México lleva un año intentando dormir mejor y, para probarlo, el Primer Informe de Gobierno se presentó como si fuera un instructivo de calma: “aplique dos gotas de esperanza por la mañana, repita en la noche”. Claudia Sheinbaum habló a un público que ya está de su lado —siete u ocho de cada diez mexicanos, según quien cuente— y lo hizo con el pulso de quien sabe que, hoy, la emoción dominante no es la épica sino la tranquilidad: menos tambor de guerra cultural y más metrónomo institucional. Enkoll la coloca en 79% de aprobación, El Financiero en 74%, Mitofsky en 71%. Tres termómetros, una sensación térmica: el ánimo está a favor.
La partitura emocional del discurso tuvo cuatro movimientos. Primero, el bienestar como afecto público: transferencias directas, inversión y la consigna de que “estamos en los niveles más bajos de pobreza en 40 años”. No es casual que la cifra estrella fueran los “32 millones de familias” alcanzadas por programas sociales: no es solo estadística, es gramática del cuidado, el Estado diciendo “te veo” en voz alta. El aplauso aquí no es solo ideológico; es un suspiro de alivio de quienes viven al día.
Segundo, la soberanía con sonrisa diplomática. “Cooperación sin subordinación” fue la frase de cabecera, un antídoto histórico contra el síndrome de patio trasero en tiempos de sustos arancelarios y bravatas fronterizas. Es un gesto calculado: reconocer la interdependencia con Washington y, al mismo tiempo, administrar la dignidad como activo político. En clave afectiva, es marketing de autoestima nacional. Y sí, cuando al norte improvisan amenazas, al sur conviene sonar serenos.
Tercero, la indignación higiénica. La reforma judicial —aplaudida en Palacio, cuestionada en foros— fue presentada como limpieza de privilegios. La narrativa es quirúrgica: donde algunos ven control, el gobierno ofrece catarsis democrática. El detalle no es menor: la administración de la ira (esa emoción que, mal encauzada, se convierte en cinismo) es el laboratorio ético del sexenio. Si el enojo se traduce en justicia verificable, habrá ganancia moral; si degenera en revancha, tendremos un país más ruidoso y menos libre.
Cuarto, los silencios. La violencia criminal apareció como telón de fondo, no como protagonista. Se entiende la tentación: nombrar el miedo sin resolverlo puede amplificarlo. Pero una política emocional adulta necesita otra cosa: reconocimiento preciso de la herida, metas medibles y un pacto de verdad con las víctimas. La serenidad no puede ser anestesia. El país no pidió heroísmo, pidió noches sin sobresalto; y eso, nos guste o no, exige menos consignas y más resultados.
Lo interesante del Informe no está en las cifras sueltas, sino en la ingeniería de afectos que propone. Frente al “amor al pueblo” que dominó la escena anterior, Sheinbaum ensaya una pedagogía de la calma: institucionalizar el cuidado, bajar el volumen de la pugna emocional sin apagar la música del “nosotros”. En términos de Sara Ahmed, las emociones orientan cuerpos, presupuestos y prioridades; en términos más domésticos, deciden si mañana abrimos el negocio con ilusión o con miedo. La presidenta apuesta a que un Estado que toca con guante de seda convoca más obediencias que un Estado que grita. El riesgo es que la seda tape un raspón que exige sutura.
La ironía —para no perder la costumbre— es que la serenidad también se audita. No basta con recetar descanso; hay que entregar colchón. Si la popularidad se vuelve coartada, la calma se hará pose. Si, en cambio, el relato del bienestar llega a la escuela que sí tiene maestros, al hospital que sí tiene insumos y a la calle que sí puede caminarse de noche, entonces la emoción se volverá institución. Y ese día la encuesta será casi una anécdota.
Mientras tanto, conviene tomar al pie de la letra el instructivo: menos pánico moral, más evidencia; menos épica del enemigo, más política de cuidados; menos adjetivo, más verbo transitivo. Gobernar afectos no es manipularlos, es hacerse responsable de sus efectos. Si este sexenio logra eso —convertir la popularidad en una ética pública de cumplimiento—, la serenidad dejará de ser discurso para convertirse en costumbre. Y México, por fin, dormirá a pierna suelta… sin que nadie tenga que leerle el cuento cada noche.
@Hadacosquillas




