Si algo tiene López Obrador es que suele ser muy claro. A mí me daba risa –y perdón que lo diga así– cuando los opositores se escandalizaban de lo que iba haciendo el presidente: ¡Suspendió el aeropuerto de Texcoco! ¡Está haciendo una refinería en Tabasco! ¡Ya empezó la construcción del Tren Maya! ¡Creó el instituto para devolver al pueblo lo robado! ¡Aumentó el salario mínimo! ¡Va a crear más programas sociales! Y muchas cosas más. A cada acción del presidente venía una reacción de sorpresa y enojo de sus adversarios. Pero si uno ve las cosas con atención se dará cuenta que lo que hizo el presidente fue materializar lo que prometió en campaña (aunque admito que en la cuestión de la desmilitarización de la seguridad ciudadana –“regresaré a los militares a sus cuarteles”– hizo lo contrario).
López Obrador ha sido explícito: quiere transformar al INE, desaparecer los organismos autónomos y reguladores, reformar de raíz al poder judicial y hacer cambios radicales en la constitución. Podrán o no gustar sus planes, pero nadie puede decir que el presidente actúa a escondidas. El pasado 5 de febrero, aprovechando el aniversario de la constitución, López Obrador dio a conocer, con toda la pompa y circunstancia que la ocasión ameritaba, un paquete de reformas, muchas de ellas constitucionales, a sabiendas de que el congreso actual, en donde no tiene mayoría calificada, jamás se las aprobaría. ¿Para qué anunciarlas con tanta solemnidad si no se las iban a aprobar? Porque eran parte de la campaña de Claudia Sheinbaum: el llamado “Plan C”: que el pueblo confiera a López Obrador mayoría calificada en el Congreso de la Unión para poder reformar la constitución con absoluta libertad en septiembre de este año, que es el último mes de su mandato.
Si el presidente ha sido muy claro en sus intenciones, Claudia Sheinbaum también. A lo mejor hace cinco meses mucha gente pensaba que Xóchitl Gálvez podía ganar. No quiero hacerme el brujo con la bola de cristal, pero a mí siempre, y desde el principio, me pareció que Sheinbaum ganaría con amplio margen (no pensé, confieso, que también fueran a lograr la mayoría calificada). Y es claro que el presidente y su candidata también tenían certeza de la victoria. Dudo que por un momento hayan pensado en la posibilidad de perder, y por eso dieron un acento a la campaña: si la victoria era segura, había que hacer énfasis en obtener la mayoría calificada en el congreso. Los spots de Claudia Sheinbaum se centraron en ello, siempre apoyando la transformación y las reformas del presidente. Decía ella que había que votar todo Morena para asegurar la mayoría calificada y proseguir con el segundo piso de la transformación. Así que no hay sorpresa. El electorado siempre supo lo que estaba votando: la presentación de las dieciocho reformas del Plan C fue el manifiesto de campaña de Sheinbaum y López Obrador.
Tal vez a usted no le gustaría que el INE cambiara y que su presidente y consejeros fueran electos por voto popular; quizá a usted no le plazca que cesen a todos los ministros de la Suprema Corte y que el año entrante los mexicanos votemos para elegir nuevos; probablemente usted no quiera que desaparezcan organismos autónomos como el Inai, la Cofece, el IFT o el Coneval; a lo mejor a usted le parece peligroso que la Guardia Nacional y las funciones de seguridad ciudadana queden bajo la secretaría de defensa y se militaricen definitivamente; es muy factible que a usted le horrorice la posibilidad de eliminar a los diputados y senadores plurinominales… pero los mexicanos, cuando votaron el 2 de junio, votaron por eso y para eso, y otorgaron la mayoría calificada a Morena y aliados en el congreso para lograrlo. Esta es la situación, esté uno de acuerdo o no. Es lo que hay.
Lo que voy a decir a continuación quizá le parezca aberrante y me arriesgo a ser incomprendido y hasta insultado, pero lo tengo que decir, porque además es verdad. La democracia está en crisis, no solo en México, sino en todo el mundo. La crisis de la democracia se está traduciendo en el advenimiento de populismos, tanto de izquierda como de derecha porque, a mi juicio, lo que hemos entendido por “democracia” en las últimas décadas, es más un discurso ideológico. En los últimos cincuenta años la democracia en América Latina y muchos lugares del orbe, incluido Estados Unidos, ha servido para ensanchar la desigualdad, hacer más ricos a los ricos y empobrecer más a los pobres, y por eso está hoy en crisis. La “democracia liberal” ha sido exaltada por las élites económicas e intelectuales como el más grande de los valores: hay que luchar y aun morir por ella. En nuestro caso, la democracia fue particularmente contraproducente, lo podemos ver con brutal claridad desde el año 2000, cuando Fox ganó la presidencia. Los mexicanos se han dado cuenta de ello y eso explica que estén renunciando a la democracia. Usted podrá decir: “Venus, eres un chairo resentido y lo que afirmas merece todos los reproches”, pero eso en nada va a cambiar la decepción generalizada de los mexicanos por la “democracia liberal” que les vendieron los De la Madrid, los Salinas, los Zedillos, los Foxes, los Calderones, los Peñas… Esa democracia liberal ya no es importante, no es algo por lo que haya que luchar… y menos morir. Tan es así, que la gran mayoría de los mexicanos dijo “No” a esa democracia liberal el pasado 2 de junio, y confirió a Claudia Sheinbaum todo el poder.
No pasa para mí desapercibido que muchos de los priístas y panistas que hoy están con López Obrador antes fueron incondicionales de los De la Madrid, los Salinas, los Zedillos, los Foxes, los Calderones y los Peñas. Es más, fueron causa concurrente del deterioro del país y del desencanto de la democracia. Por ejemplo, Ignacio Mier, líder de los morenistas en San Lázaro, fue priísta y votó por el Fobaproa; o Manuel Bartlett, que tuvo incluso posibilidades de ser presidente, y que en 1988 orquestó el fraude electoral contra Cuauhtémoc Cárdenas, lo que retrasó en tres décadas la llegada al poder de la izquierda. Y ese es un argumento que los opositores aducen contra Morena: “¡Cómo se atreven a maldecir al PRI-PAN, si ellos están llenos de priístas y panistas”. Y es verdad. De algún modo que no alcanzo a entender, el carisma de López Obrador los redime. Es un fenómeno hasta irracional, muy difícil de explicar. Puse como ejemplo dos casos extremos, Mier y Bartlett, de priístas que hicieron gran daño a México, pero que, de una forma u otra, encontraron redención política ante los mexicanos simplemente porque están con López Obrador.
Son dieciocho las reformas que López Obrador presentó aquel 5 de febrero: reformas en materia judicial, electoral, política, salarial, de pensiones, de seguridad pública, de pueblos indígenas y afroamericanos, etcétera. No me puedo referir a todas ellas, pero sí al menos a tres:
Reforma Judicial
Grosso modo, el presidente propone que los ministros de la Suprema Corte, los magistrados de circuito, los jueces de distrito, los magistrados electorales y los integrantes del Tribunal de Disciplina Judicial sean electos mediante el voto popular. Ya no serán once, sino nueve los ministros de la Suprema Corte y ya no funcionarán en salas. El Consejo de la Judicatura Federal desaparecerá y será sustituido por un órgano de administración judicial y un tribunal de disciplina judicial que no dependerá de la Suprema Corte. Ningún juez podrá otorgar suspensiones contra leyes. Los tribunales tendrán un plazo máximo de seis meses para resolver asuntos fiscales y de un año para resolver asuntos penales. Todos los jueces federales (jueces, magistrados, ministros) serán elegidos por voto popular en una elección extraordinaria que se celebrará en 2025. Los actuales ministros tendrán que empezar a hacer maletas, porque se van a quedar sin el cargo. Esta reforma será aprobada en septiembre, ya lo han acordado así López Obrador y Claudia Sheinbaum.
Reforma Electoral
También grosso modo, el presidente propone la eliminación de diputados y senadores plurinominales, de manera que solo habría 300 diputados federales y 64 senadores, electos todos ellos por el principio de mayoría relativa. No habría senadores de primera minoría. (Si estas reglas hubieran estado vigentes en esta elección, Morena y aliados tendrían 257 diputados y la oposición solo 43; y en el senado Morena y aliados tendrían 60 senadores y la oposición solo cuatro.) Por otro lado, el INE desaparecería y se crearía el INEC: Instituto Nacional de Elecciones y Consultas. Se eliminarían los 32 institutos electorales locales y los 32 tribunales electorales locales. Los consejeros del INEC serían siete y su periodo sería de seis años; serían electos por el voto popular. También los magistrados del Tribunal Electoral serían electos. A los partidos políticos les van a cortar el dinero y su financiamiento será la mitad del porcentaje actual. Estas reformas se realizarán, de manera que estén vigente para la elección intermedia de 2027.
Guardia Nacional
La Guardia Nacional va a quedar adscrita, tanto en lo operativo como en lo administrativo, a la Secretaría de la Defensa y será considerada como parte de las fuerzas armadas. Y algo muy importante: la Guardia Nacional va a coadyuvar en la investigación de los delitos, bajo la conducción del ministerio público. De este modo, por un lado, la seguridad quedaría permanentemente militarizada, y, por otro lado, la investigación de los delitos iniciaría también un proceso de militarización.
¿Qué le parece? Piénselo un momento…
¿Ya lo pensó? ¿Sabe qué? En realidad ya no importa lo que le parezca, ni a usted ni a mí, si está a favor o en contra. Morena y aliados no tendrán que negociar nada con nadie y no tendrán que explicar nada a nadie. Si se abren foros públicos para discutir estas reformas, serán solo pantomimas, porque el mismo presidente ha dicho, en el caso de la reforma al poder judicial, que ya está suficientemente discutido. Aquí no podemos decir que hay engaño. La gente votó masivamente por Claudia Sheinbaum y por los legisladores del presidente sabiendo que eso es exactamente lo que harían. El Plan C les ha salido perfecto. Admítase o no, esto significa que la mayoría de los mexicanos están de acuerdo con esos cambios. No veo ni a López Obrador ni a Claudia Sheinbaum echándose para atrás porque los mercados están nerviosos. A estas alturas, y desde su punto de vista, claudicar sería deshonroso.




