El Escondite. Autor: Alfredo Hernández Esparza

A la hora de repartirnos, a mí me volvieron a pasar al grupo de los chicos, por eso le di una patada en la espinilla al payaso de Rafael. Como él ya había cumplido los quince años, se creía con derecho a darnos órdenes a todos y hasta decía a qué debíamos jugar. Yo era el único que protestaba, aunque nadie me hacía caso y siempre terminábamos por hacer lo que decía Rafael.

Roberto y Manuel habían cumplido los quince años y nunca decían nada ni se las daban de mandones. A mí me caían muy bien porque, de todos los primos, nunca  hablaban a gritos ni nos pedían las cosas como ordenándolas; se comportaban correctamente con los demás y nunca peleaban por dirigir o por ser los primeros en batear o pedir mano para tirar a las canicas. Yo creo que eran así porque se habían educado en un colegio de curas, no en escuela de gobierno, como todos nosotros.

Otra cosa que me daba mucho coraje era que siempre, cada vez que jugábamos a los vaqueros, Rafael ordenaba –sí, ordenaba- que yo hiciera el amigo del “malo”. Ni tan siquiera el malo; no, el amigo del malo, al que siempre le iba mal y al que mataban primero. Por eso le di la patada en la espinilla aquella tarde. Por eso y porque esa vez, tratando de impresionar a Marta, la prima de Guadalajara, se había portado más pedante que de costumbre. Mis tías y mi mamá se habían ido, como todos los domingos, a rezar el rosario en catedral, y antes de salir nos habían hecho la última y la más terminante de las advertencias: “Pórtense bien, no maltraten a las niña y obedezcan a los mayores, ya lo saben”. Sí, ya lo sabíamos. Y también sabíamos que no debíamos meternos a jugar a la cochera abandonada, en donde dice Rogelio que se aparece un cochero sin cabeza que una vez mataron unos bandidos; también sabíamos que no debíamos jugar en la azotea, ni arrojarnos cubetadas de agua, ni subirnos  a las higueras, ni hacer muchas cosas muy bonitas que a todos nos gustaban, menos, claro, al odioso de Rafael. Ese domingo, y por complacer a la prima que había llegado de Guadalajara, dejamos de jugar  a los vaqueros para jugar a las escondidas, o “al escondite”, como ella decía. La verdad es que nos divertimos mucho; casi no nos peleamos y a mí me tocó esconderme cinco veces seguidas. El detalle desagradable fue cuando me encontraron arriba de una higuera; Rafael dijo que me iba  acusar y yo le dije que qué me importaba, que él me hacía los mandados. Ese detalle y también el de Marta, la prima de Guadalajara.

Y fue precisamente después de lo de la higuera cuando me fijé que ella era muy bonita. Tenía los ojos negros, grandes y muy brillantes y las mejillas sonrosadas y frescas, que porque hacía mucho ejercicio y se levantaba muy temprano, según dijo. En aquel tiempo yo era muy perezoso y todas las mañanas me costaba un grandísimo esfuerzo despertarme para ir a la escuela, pero no se lo dije; antes bien le conté que yo también me levantaba temprano y tenía el primer lugar de gimnasia en mi salón de clases. Después de todo, ella nunca iba a saber la verdad y yo no iba  a ser menos que el orgulloso, el pedante de Rafael.

Otras veces, cuando jugábamos en el patio, era Rafael quien daba la orden de interrumpir el juego y sentarnos a platicar en la sala mientras llegaban mis tías y mi mamá, pero esta vez no dijo nada; insistió en que siguiéramos jugando, aunque ya estaba muy oscuro y casi ni las caras nos veíamos unos a otros. Tampoco dijo nada cuando Inés comentó  que ella ya no jugaba, que mejor se iba a sentar a vernos para descansar un rato. Esta ocasión me toco ser el que buscara.

La casa es muy grande, de esas antiguas, y con un patio grandísimo, huerta y muchos, muchísimos cuartos; unos vacíos, otros habitados, por eso no se nos agotaban los escondites. Por eso y porque siempre he tenido miedo de los aparecidos, empecé a buscar lo más lejos posible de la cochera. Fui encontrándolos uno tras otro, y cuando ya nada más me faltaban Marta y Rafael, me di por vencido y me declaré perdedor. Pero ni Rafael ni la prima de Guadalajara salían de sus escondite; yo ya no quería jugar porque la casa se estaba oscureciendo rápidamente y también porque creía que Rafael quería asustarme. Pero los demás insistían en que los buscara hasta dar con ellos y empezaron a decir que yo tenía miedo. Alguien propuso que me consiguieran un vestido y una muñeca para que jugara solo con las niñas y eso me dio coraje, mucho coraje.

Armándome de valor y para demostrarles que no era miedoso, me dirigí al fondo del patio, donde estaba la cochera abandonada y antes de entrar les hice señas de que yo era muy valiente. Luego empujé la puerta procurando no hacer ruido, no fuera a andar por ahí el señor aquel que descabezaron unos bandidos. Cerré la puerta tras de mi espalda con el mismo cuidado con que la había abierto y me di cuenta que la luz de la luna se filtraba por una de las ventanas sin vidrios. Contuve la respiración y esperé a que mis ojos se acostumbraran a la penumbra. Entonces los vi. Rafael tenía entre las suyas las manos de Marta y le hablaba quedo, como si no quisiera que nadie, más que ella, escuchara lo que le decía. Luego se acercó y le dio un beso en la mejilla, un segundo antes de que yo gritara con todas mis fuerzas: “¡Aquí están!”

Cuando salimos los tres de  la cochera, yo tenía un extraño nudo en la garganta; sentía que odiaba más que nunca a Rafael y sabía que jamás, en todos los días de mi vida, volvería a dirigirle la palabra a Marta.

Precisamente, esa noche juré no volver a jugar al escondite y dejé de creer en aparecidos.


Publicaciones: Mujer de hoy, Diorama de la cultura, de Excélsior, Letralia (Números 191 y 195) Revista 7 días, Meridiano, Espigas y Qué Onda. Dos premios regionales: Primer lugar Feria del Algodón y de la Uva de Torreón y primer lugar premio Magdalena Mondragón de la UAC.

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