Cada vez que anuncian la caída de un capo, una parte de la sociedad reacciona como si por fin hubiera sido derrotado el Mal. Como si el narcotráfico fuera una bestia mitológica sostenida por un solo hombre. Muere uno y entonces aparecen los ingenuos profesionales a celebrar “el principio del fin”. Qué ternura. Qué imbecilidad.
El capo nunca ha sido el problema completo. Es apenas su rostro más vulgar, más fotogénico y más rentable. Una mezcla de brutalidad, dinero, ignorancia convertida en arrogancia y una narrativa aspiracional para los desesperados: el pobre que asciende, el humillado que ahora humilla, el hombre que por fin tiene poder, miedo, cuerpos, lujo y obediencia. Es la meritocracia, pero con cadáveres.
Por eso fascina tanto. No porque sea excepcional, sino porque encarna la fantasía más miserable de esta época: dominar. En una sociedad enferma de desigualdad, desprecio y abandono, el capo aparece como una revancha obscena contra la impotencia. No es una anomalía. Es el hijo monstruoso de los valores que ya circulan con traje, con discursos de éxito y con sonrisa institucional.
Y por eso también es tan ridícula la euforia cuando cae. Porque no cae el sistema: cae el personaje. No se desmonta la maquinaria; se reemplaza al gerente. El negocio sigue, las redes siguen, el dinero sigue, las armas siguen, las complicidades siguen. El teatro necesita un villano visible para que nadie mire a los verdaderos dueños del escenario.
Nos encanta creer en el capo todopoderoso porque así evitamos pensar en algo más incómodo: que el horror no lo produce un solo monstruo, sino una cadena entera de cobardías, ambiciones y silencios. Políticos que pactan, empresarios que lavan, autoridades que administran el caos, consumidores que sostienen el mercado, medios que convierten la barbarie en entretenimiento y ciudadanos que condenan el narco mientras siguen adorando el dinero, la impunidad y la fantasía del macho que manda. El capo no es el cáncer de la sociedad. Es su síntoma más obsceno. Lo insoportable no es que existan estos personajes. Lo insoportable es que sigamos fingiendo que ellos solos inventaron el mundo que los hizo posibles.
Porque el capo no nace del vacío: nace de una sociedad que desprecia la miseria, idolatra el poder y después finge escandalizarse ante la criatura que ella misma incubó.
@Hadacosquillas




