El redentor. Por Luis Sánchez

Por Luis Sánchez

“Argos, aquí yaces; y toda la luz que

tenías en cien ojos se ha extinguido

y una sola noche los cubre.”

Ovidio, Las Metamorfosis

Fiera la noche, fiera la luz estelar que atraviesa al cielo. Un vendaval de voz azarosa y arcano sentido, un tétrico silencio. Baila el fárrago de hojas y desechos a lo largo de la calle, bajo los brazos de árboles que mudan; cada casa asiste a la danza, solitaria. Sólo un hombre mantiene la vigilia en aquella bruñida oscuridad, uno que nunca duerme. Sentado, rechinando tenue su mecedora en el pórtico, se mantiene alerta. Émulo de algún ser superior, aprendió a dosificar el quehacer de su actividad mortal: sus ojos engañan, quienes los han conocido aseguran que jamás reposan tras los párpados, el hecho es que uno vive del día y otro de la noche; su actividad mental, consciente, no cesa, usurpa el tiempo del descanso.

            Se le ha encomendado una tarea; debe guardar a una mujer transformada en bestia. Una mujer que pecó de lujuria con un poderoso, el que lamenta la condición de su amante. Pero es poderosa también la que vindica de aquella suerte su injuria, es iracunda su cónyuge.

            Son ya muchos años los que se fueron el que no reposa vigilante, la mujer bestia cautiva. Es esa fiera noche la de la redención para ambos.

            Otro hombre está despierto en aquellos momentos, camina la calle contra el viento y a éste le opaca su voz desgraciada con un silbido divino. Él también ha aprendido sus artes de alguna deidad: es mortalmente avasalladora cada nota de su música, la que mana sin instrumento alguno, la que duerme o despierta según la intención. Guarda una espada de hoja de oro, de infinita delgadez; ataviado en negro, camina rumbo al encuentro del que no duerme, su encomienda es acabar con los días y noches del carcelero, liberar a la amante del poderoso.

            –Esa melodía es mágica –habla el de los ojos alternos cuando el otro ya está cerca– no me oculta nada.

            –No es la intención –le responde el otro, con una voz musical– eso lo debes saber también.

            –Pues no insistas en avanzar.

            –Eso no depende de mí. Como no depende de ti regalar la batalla –dice esto el caminante sin alterar su paso.

            –Bien, duerma pues ella para no presenciar la sangre, porque de nada sirve conmigo tu artificio.

            A la sazón, una sustancia musical hace descansar a la mujer cautiva, que admiraba dentro del hogar. Muestra entonces la espada el redentor, muestra la suya el carcelero. El primero divide el aire con su hoja de oro, buscando dividir también a su oponente, pero el otro es rápido y esquiva la acometida de un movimiento. Dos veces éste ondea la espada sobre su cabeza y la baja mortalmente contra su enemigo. Suena el metal; espada y espada se encuentran, la siguiente acometida será fatal. En los ojos del que no reposa puede ver el músico días y noches sin fin; se torna distante un segundo, fatal descuido. Un segundo le basta al guardián para retroceder un paso y dar agachado una vuelta completa a la espada sobre su eje. En dos partes, desde la cintura, cae el encargado de liberar a la cautiva, pero no brota de su cuerpo ni una gota de sangre. El verdugo se extraña.

            En un instante alargado se da cuenta de la verdad. Alcanza a ver su propio cuerpo sin cabeza, bañado en sangre y palpitante aún; alcanza a ver la espada en su costado, jamás en aquella batalla, si viene al caso el vocablo, desenfundada. Antes de perecer, también acierta a ver enfundar la de oro a su opuesto; repróchase entonces el haber subestimado su letal arte, la soñolienta melodía de muerte.

twitter@bonsiul

Deja un comentario