El autoerotismo: un camino a la autenticidad del ser. Autora: Emma Rubio

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Hace unos días volví a ver el film Children of men, el cual no es una película acerca de la infertilidad biológica, sino de una infertilidad que hace mucho tiempo previó Nietzsche cuando describió a la civilización occidental en un movimiento “hacia el último hombre”, una criatura apática sin grandes pasiones o compromisos, incapaz de soñar, cansada de la vida, que no asume riesgos, que sólo busca su comodidad y seguridad, una expresión de tolerancia mutua. Dice el pensador en su Zarathustra: “Un poco de veneno de vez en cuando produce sueños agradables. Y mucho veneno al final para tener una muerte agradable. La gente continúa trabajando, pues el trabajo es un entretenimiento. Mas procura que el entretenimiento no canse (…) Nosotros hemos inventado la felicidad, dicen los últimos hombres y parpadean”.

Nosotros, los últimos hombres en occidente, vivimos inmersos en estúpidos placeres diarios, muy de la clase media, esta clase media que no es más un lujo que el capitalismo no puede seguir permitiéndose. Es curioso cómo en el film el único sitio donde se vive una extraña sensación de libertad es en el Bexhill on Sea, una especie de territorio virgen al margen de la omnipresente y sofocante opresión. El pueblo que mantienen sus habitantes los cuales son inmigrantes ilegales, está aislado por un muro y se ha convertido en un campo de refugiados. La vida prospera aquí, entre manifestaciones fundamentalistas pero también entre actos de auténtica solidaridad. No debiera extrañarnos que la extraña criatura, el bebé recién nacido, aparezca en este sitio, al final del film; las fuerzas aéreas bombardean despiadadamente Bexhill on Sea.

Hay un curriculum oculto quizá en el discurso de la temática de este film en el que nos evoca una sexualidad inexistente marcando la fertilidad como la función principal de la misma y ante la infertilidad cobra un sinsentido, sin embargo, al nacer un niño nace la esperanza del resurgimiento de todo aquello que evoca la concepción de la vida. Pero entonces ¿no es acaso una gran tiranía la que se ha vivido incluso en el ámbito de lo sexual?

Aún recuerdo ese escandaloso 6 de agosto de 2006 cuando la ciudad de Londres acogió el primer Masturbaratón del Reino Unido, un evento masivo en el cual hombres y mujeres se dan placer a sí mismos para obtener dinero destinado a agencias de salud sexual y reproductiva. Este evento despertó algunas conciencias pero también disparó vergüenzas y tabúes que aún persisten años después.

Este hecho fue creación de Good Vibrations, una empresa de salud sexual de San Francisco, como parte del Mes Nacional de la Masturbación fundado en 1995 l primer Marturbaratón.

No hace mucho junto con mi socia, ofrecimos un taller sobre erotismo y sexualidad, en el que pusimos como intención principal: desgenitalizar la sexualidad. Ambas recibimos algunas respuestas sumamente obtusas, cargadas de prejuicios y otras infestadas de morbo y de mal gusto. Y es que sin duda alguna, aún habitamos en una sociedad en que la expresión de la sexualidad siempre ha sido legislada y restringida, en donde la búsqueda de placer puro se condena con frecuencia como egoísta e inmadura. Gran cantidad de personas que se consideren libres de prejuicios sexuales, simplemente han reescrito la ecuación. Ideas medievales como “el sexo sólo es bueno si implica la procreación”, “el sexo sólo es bueno si implica a dos personas enamoradas”. ¿Por qué negar nuestro primer acto sexual, la masturbación? La masturbación es una fuente natural de placer disponible para nosotros a lo largo de nuestras vidas y forma única de autoexpresión creativa. Cada vez que uno se masturba, se celebra nuestra capacidad innata para el placer, sin embargo, la cultura ha hecho de la misma, un acto radical e incluso maligno. Una cultura que suprime tan natural e innato sentido de placer obviamente no tendrá reparo en suprimir otro tipo de libertades. La libertad erótica es esencial para el auténtico bienestar.

Alain Badiou expresó de modo perspicaz, que hoy más que nunca se debería insistir en el amor como centro de atención, no meramente en el placer: Es el amor el encuentro de dos, lo que “transustancia” el placer idiota y masturbatorio en un auténtico acontecimiento. Una sensibilidad mínimamente refinada nos dice que es más complejo masturbarse frente a otro que estar inmerso en una interacción sexual con él o ella: el hecho de que el otro se vea reducido a observador hace que el acto sea más “vergonzoso”. Es por ello que eventos como el Marturbaratón señalan justamente el fin de la vergüenza. Esto es lo que hace de él una de las más claras indicaciones acerca de dónde nos situamos hoy día dentro de una ideología que sostiene nuestra más íntima experiencia interior.

Es maravilloso que existan eventos puesto que se va construyendo un colectivo a partir de individuos dispuestos a compartir el solipsismo de su propi goce, es la forma de sexualidad que encaja a la perfección con las coordenadas ciberespaciales.

Badiou desarrolla la noción de monde atone (mundos atonales) los cuales carecen de la intervención de un “significante-amo” que imponga un orden de sentido en la confusa multiplicidad de la realidad. Un ejemplo que da el francés sobre un mundo atonal corresponde con la visión políticamente correcta de la sexualidad tal y como la promueven los estudios de género, con un obsesivo rechazo de la lógica binaria: éste es un mundo lleno de matices con múltiples prácticas sexuales que no tolera ninguna decisión, ningún ejemplo de la dualidad, ningún valor en el sentido nietzscheano.

Las novelas de Michel Houellebecq son muy interesantes en este sentido, modifican infinitamente el motivo del fracaso del acontecimiento del amor en las sociedades occidentales contemporáneas, caracterizadas por el colapso de la religión y la tradición, la adoración desenfrenada del placer y la juventud y la perspectiva de un futuro totalizado por la racionalidad científica y la infelicidad. El autor retrata la liberación sexual de 1960 como lo que esencialmente ha arruinado el amor, el sexo es, entonces, por expresarlo en términos derridianos, la condición simultánea de posibilidad e imposibilidad del amor.

Hacer un binomio amor-sexualidad meramente nos condena a una infelicidad que surge a partir de la privación de nuestra propia naturaleza. Hoy por ello, te sugiero ¡Échate una mano!

@HadaCosquillas

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