-A Doña Fidelia.
Don Miguel temblaba detrás del mostrador ante aquella mirada profunda que venía de esos ojos tan increíblemente negros, como su largo cabello decorado con una gruesa trenza que llegaba hasta la cintura. Cada mañana cuando llegaba a comprar en el tendejón, Fidelia con Dalia su hermana mayor, don Miguel comenzaba a sudar copiosamente, su color cambiaba y sus ideas se volvían incoherentes, Fidelia con su delgada y bien marcada figura bien sabía lo que provocaba en don Miguel y siempre lo aprovecha a su favor, frecuentemente le pagaba incompleto y muchas de ellas ni siquiera le pagaba, dependiendo cuánto le fuera a birlar a don Miguel, era el tamaño de la sonrisa que le mostraba al tendero. Dalia, más tímida, recriminaba a su hermana por los robos que le hacía a don Miguel, pero nada decía de las deliciosas paletas que compartían las dos, compradas con el famoso cambio que les quedaba.
Una tarde don Miguel se dio valor y se dirigió a la casa de Fidelia y durante el camino iba hablando solo diciendo: –Por qué no ha de ser, si soy un buen hombre, algo mayor para ella, pero eso es lo mejor siempre, además tengo lo suficiente para mantenerla y ayudar a su familia, no tendrá de qué enojarse don Casiano–. Don Casiano Leyva era un hombre afamado por su fuerza y la forma en la que hacía valer su voluntad con ellas. Al llegar a la casa, pidió hablar con don Casiano y muy formal le solicitó la mano de su hija, dándole todos los argumentos que había preparado, don Casiano escuchó con atención y le respondió: –Mire don Miguel es usted un buen partido, usted y yo nos conocemos desde niños y sé que es buena gente, pero mi hija Fidelia es demasiada mujer para usted, es mejor que se vaya fijando en otra, o si a usted no le viene mal, ¿por qué no se casa con mi Dalia?, la mayor, es linda y buena cocinera, a esa sí se la doy para mujer–. Don Miguel se quedó callado y pensó para sí mismo: –Dalia no esta tan mal, además si me caso con ella, podré estar más cerca de Fidelia– y levantando la voz dijo: –Esta bien don Casiano me caso con Dalia–.
La boda se celebró con una memorable fiesta a la que fue invitado todo el pueblo de Santa Águeda, lo más comentado del evento, era la gran mancha que llevaba el vestido de la novia en la espalda, porque accidentalmente, Fidelia se había tropezado con ella en la entrada de la iglesia con una pitahaya en la mano, la novia no lo notó hasta que ya en la fiesta su madre le pidió que se cambiara el vestido.
Durante los primeros meses de aquel matrimonio todo se llevó con calma, hasta que Dalia enfermó de brucelosis y la familia de ella dispuso que Fidelia fuera a atender a su hermana. A la llegada de Fidelia a la casa de Miguel todo se complicó, Fidelia no dejaba pasar la oportunidad de coquetear con Miguel y este no paraba de cometer errores por pensar en ella, una noche extremadamente calurosa Fidelia salió a refrescar su cuerpo a la pileta del patio central, sin percatarse que Miguel se encontraba en el fondo del patio por no poder dormir por el calor, fue ahí, que Miguel, al no poder contener su libido ante el semidesnudo cuerpo de Fidelia recién humedecido por el agua, la tomó entre su brazos y la besó con toda la pasión reprimida durante tantos años, Fidelia se mostró sorprendida por un instante, pero inmediatamente respondió a aquel beso que los llevó a consumar la entrega de sus cuerpos. Era media noche cuando dos siluetas en la penumbra de un cielo estrellado abandonaron para siempre el pueblo de Santa Águeda.
El bullicio de la voces era tan extraño en aquel paraje desolado, donde desde hacía por lo menos 5 años Miguel y Fidelia eran los únicos habitantes de esas costas, siempre temerosos de la ira de don Casiano, Miguel se levantó de la hamaca y con el machete en mano, se dirigió seguido de “El Negro” su perro, hasta el lugar de donde provenían esas voces, se trataba de un grupo nutrido de hombres que instalaban unas casas de lona a la orilla de la bahía cerca del muelle abandonado, se acercó a ellos y le dijo: –Ahí no pueden poner su casa– aquel grupo de hombres recios se detuvo y lo miraron con desdén –a ver tú Nicolás, que estas más cerca, dale una “calentadita” al viejo para que se calle– dijo el más alto de ellos– ¡momento!, aquí nadie da calentaditas a nadie– increpó en mal español el ingeniero Artur y continuó – a ver señor dígame ¿por qué no podemos poner ahí nuestro campamento? – a lo que Miguel respondió –Es que ahí llega la marea, lo mejor es que lo pongan por acá– y soltando una sonora carcajada el ingeniero ordenó que se moviera el campamento a donde Miguel decía.
Los primeros días los recién llegados incomodaron a la pareja, pero conforme iba pasando el tiempo, hicieron buenos amigos entre los trabajadores que habían llegado a explotar las salinas de la bahía, era el grupo de hombres más fuertes y recios que la compañía salinera había podido encontrar en todo el país, el trabajo en la salinas era famosa por duro e inclemente, sólo algunos hombres podían soportar por horas y días el infierno en que se convertía tener tanta sal expuesta al sol, las quemaduras extremas eran muy frecuentes.
Doña Fidelia –como le decían los trabajadores– se había convertido en una experta curandera y no faltaba nunca un obrero en su casa que requiriera atención, ya sea por algún desafortunado accidente o por alguna lesión auto infligida que ocupaban como pretexto, para que doña Fidelia posara aquellas hermosas y legendarias manos en su cuerpo, en un principio también era ella quien les preparaba la comida a las decenas de trabajadores de las salinas, hasta que un mal día la empresa instaló un comedor y llegó el doctorcito ese Sergio, –como le decían los trabajadores– y ya no tuvieron ningún pretexto para ir a ver a doña Fidelia.
Una mañana de verano, amaneció a orillas de la bahía el cadáver de “Don Miguelito” –como afectuosamente le llamaban todos–, aquel suceso conmocionó a todo el campamento, que casi en su totalidad se volcó a casa de doña Fidelia a dar su pésame, era muy extraño que nadie ni siquiera doña Fidelia, se preguntaran el motivo de la muerte de don Miguelito, pero a partir de ese momento a las dunas se les llamó “Las dunas de don Miguelito” en su honor; a la semana siguiente el comedor se incendió en un desafortunado accidente y a partir de ese día, se dio una singular forma de organización laboral para ir a tomar los sagrados alimentos con doña Fidelia.
El ingeniero Artur, “Arturita” –como le decían por su extraña forma de caminar y su delgado hablar– se mostró un poco sorprendido pero satisfecho puesto que los obreros organizaban sus descansos de sólo 15 minutos y de uno en uno o esporádicamente de dos, para ir a comer a casa de doña Fidelia.
El éxito del comedor de doña Fidelia fue tal, que al poco tiempo llegaron a trabajar con ella para ayudarle unas sobrinas venidas de no sé dónde, porque en realidad su única hermana Dalia falleció en aquella enfermedad, cuando abandonaron el pueblo, en fin, el negocio de doña Fidelia era el lugar preferido de los trabajadores de la salina para dejar su salario –y nunca mejor dicho salario, porque la palabra existe desde que se le pagaba a la gente con sal y esa era la moneda de cambio en cualquier mercado–.
Con los años creció el campamento original y los trabajadores poco a poco fueron trayendo a sus familias hasta convertir aquel primer refugio y hogar de don Miguelito y doña Fidelia, en una moderna y boyante ciudad con todos los servicios, grandes supermercados y muchos “restaurantes” a donde ir a saciar el hambre y la sed que da el trabajar de sol a sol en las salinas más grandes del mundo.
El año pasado tuve la oportunidad de conversar por última vez con doña Fidelia en su mansión de la Calle del Perro Negro, ella ahora es una anciana con muchísimo dinero, platicamos por largo rato en su enorme sala llena de las fotos de todos sus nietos, nietos de todos colores y todos los tamaños, no pude dejar de estremecerme como siempre, con aquellos ojos negros de un mirar profundo y la peculiar sonrisa de oreja a oreja, que estaba instalada de forma permanente en su rostro, ahora, al entérame de su muerte, quise relatar un poco de su vida, que tuve oportunidad de conocer de viva voz, de la primera habitante de la salinera más grande del mundo, la rica doña Fidelia.
La vida es una construcción consciente.






