Inicio Opinión El Segundo Piso de la Transformación es tomado por el priismo (Eruviel,...

El Segundo Piso de la Transformación es tomado por el priismo (Eruviel, Chong, Murat). Autor: José Reyes Doria

Foto: Edgar Negrete Lira | Cuartoscuro

José Reyes Doria (@jos_redo)

El PRI no se crea ni se destruye, solo se transmuta. Hasta los años noventas, el PRI parecía invencible, pero fue derrotado en el año 2000, y fue arrasado en el 2018. Hoy el PRI clásico está muerto: no existe posibilidad de otra resurrección como la de 2012 cuando volvieron a ganar la Presidencia con Enrique Peña Nieto. Pero lo que hoy parece invencible es el espíritu y la cultura política priista. Sus genes siguen triunfando. En los gobiernos panistas de Fox y Calderón, 2000-2012, la cultura y los políticos priistas siguieron vivos. Se reprodujeron con entusiasmo sus formas de hacer política, sus estilos de gobernar, su la demagogia, corrupción y autoritarismo. Nunca desmontaron las estructuras de la longeva dominación tricolor.

Tanto la clase política como la sociedad, en una suerte de síndrome de Estocolmo, decidieron volver a entregar el destino del país al PRI en 2012. Peña Nieto y su camarilla decidieron explotar hasta el delirio la franquicia tricolor, poniendo en práctica un esquema de saqueo y corrupción brutal, con cuotas excelsas de autoritarismo, negligencia, insensibilidad e ineficacia: el sello de la casa en su última gestión. El castigo del electorado en 2018 fue demoledor, el PRI quedó herido de muerte.

Pero la cultura priista goza de cabal salud. Políticos emblemáticos del PRI siguen ocupando posiciones políticas determinantes, al conjuro sencillo de cambiarse de chaqueta. Son innumerables los gobernadores, legisladores, alcaldes, que apenas ayer eran priistas y que Morena y el obradorismo hicieron suyos (los más burdos, los gobernadores de Tamaulipas, Hidalgo, Sonora, Sinaloa). En estos días, al influjo de las campañas electorales, Morena y el obradorismo consideran que ya no hay límites, y están reclutando figuras priistas que jugaron papeles estelares en el corruptísimo sexenio de Peña Nieto.

El Secretario de Gobernación peñanietista, Miguel Ángel Osorio Chong; el titular de la SEDATU, Jorge Carlos Ramírez Marín; el titular de la SEDESOL, Eviel Pérez; Marisela Morales, titular de la PGR; el ex gobernador del Estado de México, Eruviel Ávila; el último gobernador priista de Oaxaca, Alejandro Murat, entre muchos otros fichajes prometedores. Todos estos personajes fueron protagonistas destacados en el sexenio de Enrique Peña Nieto. Sí, ese gobierno y ese grupo que rechazaron brutalmente los electores en 2018, vuelven por sus fueros. ¿Y la Estafa Maestra? ¿Y el negociazo del nuevo Aeropuerto cancelado? ¿Y Ayotzinapa? ¿Y las Casas Blancas? ¿Y el repudio social profundo y definitivo hacia el peñanietismo?

En este espacio hemos señalado que el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, más allá de la propaganda de la llamada Cuarta Transformación, puede presumir de al menos dos cambios profundos: la política social basada en programas sociales elevados a rango constitucional; y la política de recuperación del salario mínimos. En el resto de los rubros, sus resultados son de claroscuros. En materia política, AMLO ha restaurado algunas de las formas de hacer política más características del priismo: usar la mayoría para apabullar al Congreso; el discurso monótono centrado en el pueblo, similar al discurso priista clásico de la justicia social, el culto a la personalidad del Señor Presidente.

La reedición de la aplanadora partidista, para ganar todo sin importar formas, acuerdos, adversarios, sacando provecho de los recursos y poderes públicos para exacerbar las ventajas. El centralismo y el caudillismo del Presidente recuperan fuerza. El debate y la discusión pública se debilitan, los adversarios son satanizados sistemáticamente, y hay una política consistente para achicar o someter a otros poderos y contrapesos. Como en el priismo clásico, reaparecen, por ejemplo, los desplegados de los señores gobernadores en apoyo incondicional a cualquier decisión del Líder que encarna la República.

Entonces, podemos decir que la cultura política priista en realidad nunca se ha ido.  Lo que parecía improbable en después de la rebelión cívica de 2018 en materia de reciclaje de la clase política priista está ocurriendo: personajes del mismísimo sexenio corrupto, autoritario e ineficaz de Peña Nieto están siendo reclutados por el obradorismo y se suman a la campaña de Claudia Sheinbaum. Es interesante que Claudia avale esto, por varias razones, pero por una en particular: ella no surgió del PRI, a diferencia de López Obrador que se formó y embebió del priismo clásico en su vertiente del sureste. Es decir, ¿por qué Claudia siente o piensa que necesita a priistas del repudiado sexenio de Peña Nieto?

Si las encuestas marcan una ventaja de entre 20 y 50 puntos de Claudia sobre la candidata opositora Xóchitl Gálvez, entonces, para qué sumar a personajes tan cuestionables, políticos que hasta la misma militancia obradorista y periodistas asiduos al régimen rechazan. En efecto, cuando Claudia presentó en sociedad al oaxaqueño Eviel Pérez, en un acto en Oaxaca, se llevó una rechifla monumental; y el gobernador morenista Salomón Jara ya dijo que no va a perdonar las corruptelas de Murat. El monero Hernández dijo con doloroso ingenio: “ya mejor hagan alianza con Alito” ante los fichajes peñanietistas. El periodista Álvaro Delgado despotricó: “de una vez que Claudia Sheinbaum sume al ladrón de Enrique Peña Nieto y al narcotraficante Felipe Calderón. Por su parte, el columnista Fabrizio Mejía se indignó así: “tanto leer a Gramsci y, cuando tienen la construcción de un bloque hegemónico enfrente, lo confunden con traición”.

Lo interesante, reitero, es que Claudia sienta esa inclinación hacia estos priistas peñistas. Tal vez sea cierto lo que una vez dijo Felipe Calderón: todos llevamos un priista dentro. Claudia, cuya formación política es estudiantil de izquierda, sucumbe al embrujo de reclutar priistas, peñanietista para más agravio de sus bases; como en su momento sucumbieron Fox y Calderón en sus gobiernos. Esto contrasta marcadamente con el reciente episodio de la candidatura de Clara Brugada al gobierno de la Ciudad de México, donde hubo una rebelión de bases populares para evitar que un político filo-prianista obtuviera la candidatura de Morena. Ante esa gesta, los priistas del peñanietismo entran por la puerta grande para construir el Segundo Piso de la Transformación.

¿Estamos ante una expresión irrefutable de la victoria cultural del PRI? Se entiende que la suma de esos personajes del PRI profundo obedece a la necesidad de asegurar el triunfo electoral en las elecciones del 2024, que esos personajes y esas prácticas ayudarán con recursos, con aliados, con operadores, con información, con influencias, a ganar la Presidencia y el Congreso. Pero precisamente esta es la victoria cultural del priismo: la aplanadora a-moral para ganar el poder. Sí, con un proyecto; sí, con ideales. Pero en una escalada en la cual, al acumular tantas posiciones, la motivación que se va imponiendo fríamente y sin remordimientos es la de ganar más poder para tener todo el poder.

No es que asuste esa concentración en y del poder. Es consustancial a la política. La realpolitik, le llaman. Pero será interesante observar la forma en que se tratará de justificar y legitimar ese viraje de Claudia Sheinbaum y el obradorismo. Queremos ver cuál será la fórmula retórica para convencer obradorismo-claudismo de que un Murat o un Chong encarnarán la transformación en favor del pueblo. O tal vez, como lo hizo el presidente Miguel Alemán en 1946 respecto a la Revolución, el mensaje es que la Transformación se acabó y entramos a la fase de administrar los cambios y conservar el poder.

En cuanto al PRI, ya podemos decir que su Cuarta Transformación será cultural y espiritual, con una buena cantidad de heraldos que coparán los espacios de poder en el obradorismo-claudismo para revalorizar al priismo puro. La Primera Transformación del PRI fue su nacimiento mismo, en 1929 (Partido Nacional Revolucionario), para civilizar la lucha por el poder entre las facciones revolucionarias. La Segunda Transformación fue en 1938 impulsada por el General Cárdenas (Partido de la Revolución Mexicana), para incorporar a las masas populares, aunque tuteladas por las dirigencias. La Tercera Transformación fue con Alemán en 1946 (Partido Revolucionario Institucional), para bajar a la Revolución del caballo y construir las instituciones políticas del priato.

La Cuarta Transformación del Tricolor, esa que intentó Carlos Salinas de Gortari en 1988-1994, no será bajo la figura de un nuevo partido, o un cambio de nombre. Está ocurriendo a partir de una absorción irrefrenable de la cultura política y de políticos cuestionadísimos priistas, por parte de un partido-movimiento gobernante como el obradorismo-claudismo de Morena. Pronto sabremos si en el horizonte político mexicano emerge una nueva versión del Partido de Estado, obra maestra del priismo, o si los reductos izquierdistas anti prianistas logran contener al priismo que busca colonizar al régimen obradorista-claudista.

Veremos si el electorado es indiferente a todo esto, si lo avala, o si decide censurar en las urnas estos atrevimientos. También podríamos ver una rectificación de Claudia. Veremos.

José Reyes DoriaPolitólogo por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, y Maestro en Auditoría Gubernamental por la Facultad de Contaduría y Administración, ambas de la UNAM. Asesor parlamentario en diversos órganos de gobierno y comisiones de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión. Colaborador en portales informativos. Conferencista sobre temas legislativos y políticos. Consultor en materia de comunicación política, prospectiva y análisis de coyuntura. Contacto: reyes_doriajose@hotmail.com rdj082013@gmail.com

Deja un comentario

Discover more from Julio Astillero

Subscribe now to keep reading and get access to the full archive.

Continue reading