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En los límites de la incertidumbre. Un testimonio más del Covid vivido. Autora: Aleida Hernández Cervantes

Foto enviada por María Gladys durante convalecencia

La prueba

Positivo. Me confirmaba ese martes la doctora del centro de pruebas Covid de la UNAM al mismo tiempo que se dirigía a Liber para decirle que tenía que hacerse la prueba PCR, no la prueba rápida, para evitar falsos negativos. Con el presentimiento de que él sería positivo aunque no mostrara ningún síntoma, la doctora nos habló desde la experiencia: Váyanse a casa, aíslense por quince días; revisen oxigenación y temperatura, todo estará bien. La seguridad con la que pronunció esas últimas palabras me dio una calma momentánea. Al menos ya lo sabía con resultado en mano: El bicho del que había escuchado durante diez meses, el que tiene en vilo nuestras vidas, el que ha provocado la muerte de miles de personas en todo el mundo y ha enlutado a sus familias, ése mismo, ya estaba dentro de mi cuerpo. Desde ese momento empezaba a compartir la experiencia común de estos tiempos, en primera persona. Ya nadie me lo contaría. Pero no sabía si después, yo misma podría contarlo.

La angustia

De inmediato empezó la búsqueda de un médico que me diera seguimiento. Mi amiga Amarela con experiencia familiar en esto me sugirió al doctor Alberto de los Ríos. Lo busqué, me atendió por videollamada, le hice saber mis resultados, mis síntomas y sus palabras, de nuevo, me daban un poco de calma momentánea: Por tus síntomas y por tu edad, es muy probable que tu Covid sea leve, recuerda que de cien pacientes Covid, ochenta lo pasan en su casa y salen bien; mientras la oxigenación esté arriba de 90, no te duela el pecho o se te dificulte la respiración, solo toma paracetamol cada ocho horas. “Todo estará bien”. No sé si él me lo dijo textualmente o las palabras de la doctora de la UNAM insistían en resonar en mi cabeza para atenuar el miedo que entra en tu cuerpo al mismo tiempo que entra el Sars-Cov-2.

La tranquilidad es lo que menos permanece cuando el Covid está de “visita” en tu casa. Sabes que en cualquier momento hay posibilidades de que contagies a tus seres queridos por más que uses el cubrebocas y la careta en el espacio común, que limpies con fruición todo lo que tocas, que te encierres a piedra y lodo, eso, por razones sencillas que están relacionadas con la solidaridad y el apoyo mutuo: es probable que alguien de ellos te lleve a realizar la prueba o te ayude si te sientes mal, o te traiga las medicinas o te prepare los alimentos. Pues ¿quién cuida a los enfermos dentro de una familia? El punto es que el riesgo siempre está latente, a pesar de que extremes precauciones. A veces se logra detener el contagio, a veces no. Por eso la angustia es permanente, porque mientras el virus evoluciona en tu cuerpo y no sabes en qué terminará, al mismo tiempo tu familia corre riesgo a tu lado. No sabes en qué acabará toda la historia de terror y esa es la fuente máxima de la angustia. Mientras te duele la cabeza, te duele el corazón por miedo. Mientras te duelen las articulaciones, te duele contagiar a los tuyos. Así que yo, la del factor de contagio, me angustiaba de pasarle el bicho a Liber que en su adolescencia tuvo asma. Todas las especulaciones que habíamos tenido durante meses sobre cómo reaccionaría su cuerpo ante la posibilidad de este virus, estaban a minutos de pasar a la realidad, pero todavía no sabíamos a cuál de todas las existentes. La angustia. ¿Será que ya deberíamos salir corriendo por un tanque de oxígeno antes de que se acaben? O ¿será que tal vez le toque ser asintomático pues ya van cinco días que no muestra signos de la enfermedad? Será, será, será.

Oliver que tiene ocho años nos angustiaba menos, pues por fortuna, el bicho ha dejado un tanto tranquilos a los niños. La pesadilla ya ha sido suficiente como para añadirle más tintes de tragedia griega a todo esto, debió “pensar” el Covid.

A esa angustia del núcleo familiar, se sumaba la de la familia extendida del norte del país: mi mamá convaleciendo con neumonía, con buena oxigenación pero con una opresión en el pecho persistente. Una prima y mi tía, convaleciendo igual. Estaba claro que no había sido  la mejor forma de empezar el año, en definitiva.

Foto enviada a mi madre por sus compañeros de trabajo

La hipervigilancia

Con positivo de Liber, mi mamá en Culiacán luchando contra el avance de la neumonía, mi hermana sin síntomas pero sola en Ciudad de México junto a su pequeña de 6 años, sin ninguna ayuda, buscando laboratorios que hicieran la prueba a domicilio para despejar dudas, la alerta familiar estaba al máximo. Nueva ola de contagios, decían las autoridades, y yo a esto lo estaba sintiendo más bien como un tsunami. Tal vez te toque la fortuna de no estar sufriendo mucho los síntomas en lo individual, pero de la incertidumbre y la angustia no se escapa nadie. “Tu cuerpo no debe estar estresado, para que te recuperes pronto”, me decían muchos. Pero ¿quién puede estar sin estrés con ese mapa familiar? Así es como se reactiva una hipervigilancia: diez veces el oxímetro, cinco llamadas diarias a la familia, veinte miradas suspicaces a tu pareja para ver cómo está, quince mensajes contestados a las amistades; todo va bien, sí, hoy me dolió la espalda, hoy me dolió la cabeza, hoy me dolió la angustia, mi hermana y sus hija dieron negativo, mi mamá tiene inflamados los pulmones, mi hermano está hiperangustiado, mi papá anda estresado, Liber solo tiene constipación, Oliver está como nuevo, cuántos días llevamos, cuántos faltan para decir que estamos “fuera de peligro”. ¡Ufffff!

Me aferré al paracetamol, la vitamina A, C y D y a la cebolla morada con una cucharada de mil, otra de vinagre y pimienta molida que me recomendó mi suegra. Y le ofrecía al virus una salida decorosa. Por esta vez, sólo por esta vez, puedo decir que la aceptó.

La duda

Sé que quien tiene la amabilidad de leer estas líneas, ha estado esperando el momento de que yo le diga dónde, cuándo y con quién me contagié. Así hemos operado todos, al momento de enterarnos de los contagios de los demás. Buscamos instintivamente, al menos una, una certeza en todo este mar de incertidumbre en el que nos tiene la pandemia. Es la forma que hemos encontrado de aferrarnos a un dato preciso, al minuto exacto, al virus personificado, con nombre propio si es posible. Para encontrar responsables, para prevenir o para que otros aprendan de la experiencia, o tal vez, solo para juzgar. No lo sé. Solo sé, que una vez que tienes el virus, al minuto siguiente es lo menos relevante, la energía se concentra en sobrevivir y que sobrevivan tus seres queridos. La vida, en pandemia o no, se nos va entre decisiones correctas e incorrectas, entre extremar precauciones aquí pero descuidarte allá, entre no ir a fiestas y reuniones decembrinas pero usar un celular de otra persona, entre no dar abrazos pero compartir la mesa para comer (sin cubrebocas, si no, cómo). La vida, así, se nos va en situaciones que, por más que hubieses querido, no siempre podemos controlar.

Foto enviada por María Gladys durante convalecencia

El agradecimiento

Lo que siempre me queda claro, es que la solidaridad, la amistad y los apoyos mutuos en situaciones extremas –y no– es lo que nos salvan como humanidad. El día que ese motor de redes solidarias se agote, el día que se agote la empatía, se agotará la humanidad. Por eso esta pequeña familia estuvo a salvo con los cariños y atenciones de familiares y amig@s que, cada mañana o cada tarde, enviaban mensajes de aliento y seguimiento, bellas fotos, audios, comida o recomendaciones para el cuerpo y para el alma Y eso fue lo que nos sostuvo y nos sostiene, todavía al día de hoy, que mi madre sigue en vigilancia médica.

Lo quería contar porque, aunque sea por una razón dolorosa como ha sido esta pandemia, al compartirlo estamos haciendo comunidad, eso que nos es común y nos importa, o debería importar a tod@s.

Aleida Hernández
Aleida Hernández

Profesora e investigadora de la UNAM, ha escrito diversos libros y artículos sobre derecho, seguridad social, trabajo, despojo, luchas sociales y derechos de las mujeres. Actualmente es integrante del Grupo Interinstitucional y Multidisciplinario para atender la Declaratoria de Alerta por Violencia de Género contra las mujeres de la Ciudad de México.

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