Inicio Opinión El Espejo | Emilio, el mariquita. Autor: Iván Uranga

El Espejo | Emilio, el mariquita. Autor: Iván Uranga

La muerte no es más que un sueño y un olvido.
-Mahatma Gandhi

-Ahí viene el mariquita, ahí viene el mariquita- Gritó aquel grupo de niños en cuanto vio a Emilio. Emilio ya sabía bien lo que seguía; debía pasar sin remedio por en medio de aquel grupo de compañeros de su escuela y como ellos seguirían molestándolo debía detenerse justo frente a ellos y elegir de entre ellos a quien le tocaba recibir una paliza de él ese día, misma que sería detenida por todos los demás niños que al ver invariablemente que su amigo perdía, era su deber golpear entre todos a Emilio.

Emilio no era un niño como todos, desde muy pequeño se había destacado por su inteligencia y sensibilidad. Su singular amabilidad y su disposición permanente a ayudar a los demás, le había creado enemigos naturales, es decir, el grupo de niños que no entregaban sus tareas de forma regular y que se les dificultaba mucho la lección, sus maestros tenían una fuerte carga de responsabilidad al pedirle siempre a Emilio que ayudara a sus compañeros con las lecciones y compararlo insistentemente con los demás niños.

Los primeros años no había mucho problema cuando le pedían que fuera el que les enseñara a los niños, por ejemplo: a anudarse los zapatos. Era hasta divertido para los demás niños que siempre lo buscaban y lo veían con admiración, pero ahora a sus 11 años le estorbaba a los demás niños, era una presencia tan molesta tener que verse siempre comparados en él, Emilio era el que siempre estaba en todos los eventos de la escuela, festivales y aniversarios de cualquier cosa, ahí estaba Emilio, a Emilio le gustaba escribir cosas, pensamientos, un sarta de palabras cursis y que no era difícil que algún maestro le pidiera que las leyera en voz alta en el salón o en el patio, para que toda la escuela escuchara, y para colmo, todas la niñas de la escuela lo buscaban, de ahí que le hubieran apodado “el mariquita”.

En la escuela se organizó una jornada para hablar sobre la contaminación ambiental y la necesidad de cuidar al mundo para las futuras generaciones y se le pidió a todos los niños que colocaran algo en la famosa “Cápsula del Tiempo”, para que otros niños dentro de 50 años, conocieran cómo eran las cosas en nuestra época, se convirtió en memorable el llanto que soltó la inspectora escolar cuando le preguntó a Emilio que por qué metía a la cápsula ese frasco vacío, y Emilio le explicó –No es un frasco vacío maestra- es el aroma de las flores, es para que los niños del futuro conozcan su olor-.

Los padres de Emilio se percataron desde su primera infancia que era “muy sensible”, ya que siempre le reclamaba a su madre cuando maltrataba al gato e incluso, cuando cortaba una flor del jardín para su florero Emilio entristecía y le preguntaba que ¿por qué había matado a la flor?, o cuando ella cocinaba él podía salir con preguntas tan extrañas como: ¿Por qué se visten los tomates? Así que decidieron por el bien de todos que lo mejor era quitarle lo “sensible” y lo inscribieron en clases de karate, de judo, de boxeo y de lucha, –yo creo que así se hará hombrecito– decía su padre, el resultado es que Emilio ahora estaba convertido en todo un adolescente sumamente sensible pero muy bueno para dar trompadas.

Era muy común ver a Emilio ensimismado, guardando silencio por largas horas, siempre pensando, o viendo hacia el cielo, fuera de día o noche, no fue en sólo una ocasión que su madre se alarmó por escucharlo hablar solo, o peor aun cuando oía que platicaba con la luna. Su padre, un obrero tosco y con poca preparación, recibía las quejas de su esposa y frecuentemente hablaba con Emilio, intentando reprenderlo por algo que la madre creía que estaba mal, para el padre de Emilio era cada vez más difícil intentar reprenderlo, porque Emilio tenía respuesta para todo y regularmente el padre regresaba de las conversaciones con su hijo pensativo o con algún buen dolor de cabeza, en una ocasión siendo muy niño, el padre de Emilio a la hora de dormir le cerró la ventana de su cuarto y Emilio le pidió que la abriera de nuevo, –porque todavía no sabía cómo llevar una cobija a la luna para que se cubriera del frío y que tal vez la luna quisiera bajar a dormir con él para calentarse un poquito-.

Ya siendo adolescente el padre de Emilio habló muy seriamente con él diciéndole que no era de hombres eso de escribir poemas, o andar diciendo lo que siente uno, que debía ser un cabrón como su padre, Emilio le miró con ternura y le explicó con palabras pausadas- Mira padre si lo que te preocupa es que sea homosexual, no lo soy y te lo digo porque ya probé y no me gustó, realmente lo mío son las mujeres y me he dado cuenta que a ellas les gusta que yo externe lo que siento, por cierto, a mi madre también le gustaría que de vez en cuando le dijeras cuánto la quieres, y si no la quieres, de todos modos le gustaría que le mintieras– el padre de Emilio no sabía si sentirse enojado o feliz, por fin sabía que su hijo no era homosexual así que lo único que atinó a decir fue: –está bien pero por lo menos deja ya de mirar tanto al cielo-, y el buen Emilio que no sabía quedarse callado le respondió: – ¿Te has preguntado por qué seguimos viendo miles de estrellas que en verdad no existen, y si esto se lo preguntarán los seres que viven en los por lo menos 300 planetas que tienen las mismas condiciones que el nuestro para la vida, sólo en nuestra galaxia?– Desde ese día era muy común ver al padre de Emilio pasar largas horas viendo hacia el cielo.

Antes de cumplir los 12 años, Emilio presentó un extraño cambio en su carácter, se volvió mucho más serio, ya no platicaba con Fernanda en los descansos, y eso que alguna vez escribió con gis en el patio de la escuela: “El mundo sólo existe cuando Fernanda lo mira”, dejó de cumplir con las tareas y en el salón no trabajaba. Sus maestros al principio le hicieron poco caso, pensando que estaría en algún momento especial que debían ser cosa de la adolescencia, que ya se le pasaría, pero un día, durante un dictado, la maestra se percató que Emilio no escribía nada, -¿Qué pasa Emilio, por qué no escribes?- Si mediar nada, le respondió:

¿Por qué se escribe sobre el papel en vez de escribir sobre la tierra?

Si ésta es grande, es ancha, es larga.

¿Por qué no escribimos bajo la superficie del cielo todo lo que dicen nuestras mentes,

lo que nace en nuestros corazones?

¿Por qué no escribimos sobre las verdes hojas, sobre las nubes, sobre el agua, en la

palma de la mano?

¿Por qué sobre el papel?

¿Dónde nació el papel? que nació tan blanco

y ahora aprisiona mi morena palabra:

la palabra que esculpieron nuestros ancestros entre las flores,

si no puedo escribir en el canto de las aves, no escribiré más-.

Y dejó de escribir, ni los maestros ni sus padres pudieron hacer que volviera a escribir palabra alguna, eso no dejaba que él explicara de viva voz todo lo que quería, e informó a sus maestros que las tareas las entregaría de forma oral, no hubo más remedio que enviarlo con la psicóloga de la escuela, que después de tres sesiones afirmó que no le pasaba nada, que era un capricho, que simplemente él no quería escribir. Al poco tiempo Emilio dejó de asistir a la escuela, porque en su casa había decidido que no caminaría más, su madre cada vez más desesperada por la actitud le preguntó que por qué no caminaba que ¿qué tenía? Con un tono de voz que quería ser profundo, Emilio le contestó:

¿Por qué caminar? si cualquier sitio es mi hogar,

¿A dónde ir? Si al lugar que debo llegar está en mí,

Nada tengo que buscar fuera de mi piel

El principio y el fin soy yo

¿Para qué caminar?

Si hace tiempo que aprendí a volar.

Y ya no hubo poder alguno que lo hiciera caminar, la madre de Emilio entró en una crisis nerviosa y cada especialista que venía a ver a Emilio, aprovechaba para atender a su enferma madre, pronto tuvieron que vender el auto y algunos electrodomésticos para pagar a tanto médico que intentaba sin resultado hacer que Emilio entrara en razón, era obvio que no tenía nada, que estaba pasando por una depresión originada por algún evento externo que no alcanzaban a vislumbrar, intentaron de todo pero no comprendieron qué era lo que realmente pasaba por la mente de este joven.

El padre de Emilio cada vez estaba menos en casa, ahora debía trabajar más para intentar cubrir los gastos que le estaba generando la enfermedad nerviosa de su mujer y el capricho del niño, él insistía que lo que necesitaba su hijo era una buena tunda, que eso les pasaba por no haber sido más duros con él, pero con eso de la sensibilidad pensaron que se quebraría con malos tratos, y habían decidido que nunca le pegarían, que todo debían resolverlo con palabras, y ahora se encontraban en esta absurda situación, la madre de Emilio optó por acudir de tiempo completo a la iglesia, donde rezaba y rezaba pidiendo que su hijo entrara en razón, el párroco le aconsejó que ya encontraría el camino para solucionar su mal, que Dios no la iba a dejar, que ella debía estar pendiente del momento en que el señor le pusiera las herramientas para quitar su pena.

Una noche de sábado, mientras la madre de Emilio tejía y su padre intentaba escuchar el partido de futbol en el pequeño radio que le había quedado, Emilio por el intercomunicador que habían tenido que instalar en su cuarto, le pidió a su padres que fueran a su recámara para hablar con ellos, que tenía algo importante que comunicarles, cuando llegaron sus padres, Emilio les informó que a partir de ese día dejaría de hablar, los padres de Emilio ya no podían más con aquella estupidez y le gritaron que no le permitirían continuar con tal disparate, su padre se abalanzó enfurecido sobre él y le propinó una tremenda tunda que lo tiró de la silla donde se encontraba postrado, su madre llorando como pudo le quitó a su padre de encima y le pidió que fuera a dar una vuelta para que se calmara, que ella hablaría con el niño, su padre, frustrado y envuelto en llanto, abandonó la recámara, la madre de Emilio le ayudó a levantarse y con una serenidad extraña le preguntó a su hijo – A ver Emilio, ¿ahora de dónde sale esa locura de dejar de hablar?- Emilio todavía agitado y un poco sorprendido de la serenidad de su madre le contestó:

La palabra existe para poder comunicarnos con el otro

y el otro siempre soy yo

de tanto hablarme a través de los demás ya no me escucho

mi voz no es mi palabra

sólo soy mi pensamiento

mi canto

mi gastado tono

y el mundo es sordo a todo

el silencio es más bello que mis palabras

No hay bien, no hay mal

Y mi vida no es lo que podemos ver

mi vida es energía

polvo de estrella

todo se transforma

y sin la mirada de Fernanda

para mañana quiero renacer más bruto

para ser más feliz.

Y dicho eso dejó de hablar, la madre de Emilio se quedó paralizada de lo que había escuchado, estaba totalmente sorprendida, y no era por la decisión que su hijo había tomado, su sorpresa se debía al hecho de haber entendido lo que su hijo quería, lo que su hijo pedía. Él decía que era absolutamente necesario que esa tal Fernanda lo mirara y que si no venía, que lo que él quería era renacer para ser feliz – hoy es sábado –pensó- la tal Fernanda no se presenta en la escuela hasta el lunes, pues no hay forma de que venga a mirarlo, así que la segunda opción es la resurrección, la paz , sí, por fin la paz– volteó a ver sus manos y observó que todavía tenía en ellas las agujas de tejer -las herramientas que Dios me mandó para acabar con mi mal – dijo en voz alta.

Media hora más tarde al regresar el papá de Emilio después de una caminata que le permitiera calmarse, se encontró afuera de su casa con una patrulla y una ambulancia, corrió hasta la puerta de su casa donde una camilla sacaba un cuerpo mal cubierto con sábanas que dejaban ver dos agujas clavadas en el pecho de aquel cadáver, y detrás de  ella, dos policías que con trabajo sacaban de la casa a su mujer que gritaba, –él lo pidió, lo juro por Dios él así me lo dijo– Fernanda y su madre que pasaban en su auto por enfrente de la casa, se dieron cuenta que era a la madre de Emilio a quien obligaban a subir en la patrulla, –Esta gente siempre ha sido muy rara, el hijo de esa señora es tu ¿no es así?– dijo la madre, y Fernanda le contestó – ¡nunca te enteras de nada!, es la mamá de Emilio, el que era mi novio, que te conté que lo terminé hace dos semanas porque él sólo hablaba de cosas super-cursis mami-

Al llegar a su casa, se encontraron que había una pequeña perrita que habían abandonado en la puerta de su casa, Fernanda sin poder dejar de mirarla, la levantó. Una vecina que pasaba por ahí les contó que la mamá de la perrita se había vuelto brava y se la habían llevado a la perrera, ante la insistencia de la niña la madre aceptó que se quedara con ella – es súper tierna mami, ¿cómo le pondremos?- ponle María, para decirle Mariquita como le decían a mi suegra. Por fin Emilio fue feliz.

Fin.

La vida es una construcción consciente.

Iván Uranga
Iván Uranga

Especialista en Ciencias Sociales, promotor de comunidades autónomas autogestivas, investigador social, docente de Permacultura, escritor de
ensayos, novelas, cuentos, teatro y poesía.

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