Inicio Internacional El polémico incidente en Venezuela por la detención de 33 hombres en...

El polémico incidente en Venezuela por la detención de 33 hombres en un sauna gay: “Me hicieron sentir mucha vergüenza por ser homosexual” (Redacción Astillero Informa)

Imagen de Boris Štromar en Pixabay

Iván Valera Benitez se dijo sorprendido por una alerta de la Policía Nacional Bolivariana mientras disfrutaba de una bebida en su sala de estar.

Iván Valera Benitez, residente de Venezuela, estaba disfrutando de su tiempo en el Club Avalon el domingo 23 de julio. Este establecimiento privado ofrecía diversas comodidades, como saunas, salas de masajes, un restaurante y una zona para fumadores, con una entrada pagada y un catálogo de servicios disponible en redes sociales.

Para Iván, el Club Avalon era un espacio seguro y liberador, donde no tenía que enfrentar bromas ofensivas sobre su orientación sexual ni ser objeto de comentarios despectivos como “ella”, como había experimentado en otros ambientes con nuevos conocidos.

Desconcertados, los empleados y clientes del Club Avalon acataron la orden de los uniformados de acompañarlos a la comisaría en calidad de testigos, a pesar de no tener claro qué situación estaban presenciando.

Durante tres días, Iván y los demás hombres permanecieron bajo custodia sin entender las razones de su detención, hasta que finalmente fueron llevados ante el Ministerio Público venezolano.

La situación se tornó aún más confusa cuando la policía filtró imágenes en las que los detenidos aparecían junto a una mesa, sobre la cual se mostraban sus cédulas de identidad, teléfonos móviles, condones y lubricantes, catalogados como “evidencias”.

Los medios locales informaron sobre una supuesta “orgía clandestina” en el Club Avalon, que habría sido descubierta con “material pornográfico”. Sin embargo, los abogados de la defensa señalan que no hay evidencia de esto en las actas policiales.

La acusación pública por los delitos de ultraje al pudor, asociación ilícita y contaminación sónica ha causado indignación entre la comunidad LGBT+ venezolana, que denuncia la criminalización de sus miembros por parte de las autoridades.

En respuesta, los lemas “Liberen a los 33” y “Justicia para los 33” se han vuelto virales en las redes sociales. Activistas y familiares de los detenidos han realizado protestas frente a los tribunales, la Fiscalía y la comandancia policial involucrada en la redada.

El fiscal general venezolano, Tarek William Saab, comunicó que el Ministerio Público solicitará el sobreseimiento del caso y llevará a cabo una investigación exhaustiva sobre los agentes policiales que participaron en la redada. Esto surge después de que las investigaciones revelaran que el Club Avalon no cumplía con las condiciones de salubridad necesarias para operar y estar abierto al público.

BBC Mundo acudió a la comandancia de la Policía Nacional Bolivariana, lugar donde los detenidos estuvieron retenidos, para obtener comentarios, pero lamentablemente no obtuvo respuesta.

Una “revisión de rutina” con consecuencias inesperadas.

Todo comienza con la afirmación de los policías de que están llevando a cabo una revisión de rutina, solicitando nuestras cédulas para verificar posibles antecedentes o solicitudes de la justicia en contra nuestra.

Posteriormente, nos informan que la revisión se llevará a cabo en el Comando de la Policía Nacional Bolivariana, y que debemos acompañarlos como testigos. Confiando en la buena fe, seguimos a los policías en nuestros propios vehículos.

Llegamos a la comandancia alrededor de las 6:00 de la tarde, y ahí es donde empiezan los problemas.

A pesar de constatar que ninguno de nosotros tiene antecedentes ni está solicitado por la justicia, el policía comenta: “Están limpios. Aquí no hay nada”.

Sin embargo, somos llevados a la oficina del jefe de la comandancia, donde nos requisan y nos quitan los teléfonos móviles, dejándonos incomunicados.

Aunque preocupado, mi convicción era clara: “Este procedimiento está completamente errado, no conduce a nada”.

“¿Esto eres tú?”

Nos obligaron a entregar nuestras claves de teléfono. Una funcionaria tomaba un teléfono y lo desbloqueaba, invadiendo la privacidad de cada persona. Revisaba fotos, videos y aspectos íntimos de sus vidas, señalando y ridiculizando a algunos. Estas humillaciones se repitieron con varias personas.

Por suerte, a mí no me sucedió porque no llevé el teléfono al lugar y lo tenía sin batería.

Además, durante el proceso de registro, un funcionario nos pidió nuestros nombres y que entregáramos todo el efectivo que tuviéramos, amenazando con que se podría extraviar si no lo hacíamos.

estábamos detenidos. Sin embargo, hasta el día de hoy, desconocemos el paradero de ese dinero, ya que no aparece en el acta policial.

Además, nos pidieron que retiráramos los preservativos, alegando que eran pruebas incriminatorias.

Luego, nos enviaron a tomarnos una fotografía, lo cual nos llenó de preocupación, ya que comprendimos que nos estaban procesando.

Nos fotografiaron frente a la mesa donde se exhibían las supuestas “pruebas”, que incluían preservativos, lubricantes, celulares, cédulas e incluso un frasco de popper, cuya procedencia no quedó clara en ningún momento.

“Aguanta, marico”

Nos dirigieron a una sala de reuniones y nos ordenaron sentarnos en silencio.

En ese momento, me sentí mal y tuve una urgencia por ir al baño.

Un funcionario se mostró extremadamente cruel: “Si quieres, hazlo encima, no te llevaré al baño. ¿Quién te manda a hacer esas asquerosidades que estabas haciendo? Aguanta, marico. O te haces encima”.

Fue realmente devastador escuchar esas palabras.

Luego, a pedido de otro funcionario, accedió a llevarme al baño, pero con la condición de que dejara la puerta abierta y me enfrentara a él mientras lo hacía.

Me vi obligado a explicarle que me sentía mal y que usar el baño sería incómodo, pero él estaba consciente de que estaba vulnerando mis derechos.

Sin embargo, el policía respondió de manera despectiva: “No tienes derecho a pedir nada después de lo que estabas haciendo”. Hasta ese momento, yo seguía sin entender qué es lo que supuestamente estaba haciendo.

Finalmente, me vi forzado a hacer mis necesidades con la puerta abierta mientras el policía me observaba, en una situación incómoda y denigrante.

“¿Cómo le digo a mi familia?”

En repetidas ocasiones, nos instaban a manifestar cualquier descontento, pero cuando alguien lo hacía, lo callaban de inmediato. Era una dinámica extraña, donde podíamos hablar pero, al mismo tiempo, no podíamos expresarnos libremente.

Otros compañeros se sentían abrumados por muchas preocupaciones, especialmente por cómo enfrentarían la situación con sus familias. Se preguntaban: “¿Cómo les diré a mi familia sobre esto?”.

Para algunos de nosotros, la vida sexual y nuestra orientación pueden ser expresadas abiertamente, pero para muchos de mis compañeros, esto no es posible. En algunos casos, sus familias se enteran de todo debido a esta vergonzosa situación.

En mi caso, solo pensaba: “¿Por qué molestaría a mi hermana con esto si es una estupidez?”. No veía sentido en compartir esta experiencia con ella.

“Ya los conocen en todos lados”

Tras la primera foto, una segunda imagen en la que aparecemos en grupos de seis comenzó a circular y se volvió viral. Nos sentimos vulnerados al ver que no se respetó nuestra identidad, ya que nuestros rostros no fueron borrados.

En la segunda foto, notamos que faltaban dos personas. La versión oficial fue que se sentían mal y fueron llevadas al servicio médico, pero nunca regresaron.

Nos enteramos de nuestra viralización cuando un funcionario mostró un video de TikTok y mencionó: “Ya los conocen en todos lados”.

Lo peor es que la situación se convirtió en algo morboso y se difundió descontextualizado de la realidad. Nos vimos enfrentados a un trato homofóbico y moralista, sometidos al escarnio público, y nadie pareció preocuparse por lo que estábamos viviendo.

La situación llegó a tal punto que un compañero expresó su desesperación y mencionó que preferiría morir. Todos nos unimos para brindarle apoyo y ayudarle a entender que no estábamos haciendo nada malo.

En ningún momento, el acta policial menciona una orgía, lo cual, de haber sido cierto y consensuado, no sería un delito.

La realidad fue otra: el acta policial indica que estábamos todos vestidos y simplemente conversando, sin ningún acto inapropiado.

En ese momento, me sentí confundido y no sabía si mi hermana me apoyaba o creía en lo que se decía sobre nosotros.

Además, surgieron otros factores que complicaron aún más la situación: la perspectiva personal, la dignidad y la religión. Algunos compañeros pertenecían a religiones que condenan cualquier acto homosexual.

La situación se volvió caótica: hubo personas que se desmayaron, otros lloraban inconsolablemente, y algunos se enojaron.

Yo me sentía desesperanzado, sin saber cómo salir de esta situación y cómo explicar algo que simplemente no era cierto. Ser víctimas de viralización por algo que no ocurrió realmente.

Nos amenazaron diciendo que estábamos en grave problema, pero no se nos explicaba qué era lo que estábamos enfrentando. Preguntábamos y nunca obteníamos respuestas. Nunca se nos permitió dar nuestra declaración.

En medio de todo esto, nunca quedó claro qué estábamos haciendo realmente.

Un mensaje de texto

Finalmente, alrededor de la 1:00 de la mañana, nos permitieron realizar una llamada.

Llamé a mi hermana, pero al no obtener respuesta, le pedí al policía si podía enviarle un mensaje de texto, a lo que accedió.

En el mensaje le escribí: “No te preocupes, estoy aquí. No hay nada que temer. No estaba haciendo nada malo”. Le di detalles sobre dónde me encontraba y que se trataba de un procedimiento de rutina que no comprendíamos, pero que al día siguiente resolvería.

Nos informaron que pasaríamos la noche allí y que debíamos mantener la calma, ya que al día siguiente, que era feriado, posiblemente no podríamos resolver nada.

Aquella noche no pude conciliar el sueño, permanecí sentado en aquella silla, inquieto y preocupado.

“¿De verdad quiero que me vean así?”

Al día siguiente, fuimos llevados a la revisión médica forense, un trámite necesario para la imputación.

En un proceso normal, un médico debería avalar nuestra condición física para asegurarse de que no hubo maltrato durante la detención.

Sin embargo, la revisión médica fue sorprendentemente breve y poco rigurosa. Los doctores apenas nos hicieron un par de preguntas y listo, esa fue toda la evaluación.

Fue un momento desalentador, ya que nos sacaron como delincuentes en una patrulla, rodeados de muchos policías. Fuera del comando de la Policía Nacional, ya había familiares y activistas esperando. A los ojos del público, ya éramos considerados delincuentes.

En ese instante, mi hermana no estaba presente. Vi a dos conocidos y me impactó verlos ahí. No sabía si ese apoyo me reconfortaba o me debilitaba, me sentía más vulnerable.

Me cuestionaba: “¿Realmente quiero que me vean de esta manera?”. Ya no entendía lo que pasaba por mi cabeza. La situación era confusa y abrumadora.

“Los estamos ayudando”

Volvimos a aquella sala de reuniones disfrazada de celda.

Algunos compañeros comenzaron a sentirse mal, experimentando taquicardia.

Fueron momentos sombríos.

Los funcionarios policiales nos decían: “Estamos aquí para ayudarles, queremos que estén bien”. Sin embargo, esa aparente bondad encubría una violación de nuestros derechos.

Resultaba extraño sentir la necesidad de congraciarnos con los funcionarios para recibir un trato justo, cuando en realidad eso es un derecho inalienable.

En un instante, llegué a pensar que eran amables, incluso mis amigos, que se esforzaban para que me sintiera tranquilo.

Creo que mis compañeros también lo percibieron así.

Pasamos otra noche allí, sin permitirnos bañarnos ni cepillarnos. Nos autorizaban a ir al baño solo para orinar y nos instaban a evitar cualquier otra necesidad. Éramos constantemente supervisados por los funcionarios.

Compartíamos siempre la comida. Si a alguien le llevaban una arepa, la dividíamos y comíamos entre los 33. Pero extrañamente, yo no tenía hambre.

Hasta el día de hoy, sigo teniendo dificultades con el apetito.

“Llegaron los de la orgía”

Al día siguiente, el martes, nos dirigimos al Palacio de Justicia al mediodía.

Al carecer de dispositivos para saber la hora, tuvimos que preguntar al funcionario para estar al tanto.

La audiencia estaba programada para las 3:00 o 4:00 de la tarde.

En las afueras del Palacio de Justicia, se encontraban activistas y familiares. La situación resultaba un tanto abrumadora debido a la mirada de los funcionarios, que parecían juzgarnos con sus ojos, como si estuvieran pensando: “Ahí están los de la orgía, y serán juzgados”. Esa era la sensación que los policías nos transmitían.

Resulta muy extraño sentirse avergonzado por algo que ni siquiera estás haciendo. No deberíamos sentir vergüenza porque cada persona tiene derecho a vivir su vida como desee.

Sin embargo, llega un punto en el que, debido a que te lo repiten constantemente, empiezas a pensar: “Quizás estaba haciendo algo malo”.

“Miren a las 33”

Nos adentramos en el Palacio de Justicia y la realidad que encontramos era caótica.

En primer lugar, nos sometieron a un registro y nos asignaron un número a cada uno para mantener el control mientras nos alineaban en fila para entrar a los calabozos.

Suplicamos que no nos separaran, ya que el miedo nos invadía.

Anteriormente, nos advirtieron: “Ahí van con delincuentes comunes. Nosotros, la policía, no los cuidamos allí, quedan bajo la jurisdicción del Palacio de Justicia”.

Nos encerraron en una celda que, según mis cálculos, medía alrededor de tres por tres metros. Los 33 fuimos confinados allí.

Había espacio para que unos pocos pudieran sentarse, y nos turnábamos para administrar el tiempo que estarían sentados debido a la falta de espacio. La celda presentaba un estado deplorable con una letrina rebosante de orina y demasiado óxido. El olor era insoportable.

Tanto los policías como los familiares que estaban afuera, intentaban conseguir tapabocas para nosotros. No sabíamos si era mejor usarlos, ya que prácticamente no podíamos respirar.

Los otros reclusos nos arrojaban objetos mientras mostraban sus partes íntimas.Nos decían: “Bajen la cabeza, no nos miren”, pero yo me preguntaba: “¿Por qué tengo que bajar la cabeza?”.

Y luego, nos ordenaban: “¡Miren a las 33!”.

“Sentí vergüenza”

Experimenté una profunda vergüenza por ser homosexual, y es triste y doloroso admitirlo.

Sentí vergüenza de enfrentar a mi familia.

Es increíble, pero a veces, incluso dentro de la comunidad homosexual, podemos tener homofobia internalizada. Nos vemos condicionados por la heteronormatividad.

Sin embargo, me decía a mí mismo: “Pero espera, yo no hice nada malo”. Hoy, finalmente, estoy comprendiendo eso.

He sufrido ataques de ansiedad, insomnio y quizás estrés postraumático debido a estas vivencias.

Pero finalmente, he llegado a entender que no tengo motivo alguno para avergonzarme. Aceptar mi orientación sexual es un paso fundamental hacia la liberación de esa carga emocional.

“Que ironía estar como un privado de libertad”

He visitado innumerables cárceles en Venezuela. Era mi trabajo, y ahora es irónico encontrarme como un privado de libertad.

Durante casi diez años, trabajé en el Ministerio de Servicios Penitenciarios, específicamente en la Dirección de Derechos Humanos y Relaciones Internacionales.

Me doy cuenta de que soy uno más de los privados de libertad cuando escucho las órdenes: “Formen fila aquí, manos atrás, cabeza agachada, saldremos, suban a la patrulla”.

Esperábamos nuestra audiencia, pero la jueza decidió posponerla y nos devolvieron a las celdas.

Así que regresamos a la Comandancia de la Policía Nacional Bolivariana, mientras afuera, los familiares y activistas causaban un gran alboroto.

Era la noche del martes 25 de julio.

“¿Qué pasará con mi hermana?”

Fuimos trasladados en un convoy que la gente de orden público utiliza durante las manifestaciones, y nos escoltaban muchos policías.

Fue allí donde tuve el primer encuentro con los familiares, pero mi hermana no estaba presente. En cambio, vi a tres grandes amigos y me derrumbé emocionalmente.

Toda la fuerza que había mantenido se desvaneció cuando me encontré con las personas que me querían. Sentí que los estaba decepcionando.

Dudaba y me preguntaba: “¿Qué estará pensando mi hermana? ¿Me creerá? ¿O estará creyendo lo que circula en las redes sociales?” No habíamos tenido oportunidad de hablar.

Mi hermana y yo somos muy cercanos; es mi mejor amiga.

Cuando llegamos a la comandancia de policía, ella fue la primera en estar allí.

Le hice señas y me dijo: “Te amo. ¿Estás bien?”. Asentí y ella agregó: “Tranquilo, vamos a superar esto juntos”.

Le respondí: “Te amo, te amo y discúlpame”.

Esa noche del martes, mi actitud cambió, me sentía más rebelde. Cuando hablé con mi hermana, la impotencia me invadió.

Uno de los funcionarios me preguntó: “Iván, ¿qué te pasa? Has estado tranquilo, ¿por qué estás mirando así? Nunca te había visto así”. Y yo le respondí: “Yo tampoco me había visto así nunca. De verdad, desearía que una bomba cayera aquí y que todos muramos. Esto es desesperante”.

Le dije: “Aquí no hay justicia”. “No saben lo fácil que es para ustedes, con un uniforme, arruinar la vida de cualquiera”.

Finalmente, decidieron permitir que mi hermana entrara para hablar conmigo y tranquilizarme.

Intenté explicar rápidamente: “Esto no es como lo que dicen”. Entonces ella me dijo: “No te preocupes. ¿Qué te pasa? Soy tu hermana, no tengo que creer en lo que dicen. Sé quién eres realmente. Tranquilo, te amo”.

Luego, se quitó las medias y me las dio, porque yo ya no tenía. Tuve que usarlas una de las veces que fui al baño.

Agradecido por un baño

Nos permitieron bañarnos pasadas las 2:00 de la madrugada.

Nos alegró poder bañarnos en el patio, con una manguera al aire libre, bajo la supervisión de los funcionarios.

Un abogado nos compró 33 jabones, uno para cada uno. No nos cambiamos de ropa porque debíamos asistir a la audiencia al día siguiente, el miércoles.

Aquella ducha alivió mi estrés y me sentí un poco más limpio. Sentí que los policías fueron amables al permitirnos bañar.

Sentí gratitud.

Esa noche pude dormir un poco más, pero tuve pesadillas sobre escapar y pelear entre nosotros. También estaba temeroso de los funcionarios.

Ahora, cuando estoy en la calle y veo una patrulla, reviso mis bolsillos para asegurarme de que llevo mi cédula. Siento cierto temor.

Al día siguiente, partimos sin desayunar. La audiencia estaba programada para las 11:00 de la mañana.

Fuimos los primeros en llegar al Palacio de Justicia y nos llevaron directamente a los calabozos.

Nos dividieron en dos grupos y nos asignaron a dos celdas, una con 17 personas y otra con 16. Comenzó entonces una larga espera, desde las 9:00 de la mañana hasta las 4:30 o 5:00 de la tarde.

Mis compañeros estaban en el mismo calabozo del día anterior, mientras que a mi grupo nos ubicaron en el que estaba justo en frente. Era más pequeño y con menos espacio. Tuvimos que sentarnos en el suelo.

Tratábamos de hacer chistes para sobrellevar las horas de espera. Teníamos la sensación de que si pasaba una hora, nos acusarían de otro delito.

Algunos de los otros detenidos intentaron silenciarnos, pero decidimos que no nos dejaríamos callar. Nos preguntamos: “Somos más, ¿vamos a permitir que nos silencien?”.

Entonces, comenzamos a cantar canciones muy icónicas para la comunidad LGBT+. Interpretamos “¿A quién le importa?” de Thalía, “Todos me miran” de Gloria Trevi, y finalmente, cerramos con el himno nacional.

En ese momento, un silencio se apoderó de todos los calabozos, solo se escuchaba nuestra propia voz entonando el himno nacional.

“La jueza nunca nos habló”

Posteriormente, llegamos a la audiencia en silencio, mostrando respeto a pesar del mal olor que nos acompañaba debido a la misma ropa que llevábamos desde hace días. Nos sentíamos respaldados por nuestros defensores, tanto los públicos como los privados, quienes realizaron un trabajo impecable.

Los fiscales presentes eran diferentes a los que estuvieron la noche anterior.

La jueza nunca se dirigió a nosotros. Aunque era una audiencia de presentación, parecía más un juicio. Su actitud era distante, y rara vez nos miraba. Fue en ese momento que nos enteramos de los delitos por los que nos estaban imputando: ultraje al pudor, agavillamiento y contaminación sónica.

Tuvimos 12 defensores: cuatro públicos y ocho privados. Todos solicitaron la nulidad del proceso y que quedáramos en libertad plena sin restricciones.

El último defensor tituló su intervención como “La esperanza perdida”. Sus palabras me marcaron profundamente.

Habíamos perdido la esperanza en el Estado de derecho.

El defensor fue tan enfático que la jueza se retiró de la sala y regresó posteriormente, aparentemente sin darle mucha importancia a lo que había dicho.

Después de un receso, la jueza anunció que desestimaba todas las peticiones de la defensa.

Dictó una orden de aprehensión para tres personas, mientras que los otros 30 quedamos bajo régimen de presentación cada 30 días durante seis meses.

Tras todos estos acontecimientos, me siento burlado y preocupado. Cada vez que hablo sobre ello, libero la experiencia, pero también me somete a una exposición que no deseaba.

No quiero que me suceda algo peor por dar la cara y visibilizar los vicios de este sistema.

“Este texto fue generado con la ayuda de ChatGPT, un modelo de lenguaje alojado en la plataforma de OpenAI”

Defensa del contralmirante Fernando N asegura que autoridades federales no le han informado sobre su captura (nota de Ariadna Lobo en OEM-Informex)

Los abogados de Fernando N esperan ser notificados sobre la captura de su cliente para iniciar con las acciones de defensa y vigilar el proceso de extradición. Ariadna Lobo | OEM-Informex La defensa de Fernando N, quien fue dado de baja del cargo de contralmirante de la Secretaría de Marina por ser presunto implicado en el caso de contrabando de hidrocarburos, aseguró en…

Grave que gobiernos panistas puedan hacer convenios con agencias de espionaje de EU: José Reveles (por Isaac Rosales de Astillero Informa)

Podríamos estar en un escenario en el que gobiernos opositores estén metiendo a agentes de la CIA, DEA y FBI para operar en suelo mexicano, advirtió. Isaac Rosales | Astillero Informa El periodista y escritor José Reveles calificó como grave que gobiernos de la oposición, particularmente panistas, puedan hacer convenios de colaboración con agencias de…

Deja un comentario

Discover more from Julio Astillero

Subscribe now to keep reading and get access to the full archive.

Continue reading