El avión presidencial, un problema que no tiene solución. Autor: Venus Rey Jr.

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Mucha gente hace burla de que no hay comprador para el avión presidencial. Esa misma gente reprocha al presidente su obcecación y necedad de venderlo a como dé lugar, malbaratándolo e incluso rifándolo si fuera necesario.

¿Por qué AMLO nunca usará ese avión? Por una razón análoga al cierre de Los Pinos. El avión es un símbolo del privilegio al que estaban acostumbrados los altos funcionarios. No sólo estaban acostumbrados al lujo y al boato, sino que creían que lo merecían, que era su derecho. La adquisición de esa aeronave fue una infamia para los mexicanos más pobres, fue una afrenta para uno de los países latinoamericanos con mayor porcentaje de población en pobreza, sólo superado en este rubro por Venezuela, Guatemala y Honduras. Según datos publicados por el Banco Mundial en 2018, el 34,8% de los mexicanos vive en pobreza, con ingresos menores al equivalente de 5.50 dólares americanos por día. Con una población de casi 129 millones de personas, ese porcentaje significa que casi 45 millones de mexicanos son pobres. Cuando hablamos de pobreza nos referimos a toda esa gente, pero rara vez se considera que hay casi 60 millones de mexicanos (sí, leyó usted bien: 60 millones) que percibe menos del equivalente a 10 dólares diarios, los cuales, no hace falta decirlo, son insuficientes para cubrir, ya no hablemos de necesidades espirituales y culturales, sino incluso las necesidades más básicas. Esos casi 60 millones de mexicanos son los que algunos llaman con desprecio los “jodidos”, los “proletarios”. Yo no sé cuánto gane usted, pero aun cuando ganara el doble, o sea, el equivalente a 20 dólares diarios (digamos, unos 12 mil pesos al mes), le aseguro que viviría con muchas limitaciones y sería una ofensa que mientras usted y 60 millones de mexicanos se truenan los dedos y la malpasan todos los días, el presidente y sus amigos se paseen en un oprobioso avión que representa la injusticia y la desigualdad económica que prevalece en este país.

El presidente en turno ha entendido esta realidad. Los gobernantes del PRI y del PAN fueron incapaces de comprender, y por eso están derrotados, el PRI a punto de la extinción política. Adquirir ese avión fue una infamia; usar ese avión es un acto de indolencia. Cada vez que Enrique Peña Nieto viajaba en él y llevaba a su familia y a sus amigos, México era víctima de la frivolidad de esa pseudo-aristocracia (en realidad una cleptocracia) y objeto de burla y desprecio. Si el presidente López Obrador usara ese avión, se sumaría a esa banda presidencial (banda en el sentido de organización criminal) que tanto daño ha hecho a México. Por eso nunca lo va a usar.

Los Pinos y el avión son dos símbolos del privilegio y la opulencia de las cuales gozó impunemente ese régimen que cayó el 1 de julio de 2018. Los miembros y representantes de ese régimen siguen sin entender las cosas. No les cabe en la cabeza que ahora Los Pinos sea la sede del Sistema Nacional de Fomento Musical ni entienden que sea preferible tener el avión en un hangar que usarlo. Esa incapacidad de entendimiento fue uno de los factores de su derrota. No logran comprender por qué un presidente tan necio como López Obrador se empeña en no usar el avión y en querer deshacerse de él a como dé lugar. Lo mismo puede decirse de Los Pinos. Para estos representantes del antiguo régimen, no usar el avión ni usar Los Pinos es un acto de estupidez y de necedad, una actitud incomprensible, ilógica, sin sentido. Claro, si hubieran ganado, para ellos sería lo más normal que Los Pinos siguiera siendo la sede del Poder Ejecutivo y sería lo más normal que el presidente se anduviera paseando por todos lados con su familia y allegados en ese avión de la ignominia.

El problema ya está: Felipe Calderón adquirió esa nave y es imposible retrotraer el tiempo para evitarlo. Ahí está el avión y ahí está una millonaria cuenta que los mexicanos habremos de pagar, pues al parecer no hay comprador para semejante artefacto. Dicen muchos que AMLO es estulto en grado superlativo porque no quiere darse cuenta de que sólo un imbécil compraría un avión así. Pero sí hubo alguien que adquirió un avión así: Felipe Calderón. O sea, sí hay gente así en el mercado, y Calderón es la prueba viviente de ello. Sí hubo alguien que dijo: “yo quiero un avión así” (claro, no con su dinero, sino con cargo a los mexicanos). Así que no perdamos las esperanzas de que el avión pueda venderse, aunque sea muy difícil y muy poco probable.

Insisto, el problema ya lo tenemos. ¿Cómo nos vamos a deshacer de ese avión? El presidente ha sugerido cinco posibilidades: la venta (130 millones de dólares), el trueque con el gobierno de Estados Unidos (avión a cambio de equipo médico para hospitales públicos), la copropiedad de doce empresas (una especie de tiempo compartido), la renta por hora, y…. una rifa a través de la Lotería Nacional. El panorama no luce nada bien.

La venta por 130 millones de dólares no parece un buen negocio. Según una publicación de la Presidencia de la República del día 14 de enero de 2016 (https://web.archive.org/web/20180423105005/https://www.gob.mx/presidencia/prensa/arribara-a-mexico-el-nuevo-avion-presidencial-boeing-787-8-jose-maria-morelos-y-pavon-18668), se pagaron 218,7 millones de dólares por ese avión. Si se vendiera en 130 millones de dólares, se estaría perdiendo 40.55% de su valor. Mal negocio. Pero además está la cuestión del arrendamiento. El gobierno federal tiene contratado con Banobras un arrendamiento por 15 años y, de acuerdo con dicho contrato, al final de ese periodo, el avión pasaría a los activos de la Secretaría de la Defensa. ¿Quién va a querer subrogarse como arrendatario –eso sería lo que estaría en venta– un arrendamiento al término del cual la aeronave no sería de uno, sino de un tercero, en este caso la Sedena? Mal negocio también. Como dice la canción de El Puma: “dueño de ti, dueño de qué, dueño de nada…”

El trueque parece no interesar en lo más mínimo al presidente Trump, así que lo mejor sería descartar esta propuesta. Trump tiene dos Air Force 1 en operación que no pueden compararse con nuestro avión presidencial. Le quedaría chico al presidente estadounidense (¿No que el avión de Peña no lo tenía ni Obama?)

La copropiedad siempre es una situación jurídica incómoda. Los códigos civiles así lo consideran, y para prueba basta la Actio comune dividundo en virtud de la cual nadie está obligado a la copropiedad. Los copropietarios tienen en todo momento el derecho de pedir que se divida la cosa común. Desde el Derecho Romano, la copropiedad se ha considerado como una fuente de conflictos. Imagine usted: si ya de por sí es difícil encontrar un loco que quiera quedarse con el avión, encontrar doce locos que quieran ser copropietarios es un suicidio (para los doce locos). La idea del tiempo compartido, desde la óptica del comprador –no del gobierno–, parece un disparate.

La renta por hora tampoco parece una buena opción porque en realidad la aeronave seguiría perteneciendo a México, y lo que se busca es deshacerse de ella, no que el gobierno se convierta en un operador de turismo de súper lujo. ¿Cuál sería el precio por hora? El precio tendría que ser lo suficientemente accesible para que haya interesados en rentar el avión, y al mismo tiempo lo suficientemente alto para cubrir los gastos de mantenimiento y operación, que son en extremo onerosos. La ecuación no se ve fácil.

Finalmente viene la propuesta de la rifa. Parece un chiste, pero no. Tampoco es un distractor para que el país y la opinión pública pasen por alto una reforma penal de la que muchos hablan y a la que muchos temen, pero que ni siquiera ha sido ni va a ser presentada en el Congreso. La propuesta de la rifa, créalo o no, fue seria. Tan seria que ya son varios los que se han sumado para apoyarla, entre ellos la diputada Dolores Padierna y el gobernador de Oaxaca, Alejandro Murat, y aun cuando en un primer momento el secretario de Comunicaciones y Transportes, Javier Jiménez Espriú, dijo que una propuesta así era inviable, en un segundo momento reculó y dijo que compraría dos cachitos. Sí, porque van a ser seis millones de cachitos, a 500 pesos cada uno, lo que daría un total, si se venden todos los cachitos, de 3,000 millones de pesos. Vamos a suponer que todo sale bien, que se hace la rifa y que se venden los cachitos. Deje usted la cuestión de que el ganador estaría sacándose la rifa del tigre, la cuestión de fondo es saber, a final de cuentas, quién estaría pagando el avión. Lo estaríamos pagando los mexicanos, como el Fobaproa, que seguimos pagando. El avión se adquirió con dinero de los mexicanos, un dinero que ya se pagó. ¿Por qué los mexicanos habrían de pagar otra vez por ese avión? Que lo paguen quienes lo compraron y quienes anduvieron paseándose en él: ¿a poco no juntan 130 millones de dólares Calderón, Peña y sus más corruptos colaboradores? ¿Por qué cargarle una vez más el muerto al pueblo mexicano?

El asunto del avión presidencial es insoluble. De las cinco propuestas del presidente, ninguna parece viable. Cualquiera que sea el desenlace, será una muy amarga experiencia. Pero por amarga que sea, sería mucho peor si el presidente se sube en él como lo hizo Peña. El Boeing 787 Dreamliner es un monumento al abuso, un símbolo de la frivolidad y un insulto a los mexicanos, sobre todo a los más pobres. Representa el privilegio inicuo e inmoral a que estaban acostumbrados los gobernantes. No es lícito ni humano que mientras casi 60 millones de mexicanos se malviven con menos de 10 dólares al día, los presidentes, sus familias y sus amigos disfruten privilegios de príncipes sauditas. Es buen signo que el presidente mexicano haya entendido este punto. No sorprende que los opositores sigan sin comprender.

@VenusReyJr

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