Trump no actuó en respuesta a la presencia de una potencia extrarregional, sino que para modificar el equilibrio político interno de un país vecino.
Claudio Coloma, Dr. en Ideología y Análisis del Discurso, Universidad de Essex
La reciente acción militar de Estados Unidos contra Venezuela, que culminó con la captura del presidente Nicolás Maduro, no puede ser comprendida adecuadamente a partir de la narrativa convencional que domina el debate público internacional. Más que una reafirmación de la Doctrina Monroe, esta acción refleja la puesta en práctica de una versión actualizada del Corolario Roosevelt; es decir, una lógica estratégica claramente diferenciada y de carácter abiertamente intervencionista, cuyas implicancias han estructurado las relaciones entre Washington y los países de América Central y el Caribe.
La Doctrina Monroe, formulada en 1823, fue una política defensiva concebida para impedir que las potencias europeas (poderes extrarregionales) se inmiscuyeran en los asuntos del continente americano, que en ese momento se encontraba inmerso en los procesos de independencia.
Su objetivo no era intervenir directamente en las repúblicas soberanas nacientes, sino evitar la expansión de intereses europeos en el continente. El último caso de aplicación de esta doctrina fue la crisis de los misiles en Cuba (1962), donde Washington actuó para repeler a la Unión Soviética, no para derrocar a Fidel Castro.
Sin embargo, lo ocurrido en Venezuela no responde a esta lógica. La operación militar que resultó en la captura de Maduro fue una acción directa en el territorio de un Estado soberano, con bombardeos, incursiones en Caracas y fuerzas estadounidenses actuando en suelo extranjero. Trump no actuó en respuesta a la presencia de una potencia extrarregional, sino que para modificar el equilibrio político interno de un país vecino.
La estrategia estadounidense es más acorde con el Corolario Roosevelt, articulado a comienzos del siglo XX tras la guerra contra España y las expansiones territoriales en Filipinas, Hawái y Puerto Rico. Bajo Theodore Roosevelt (1901–1909), Estados Unidos asumió un rol abiertamente intervencionista en el Caribe y en América Central. Su objetivo era consolidar el naciente imperio, asegurar rutas estratégicas mediante la construcción del Canal de Panamá y ejercer un rol policial respaldado por la construcción de la armada más poderosa del continente.
Esta musculatura militar estaba orientada a impedir el surgimiento de gobiernos reformistas que pudieran desafiar los intereses económicos estadounidenses. Desde entonces, la mayoría de las intervenciones de Estados Unidos en el continente se han concentrado en el Caribe y en América Central, siendo Nicaragua, Cuba, Haití y la República Dominicana los países que han experimentado de manera más intensa y recurrente los efectos del Corolario Roosevelt.
Lo que está ocurriendo en Venezuela se aproxima mucho más a esta lógica. Tras la captura de Maduro no solo se advierte la intención explícita de intervenir y controlar la industria petrolera venezolana, sino también el objetivo más amplio de ejercer un dominio sin contrapesos en el Caribe y en América Central, un espacio estratégico en el que, además de Venezuela, confluyen países clave como Cuba, Colombia, Panamá y México.
La intervención en Venezuela, por tanto, no debe entenderse como una expresión de la Doctrina Monroe clásica. Por el contrario, en el contexto actual, la visión estratégica de Roosevelt se expresa en el proyecto MAGA. Para la administración Trump, no hay acciones desinteresadas, todo obedece a una Estrategia Nacional de Seguridad que busca hacer a America great again.
Este es un momento de inflexión para las Américas, en el que la cautela y el pragmatismo resultan aliados más eficaces para los líderes regionales que las bravatas amplificadas por las redes sociales. En este contexto, el debate sobre el tipo de hegemonía que Estados Unidos está ejerciendo en su vecindario deja de ser exclusivamente académico y adquiere un carácter profundamente político, con consecuencias definitorias para el futuro del continente.
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