]. Su proyecto de Belt-&-Road anuncia la formación de un bloque económico portentoso en Eurasia –en el que incluso habría espacio para la siempre olvidada África. (Ver mapa anexo: el proyecto chino, en amarillo. No lo puse rojo, para no espantar a los anticomunistas.) En el siglo XIX, los eurocéntricos europeos se inventaron la Heartland Theory, que opone a los Estados continentales –que dominan la masa terrestre euroasiática– con los Estados marítimos –que controlan los océanos que rodean la gran isla-mundo–. Su autor, el inglés Halford J. Mackinder (1861-1947) la presentó en 1904 en la Royal Geographical Society y una versión definitiva apareció como Democratic Ideals and Reality en 1919. La teoría explicaba bien la oposición Inglaterra-Francia (siglo XVIII) así como el predominio británico en el siglo XIX. Luego ayudó a entender la oposición entre EUA y la URSS en el siglo XX. La iniciativa Belt-&-Road de China se hace cargo: aparte del dominio continental (a través de los gasoductos y vías férreas que conectarán Pekín y París) los 200 mil buques de la marina mercante china aseguran el control de los océanos que rodean a la isla-mundo.

Por supuesto –la marina de guerra china no puede soñar con oponerse a la de EUA. Sólo un ejemplo: frente a los once porta-aviones de 100 mil toneladas estadunidenses, Pekín sólo tiene dos de 66 mil toneladas. Ciertamente, el primero de ellos, el Lianoning [辽宁舰], estuvo “de visita” frente a las costas de Siria en 2015, demostrando el interés de China en que todas las escalas de las nuevas rutas de la seda sean seguras para el comercio (tierra adentro, sirios, turcos, rusos y estadunidenses combatían desorganizados al Estado Islámico). Pero la Marina del Ejército de Liberación del Pueblo no podrá confrontar militarmente a la US-Navy en el futuro cercano. (Liga 1.) Y, en mi opinión, no debería intentarlo ni tendría por qué hacerlo. El problema de los epónimos de Mackinder es que no parecen haber aprendido nada de la experiencia comercial inglesa y estadunidense: si ambas potencias marítimas vencieron a sus oponentes continentales fue primariamente por su capacidad de sumar recursos humanos y materiales en amplísimas redes mercantiles. ¿Y si el proyecto Belt-&-Road es más acerca de comercio que de porta-aviones? Bien harían los EUA en recordar lo costoso que es apostar por la superioridad militar. La URSS perdió la Guerra Fría porque dedicando inmensos recursos a la defensa no pudo sostenerle el paso a la economía mercantil de Occidente. China no desea conquistar Eurasia, sino asegurar negocios que sigan empujando su economía. Tampoco desea guerrear con EUA: depende de la inmensa clase media estadunidense para realizar sus mercancías. (Stephen Kotkin, “The Unbalanced Triangle: What Chinese-Russian Relations Mean for the United States”, en Foreign Affairs, Sep-Oct 2009, Liga 2.)

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En la teoría de Mackinder había tres “islas periféricas”: Norteamérica, Sudamérica (nuestras Hespérides) y Oceanía. Ante el Belt-&-Road lo razonable sería integrarlas a esta nueva etapa de globalización. Pero el aislacionismo de Donald Trump abandonó el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (o TPP, Trans-Pacific Partnership) que buscaba unir a la República Imperial con otras once economías de la Cuenca del Pacífico. El TPP incluiría en el proceso de integrar Eurasia a las “isla periféricas”: Australia, Nueva Zelanda, México, Perú, Chile, EUA y Canadá. Si el soberanismo y el empuje popular-democrático latinoamericano acabaron con el ALCA, al TPP lo mató la soberbia trumpista –que aparte, empezó una desastrosa guerra de tarifas contra China.

En vista de la deserción imperial, Australia y Nueva Zelanda decidieron acercarse a la ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático) formada por lo que los viejos europeos llamaban hace siglos La Conchinchina y Las Islas de las Especies (Myanmar, Tailandia, Vietnam, Laos, Camboya, Malasia, Indonesia, Brunéi, Filipinas y Singapur). Pero aussies y kiwis no estuvieron solos. El 15 de noviembre de 2020 (hace tres meses) los diez países de la ASEAN se unieron tanto con los anglo-oceánicos como con Corea del Sur, Japón y China (el gran dragón) en la RCEP (Regional Comprehensive Economic Partnership o Alianza Económica Integral Regional) –un acuerdo de libre comercio que consolidaría el Extremo Oriente y Oceanía dentro de la isla-mundo de Mackinder. (Ver mapa anexo: la RCEP, en naranja excepto China.)

Y así, los habitantes de Las Hespérides parecemos quedar al margen del extraño nuevo mundo que estoy describiendo. Los latinoamericanos no éramos fanáticos del TPP, que siempre se vio como un sucesor del fracasado ALCA. Pero nadie, a izquierdas o derechas, esperaba la deserción trumpiana ni su connato de guerra comercial. China tampoco está contenta. Su política de ascenso pacífico (和平崛起, Hépíng juéqǐ), vigente desde tiempos de Hu Jintao (2002-2012) requiere que el comercio con EUA se mantenga abierto y creciente: eso es lo que permite realizar sus manufacturas, cuya producción asegura la expansión de la clase media en la propia China. Y esta nueva clase aseguraría, en otro escalón de la integración global, que las manufacturas de Rusia y Europa del Este tengan mercados. El comercio y la paz asegurarían crecimiento para todos. Si los talleres chinos siguen trabajando, las materias primas de Latinoamérica tienen salida segura –aun cuando nuestra región no esté enganchada directamente a la nueva Ruta de la Seda.

En 2021 hay quienes se preguntan si Biden será capaz de remediar los daños causados por su antecesor en el Pacífico. Pero hay quien señala el riesgo de que los demócratas en la Casa Blanca empujen a una nueva Guerra Fría contra China sólo para demostrar que America must lead again (uno de los llamados de campaña de Biden). (Olivier Zajec, “Can the US regain global leadership? Biden dreams of rebuilding the international order”, Le Monde Diplomatique, Diciembre 2020, Liga 3). No es cosa nueva: los demócratas han sentido siempre la necesidad de demostrar que son más “duros” que los republicanos en sus relaciones internacionales.

Estemos atentos al juego de Biden así como a la implementación del RCEP y su conexión con el Belt-&-Road chino, en el cual ya está montada la Federación Rusa. Notemos cómo la apuesta china del ascenso pacífico está predicada en que todas las sociedades involucradas en el comercio global ganen algo. Hacia dentro de cada una de esas sociedades el reto es asegurar que los beneficios del libre comercio lleguen a todas las personas. La lucha por la justicia social ha sido el centro de las luchas populares por la democratización de Nuestra América en las últimas tres décadas. La pandemia demostró a los estadunidenses lo desastroso que es no tener seguridad social universal. Así mismo, la ejecución extrajudicial de George Floyd y los niños latinoamericanos enjaulados les recordó que no todas las vidas valen igual en la Tierra de los Bravos y los Libres. En estos días, Biden ha retomado la propuesta original de López Obrador de atender las causas sociales de la emigración centroamericana. Ese es liderazgo democrático que se necesita, no una guerra comercial con China que sólo aislará a Las Américas del desarrollo global.

En 2005 Bush II se despidió de sus pares Nuestroamericanos en Mar de Plata señalando que él sólo planteaba cómo defendernos de China. Erró al no entender la prioridad latinoamericana por la justicia social y erró al concebir a China como amenaza. El segundo socio comercial de Norteamérica es Europa Occidental –el primero es China. Que ambos se integren no es una amenaza, sino una oportunidad de aumentar los negocios –y de incluir, ¡al fin! al Sur global. Aventuro que Wallerstein estaría de acuerdo en que ese sería un escenario razonable para la economía-mundo. México tendría un papel esencial, acaso como bisagra, en asegurar este futuro. No vamos desencaminados: en 2018 apoyamos el Pacto Migratorio de Marrakech, en 2019 empezamos a aportar nuestra parte para los proyectos de empleo en Centroamérica (Corredor Transístmico y Tren Maya incluidos) y durante la pandemia de 2020 hemos insistido en priorizar la atención a los más pobres así como la cooperación internacional para que todas las naciones tengan acceso a las vacunas. Ahora nuestro reto es mirar al Pacífico y más allá –sin olvidar la brújula: la mejor política exterior nace de una razonable política interior.

Ligas usadas en este texto:

Liga 1:
https://chinapower.csis.org/aircraft-carrier/

Liga 2:
http://www.jstor.org/stable/20699650

Liga 3:
https://mondediplo.com/2020/12/04usa

Federico Anaya-Gallardo
Federico Anaya-Gallardo

Abogado y politólogo. Defensor de derechos humanos. Ha trabajado en Chiapas, San Luis Potosí y Ciudad de México. Correo electrónico: agallardof@hotmail.com

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