El respeto como un bien común. Autora: Emma Rubio

El esfuerzo por comprender el universo es una
de las pocas cosas que eleva la vida humana
por encima del nivel de la farsa y le confiere
un poco de la dignidad de la tragedia.
Steven Weinberg

Albert Einstein decía: ¡Dios no juega a los dados! Y en efecto, es realmente impresionante lo que en general el mundo es, lo que implica, genera y sobre todo, lo que habita en él.

¿Qué papel tenemos nosotros dentro de este mundo? ¿Qué nos hace especiales como para ser dignos de poseer al habla? ¿Por qué somos los únicos capaces de sumergirnos en nosotros mismos y descubrir en este sumergimiento un otro; que no siendo yo e incluso radicalmente distinto a mí, me descubro en él? Esto es verdaderamente un misterio, un misterio que brota de la energía que mueve a la humanidad y que una de sus tantas manifestaciones podría ser la libertad. Sin embargo, esta libertad no nos dota de superioridad con respecto a los animales ni a la naturaleza; simple y sencillamente somos privilegiados, pues al ser libres podemos ser también los más espiritualizados porque damos sentido a las cosas, nombramos el mundo y nuestra mente se refleja en el universo. Si admitimos esta espiritualidad, podríamos respaldarla con el intelecto de Anaxágoras, los animales espirituales de Descartes, la mónada de Leibniz, la física de Newton, la psiquis de Theilard de Chardin. Parafraseando a Frei Betto dice: “Si hay un espíritu que todo lo informa, anima, vivifica y satisface, en el cual nos movemos y existimos –como asegura san Pablo– éste no estaría exclusivamente en el ser humano”.(1999,p.35) Esto significa que no somos poseedores del mundo y que cohabitamos con todos los seres que lo hacen y significan con el paso del tiempo.

Si nos basamos un poco en la teoría de la física cuántica, comprenderemos que cada uno de los electrones que conforman nuestra estructura orgánica y vital lleva en sí una historia del mundo, la cual nunca se pierde puesto que fue parte de la explosión del Big Bang, de la fusión termonuclear de las estrellas, en el hierro que se quebró en la explosión de una super nova y en la periferia estelar de la nebulosa, en los gases que moldearon la tierra, en los insectos y los dinosaurios, en las plantas, y por supuesto, en los seres humanos que nos precedieron en nuestro tiempo.

Somos seres de historia, estamos inmersos en un mundo que comenzó justo con el tiempo, y que conformamos parte de la obra maestra de la naturaleza. Por lo tanto, debemos tener cuidado de no transformar al mundo en un monumento petrificado. He aquí la importancia que adquiere la noción de respeto como un bien común. Si comprendemos lo antes mencionado, comprenderemos la importancia que adquiere el tener respeto por el mundo y todo lo concerniente a la existencia en él, ya que de lo contrario, nos convertiremos en seres caprichosos con egos inflados en quienes el antagonismo ya no se centra en cuerpo y alma sino entre cabeza y corazón, entre la razón iluminada y una emoción infantilizada, entre el saber revestido de prepotencia y vanidad. Ante tanta miseria, se ha perdido la auténtica capacidad de asombro; ahora el asombro nos surge de la furia de la naturaleza, del sobrecalentamiento de la tierra, de la bestialidad en la que cae el ser humano. Nos hemos convertido en seres asombrados por la destrucción de nuestro propio habitat y nuestros “avances” sólo tienen que ver con la sobrevivencia de la especie humana; las soluciones ya ni siquiera las estamos buscando en este mundo sino que nos empeñamos por ir hacia el espacio, buscando un lugar habitable hacia donde huir.

Muy ciertas resultan las palabras de Einstein cuando decía que la naturaleza representa aquello que en matemáticas se podría imaginar como lo más sencillo.

Como vemos, si consideramos al respeto como parte fundamental de nuestro modo de ser en el mundo, se modifica considerablemente nuestra visión de éste.

En 1926 Einstein en una conversación que tuvo con Heisenberg dijo que el observar, significaba construir una conexión entre un fenómeno y nuestra concepción del fenómeno. Interesante postura pues la física cuántica afirma que no se puede separar cartesianamente la naturaleza y la información de ésta; en última instancia, predomina la relación entre sujeto y objeto, es decir, una relación que podríamos encaminar hacia un plano dialógico.

El físico alemán decía que la libertad humana es también un reducto cuántico ya que no hay leyes ni cálculos que prevean lo que hará un ser humano. Así entonces, el núcleo central de nuestra estructura humana será la libertad pues al ser humano no se le puede obligar ni siquiera a aceptar lo que se considere verdadero, tal fue el caso de Galileo y Giordano Bruno.

Si vemos nuestro don de la libertad y nuestra actitud de respeto desde la óptica cuántica, nuestros viejos esquemas deterministas, se reinstaura al ser humano como un ser histórico eliminando todo intento de atomización, iniciando así una interrelación con la naturaleza, con nuestros semejantes, es decir, con el mundo. Esto es lo que se ha denominado como el “salto cuántico”, el cual no sólo es un desafío para la ciencia sino que constituye también un gran e interesante problema filosófico. Ojalá que aprendamos a dar este salto cuántico y nos dejemos de batallas absurdas, en este mundo no se trata de tener la razón sino de aprender a vivir en cordialidad, pero tal parece que el mundo está ávido de pisotear, calumniar y destrozar al otro con tal de ponderar su razón.

@Hadacosquillas

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