El recurso a la Ley. Autor: Federico Anaya Gallardo

Colotlán

Te sigo contando, lectora, historias de nuestra gran guerra civil en Jalisco. La semana pasada te relaté que en 1857 el párroco de Colotlán, Andrés López de Nava, había golpeado en la plaza pública a un hombre de Santa María de Los Ángeles o de Colotlán, Ramón Rodríguez. El historiador Will Fowler usa este incidente para subrayar cómo –justo al inicio de la hecatombe– cambió la percepción social de personajes prestigiosos. López de Nava era un erudito (doctor en teología), orador mediano y buen predicador.

Su vocación sin duda era seria, ¿en 1835 qué hombre de poca fe atravesaría desiertos y mares (antes de que hubiese ferrocarriles y vapores) para que el obispo de Nueva Orleans lo ordenase? Por ello, no extraña que sus feligreses le hayan electo como diputado federal en 1845 –cuando empezaba la crisis con EU. Algo sabría el cura de la república protestante… que hasta la había visitado. Un contemporáneo –el historiador jalisciense (también cura, pero liberal) Agustín Rivera Sanromán– decía que a López de Nava se le escuchaba con agrado y se le reconocía talento. Pero también recordaba que “no tenía rey ni roque”, es decir, que era impulsivo y no obedecía. Y que gustaba de los lujos y que apostaba en los naipes tanto en su región, como en sus metrópolis (Guadalajara y en México).

Cuando la Revolución de Ayutla (1854) encumbró a los liberales puros en un nuevo gobierno nacional, López de Nava escogió las banderas conservadoras. “Audaz, de genio socarrón [y] tremendo escritor público” (otra vez Rivera Sanromán) atacó por todos los medios a los liberales. Durante la guerra civil (1858-1861) el cura de Colotlán publicó desde Guadalajara un librito satírico (67 páginas) bajo el título Carta al presbítero D. Juan Navarro, redactor en jefe del Boletín del ejército constitucionalista (1859). Gracias a la Universidad Autónoma de Nuevo León, tú y yo podemos leerlo en siete archivos de formato PDF. (Liga 1.) Al perder los reaccionarios, López de Nava huyó a las montañas del actual Nayarit. Luego, el gobierno liberal de Zacatecas le permitió regresar a su región, residiendo en Valparaíso hasta su muerte en agosto 1862. (Liga 2.)

Pasemos ahora a su víctima: Ramón Rodríguez, vecino de Colotlán o de Santa María de Los Ángeles. Gracias al expediente 6706 del Archivo Histórico del Estado de Jalisco (AHEJ, Gobernación, Iglesia, G.4, 1857, Caja 2), sabemos que en 1857 el cura López de Nava le dejó la cabeza descalabrada, cuatro verdugones en la espalda y moretones en un brazo. También sabemos que Rodríguez se gastó al menos 7 reales en documentar la agresión. Casi un peso fuerte (que tenía 8 reales). Aparte, Rodríguez pagó médico, servicios legales y correos. Lo hizo pese a que podría haber “arreglado” el asunto a golpes –según explicó en su oficio al gobernador liberal de Jalisco el 25 de mayo de 1857. No usó la fuerza porque un jefe político le había recomendado usar el camino de la Ley.

Contrario al cura López de Nava, me fue más difícil encontrar noticias del ciudadano Rodríguez. Encontré dos homónimos: el “chilango” Ramón Rodríguez Arangoity (1830-1882), quien fue el arquitecto imperial que convirtió en palacio el castillo de Chapultepec (Diccionario Porrúa, 1964, p. II-1787); y un Ramón Rodríguez peninsular que firma un pronunciamiento de 7 de agosto de 1857 en el puerto de Campeche, desconociendo a los poderes ejecutivo y legislativo de la entidad (entonces Yucatán, Liga 3).

Al parecer, nuestro Ramón Rodríguez fue un ciudadano más bien común y corriente –a quien los garrotazos del cura López de Nava le hicieron nacer la consciencia. Sí, querida lectora, como a la quiché Rigoberta Menchú Tum. El problema es que Rodríguez no tuvo una Elizabeth Burgos que convirtiese su experiencia en libro, ni una comunidad académica dispuesta a reconocer los liderazgos populares.

Paradojas, quien me ayudó a encontrar más datos de Ramón Rodríguez fue su verdugo. La soberbia es un pecado interesante –diría el Satán de Hackford en El abogado del Diablo (1997)– y el altanero cura de Colotlán y Santa María de los Ángeles describió con cierto detalle a su víctima en su Carta de 1859 cuyos PDFs nos regala la Autónoma de Nuevo León.

Típico de los elitistas acorralados por las transformaciones sociales, en su Carta de 1859 López de Nava se centra en su desgracia personal: “…herido en el corazón por un tal Jesús González Ortega, llamado gobernador de Zacatecas, por haberme robado éste siete escelentes caballos, quince muy buenas mulas aparejadas, y despues de todo esto, condenádome él mismo á muerte, … me propuse ponerlo en ridículo en cincuenta cartas…” (Mantengo la ortografía original.) El cura reaccionario sólo alcanzó a escribir dos cartas y en ellas, sus quejas retornan obsesivamente, una vez tras otra, a sus caballos y mulas. Por cierto que el mismo López de Nava reconoce que el general González Ortega le extendió recibo por las bestias –porque se trataba de una confiscación en tiempo de guerra y no de un robo.

Es en el cuento de la confiscación de las bestias de López de Nava que aparece nuestro Ramón Rodríguez. Nos lo presenta como el “secretario nocturno” de González Ortega, a quien la crisis del golpe de Estado de 1858 había llevado a la gubernatura liberal-constitucionalista en Zacatecas. (Dada la pluma venenosa del cura reaccionario, ¿podemos leer en esto una insinuación homofóbica?) Nos reporta también que Ramón era apodado El Roto y tenía un hermano llamado Manuel, también apodado El Roto o El Quijote. Este último –según López de Nava– era el loquito del pueblo en Colotlán (pp. 37-45, segunda carta).

Ramón sale a cuento cuando González Ortega recorrió la región de Colotlán en 1859. El cura conservador describe así a la tropa liberal: “más de cuatro mil léperos de ambos sexos, que eran capaces, por sus espantosas figuras, de infundir terror a los mismos demonios” (p.38). Ramón era cabo de milicias (es decir, era un guardia nacional). Según López de Nava, por confiscarle sus caballos y mulas, fue ascendido a cabo.

En “el operativo” de la confiscación, Ramón habría comandado cincuenta guardias nacionales –según nuestro quejumbroso y exagerado cura. López de Nava había mandado a sus criados que escondiesen sus bestias en un barranco, pero Ramón las localizó porque se había confabulado con “los indios Antonio Usquiano y Brígido Mendoza” para que vigilasen la casa del cura (p.44). Usquiano era un exsacristán –quien estaba enemistado con López de Nava. El cura nos explica en una nota de pie (pp.47-48) que debe desconfiarse de todos sacristanes (quienes eran usualmente indígenas). Según él, Usquiano le habría explicado que “este es el tiempo de los sacristanes; …para ser gobernador, general de división, ministro de guerra, &c. &c.; [uno] debe servirse primero de una sacristía”.

En resumen, Ramón el golpeado de 1857 para 1859 es parte de una conspiración general de los “inferiores” que pretenden igualarse con “sus señores”.

El cura relata que González Ortega arengó a Ramón Rodríguez diciéndole que “¡Un soldado del pueblo jamás se humilla!” (p.48). Aquí inserta nuestro cura conservador otra nota de pie, en la que compara al soldado del pueblo con los soldados veteranos del Ejército permanente: el miliciano como Ramón Rodríguez es gente “sin disciplina, sin moral y sin religión, [que] no sabe sino robar, asesinar alevosamente, blasfemar y por último arrancar. … al fin, como … lleva una conciencia manchada con sus crímenes, lo asusta hasta una pulga. No así el soldado veterano que, bien disciplinado, y ambicioso de honor y de gloria, pelea siempre á pecho descubierto por defender su religión, su patria y su familia. Y con su serenidad y bravura ha hecho y hará siempre morder el polvo á los sacristanes generales, á los gobernadores poetas, á los abogados sin clientes, á los médicos prostituidos y á todos los infames é impíos reformadores”.

Y con todo, esas “basuras” que la tormenta social había levantado del suelo (expresión de nuestro poco reverendo cura reaccionario)… esas “basuras” ganaron la guerra civil y vencieron más tarde al Imperio de Maximiliano. Lo lograron porque antes de ser milicianos de las Guardias Nacionales se habían vuelto ciudadanos. Recordemos: en mayo de 1857 Ramón Rodríguez, alias El Roto, hermano del loquito Manuel El Quijote, hubiese podido golpear a su agresor. No lo hizo. Cumplió el procedimiento que marcaba la nueva Ley liberal. Ciertamente, el agresor quedó impune; pero dos años después, cuando llegó el fuego purificador de la Revolución Liberal, los nuevos ciudadanos construirían un nuevo orden, mejor y más justo que el heredado de la colonia.

Ahora sí, lectora, conocemos mejor a la víctima del miserable cura párroco de Colotlán, el reverendo doctor don Andrés López de Nava. Podemos ver al ciudadano cabo de guardias nacionales, Ramón Rodríguez, cantando alrededor de la fogata guerrillera: “Cangrejos al combate, cangrejos al compás: / un paso pa’delante, doscientos para atrás. / ¡Zuz, ziz, záz! ¡Viva la Libertad! / ¿Quieres Inquisición? ¡Jajá, Jajá, Jajá!/ ¡Vendrá Pancho Membrillo y los azotará!”

¿Qué fue de nuestro Ramón luego de las batallas? Quien algo sepa, que nos cuente. Ojalá y haya sobrevivido a los combates. Ojalá haya visto la República restaurada y la gloriosa década liberal. ¿Alcanzó a envejecer para ver la degeneración porfiriana? Tal vez haya transmitido su experiencia a sus hijas y nietos… para luchar otra vez desde abajo por las libertades de todas y de todos.

Como sea, hoy, en 2022 saquemos a Ramón Rodríguez de Colotlán o de Santa María de Los Ángeles del polvo de los archivos. Leamos-imaginemos sus aventuras y revivamos sus luchas. Porque son pertinentes en nuestros días. Porque otra vez las y los doctores reaccionarios se quejan de la insumisión de “la leperada” que se atreve a exigir igualdad, que se atreve a exigir libertad. Y otra vez, los patarrajadas habrán de establecer la verdadera igualdad y la verdadera libertad.

Ligas usadas en este texto:

Liga 1:
http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1020002717/1020002717.html

Liga 2:
http://enciclopedia.udg.mx/articulos/lopez-de-nava-andres

Liga 3:
https://arts.st-andrews.ac.uk/pronunciamientos/regions.php?r=4&pid=1360

Federico Anaya-Gallardo
Federico Anaya-Gallardo

Abogado y politólogo. Defensor de derechos humanos. Ha trabajado en Chiapas, San Luis Potosí y Ciudad de México. Correo electrónico: agallardof@hotmail.com

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