El ‘streaming’ y la razón suficiente. Autora: Pilar Torres Anguiano

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Control remoto

Todo lo que escuchamos es una opinión, no un hecho.
Todo lo que vemos es una perspectiva, no es la verdad.
Marco Aurelio

Solía quejarme de los hombres y su obsesión con el control remoto. Pero ahora, cuando abro Netflix, paso y paso el dedo índice por la pantalla mientras desfilan ante mis ojos cientos de series, telenovelas y películas de todos tamaños y colores. Ya le di vueltas otra vez y sigo sin decidirme, como si tuviera en las yemas de los dedos el rumbo de mi destino. Repito el proceso en Amazon y en Claro Video… de acuerdo, también en BLIM, pero no juzguen, ustedes tampoco son perfectos. Me doy cuenta de que ya pasó un buen rato. A lo mejor así se sienten los que no saben decidir cuál de sus noventa corbatas, zapatos o bolsas usarán.

Ahora sé también qué sintió el asno de Buridán. Ese, al que dicen que le pusieron dos montones idénticos de alfalfa y al no saber por cuál decidirse, se quedó quieto hasta morirse de hambre. La supuesta paradoja consiste en que pudiendo comer no lo hace, por su incapacidad de elegir.

Jean Buridain era un filósofo y teólogo medieval que defendía el libre albedrío y la intervención de razonamiento en todas las cosas. Lo más probable es que el ejemplo del asno sea una sátira inventada por sus críticos a manera de contraargumento. Y es que no se puede razonar ni decidir cuando no hay un principio que dé sentido a la acción.

Al tomar una decisión intervienen muchos factores que no siempre están equilibrados. Elegimos basándonos en valores o experiencias previas. A veces ya tenemos decidido qué zapatos usaremos pero preguntamos a los demás solo por legitimar nuestra decisión (o por llevar la contraria). Psicológicamente solemos ver nuestras decisiones como algo razonable, aunque no siempre lo sean. Somos humanos. La cuestión que aquí se plantea implica una doble problemática: por un lado, la dificultad de tomar decisiones y por otro, la necesidad de encontrarle una explicación absoluta a todo.

G.W. Leibniz enuncia el Principio de Razón Suficiente, según el cual todos los hechos –aunque a simple vista parezcan azarosos o contingentes– poseen una explicación completa. De acuerdo a esto, la incomprensión de un hecho está dada por falta de conocimiento, información o capacidad.

Pero a nosotros los mortales, esto nos lleva a otro problema: el principio de razón suficiente también puede exagerarse y sacarse de contexto. Una cosa es explicarlo todo y otra creer encontrar patrones donde no los hay.

Esa tendencia de ver lo que queremos ver es tan antigua como el fundamento del principio enunciado por Leibniz. Se llama pareidolia y es un fenómeno psicológico según el cual, a partir de un dato o estímulo aleatorio –por ejemplo una imagen– percibimos erróneamente algo que no está ahí. Por eso estamos seguros de ver animalitos en las nubes, rostros en las paredes, virgencitas en el piso del metro Hidalgo, tratados ocultos o conspiraciones malignas por todos lados.

Una falsa percepción de patrones, de sentidos, de sincronías y de explicaciones es entendible si tomamos en cuenta que hay un abismo de posibilidades ante nosotros. Hay más de lo que nunca podremos abarcar. El efecto Netflix se multiplica en la realidad, en las cosas que sí importan y cualquiera se marea. Tal vez por eso fabricamos zonas de confort racionales, explicaciones que nos suenan suficientes y nos aportan la ilusión de situarnos por encima de la situación.

Entre nuestra incapacidad de decisión y nuestra tendencia a fabricar explicaciones artificiosas, Ockam –de quien por cierto, Jean Buridain era discípulo– puede orientarnos con su principio de economía, también llamado navaja de Ockam, según el cual, ante una multiplicidad de posibilidades, la explicación más sencilla suele ser la más probable.

Desde luego que el principio de economía no es irrefutable, pero es una argumentación fundamental, según la cual no hay verdades absolutas ni conceptos universales, sino formas de aproximarnos a la realidad. Es decir, todo se reduce a los términos que construimos para intentar explicar lo que nos acontece. El nominalismo sigue la línea de Marco Aurelio y sus principios son aplicables desde el pensamiento medieval, hasta los tiempos de la llamada posverdad. Aplica también a las corbatas y a las series de Netflix. Dicho en otros términos, no te compliques, elige una maldita serie o película y ya. Si no te gusta, no pasa nada.

Por cierto, entre todas las películas del universo (del universo Netflix, al menos) elegí por enésima vez El silencio de los corderos. En ella, el Dr. Lecter le dice a Clarice que el método más adecuado es la Simplicidad y le recomienda leer a Marco Aurelio.

@vasconceliana

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