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El cobrador dorado dejó de jugar y alegrar a los demás. Autor: Alejandro Marengo Pérez Duarte

A los perros Golden retriever les dicen así por su pelo largo y dorado. Son consecuencia del cruce del cobrador de pelo liso con el tweed water spaniel; su raza tiene algo que me conmovió desde que Ludwig – un cobrador dorado- llegó a mi cuidado.  

Gracias  a lo que me daba el cobrador Ludwig traté de aliviar el sufrimiento de otros perros callejeros porque me enseñó sobre cuanto puede sufrir un perro por no cumplir su rutina de paseo, por no jugar, cuan sensibles y leales son estos animales cuando no los violenta un humano.  

Mi Ludwig era capaz de dramatizar escenas por no jugar lo suficiente con él, era capaz de avisar cuando algún humano estaba en peligro, era una criatura que podría jurar casi nunca le vi gruñir ni enseñar sus colmillos salvo en defensa propia, un perro con fortaleza pero sin ira.  

Mi cobrador dorado dejó de jugar, ahora es una estrella caída  más en el firmamento, polvo al que todos pertenecemos, materia sin forma ni movimiento; estaba tan cansado y vituperado por la enfermedad y la vejez que su mejor opción era descansar en el sueño eterno.  

La jodida ausencia, la abrumadora transformación crónica de cada día en polvo, las lecciones que me deja son implacables: todo lo bello debe morir, existen pérdidas en la vida irreparables.    

Nunca dejo de ser noble y juguetón el  noble perro ¡Maldita muerte putrefacta  que apaga todo y lo hunde en el larga laguna del olvido!    

No nos volveremos a ver porque yo soy agnóstico y el Dios cristiano solo recibe el alma de los  creyentes; los animales, los infieles, los que dudan: pueden irse al infierno o a la nada dicen los sacerdotes  con implacable temeridad citando la palabra de su Dios antropomorfo.  

¿Y si la vida se repitiera? ¿Y si el tiempo fuera circular? ¿Y si solo tuviéramos este breve tiempo para despertar y percibir la belleza? Mi cobrador dorado sería la mejor compañía siempre.  

Los perros no deberían vivir tan poco tiempo y los bípedos no deberíamos ser tan longevos.    

Mi perro murió de 10 años  un 20 de Agosto de 2023: mi hermano y mi madre cerca de él  lo cuidaron  como el oro por su mansedumbre y su alegría que regalaba por existir.    

Yo no tuve el coraje de verlo partir, me despedí dos días antes de él; yo me derrumbé como es mi costumbre de quedar en escombros y no saber que hacer con el resultado del terremoto.  

El sufrimiento en  forma de recuerdo, así me visitará mi perro emulando la alegría y el terror, el olvido es el destino de ambos hasta que me alcance la funesta muerte; a veces es terrorífico este credo panteísta al qué fui arrojado por dudar tanto: ahora me aterra  el infinito cosmos y sus estrellas, la laguna inmensa  del Leteo a la que pertenecemos los que suponemos somos más animales que divinos, este extraño sueño al que le digo vida.  

Nuestro lenguaje no debería producirme metáforas y analogías sobre desaparecer y existir. El lenguaje no debería considerar a lo que muere como si nunca hubiera muerto y a lo que vive como si fuera eterno.  

Se lamentaba un  humano post moderno que creyó primero en  Cristo y  después en Marx sobre el porqué muchos perros son tratados durante su breve vida mejor que muchos humanos: quizás ese preguntón nunca miró a un vagabundo durmiendo o alimentando a su perro – y tratando al can  mejor que a sí mismo- pobres de aquellos que no pueden pensar, ni mirar, fuera de sus dogmas que les deja la doctrina ideológica de su preferencia.  

Adiós querido e indispensable Ludwig el cobrador dorado, descansa; este sufrimiento solo existe para los condenados al infierno de la búsqueda de sentido, para los que cargan con su aguda consciencia: la religión, la ética, la moral, la razón, son ficciones de esta especie que se transformó del simio a supuestos hijos de Dios.

  • Autor: Psi. Alejandro Marengo Pérez Duarte.  
  • Redes: Twitter. @ampd31  
  • FB. Alex Marengo.  

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