El Señor de las Máscaras. Por Luis Sánchez

Por teléfono dijo, nada más tres muebles bromosos, una silla que es como un trono, un refrigerador de dos puertas y un centro de entretenimiento. Lo demás son cosas pequeñas y, salvo la lavadora y secadora, la mayoría son ligeras. Ah, y un cachorro. Le aseguro que está bien educado y no depondrá nada en su camión. Ni siquiera es de los que ladra, aunque tampoco por ello de los que muerde, muy buen perro el Maikol.

            Eso dijo y marqué en la hojita: flete de clase D mayúscula. Nada más por el centro de entretenimiento.

            Las cosas empaquetadas con tanta minuciosidad nos alegró a Pirruky y a mí. Porque es del carajo andar bordeando cosas regadas en el suelo a la hora de estar cargando un peinador o una base de cama; siempre un gorrito esperar al cliente juntar chucherías para llenar una caja y o, peor, que le pongan a uno a juntar chucherías.

            Todo fluyó de la manera más profesional, hasta nos felicitó el señor que nos contrató porque éramos cargadores más bien flacos, pero con bastante colmillo como para subir sin dañar el centro de tv al camión.

            –Nada más falta el Maikol –dijo cuando ya arrancaba para el nuevo hogar en su thunderbird– les encargo que cierren la puerta al salir. 

            Sí, nadamás el Maikol que era un rottweiler ya madurón. Yo lo vi tras la ventana de la puerta del patio y dije a Pirruky que sobres, al cabo el Maikol está educado y lo último que haría el cachorrito sería tirar la tarascada a un honrado fletero que se meterá en su territorio para sacarlo y llevarlo a sabedónde. Pirruky me dijo que no mamara y propuso un volado. Como soy justo no pude negarme.

            Bisibisibisi, perrito, me acerqué cariñoso pero el Maikol no se movía, permanecía sentado con la cabeza inclinada. Cuando le alcancé la nuca con mi mano dejó caer la lengua. Parecía que más que haberlo educado, le habían hecho al Maikol la lobotomía, arrancado tal vez con un picahielo y por los ojos los modales violentos. Lo trepamos al camión sin mayor problema.

            La otra casa era grande. El señor nos esperaba ya ahí, de pie en el jardín, con las manos en la cintura a la manera de Forrest Gump. De hecho, el ñori tenía algo de Tom Hanks aunque un poco pasado de peso y con una expresión de Drupy Dee en el rostro.

            –Se tardaron mucho ¿No habrán abierto mis cajas, verdad? –nos dijo para sorpresa de nosotros, que de rateros no teníamos pinta; bueno, Pirruky un poco, yo otro tanto, pero fue Pirruky más que nada porque él se fue atrás del camión para cuidar que el Maikol no causara desmanes a los muebles.

            –Pásenle ya, ombre, tengo un poco de prisa.

            Al darnos la espalda Don Ñori le pinté un dedo. Esto debió despertar la ira de Maikol porque apenas y mi grosería escuché a Pirruky batallar con el can. Pobre de mi camarada que fue a dar de espaldas al suelo junto con una de las preciadas cajas del Ñori. Maikol se me echó encima como Dino con Pedro Picapiedra y luego todo pasó tan deprisa que no supe a dónde habíase ido. Cuando descubrí mi rostro el Ñori me tendía el brazo para que me levantara.

            –Ay disculpa, mano; debió tener miedo por el cambio; nunca había hecho eso el Maikol.

            Temblando de miedo fui a ayudar a Pirruky con la caja; un montón de revistas pornográficas se habían desbordado de ésta cuando cayó y se desfondó. Ñori dijo que eran lo único que pudo conseguir para proteger lo que en realidad cargaba dentro de la caja. Se apresuró a cerrarla y no le importó dejar un montón de mujeres en pelotas en medio de la calle. Pirruky se guardó unas en la bolsa trasera del pantalón.

            –Bueno bueno, cárguenla y métanla ya por favor.

            Estaba pesada la cajita de porno-amortiguador, y luego era subirla al segundo piso. Qué carajos. Aprovechando que Ñori no estaba a la vista descansamos a mitad de las escaleras y esculcamos para ver aquello que según, las revistas amortiguaban. Entre todo el papel de carne desnuda vimos la máscara, o más bien el rostro de mujer que le hizo a Pirruky dar un salto para atrás, yo hice lo propio cuando creí que los labios dibujaban una sonrisa. Qué carajos dije otra vez. Don Ñori gritó desde afuera que le ayudáramos con una televisión que traía en su carro.

            –Oiga ¿Usté colecciona máscaras, o qué? –soltó Pirruky impertinentemente cuando ya cargábamos la tv.

            –Les dije, ¿abrieron mis cajas verdad?

            La vimos cuando se cayó; la vimos cuando usté cerró las solapas; le vimos empaquetar unas de madera en la otra casa; vimos un cuarto allá arriba con muchas colgadas.

            –Yo me dedico a elaborarlas –dijo para callar las excusas–, pero las que cuelgo en mi casa las he conseguido por internet y en unas cuantas subastas. Todas son especiales y van muy bien con el mobiliario que tengo.

            –Oiga, ¿y la sillota era de un rey o qué? –Pirruky rápido agarra confianza. Y aunque a Ñori no pareció caerle bien la manera en que se le cuestionaba nos dijo que era de su suegro, un loco jodido que le pasó la enfermedad a su esposa.

            La verdad era que Ñori con todo y su carota de sepultura de secretos tenía muchas ganas de hablar, más que nada de esa pasión que seguro le retribuía más que la misteriosa esposa locochona.

            –Miren esta antes de que bajen la silla al sótano –Dijo entusiasmado cuando escarbaba en una caja de madera (¿Al sótano? Preguntamos al mismo tiempo Pirruky y yo en nuestras mentes).

            –A esta la llamo Ramsés la antigua. No tienen idea de lo que me costó. Es de procedencia africana y la encontraron dos aborígenes cuando se paseaban por el desierto. Según Ramsés, que es mi contacto por internet, el hallazgo les costó a los pobres la sonrisa. Ya no volvieron a reír los cabrones en toda su vida.

            Daría miedo verla a mitad de la noche, pero entonces me dio más risa porque era exactamente la mueca que podía Pirruky cuando algo le emocionaba. Decir que el cabello era también parecido sería exagerar, porque el de mi camarada era castaño y Ramsés la antigua lo tenía rubio, aunque por aquello de los estropajos había un poquillo de parecido.

            Ñori la guardó rápido cuando se oyó el grito de su esposa que lo llamaba.

            –Bueno bueno, bajen rápido las cosas porque tengo prisa. El trono del suegro va en el sótano, eh.

            Desapareció Ñori hacia el piso de arriba. Yo me quedé mordiéndome las uñas mientras Pirruky me inquiría con la mirada que qué procedía, porque a él yo no le mencioné sótano y pues era un piso más que se había de considerar a la hora de la paga. Ñori se lo había guardado más que las máscaras y también eso me molestó a mí. Reapareció con una de Jason, no el del Argos (esque soy un fletero leidillo), pero el de viernes 13, y:

            –Ora, ¿no les dije que tengo prisa? –dijo cuando vio que no habíamos movido un dedo.

            –Discúlpeme, señor; es que usted no me dijo nada de un sótano; y pues eso amerita otra cuota.

            Ñori dijo después de desviar la mirada al suelo y acariciarse la barbilla:

            –Bueno, entonces súbanlo al segundo piso; pero ya, órale –y se guardó la de Jason enojado.

Pirruky creyó que nos la iba a regalar y se arrepintió porque nos pusimos rejegos. Yo también lo creí. Qué carajos. Aparte era más difícil subir el trono que bajarlo, al chile que Ñori nomás por joder; como nosotros ya que lo pensé bien después. Pero pues qué carajos, me dije otra vez.

            Lo bueno que era al primer cuarto de arriba, no había que pasar por el pasillo de paredes estrechas a las que Ñori nos pidió con todo el rigor que no tocáramos ni con el colchón de la cama.

            –Ni un rayoncito por favor, mano, ahí les encargo, a mí nada se me escapa.

            Ñora estaba haciendo aeróbics cuando entramos. El clima estaba a todo lo que daba y olía a yerbas, creo que a poleo, aunque eso qué. Cuando nos vio se nos acercó como esperé que se hubiera acercado el Maikol cuando lo conocí en el patio. Yo pensé que nos tiraría una mordida a uno de los dos.

            –¿Quequé? ¡Nónononono! Ese va en el sótano, papito.

            Pusimos el mueble en el suelo mientras recuperábamos aire, por el esfuerzo de cargar la sillota y por el susto que nos metió Ñora Locochona.

            –Aquí está bien –entró Ñori a nuestro favor–. Ellos no lo van a bajar porque no pienso pagar más de lo que les dije y ese mueble yo lo hubiera dejado allá de no ser por tí. Así que aquí te lo aguantas– sentenció y azotó la puerta. Cosa extraña porque nosotros también debíamos salir, has de cuenta que Ñori discutía con su mujer sin considerar que ahí tábamos.

            Ñora agarró un frasco de perfume y lo quebró contra el trono. Quedamos salpicados de J Lo fragance. Luego agarró una planta que sacó del cajón y se sentó en un rincón, en el suelo, con las piernas abrazadas y balanceando la espalda para atrás y adelante. De cuando en cuando emitía un berrinche ahogado. 

            Un pedote fue meter el colchón al que el ñori llamaba cuarto de utilería. En todas las casas que hemos estado eso es una lavandería tamaño Infonavit, pero qué carajos. El king Size roto y lleno de chinches y polilla no cabía por la puerta. Pero Ñori estaba afanado. Nos hizo quitar la tabla y luego él mismo se remangó la camisa para tumbar a martillazos el marco. Bueno, a mazazos. Con dos tres trancazos tumbaba un buen trecho de pared. Luego el típico ¡uno dos tres y huuuu! ¡uno dos tres y huuuu!

            El colchón estaba atorado y era ya pasarlo a base de güevos porque no había marcha atrás. Pirruky y ñori jalaban desde adentro mientras yo empujaba desde afuera. Fue cuando vi la mano, en el patio, al lado de la casita del Maikol. Los dedos se movían, o más bien se contorsionaban, como los últimos reflejos del que se muere.

            –¡Eh! ¡empújale, cabrón! ¡No mames¡ ¡No nos ayudas nada, güey! –Pirruky a mí.

            Uno dos tres… Maikol me veía sentado en sus dos traseras.

            –¡Ya mero ya mero pasa! Una dos tres…

            Volteé nuevamente y Maikol dejó caer la lengua como antes lo había hecho en la otra casa. La mano seguíase moviendo.

            Una dos tres y finalmente el colchón entró. Qué carajos. Yo con toda la curiosidad y el miedo al perro que me embistió en el jardín, me apresuré al patio para ver de cerca la mano. Aunque luego Ñori explicó que era un juguete del Maikol para entretener los dientes a mí no dejó de parecerme una mano que debió pertenecer a un cristiano.

            –Está hecha de goma rellena de harina con unos insectitos adentro. Por eso se mueve. Esa mano también me costó lo que no imaginan y, por supuesto, tiene su historia –explicó Ñori un tanto nervioso.

            Yo la hubiera agarrado, pero apenas y acercaba la mano a la mano Maikol gruñía y enseñaba los dientes. Perro del carajo. Algo en la cabeza de Maikol no funcionaba como debía.

Seguramente recuerdan el pasillo del segundo piso al que ñori nos pidió que no rayáramos. Pues tocó la de pasar por ahí el centro de Tv. Así de flacos nosotros y de jodidamente estrecho el pasillo y de tan incómodo el mueblezote pesado sin dedondesostenerlo, seguimos las palabras de ñori al pie de la letra, ni rayón en el suelo dejamos. Ñori estaba feliz por nuestro alto desempeño fletero y no se diga nosotros.

La Ñora tenía qué ser, la ñora qué agüitarnos.

            Cuando bajamos nos esperaba de brazos cruzados al lado del refri.

–No pienso pagarles un centavo por el trabajo. Ay a ver cómo le hacen porque ni lo que se iban a ganar con toy y propinas paga esto.

            Después de ver el triple y paralelo rayonzote en la puerta del refrigerador miré a Pirruky entrecerrando los ojos.

            –Es que el perro se puso bien mal pedo. Yo creí que me iba a morder y te gritaba pero no me oías por todo el desmadre de la avenida y el motor del camión. Y… y… y… pues tuve que protegerme y me metí en el refri. Pero así no estaba cuando lo bajamos, al chile.

            –Pues a mí no me importa. Me lo pagan o llamo a la policía ahorita mismo para que se arreglen con ellos.

            Es que uno no se espera esos gritos carajos después de tanta minuciosidad para manejar los muebles. Digo, yo soy bien bueno para nada en mi vida, pero para los fletes no hay quién me supere. Acomodo y despacho como ingeniero certificado.

            –¡Mire, señora…! –fue lo único que atiné a decir porque mi voz comenzó a temblar. De la rabia. Mejor me salí y dije a Pirruky que me siguiera. El trabajo se suspendió mientras nosotros averiguábamos afuera de cómo habríamos de proceder y Ñori hablaba con Locochona. El pedo es que a mí se me salieron las lágrimas de tan enojado que estaba y eso me dio más rabia todavía. Agarré una silla y casi la rompo en el suelo de no ser porque Pirruky me contuvo. Me caga que Yo Fletero, capaz de tan grandes empresas fleteras, tenga que llorar cada que se me grite, porque me enojo y no me puedo contener, ni siquiera explicar. De verdad que le tronaba la silla a Pirruky en la cabeza nomás por desquitarme con algo, pero me conmovió que, Pirruky fiel, sabe cómo hizo para derramar lágrimas él también porque, puedo jurarlo, ni ganas de llorar tenía, era nada más para acompañarme. Pirruky es como el Maikol; uno nunca sabe cómo va a responder.

            El caso es que Ñori salió y disculpen a mi señora y me consta que no son trochos que le han echado ganas que esto y aquello y no hay pedo; sigamos bajando lo poco que queda porque tengo prisa y por favor no lloren, dijo mientras le agarraba la cabeza a Pirruky que para coincidir con mis comparaciones dejó caer la lengua.

            No. Pirruky estaba bajo el influjo de alguna brujería o eran mis ojos. Pirruky no saca así de brutescamente la lengua, a lo más hubiera sonreído como bruto pero no dejaría caer así la lengua.

            –No te apures. Se les va a pagar y hasta con propina. Pero órale que tengo cada vez más prisa –Ñori´s.

            Ramsés la antigua ya estaba colgada y a su lado aquella que me sonrió entre las revistas porno. Ahora tenía una mueca burlona y pues no me importa si me creen o no porque, así como lo narro de pasajeramente así lo tomé en su momento. Llevábamos un espejo al cuarto de Locochona. Cómo se me antojó ponérselo cual poncho a aquella. Un poncho de reflejos con cuello de pedazos afilados de cristal. Órale. Por culera.

            –Ahí, papito, ahí abajo. Averaver, ayúdame con esta caja –Locochona a Pirruky.

            Yo di media vuelta y me apresuré a salir. Que Pirruky la ayude porque yo ni la palabra le dirijo a la caraja.

            En el camión ya sólo quedaban unas cuantas bolsas. Así que no noté la ausencia de Pirruky hasta que Ñori tuvo que ayudarme con el último paquete porque yo solo no podía. Apenas íbamos a entrar a la cocina cuando se oyó casi a todo volumen la rola:

“…qué calor, qué calor que tengo yo,

Que levante la mano como yo

El que quiera un vino en cartón…”

              A Ñori no le agradó nada el hecho. Bufó y yo juraba que sacaba humo por las narices. Puso el paquete en el suelo y subió encabronado. Y pues a güevo que yo detrás de él, quería ver su furia desencadenada: órale cabrona por ojete; y usté cabrón por descuidar su jale y ponerse a bailar. Porque ya a medias escaleras se oía cómo gritaban las risas de aquella y cómo aquél marcaba el ritmo con un aplauso y un: ¡eh! ¡eh! ¡eh! Entonces era de esperarse que al abrir la puerta Pirruky bailaba magistralmente colombiano y ella torpemente trataba de seguirlo, dándole vuelta a los brazos como haciendo un meteoro de pegaso y moviendo los pies en un vals sin ritmo. Feliz de la vida, Locochona.

            –¿No oiste, mujer; que tengo prisa? ¿Qué tienes en la cabeza, chingado? ¿cagada?

            No había visto yo la máscara que traía Pirruky. Era una risueña, de esas que ponen siempre para representar al teatro acompañada de una triste. Y el camarada no se detenía. Estaba como en un trance. Todavía apagó Ñoro la música y siguió dando vueltas con tanta gracia que yo pensé que no era Pirruky.

            –¡Eh! ¡eh! ¡eh! –decía con ritmo para seguir bailando.

            Ñori fue hacia él y le arrebató la máscara. Luego; le quitó toda la gracia que desplegaba a mi amigo. Ahora sólo se movía sin ritmo y como que poco a poco se daba cuenta de la realidad. Imaginé a un trompo al que se le acaba el vuelo y que medio baila hasta quedar inmóvil.

            –Es que estaba muy triste, papito; estaba a punto de llorar.

            –Eso no me interesa, mujer. Está trabajando y te aclaré muy bien que tengo prisa. A ver.

            Ñora se puso histérica cuando Ñori recogió una caja que estaba en el closet y se la llevaba.

            –Vénganse ustedes pa pagarles. Pero devolada porque ya no tengo tiempo –nos dijo desde la puerta que cerró nada más la traspasamos. Me dio cosa Locochona que se quedó golpeando el espejo hasta sangrar, como una niña berrinchuda a la que se le quitó un juguete.

            Ya en el camión ambos estábamos contentos. Ñoro pagó lo que acordamos y aparte una jugosa propina. Vi a Pirruky que dormía contra la puerta del camión, sonreía de vez en vez. Me dije que qué cosas, seguro que si cuento lo que acabamos de ver no me lo creerían, de hecho, en el momento yo mismo no me lo creía. Acaso el Ñori era brujo y tenía bajo un sortilegio al Maikol, luego a Pirruky cuando dejó caer la lengua. Y las máscaras y Locochona. Lo mejor, lo que siempre queda después de un flete es el cansancio, y esa satisfacción de haber dejado la impronta profesional de mi trabajo. Eso sí siempre lo cuento, el mundo debe saber que aún hay buenos fleteros mudando gente hoy en día.

twitter@bonsiul

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